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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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3 de septiembre, 2015

Retrasados

 

Aeropuerto de Pekín, extensible a cualquier aeródromo chino el día del año que ustedes prefieran: vuelos retrasados y cancelados. Por doquier. El panel asustaba; cualquiera habría dicho que todo ese desbarajuste era por culpa de un ciclón fenomenal o por atentados a la misma hora y en siete ciudades distintas. Pero no, aquello no era más que la dispar manera con la que, entre otros gremios, los trabajadores aeroportuarios, donde resaltan sus controladores aéreos, agasajan al turista extranjero, y sobre todo, al paciente y derruido chino de clase media y/o alta, que gracias a la termita cerebral consensuada (el teléfono móvil con conexión a internet) parece clasificar el problema en la clarividencia del limbo autorizado. Que debe hacerse difícil organizarse para quejarse ante los continuos retrasos aéreos cuando hace tres semanas de lo de Tianjin y si te he visto no me acuerdo.

 

El asunto, mi asunto, comenzó mucho antes. Exactamente a las cinco de la mañana, hora en la que me acosté por los festejos clásicos que uno recibe cuando acude a una ciudad donde dispone de amigos y conocidos. Y a eso del mediodía, tambaleándome, me monté en un taxi con destino al aeropuerto de Pekín donde debía tomar un avión falsamente directo –lo anuncian como tal, los muy falsarios– que la compañía China Southern tiene a bien detenerlo en Guangzhou antes de llegar a Phnom Penh. Yo, acostumbrado a este tipo de golpes al mentón del ser humano, acepté que habría posibilidades muy serias de que la típica graciosilla uniformada me informara de la clásica situación: el vuelo se ha retrasado por mal tiempo, como si en Groenlandia no hubiera vuelos; cuando en China, según sus excusas, debe estar haciendo mal tiempo desde antes de Mao.

 

Pues bien, tras llegar a la terminal 2, aturdido, crucé el control de pasaportes con la tarjeta de embarque en la boca, incrustándome en una salita claustrofóbica donde sólo había una puerta de embarque: la que dictaba sentencia en forma de un vuelo a Phnom Penh que en realidad se detendría, como acabo de avisar, en Cantón. Al ser un vuelo parcialmente internacional, evité el mezclarme con la chusma clásica que suele abarrotar cada terminal doméstica del país que ustedes elijan; que eso no quiere decir que no la hubiera en aquel habitáculo. Y a porrillo. Yo, destrozado por la falta de sueño, intenté leer La imparable conquista china, tercera obra sobre la expansión china en el mundo que gracias a Dios tuvieron a bien publicar Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, dos de los escasísimos periodistas que pasaron por suelo chino a los que no se les detectó el cáncer terminal del miedo y la vergüenza ajena. La obra, tremendamente bien escrita y afortunadamente menos comedida que la primera, me tuvo en vilo hasta que caí en la cuenta de que llevaba acumulando sueño desde 1998. Por lo que antes de partirme el cuello en un asiento cochambroso, comencé a dar paseos sin sentido, como los deben dar los presos encarcelados en una celda minúscula. En esas, analicé, a la vista, el panorama humano de una puerta de embarque tediosa, en donde ni una sola persona leía, aunque todas prostituían su tiempo a través del móvil –muy mayoritarios los iPhone y Samsung: ni un solo Xiaomi– o del iPad. Que luego hay periodistas patrios en suelo chino, de esos que no se atreven ni a comenzar la quimio por la dignidad, que siguen dando la monserga con marcas chinas de telefonía que no valen para nada por mucho que sus precios sean de risa.

 

En esas, encontré a un matrimonio extraño, que resultó ser noruego, a un solo camboyano, a una keniata, a un británico, a un australiano y a un libanés. Los demás: chinos. Y todos viajando en pareja o en grupo. Lo de siempre.

