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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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31 de octubre, 2017

No podemos cambiar los inicios

 

“los peores ruidos son los que no se oyen, los que hacen que las cosas desaparezcan sin que sepamos muy bien por qué”.

Laura Ferrero

 

*  Heridas  *

 

Piscinas vacías (Alfaguara, 2016), de Laura Ferrero, es un conjunto de relatos marcados por las pérdidas, por las heridas que configuran las pérdidas. Y, sobre todo, por los vacíos.

 

Por los días rotos.

 

Y por la enfermedad (no solo la física, también la sentimental, la que impide el correcto seguimiento –y entendimiento– de las emociones).

 

Personajes con taras, pues.

 

Gentes que, como expresa el narrador de “Cuídate”, no saben qué hacer con los espacios en blanco.

 

 

* Decisiones *

 

Lo expresa claramente el personaje narrador del relato “Después de la lluvia”; dice: “me asustan los cambios”.

 

Pero también son cruciales los instantes decisivos: aquellos en los que no se hizo lo que se debía (o deseaba), momentos en los que se renunció a un determinado camino. Bien por no haberse lanzado al vacío, bien por haber escogido por comodidad, pereza o miedo.

 

Este libro está lleno de momentos suspendidos, escenas de la vida cotidiana que nos enfrentan con su a-temporalidad y contra la que nada sabemos (o podemos) hacer. O así al menos lo viven los personajes de Laura Ferrero, que saben que igual da decir o no decir, pues que la decisión ya ha sido tomada; y no por ellos mismos, sino por las circunstancias, por la fuera centrípeta de la vida, que lleva a cada quien hasta el fondo de sí mismo, aislándolo de los demás. Así, hay una presencia notable de amantes, menos furtivos que acomodados , familias disfuncionales. Algunos niños solitarios.

 

 

* Miedos *

 

Son muy importantes aquí las miradas (la consecuencia de las miradas) y los temores (o mejor dicho: la prefiguración del desastre). Pero no en tanto que derrota previsible, sino como consecuencia lógica de las circunstancias dadas, del reparto que a cada quien le ha tocado en suerte [y esto tiene que ver no solo con los aspectos materiales, sociales de la existencia sino más aun con las personalidades individuales; con el carácter, pues].

 

Hay una fijación con los hombres que huyen (no solo los padres, también los maridos, los novios) a crear familias nuevas (o simplemente a perderse en sí mismos) y que abandonan a los hijos primeros, a las mujeres primeras. Que a veces vuelven (o no).

 

 

* Dramas *

 

Son cuentos –en general- más enunciativos que dramáticos. El drama, empero, que lo hay (en todos ellos), se desarrolla de manera enfática. En el sentido de que en casi todos ellos son miradas retrospectivas. Y cuando no, se trata de nostalgia (retro)futura. En algunas ocasiones se tratan más bien de apuntes que se toman como para un diario, una especie de confesión íntima o toma de conciencia de la situación.

 

Sus editores evocan a Raymond Carver y Lorrie Moore. Y hay laconismo, cierto, y esa frustración de la comunicación imposible, y hay algo también de falso manual para entender las circunstancias y emociones de la existencia. Sin embargo, no hay ni cinismo ni crueldad ni sarcasmo. Tampoco ironía. Ni sorda desesperanza.

 

Lo cual es bueno, dicho sea de paso.

 

Porque hay un querer seguir viviendo, a pesar de todo.

 

Y eso es finalmente útil.

 

 

* Melancolía *

 

Pero esto es solo la primera parte del libro (o lo que fue originariamente el libro).

 

Y es que hay un ligero cambio en el segundo tramo (en los últimos seis relatos; escritos con posterioridad a la primera publicación de este conjunto de relatos). De repente asoma la melancolía. De alguna manera, los relatos van envejeciendo. Y no tanto porque aparezcan personajes mayores, ancianos (que también), sino porque se van acumulando las pérdidas. Aparecen cada vez más cadáveres (o seres que temen serlo pronto). Y no resultan vacíos que parezca que puedan volver a (re)llenarse. Hay una meditación sobre el destino de lo que se pierde. Se diría que son relatos más expansivos y, de alguna manera, más ponderados, más adultos, menos instintivos, pero, por contra, más llenos de matices.

 

Y la gran diferencia con el primer grupo de relatos es que los personajes dan un paso más allá: y ahora ya olvidan o toman las decisiones para que se produzca ese olvido. Esto es: han superado el umbral de la pérdida y nos los encontramos siendo (o tratando de ser) otros.

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