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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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11 de marzo, 2014

Una tarde en el parque

 

El rodaje de la tercera película me llevó hasta un parque cualquiera, donde tuve que luchar para comprender que la vida no es sólo empujar y mirar al objetivo, sino hablar con una madre y su hijo que se tira por el tobogán, o recrearme con un perro al que su dueño le exige que me deje en paz. Luego el perro orinó sobre mi tobillo izquierdo para que de manera violenta me brotara una imagen en donde el perro bajaba por el mismo tobogán del niño, degollado.

 

La vida se me está complicando, con señoras en contacto con sus abogados que antes de dar el salto al vacío de la expropiación indebida se entretienen con un prostituto que aparte de hacerlas creer aún útiles, les recuerda que abonar por sexo es otra causa para doblar la dosis de ansiolíticos. La tercera, Amanda, una canadiense extrañísima, entre ida y drogada, vestida de Dior y maquillada cual cadáver, me intentó contratar para “darle una lección” a su marido, cuando la lección me la llevaré yo el día que un juez me enchirone como parte del entramado terrorista con el que Linda se gana la vida. Porque si yo estuviera casado y al ir a aliviarme en internet encontrara a mi mujer cabalgando sobre otros pubis, mientras un anuncio de bebida isotónica hace de publicidad estática junto a sus nalgas, muy probablemente sería carne de diván, planteándome un suicidio para que por la calle mis amigos no me dieran las gracias con la sonrisa, y la muñeca derecha, desencajadas.

 

El señor del perro se llevó a hombros a su mascota cuando tomó el relevo en el mismo banco donde andaba sentado una abuela bosnia. “Me llamo Samira”, me dijo, cuando encendió un cigarrillo que fueron dos porque yo no encontré mi mechero.

 

¿Viene mucho por aquí?

 

Tres veces cada día. Me aburro mucho.

 

¿A qué se dedica?

 

Mi hija trabaja para ‘Save the Children’, una ONG.

 

Samira no quiso entrar en muchos detalles. Aunque una frase sirvió de catana, abriéndose ante mí como un solomillo recién partido en dos, para esos parias que comen la carne roja muy hecha.

 

Joven, yo tengo que arrodillarme para pedir la atención de mi hija, cuando ella se dedica a buscar cariño para los niños más necesitados. Y no es que quiera más de lo que merezco.

 

Samira me confesó que su hija hace dos años que no pasa por casa –“desde que se divorció viaja para conocer mundo y olvidarse de su madre”– y que a causa de ello, tuvo que pagarse de su bolsillo un pasaje ida y vuelta Sarajevo-Phnom Penh, que para el que no lo sepa sale a mil quinientos euros más tasas. “Es como si quisiera limpiar sus pecados con los niños: a mí me ignora y a ellos los adora”, me dijo. Luego pensé que a lo mejor, si le abonara mensualmente unos miles de dólares mensuales, como ‘Save the Children’ hace con su hija, ella también quedaría saciada de amor y afecto.

 

Más tarde me abrí una lata de cerveza Cambodia; que es merodear el vicio y ver como se me sienta un niño en mi regazo.

 

Me llamo Tom. Soy de los Estados Unidos de América.

 

¿Y cuántos años tienes?

 

¿A que no lo adivinas?

 

Tenía siete. Su madre corrió despavorida hacia nosotros cuando comprendió que un señor a solas en un parque, calvo y con melenas, empuñando una lata de cerveza, no era el mejor tutor para su hijo, que hacía caso omiso a sus indicaciones. Para disimular comencé a comerme una bolsa de brotes de rábano rojo que cultiva un granjero de Michigan que se ha venido a Camboya a intentar salir adelante. La imagen debió terminar de preocupar a la madre que tomó las de Villadiego mientras Tom, como la niña del exorcista, doblaba la cabeza para despedirse.

 

Pero la razón principal que me llevó hasta ese parque fue que antes de ayer la cosa estuvo a punto de complicarse aún más. Silvia, una italiana que coordina una ONG cristiana, perdió tantos los papeles que por un momento creí que en vez de un corto quería rodar una trilogía. Insaciable. Imparable. A punto de perder el conocimiento en alguna que otra ocasión que no sólo podría haber hecho de esa película la más vista del mes sino que en el juicio al que acabaré yendo a declarar, esposado, me exigirán el visionado de las repeticiones mientras la cristiana saltará a todas las portadas de los diarios más progres. Linda juró que nunca había visto cosa igual. Ésta, al menos, no tenía marido.

 

Antes de irme de mi parque, comprobando que tras ligeros acercamientos pasé el tiempo prácticamente solo –la septuagenaria bosnia fue la que mas duró a mi lado–, rodeé una fuente donde eché una moneda tailandesa –en Camboya no acuñan– y pedí un deseo: que el presidio sea salubre.

 

Ya en casa, Linda me preguntó que para cuándo la próxima, llegándoseme a plantear una renuncia en toda regla que vendría bien para bajar la condena a modo de arrepentimiento. Porque en un abrir y cerrar de ojos llevo tres películas rodadas que ya ayudan en internet a que la población mundial se pajee mejor.

 

 

Joaquín Campos, 10/03/14, Phnom Penh.

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