 

Justo a la hora de embarcar, haciéndosenos la boca agua, un tipo de apariencia etrusca, muerto en vida, parloteó en un inglés mejorable la buena nueva que venía adjunta a un cartel con ruedas que justificó su charla: “Señoras y señores, el vuelo a Phnom Penh no saldrá a su hora por problemas meteorológicos”. La marabunta, que ya hacía cola de manera paria y desordenada, se volvió a esparcir, y allí como si nada hubiera pasado. Que en esas me acerqué yo al etrusco para tras saludarle decirle que quería salir a darme una vuelta. “De aquí no puede salir: está prohibido”, me dijo, que fue en el mismo instante en que, saltándome el control de seguridad pero al contrario, puse pies en polvorosa.

 

Tras contar hasta 345, habiendo llegado a salir de la misma terminal abarrotada de gente a la que nunca llegaré a saber por qué le permiten viajar, volví sobre mis huellas para encontrarme a todo el pasaje del vuelo haciendo otra cola frente a un nuevo mostrador de China Southern. La danesa, inclinada hacia el etrusco, le exigía a éste responsabilidades: “Soy fumadora y sufro claustrofobia”. La keniata, obesa mórbida, expandía sus brazos al viento, como exigiendo explicaciones. Y yo, recién llegado, exigí una explicación, que viniendo de tipos robotizados no podía haber sido menos ambigua: “Mal tiempo, señor”, me dijo, mientras enviaba un mensaje, sospecho que de amor, a través de su teléfono móvil de ultimísima generación.

 

Como corderos antes de ser degollados, recorrimos una inmensidad de cientos de metros, atravesando terminales y esquivando a gentuza enfervorecida, para llegar hasta una puerta de embarque nacional, ya que el nuevo vuelo entre Pekín y Cantón debía ser interno. Esperando, caí en la cuenta de que la resaca había cedido el testigo al dolor inmenso que genera China, que fue cuando me acerqué a dos asuntos vitales: un restaurante, donde comí algo; y otro negocio de hostelería, donde pillé tres cervezas. Debo aclarar, que afectadísimo por la actitud china, acabé mordisqueando, alegre y despreocupado, un Big Mac del tétrico y peligrosísimo McDonald’s así como engullendo tres cervezas belgas Leffe, con la alegría ansiosa que me producía saber que parte de mi pago saldría de China, una enorme alegría cuando, atrapado en un aeropuerto, aún no sabía cómo iba a salir de aquel entuerto, que por repetitivo no deja de ser molesto.

 

El vuelo a Cantón desde la terminal nacional me demostró que China aún anda muy lejos de ser la nación que domine el mundo: griterío ensordecedor, 90% de nativas alzadas sobre tacones como espadas, escupitajos y dedos hurgando narices sin cesar, baños inundados en charcos de orina, niños fatalmente educados berreando, y, cómo no, nadie leyendo salvo si se considera lectura el revisar los mensajes del chat que asola al teléfono móvil. En la única librería de la terminal se arremolinaban chinos de todas las edades y sexos alrededor de un monitor donde un farsante contaba cómo hacerse rico en poco tiempo. Luego, algunos adquirían sus libros cuando el resto de la oferta, en general, era parecida. Pero lo peor a todo lo anteriormente narrado llegó cuando, calibrando la posibilidad de que el vuelo se volviera a retrasar –juro que en la pantalla informativa no había un solo vuelo sin el calificativo de retrasado o cancelado–, se confirmó la sospecha, que esta vez tomó tintes dramáticos ya que en la zona de vuelos nacionales la incapacidad general es suprema: vuelo cancelado, con dos señoritas de gesto infantil-dramático incapaces de decir en inglés hello, que cuando la marabunta las rodeó se amotinaron en su experiencia, porque parece ser que este drama de vuelos retrasados y cancelados acontece a diario. Que digo yo que alguien podía haber puesto solución al asunto.

