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El librófago el blog de José María Matás


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10 de septiembre, 2013

Borges por Piglia

 

Borges por Piglia

 

Mientras media España –incluyendo el 91% de los que estaban a favor de la candidatura de Madrid según informes de la comunidad autónoma (sic) y el 91% que estaban en contra, según datos obtenido de mi muro de Facebook– aguardaba el pasado sábado, entre la ilusión, el escepticismo y el bochorno, según los casos, para conocer la ciudad designada como sede de los JJ.00 de 2020, algunos (sobre este particular también carecemos de datos fiables) teníamos la vista puesta en la pantalla, la del ordenador en este caso, pendientes de otro acontecimiento que estaba a punto de ocurrir en la misma ciudad de Buenos Aires.

 

No negaré que en mi caso la expectación era directamente proporcional al escepticismo acerca de la verosimilitud del hecho. Y es que, a pesar de haber visto el vídeo promocional, de haber leído varias noticias alusivas en diferentes medios digitales, incluso de haber obtenido la confirmación por fuentes de la propia emisora a las horas en que una tormenta –el "presagio", según informa la prensa seria– dejaba sin señal la presentación de la delegación española, comprenderán que no resulte fácil de asimilar en estos tiempos que una televisión pública (occidental u oriental, bajo un régimen capitalista o comunista) esté dispuesta a programar un sábado en horario de máxima audiencia un ciclo de conferencias sobre un escritor. Si el escritor es alguien tan poco sospechoso de haber saludado con efusión el bolivarismo como el reaccionario (vale, anarquizante) y antiperonista Borges y el canal está en manos de un gobierno liderado por la simpar Cristina Fernández de Kirchner, los motivos para el recelo sólo podían acrecentarse.

 

Pero no, pese a mi descreimiento, todo no había sido un montaje urdido por la redacción de El Mundo Today: a quien le debemos titulares tan plausibles como Telecinco emite por error ocho segundos de un documental (aquella célebre “falsa noticia” era coronada con un pasaje antológico que no me resisto a exhumar: «Los medios españoles no habían sufrido un percance de esta envergadura desde que en la década de los ochenta el presentador Constantino Romero empleara involuntariamente el término “ahondando”»). Y aunque finalmente problemas con el streaming (probablemente relacionados con la citada tormenta) me impidieron seguir la retransmisión en vivo de la primera entrega del ciclo a través de la web de Canal 7, disparando consecuentemente mi ansiedad, a las pocas horas pude ver finalmente por Youtube con la misma expectación con que de niño aguardaba el momento de ponerme ante el televisor para disfrutar de un nuevo capítulo de La bola de cristal o Canción triste de Hill Street, el insólito estreno de Borges por Piglia.

 

Nada más comenzar la emisión saltaba a la vista que el nombre del programa no podía estar mejor puesto. Es simple y preciso. Borges es el centro del programa, la obra. Piglia, su intérprete. Y punto. Otros podían haber caído en la tentación de llamarlo “La Videoteca Total” (de acuerdo, es una horterada infame) o, más ingeniosamente, “TVlön” (vale, vale) o cualquier ampulosidad inspirada en la obra del autor de El Aleph, pero cualquier otra fórmula diferente a la empleada habría supuesto pasar por alto que, como se advierte de inmediato, Borges ha encontrado en Ricardo Piglia, quien además de ser un lector privilegiado de su obra le frecuentó personalmente, a su glosador televisivo ideal.  La mayoría de candidatos no habría soportado el chorro de luz que el nombre de Borges irradia sobre un espacio tan limitado: ese por habría quedado derretido de inmediato llevándose por delante al complemento agente. Pero el autor de esa espléndida novela que es Respiración artificial, no sólo desprende un magisterio que se le presupone si atendemos a una trayectoria profesional que le ha llevado a impartir clase en algunas de las facultades más prestigiosas de Estados Unidos –su más reciente novela, por cierto, explora el mundo de los campus de aquel país–, sino que, también ante las cámaras, se revela como un comunicador excepcional, que sin caer en la vulgarización de los aspectos de gran complejidad que trata, se muestra cercano y ameno (incluso terriblemente divertido por momentos) a la hora de contagiarnos su pasión por la obra de su paisano. Desde el segundo 1’’ el profesor Piglia se mueve como pez en el agua por el plató precisamente porque el recipiente que le han preparado es lo más parecido a un aula que un canal de televisión puede erigir. Evidentemente, esto es una ilusión y quien piense que el nivel de la producción es el que podría exhibir la televisión estatal cubana, iría muy descaminado. La puesta en escena está pensada al milímetro. El sonido, la iluminación, los decorados, el material visual de apoyo son los propios de una televisión actual en una sociedad avanzada pero la técnica, a diferencia de lo que ocurre con frecuencia en los escasos programas literarios que subsisten en las parrillas, no constituye un fin en sí mismo ni contribuye a erigir un bonito escaparate  –esa obsesión por “enganchar”, por atender los gustos de la mayoría de la minoría– tras el que se contonea una raquítica, estandarizada y bestselerizada oferta, sino que está al servicio de la comunicación, el descubrimiento, de la palabra.

