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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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17 de junio, 2018

La respuesta es el oxímoron

 

 

Tú eras el lirismo y la cazadora remendada

Martín Parra

 

 

1.

 

Traigo estos días un solaz de deja vú, como un pasturear por dramas conocidos, pequeños, innobles, caducos. Traigo estos días una resaca antigua, de sal, y un remedo de soledades.

 

En el silencio del domingo, del café y el cigarrillo; la casa sola, que cruje a veces, como quien se despereza de un largo sueño, silba mensajes a mi espíritu, mensajes de paz, de tranquilidad y sosiego.

 

Así, hoy todo: un pensar en lo que pienso, en las cosas que ya se repiten. Un forzarle la vuelta a lo que ya se sabe, para darle color y brillo y vida y luz.

 

2.

 

“Coños

Y todos aquellos poetas románticos haciendo serenatas

Para todos aquellos coños y hablando del corazón que

Latía feliz cuando los poetas veían a aquellas mujeres

Y las mujeres huyendo mientras los ojos de aquellos

Poetas seguían a aquellas mujeres siempre huyendo,

Siempre para siempre, dejando a aquellos poetas

Enloqueciendo y suicidándose y la mujer en los brazos

De otro y todos aquellos otros, con nervios de acero,

Poseyendo los coños de todas aquellas mujeres sin

Corazón y todos aquellos poetas soportando el peso

Relativo del mundo, escogiendo las palabras correctas

Para describir todo aquel dolor que las mujeres cascabel

Nunca sienten”.

André Sant´Anna, Amor.

 

 

3.

 

Decía Marco Aurelio en el libro III de sus Meditaciones: “mantén un semblante placentero, indicio de un ánimo que no necesita de ministerio exterior, ni de que otros le procuren su tranquilidad interior; es necesario, pues, que te mantengas sobre ti, no necesitando de otro apoyo”.

 

Y eso es exactamente lo que hace, lo que sigue haciendo, Martín Parra, pues: va conformándose un mundo, asegurándose un trazo, respetando y ampliando el ministerio de su literatura.

 

Su última producción (publicada) es Ventriloquismos (Dalya, 2018).

 

Un libro de badeos, de fintas, de puntear las honduras del tajo del cuchillo de la hambruna (espiritual), porque “pensar demasiado en algo te llevaba al lugar opuesto de donde creías estar”. Un sentirse casi solo, o a la vez apesadumbradamente feliz y ausente. Un presentismo que es tanto derrota como virtud.

 

Hay como tres tramos en el libro, no lineales, sino que se van imbricando. De un lado están las ficciones un poco más largas, de un falso costumbrismo que se quiere, a un tiempo, reivindicación, tradición y letanía; ficciones de pulsión decadentista, círculos concéntricos de los que el autor se sirve para pensarse adentro de esas autoficciones; exceptuando una de ellas “La verdad de Marxo”, en la que Parra incursiona en un cierto ambiente noir, que es tanto mofa de Flaubert como intento por visitar los territorios de la conspiración y la política que ya se vislumbraban en Epitafio para Heilipus. Una deflagración.

 

Un situarse al frente de lo sórdido para, en ahí, provocar la aparición de las begonias. Ese lirismo que es, dígase ya, base y motto de este libro, que podría resumirse en un solo cuestionamiento: ¿dónde la lírica, dónde el lirismo? ¿Dónde hoy? En qué sitio.

 

Eso en lo que respecta a las ficciones, que en realidad no son relatos (exceptuando, como se dijo, “La verdad de Marxo”), sino más bien extractos de realidad en forma de estampas, cortes temporales de un espacio del que se nos escatima su devenir, como si este, en el fondo, fuera lo de menos. Todas estas ficciones, de cualquier forma, traen un pilar que las hermana: el sentir de la felonía. O dicho de otra forma: las consecuencias de la felonía sentimental, el desolador territorio, tierra quemada, que queda cuando una traición nos deja el corazón negro. De ahí que se reclame tanto ese necesitado lirismo, de ahí la poesía.

 

Y, después, hay dos tramos más, dos momentos de fuga en el libro: aquellos en los que el autor se da al texto breve, al microensayo de opinión, a lo que Parra llama “bloguerías”. Textos en los que aparece el Parra ciudadano, que se rebela contra la salmodia doméstica.

 

Ya finalmente quedan los ventriloquismos, en los que el autor se encuentra hablando por boca de otro. Se trata de textos igualmente breves (una página, varias pocas páginas) en los que Martín Parra juega con las intertextualidades, tanto hacia la propia obra, como a las ajenas (Umbral, Bolaño, Juvenal, Cioran, incluso el registro civil). Como es obvio, atrás de esta idea anda el empuje de Enrique Lihn.

 

4.

 

Sobrevive en Parra, como es de esperar, una canallesca de vodevil, que busca acomodo en un espacio desfavorable, poco propenso a las diabluras de la metáfora, más proclive al ripio: el Madrid moderno, hipster y vano, (en)vanecido. Aventurero de espacios baladíes, corretea Parra por las zanjas, buril en mano, fortaleciéndose en la “intimidad secreta” de un nomadismo cada día más cruel, “del que no se atisba raíz, de profunda”. Como le dice otro insigne poeta, Parra se “despeña por el párrafo y por la capacidad de tragediar hasta lo más prosaico del día”.

 

Uno, que ya ha trasegado con gusto, interés y pasión la obra de Martín Parra, descubre aquí un libro de transición, un entremés brioso, no misceláneo pero sí caleidoscópico. Un libro abanico, suflé, y no en el sentido de espacio hinchado, sino expandido, grácil, rico: hiperproteico. Un postre que nos vale de merienda cena. O sea, un valioso oxímoron.

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