 

La pareja danesa y el australiano se acercaron a mí, preguntándome qué iba a pasar. Mientras, un chino recalcitrante, hablando en un inglés interesante, vomitaba su doctrina: “No se preocupen, queridos turistas, es por culpa del mal tiempo”. Era pasajero del mismo vuelo. Automáticamente salté, como mandan los cánones: “En Camboya hay monzones y los vuelos salen a su hora. Esto es por culpa de la clásica negligencia china”. Él, timorato, sonrió para no volver a abrir la boca.

 

A eso de las nueve de la noche –el vuelo original debía salir a las cuatro– comenzábamos a embarcar en un avión repleto hasta la bandera. El vuelo, tranquilo, sirvió para que siguiera leyendo la aportación a la cordura que es la tercera obra de Cardenal y Araújo, mientras redescubría la constante molestia que es China: en un avión completamente lleno gritos, ronquidos, y la eterna capacidad de ese pueblo para colapsar los estrechísimos pasillos de gentes paradas, inundar los baños entre orinas varias y papel de váter esparcido, que, cómo no, comían de manera salvaje lo que para mí no debería ser considerado comida. Al llegar a Guangzhou, agradeciendo que la nulidad china no contamine a sus pilotos, nos dimos cuenta –nadie nos informó, para ser más exactos– de que el vuelo hacia Phnom Penh ya había salido y que deberíamos pasar una noche extra en Cantón. El mostrador de China Southern, no sólo repleto de los perdedores que nunca llegamos a Phnom Penh a tiempo, ya que los había con destino a Bangkok y algunas otras ciudades, nos topamos con la siguiente directa al mentón: montonera en vez de colas, desinformación y negligencia, lentitud y torpeza, que fue cuando, contando los yuanes que me quedaban, me pillé una Carlsberg, aumentando mi dosis de ira que no quería ceder todos mis gastos a China.

 

Tras dos horas de reloj llegamos a un hotel en medio de ninguna parte a lomos de un autobús penoso. En la recepción, y para continuar con la paliza física y moral, nadie sabía quiénes éramos ni para qué habíamos llegado. La tensión se cortaba con un cuchillo cuando las manijas del reloj se acercaban violentamente a las dos de la madrugada en una ciudad en la que, al menos en ese día, nunca me planteé pernoctar.

 

Como si fuéramos ganado nos informaron, tras un buen rato de gestiones, de que debíamos compartir habitación. O sea: que las parejas bien, pero que yo, que llevo demasiado tiempo durmiendo sólo o con quien me da la real gana, debía ceder mis ronquidos, desnudez, en resumidas cuentas, mi intimidad, a alguien al que no conocía de nada. Antes de dejar el hotel me acerqué a la inane que llevaba la recepción para mantener un diálogo entre entretenido y memorable.

 

¿Me conoce usted de algo?

 

No, ¿por?

 

Se lo digo porque te invito a dormir en mi habitación.

 

¿Qué dice?

 

Lo que está escuchando.

 

 

Por supuesto la moza no entendió nada. Que a lo mejor todavía piensa que me la quería ligar, cuando a mí nunca me interesaron las uniformadas de tipo alguno. La gota que colmó el vaso, si es que aún faltaba alguna gota, la puso la otra muchacha de recepción, que preguntada por un pasajero estafado por la cena, contestó: “No les corresponde. Disponen de agua en las habitaciones y de room-service 24 horas, por si quieren cenar. Pero deberán pagarlo”. En ese mismo instante, que a cualquier colgado de Arizona le habría valido para descerrajar una metralleta en las sienes de todos los que allí languidecíamos, tomé las de Villadiego, por esos arcenes peligrosísimos donde se acumula mierda mientras los camiones cargados de contenedores te pasan zarandeando tu cuerpo por culpa de la violencia de su fuerza.

