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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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6 de abril, 2018

La voz propia

 

Estaba esta mañana en un acto promocional de la editorial en la que trabajo (en la montaña, viendo la ciudad de Barcelona desde las alturas) y, de repente, en un ambiente de relajación, liberador y plácido, se me escapó algo, como una especie de ventosidad, si se quiere. Algo que no era mío: una frase típica de una ex pareja mía. Me resultó gracioso. Empero, me llamó la atención. Nadie se dio cuenta (solo yo).

[¿Cómo podrían haberse dado cuenta, por otra parte?]

 

Pensé en ese lenguaje íntimo que tienen las parejas y que muere, a cada tanto, esos miles de lenguajes íntimos de los que hablaba Jordi Carrión hace poco en uno de sus posts de facebook.

Cuánto tiempo que no escuchaba resonar aquella jerigonza compartida en mí, pensé (en el sentido de que se apoderó durante un tiempo de mí, no de que fuese algo privativo de nosotros dos, sino solo de ella). Mucho tiempo.

Y me hizo gracia. No lo pensé como algo funesto; qué va, sino tan solo como esos restos de alcohol que quedan tras una larga resaca y notamos desparecer mientras nos ejercitamos en alguna rutina física, en el entrenamiento.

Estábamos en Collserola. Echados en la yerba. Gozando de la plenitud del contacto con la naturaleza.

Y sucedió así: como a quien, en público, se le escapa –sin querer, claro- una flatulencia. Sucede en las sesiones de yoga, sucede en las sesiones de calentamiento de los actores, sucede… sucede en todo momento en el que tratamos de dejar de ser nosotros y conectar con lo demás, con lo otro, cuando dejas que de ti salgan las toxinas, la adustez que nos producen los agravios, la mala fortuna o la mera adversidad casual.

Así.

 

*

 

Sirva esta anécdota rijosa y un tanto fútil para llamar la atención sobre la voz propia.

He pensado hoy mucho sobre esto. Más tarde, mientras seguía trabajando. Ahora ya en la comodidad de los salones de un hotel barcelonés. En cómo una forma de invalidez emocional es ese intento por imponer la voz al otro. Y su reverso: aquel que se deja imponer la voz de otro y, sin darse cuenta, la adopta como propia. Pero no es su voz propia, sino una forma vil de (auto)ningunearnos –y viceversa.

Lo otro sí es bello, maravillo. Ese lenguaje compartido, único de los amantes.

Pero, ya digo, no me refiero a eso.

De eso quizá podemos hablar en otra ocasión.

Me refiero a la pérdida de la voz propia, no en favor de un nuevo lenguaje codificado y solo entendible por dos personas que se aman, sino a ese estado de dominación lingüística en el que nuestro privativo diapasón enmudece y, finalmente, calla.

 

*

 

En fin, que he pensado hoy en la fortaleza de la voz propia.

En la alegría que supone sabernos abandonados a nosotros mismos (gracias a la conexión con los demás, con lo otro). A ese yo que, mejor o peor, es nuestro y nada más y que aparece cuando decidimos darnos abiertamente al mundo.

Y así, ya entrada la noche, me he ido caminando a casa, absorbido por mi propio lenguaje, escuchándome a mi mísmo, afinándome silencioso, escuchando todas las cosas del mundo, hasta que al cabo de un buen rato, me he dado cuenta de que había venido caminando en dirección contraria a mi casa. Y me he girado, me he dicho a mí mismo: ah, no, es del otro lado.

Y me he reído. Esta tonta equivocación me ha parecido algo realmente jocoso. 

Y he seguido caminando; esta vez sí ya en la dirección correcta.

Me acompañaba el runrún de las estrellas.

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