 

Es en este contexto que podemos afirmar que  Piglia se desenvuelve como un “animal televisivo” –de otro modo no echaríamos de menos su presencia en el tercio final del programa, en el que cede parte del protagonismo a dos expertas borgianas–, pero que lo hace con independencia del soporte, casi a su pesar, gracias a la libertad que le proporciona el parecer indiferente a marcas en el suelo, encuadres, teleprompters o cámaras, esto es, pudiendo mirar a sus espectadores –ya sean el extasiado público que lo acompaña en plató o los miles que lo observan desde sus pantallas–, directamente a la cara, sin temor al balbuceo, a la pausa reflexiva o la improvisación, sabedor de que tiene un mensaje, que no un dogma, que desea compartir con su público, un mensaje que en el primero de los cuatro programas que forman la serie se ocupaba de responder a una pregunta que dista de ser tan fácil de resolver como pudiera parecer a primera vista: “¿Por qué Borges es un buen escritor?"

 

A través de anécdotas, incisivas apreciaciones –que rozan la boutade cuando precisamente denotan una humildad sincera– y fecundas consideraciones sobre la literatura porteña y universal del siglo XX, Piglia –que desde luego no es un novato en estas lides: ya el pasado año, y también en colaboración con la Biblioteca Nacional Argentina, presentó con un formato muy parecido “Escenas de la novela argentina", y tiene también proyectado colaborar durante el próximo año en una adaptación en trece capítulos de Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt– va iluminando, sin perder de vista la visión panorámica, toda una serie de claves nacidas de su particular y heterodoxa lectura del escritor fallecido en febrero de 1986. La influencia de Borges en creadores como Nabokov o Godard (ni Pálido fuego ni Alphaville existirían, según Piglia, sin la irrigación que supone la obra del argentino); la imposibilidad de que un autor de su linaje pudiera recibir el Premio Nobel; las peculiaridades del habla argentina que recrea en sus textos; la irrupción de la ficción en la realidad; su temprana reivindicación de “un autor caribeño”, en palabras de Piglia, como Faulkner; o su monacal entrega a su misión de escritor pese a las limitaciones de todo tipo que debió afrontar, son sólo algunos de los aspectos apuntados en esta deliciosa charla que hace las veces de prólogo a una serie de miradas más monográficas en torno a temas como la memoria y la violencia, la biblioteca, la política o el legado borgeano.

 

Afirmar por lo tanto que este programa supone un hito en la televisión de nuestro tiempo dista de ser una exageración. Su excepcionalidad nace precisamente de su carácter de rareza, casi de excentricidad. Borges por Piglia, pese a las lógicas limitaciones que impone el medio –aunque es cierto que lo que pierde a causa de la brevedad y la oralidad lo recupera por el lado de la síntesis, que le obliga a esquivar con brillantez la amenaza latente de simplificación – nos reconcilia con un tipo de televisión en vías de extinción que es capaz de mirar más allá de los índices de audiencia y que, si bien no puede ser asumida, no nos engañemos, por los operadores privados, resulta obligatoriamente exigible a quienes dirigen los medios de comunicación estatales. Servicio público, ¿recuerdan? Y, ojo, sin ser escondida, relegada a horarios intempestivos o al cómodo cajón de las hemerotecas digitales. Una televisión que, además, es barata.