 

A los veinte minutos de paseo en medio de ninguna parte, en noche cerrada que descargó algo de lluvia, supongo que ácida, encontré un antro repleto de jugadores de cartas, donde hablaban sin cesar en su lengua, el cantonés, donde me saltearon un calamar enjuto junto a verduras y picante; el arroz hervido sirvió de colchón de seguridad ya que allí también engullí tres penosas cervezas locales. Pero allí, en ese zulo, se mostraba la China que sin fascinarme sí me interesa: aquella que habla en su lengua original mientras apuestan sus sueldos en peligrosas partidas de cartas, lejos de la propaganda del Partido Comunista. Eran casi las tres de la madrugada y la lectura, junto con la cena, aplacó mi ira. A la vuelta, pensativo por si no podría disponer de una habitación, oriné sobre el capó de un Lexus, en una emotiva estampa juvenil que China volvió a sacar a tirones del baúl de mis recuerdos.

 

Luego, conseguí salir airoso, ya que en la recepción debía haber habido un cambio de turno, que fue cuando hipnoticé a la nativa de guardia que consiguió darme una habitación para mí solo. La misma, suficiente, contenía una sorpresa: cada cinco minutos surcaban el techo de la misma –undécima planta: la última– aviones comerciales y de carga con unos vientres temibles, como su sonido estruendoso. A las ocho de la mañana tenían que haberme llamado de recepción pero, tras otro error en cadena, lo hicieron diez minutos antes de las nueve, que era cuando el mismo autobús descascarillado nos debía devolver a un aeropuerto al que de tanto visitar llegué a tomarle cariño.

 

Cruzando los dedos para que no hubiera más retrasos nos pudimos dar con un canto en los dientes ya que esta vez sólo perdimos veinte minutos de nuestras vidas. Ya en el avión, de nuevo el pasaje royendo con la boca abierta las bandejas de vergüenza con las que las compañías chinas –todas– alimentan a sus clientes. Aproximación a la pista de aterrizaje de Phnom Penh movidita, por culpa del viento, y aterrizaje certero en lo que aún no había terminado del todo.

 

Porque al llegar a la cinta de recogida de equipajes pasó lo que tenía que pasar: mi maleta, y las de otros tantos, desaparecida. En ese mismo instante otra de las damnificadas –la señora danesa– se puso a llorar de pura desesperación. Comentaba algo de unas medicinas muy importantes que iban en su equipaje. Y que debían cancelar noches de hotel en Sihanoukville, ciudad costera de Camboya que dista a cinco horas en coche desde Phnom Penh, en lo que, sin lugar a dudas, fueron unas vacaciones jodidas gracias a China Southern. “Viajamos mi pareja y yo a China y ha sido tanto el desastre, el tráfico, los engaños, y ahora rodo esto, que no sólo no volveremos sino que gritaremos a los cuatro vientos que ser turista en China es un depreciación para el ser humano”, dijo la danesa antes de que nos despidiéramos: yo ya había rellenado el formulario advirtiendo de que no encontré el equipaje.

 

Pues bien, tras el retraso de un día y la noche extra en Guangzhou, con horas pérdidas en terminales abarrotadas, hay que sumar que, 84 horas después, no hay rastro de mi maleta. Que la verdad, hubiera aceptado el que me la hubieran perdido a posta por mis críticas contra China, país al que vengo azotando desde el 2007, año de mi vida donde el destino y la curiosidad me llevaron de la mano hasta semejante calvario. Como advertencia escribí Faltan moscas para tanta mierda, por si a alguien le quedaba alguna duda.

 

Y hoy, revisando las noticias en internet, me he topado con el desfile repleto de complejos con el que China muestra al mundo sus drones, tanques y soldados, 70 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando en la vida real son incapaces de unir dos días seguidos en el calendario sin retrasos en cualquiera de sus aeródromos. Que escarbando en internet descubrí que de los 20 aeropuertos con más retrasos 19 son chinos. Y que Narita, el más moderno de los aeropuertos tokiotas, es el más puntual de todo el mundo, con el dato curioso de que sus únicos retrasos son con vuelos que provienen de China. Para mear y no echar gota.

 

 

Joaquín Campos, 03/09/15, Phnom Penh. 

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