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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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4 de octubre, 2017

¿Volver a casa?

 

1.

 

La última novela de Juan Cárdenas, El diablo de las provincias (Periférica, 2017) es ciertamente desconcertante. Más en su plano arquitectónico que en el discursivo. Y ello porque crea marcos de investigación que quedan inconclusos. O, digámoslo, mejor: en suspenso.

 

Las ideas que maneja Cárdenas aquí no son nuevas en su narrativa: la religiosidad, la ignorancia, las ciencias naturales, la animalización del ser humano, el desconocimiento de uno mismo; la violencia. Pero también la idea misma del diablo (que aparece con bastante fuerza en Los estratos), el sentir de una “llamada” insondable, primaria. La idea del doble, el sucedáneo y las drogas.

 

La diferencia, sin embargo, es que en sus tres anteriores novelas se sentía el destino, la búsqueda, en tanto que indagación de futuro y aquí toma la forma de un desenterrar el pasado: la investigación ya no viene impelida por elementos nuevos que activan el movimiento sino que son los elementos que se (re)conocen los que obligan al sujeto narrador a re-acomodarse; no evoluciona exactamente, tampoco claudica. Más bien sufre un proceso de re-calibrar las expectativas, de re-situarse.

 

Y, como dijimos antes, es más un bosquejo entre las ruinas, un quitar polvo antiguo que no un algo proyectivo.  

 

Lo que si que no cambia, empero, y es un rasgo muy particular de su obra toda es ese sentir el destino como tragedia irreparable.

 

 

2.

 

Es, en mi opinión, El diablo de las provincias la novela menos compleja –estructuralmente hablando- de Juan Cárdenas y, sin embargo, la más inquietante. Es cierto que, igual como sucede en toda su obra, ésta también se vincula con la obra de otro escritor. En este caso a la del último Leonardo Sciascia. Comparten la creación del misterio a base de suaves pinceladas, una sugestión que aquí tiene más de fábula que de intriga.

 

Es Cárdenas menos concreto y, así, como sucede en sus otras obras, maneja diferentes símbolos ambivalentes que permiten diferentes interpretaciones morales. Con Los Estratos comparte un final “intervenido” por una voz que funciona al modo del epílogo, con Ornamento comparte la presencia determinante de la pesadilla (el sueño entendido como una zozobra inconsciente que incide en la realidad) y con Zumbido comparte un desenlace increíble –por imprevisto, que no por inverosímil; aunque, de cualquier forma, subvierte las normas que había establecido la narración previa-.

 

No me atrevería a hablar de El diablo de las provincias en tanto que obra sintética respecto a su narrativa precedente, ya que –de alguna forma- se maneja más bien por el reverso. Así, aquí el re-encuentro con la infancia no proviene del recuerdo sino que lo fuerzan las circunstancias y hay una potente resistencia –pasiva- del narrador a aceptarlo. Del mismo modo, el narrador deambula por las periferias de la locura (aquí simbolizada por un tío internado en un psiquiátrico, “un loco irredento”) y, de otro lado, la droga no funciona como modo de investigarse a uno mismo, como igualador social o acaso en tanto que forma banal de socialización, sino que coadyuva a la creación de ese ambiente de lógica conspirativa que reina en la ciudad enana. Su función es la de establecer los parámetros de la irrealidad del entorno. O dicho de otra forma: permite ver una verdad incognoscible, prístina (que nunca se nos revela, pero que sabemos que está ahí –y quizá esta es la razón mayor del desasosiego que produce esta novela-).

 

 

3.

 

Algo muy importante: el lenguaje aquí no tiene una fuerza matérica, autónoma. No sirve para crear el mundo, borrarlo o acaso “intervenirlo”, sino que sencillamente participa igualmente de esa lógica conspirativa de la que hablábamos ahora. Le sirve de vehículo, vamos.

 

Y un último detalle que me parece ciertamente relevante, y es que donde en las anteriores novelas de Juan Cárdenas se producía una cierta disociación del sujeto gracias a su desvinculación de los espacios (su huida hacia la nada), aquí precisamente se produce el camino contrario y es que el narrador acaba anclado al espacio, y no a cualquier espacio, sino a la casa de la infancia. Así las cosas, el sujeto no regresa para fenecer sino para re-construirse. Esta es la gran novedad, diría, no solo de esta obra en concreto, sino de la obra en conjunto de Juan Cárdenas. El ambiente de misterio e intriga de la novela, sin embargo, provoca en el lector una sensación de cierta fantasía, como si Cárdenas nos estuviese diciendo que, en el fondo, esto no es más que una hipótesis, otra más de las probaturas por las que ha venido discurriendo su narrativa.

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