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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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24 de noviembre, 2018

No. Ha. Habido. Otra.

 

 

Asombra descubrir no solo que un texto como Cartas póstumas desde Montmartre (Gallo Nero, 2018) fuese escrita a mediados de los noventa, sino por una joven de apenas 26 años. La lucidez con la que Qiu Miaojin desgrana los turbios, extremos y trágicos asuntos del corazón y su mirada no tanto lésbica como (des)prejuiciada sobre los sentimientos del cuerpo y el alma, amén de la estructura metadiscursiva de la ¿novela? y el deslizamiento fértil de los significantes hacen de este libro una obra maestra y un feliz descubrimiento para el lector español que, al final, tiene disponible para su lectura este clásico de culto, gracias a la traducción de Belén Cuadra.

 

No es menos cierto, sin embargo, que el contexto francés de la época (la protagonista del texto es alumna de Helene Cixou), su visión periférica (es una taiwanesa viviendo en París) y su querencia por el audiovisual de vanguardia (en particular Theo Angelopoulos) le permiten una cierta libertad expresiva, un arrojo experimental que permite el (auto)crecimiento salvaje de esta obra. Pues, contra la formalidad de cierta vanguardia, se nota aquí la efervescencia orgánica de un texto que pugna por (auto)diseñarse, contaminándose de sí mismo. Lo cual, dicho en plata significa que ante una mirada distraída el texto, en su construcción arquitectónica, parecería adolecer de una guía clara, pero no, es más bien lo contrario: que él mismo se (auto)gobierna. Y en esa autarquía poética se halla su mayor triunfo; en la oscilación diríamos disidente de la prosodia, halla el texto su verdad. O mejor: en esa polifonía del pensamiento que sirve para que los diferentes tiempos se plieguen sobre sí mismos.

 

Cartas póstumas desde Montmartre recoge 20 cartas escritas entre el 27 de abril y el 17 de junio de un año innombrado, pero que parece corresponderse con el de 1995, y da cuenta de una relación amorosa de casis tres años, entre la protagonista de la novela (y quien escribe las cartas), Zoë, y su novia, Xu. Las cartas fungen para la narradora como forma de acabar con la “responsabilidad” hacia su ex novia, que fue también su primer amor. Un modo de escritura que se dirige al ser ausente, pero cuya motivación última es la escritura para sí misma, en una búsqueda angustiosa de un centro de gravedad que la sustente y asista. En un momento determinado escribe Zoë que “no quiero tener ninguna relación con ninguno de vosotros [se refiere a su novia y a la familia de esta] en la vida real ni os pido nada. Solo le escribo al alma que quiero, a esa alma que está unida a la mía, que he prometido amar y acompañar para siempre […] Solo confío en que el alma que amo reciba mi mensaje, que sepa que mi corazón permanecerá inmutable, y con esto me basta. No tengo ninguna exigencia material”.

 

Qiu Miaojin nos habla en esta novela de la pureza y la violencia, de la traición y el amor propio, del dolor y el daño, de la locura y la inmadurez, la moralidad y la fidelidad. Y ello lo vehicula a través de las “asociaciones imborrables” (que atañen al origen del alma), de los recuerdos, de la idea del amor como una suerte de voluntad y la pasión: “la potencia que se crea cuando una persona ama la vida con plenitud […] una fuente de energía que se abre en el interior de la persona”, pero también en base al deslizamiento semántico de los referentes léxicos . Así, la novela acaba siendo una suerte de involuntario tratado sobre el amor y el sexo y, en última instancia, una larga carta de suicidio. Lo cual parece del todo lógico siguiendo el motif que gobierna la obra: la debilidad del alma y su incapacidad para lidiar con todo el dolor que hay en el mundo. Qiu Miaojin lo expresa así: “Solo el espíritu artístico más honesto puede consolar al alma humana”.

 

En el fondo, Cartas póstumas desde Montmartre evidencia la imposibilidad de los amores puros, eternos e ideales, esos que pasan “por todo el abanico completo del material humano”; o acaso, de la imposibilidad de que estos se constituyan en la realidad de la vida cotidiana. Es por ello un testimonio franco de impotencia, de deseo intenso, de palabras de amor ardientes que se saben inútiles. Una manera de evidenciar que la pureza del amor conduce a la locura y a la muerte y, al tiempo, un notable ejercicio de perdón y empatía. Esto lo manifiesta directamente la autora al escribir que “este es un libro ininteligible y sin escribir, en el que todo argumento se ha diluido”.

 

Con razón se vincula esta novela con el Werther de Goethe y Confesiones de una máscara, de Mishima. Quiero destacar, sin embargo, otro texto que no por menos evidente resuena menos en la mente del lector y que, además funcionaría como una suerte de antagonista (en el sentido de lo que se anhela): Días tranquilos en Clichy, de Henry Miller.

 

Cartas póstumas desde Montmartre es un profundo ejercicio insomne de soledad, silencio y escritura de una mujer “que ha envejecido antes de madurar” y un certificado de defunción largamente anunciado (la protagonista nos confiesa que tuvo dos intentos anteriores de suicidio). Pero también el vano propósito de tratar de compartir el sufrimiento (siendo que es algo privativo, exclusivo de uno), un último intento –desesperado- por perdonar a la persona amada –y por hacerse entender, por intentar que la amada comprenda su naturaleza- y un bellísimo (por puro) manifiesto a favor de la felicidad interior, contra el que estas cartas pugnan, pues su misma escritura provoca la contaminación de Xu, de la persona real, y que dinamitan el yo más absoluto de la narradora, su belleza y sus virtudes. Pero se siente necesario que así se ejerza este sortilegio a través de la escritura epistolar, ya que la pasividad es cobarde y, además, durante gran parte del tiempo del noviazgo ellas están distanciadas (la narradora en París y Xu en Taiwan) y su amor crece precisamente en la distancia, en las cartas que se escriben, en las palabras. Por ello es de todo punto lógico que Zoë necesite también finiquitar su amor justo en el mismo lugar donde nació, como para plegarlo sobre sí mismo y tratar de que desaparezca en la eternidad de una etérea nada.

 

Qiu Miaojin escribe en Cartas póstumas desde Montmartre una amarga queja contra el destino y asume su responsabilidad en la equivocación de amar a la persona incorrecta. Hay una bella confesión en la carta tercera, del 29 de abril, que resume muy bien el carácter de la narradora y lo que anda detrás de todo el texto. Dice así: “Soy tan compleja como transparente; mis pensamientos son profundos, pero mi amor es puro. Ahí radica mi belleza, lo que me diferencia del resto y desprende luz en medio de la multitud”.

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