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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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24 de septiembre, 2018

La vergüenza es el verdadero nombre del secreto

 

 

 

 

 

“No somos nuestro cuerpo, somos lo que otro cuerpo nos impone”.

Francisco Solano, El día enterrado

 

 

*

 

Igual que ya sucedía en Jugaban con serpientes (Minúscula, 2017), la anterior novela de Francisco Solano, aquí también nos encontramos con un “narrador testigo, cronista de una realidad que aun siéndole personal, se nos presenta de alguna forma como ajena” .

 

A diferencia de Jugaban con serpientes, el propio texto de El día enterrado (Pasos perdidos, 2018), es un relato que el narrador (un crítico literario y escritor) escribe como respuesta a otra narración (un diario íntimo). Sin embargo, igual aquí que allá, la (relativa) distancia con la historia le permite al narrador realizar apuntes y reflexiones sobre los hechos ya sucedidos y colegir e inferir correlaciones desde una cierta distancia de seguridad. No demasiada, ya que la historia, a pesar de que en ella no esté involucrado directamente el narrador, sí le sirve como analogía o réplica de un hecho similar acontecido quince años atrás en la propia vida de éste. De cualquier forma, hay intento sagaz por tratar de ser lo más ecuánime posible.

 

El día enterrado es una historia de incomprensión, de desapariciones, de clausuras y fantasmas; de cómo manejarse, más bien, con las huellas y los mensajes secretos que dejan atrás los que ya se han ido y no sabemos dónde están: esa sintaxis quebrada escrita en una caligrafía que no hace más que apaciguarse, diluirse y reverberar en el silencio. El día enterrado es “un crepúsculo que se orienta en la noche ciega”. Y le sirve al narrador, empero, para “iniciar una nueva vida”, para girar y reordenar las secuencias y componer un nuevo montaje hacia otra resolución, “guiado por una azar menos inextricable”.

 

*

 

Aquí, igual que en Jugaban con serpientes, lo que despierta el correr de las páginas es una crisis de pareja, ya separación (táctica) al momento de que la narración se inicie. Una ruptura matrimonial en toda regla. Rubén y Gadea, “quienes no han sabido evitar el desastre” y a quienes nos encontramos así, ya separados, cada quien en una casa diferente: “A Rubén se le incrementa la soledad del apartamento y Gadea se ha entregado a la tristeza”. Conocemos más a Gadea que a Rubén, quien aparece siempre en escorzo, funcionando como oponente a los deseos de soledad y abandono de Gadea, quien en él, más que una conquista de la felicidad, encuentra el “fracaso que trae el vértigo de la satisfacción, la indolencia del deseo cumplido”. Gadea, una mujer en la que “anida la fatalidad, la tentación del mal”.

 

*

 

Quien promueve el indagar en los acontecimientos es Serapia, amiga de Gadea y quien intenta fungir de consejera sentimental de ésta (poco a poco iremos entendiendo que ve en ella un trasunto de su propia hija, alguien a quien aun “se puede salvar”). Una mujer ya en la vejez, ex galerista, a la que los espasmos de la carne, sin embargo, aún la importunan con sus visitas. Una anciana que se andan metiendo en los asuntos de amor ajenos, con una mezcla de preocupación, intrusión compasiva y prestancia.

 

Sin querer desvelar mucho de la trama, ya que la intriga va, poco a poco, dejando sus puertas abiertas y permitiendo al lector el conocimiento del misterio, de la relación entre los personajes, y de las razones para la escritura del manuscrito que es El día enterrado, sí podemos resumir la novela de la siguiente manera:

 

“Los vínculos sentimentales producen reacciones, alteraciones, dolencias; modifican la conducta, revelan el carácter, sustentan la admiración y se nutren de rivalidad” (pág 73)

 

Y es que, más allá de la trama, El día enterrado indaga en los afectos de toda una serie de personajes (relacionados entre sí) que están llegando al final de un camino. Algunos con amargura y otros con felicidad, unos con escepticismo y otros con alivio.

 

Siendo la novela un compendio de posibilidades sobre las formas del amor es paradójico el hecho de que una de las lecturas que se puede hacer de la misma es que el amor solo es posible en soledad, en el abandono, el silencio y el olvido. Así habría una suerte de trasfondo idealista, en el que solo puede perseverar el amor intocado y pulcro, apresado en el tiempo, en ese día que, para la eternidad, se ha enterrado en la memoria y al que hace referencia el título.

 

 

*

 

Podríamos diferenciar tres planos narrativos (con tres respectivas subtramas) en la historia: Gadea y Rubén, Gonzalo (el dueño de la galería donde trabaja Gadea), y Serapia y el narrador. Todos ellos forman como tres esferas que convergen en un mismo punto, el espacio del desamparo y la soledad. Y lo que los une es un lazo poderosísimo (y trágico): los sentimientos equivocados, esos que “siempre acaban por caer, nosotros los precipitamos, reclamamos su estrépito, como una tormenta de verano tras un día bochornoso, cuando respirábamos la ansiedad y la desidia, y el cielo restalla para ayudarnos, y luego arruina el frescor del agua con una atmósfera pesarosa” (pág 55).

 

*

 

El día enterrado es una valiosa indagación sobre la pérdida y más acusadamente, la derrota aceptada que viene provocada por “la insuficiencia de las palabras para referirse a un fantasma“. Vidas quebradas que hallan una oportunidad final para resarcirse, o al menos, para seguir adelante, para tratar de comprender lo qué pasó, para poder lidiar con lo que está pasando. Una funérea investigación moral sobre los contornos de la memoria, la vergüenza, el secreto y el dolor.

 

 

 

 

 

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