 

No es cuestión de ponerse “apocalípticos”, ni de adoptar un desfasado esnobismo highbrow:  al fin y al cabo, estamos hablando de Borges, pero también específicamente del medio de comunicación de masas por excelencia. Pero, aunque este es un mal generalizado, resulta impensable imaginar que algo como lo que comentamos pudiera suceder hoy en España, uno de los países –superando las cuatro horas diarias de media por habitante–, con mayor consumo televisivo de Europa. Lejos, muy lejos quedan los tiempos en que Calderón o Lope (o Pirandello, Camus y Dürrenmatt) eran representados ante millones de espectadores a través de la pequeña pantalla, en que esa misma televisión nos permitía ver a los grandes autores de nuestro tiempo siendo entrevistados “a fondo”. De más está, por tanto, decir que carecer de un Borges y de un Piglia, siendo una lástima, no es el factor determinante. Al fin y al cabo, podríamos encontrar una selecta nómina de autores para desempeñar sus respectivos papeles con solvencia. Si me apuran, hallar al primer miembro de la ecuación sería más fácil que hacerlo con el segundo, pues si bien es cierto que a lo largo del siglo XX tal vez no hemos podido ofrecer al mundo un escritor de la universalidad del escritor de Ficciones, creadores como Valle-Inclán, Unamuno, García Lorca o Antonio Machado, serían dignos merecedores de recibir no ya un homenaje –no es esto, no es esto– sino un aviso del tipo: “Eh, sigo aquí, ¿a qué estáis esperando para leerme, para comprenderme de una puñetera vez?” Y si no, siempre podríamos coger a un hispanoamericano y, aplicando aquello que decía Pessoa (y con él otros muchos) de que la verdadera patria es el idioma, adoptarlo como uno de los nuestros. Podríamos incluso dar un paso más y elegir a un creador vivo, como García Márquez o el madrileño de adopción Mario Vargas Llosa. Pero, bueno, entendería que este último extremo –¿no fue el propio Borges quien definió el nacionalismo como «manía de primates»?– podría complicar un poco más las cosas. Ahora bien, ¿quién podría hacer las veces de presentador/intérprete? Para mantener la correspondencia, tendríamos que encontrar a un gran escritor, que además fuese un crítico y/o profesor eminente, que a la vez resultase un extraordinario comunicador. Seguro que si abordáramos estas categorías por separado se nos vendrían a la cabeza un puñado de nombres, pero hallar a esa persona adornada a un tiempo por tan singulares virtudes, se vuelve mucho más difícil, lo que no quiere decir que no exista. Lo que está claro es que si no creamos las condiciones necesarias nunca estaremos preparados para brindar un espectáculo, en el más noble sentido de la palabra, semejante y como consecuencia privaremos a generaciones enteras de ciudadanos de conocer una parte importante de su patrimonio. Es más, a alguno de estos les estaremos robando (ya lo estamos haciendo) la posibilidad de enriquecer su espíritu, transformando, casi siempre para mejor, su propia vida.

 

Lo primero que hice nada más terminar de ver la primera parte de Borges por Piglia fue coger Historia universal de la infamia de la estantería y leer las dos primeras historias. Tenía la necesidad de saciar inmediatamente el apetito que se había despertado en mí aunque fuera a través del «irresponsable juego de un tímido», como diría Borges décadas más tarde al reimprimir este libro. Pienso en esos miles de argentinos que no habían leído a uno de sus genios nacionales pese a formar parte de los currículos escolares y que, el pasado sábado, tras terminar el programa, sintieron esa irresistible llamada. A la mayoría de ellos les acucian las mismas angustias e incertidumbres que a nosotros a este lado del océano y para las cuales, de más está decir, la literatura no posee el antídoto. La inflación, la corrupción, los problemas con el transporte, las desigualdades sociales no van a desaparecer después de haber leído “La muerte y la brújula”, pero, al menos, mientras sentimos cómo el mundo exterior se empobrece, los tambores de guerra retumban y nuestro universo se achica por la acción de fuerzas que no podemos conjurar, podremos encontrar aquí una puerta entreabierta a otros mundos posibles, vastos y maravillosos.

 

Y por muy poco dinero o gratis.

 

Lejos estoy de defender con estas palabras –aunque tal y como están las cosas me parecería una postura legítima y respetable– una especie de huida o salvación personal retirándonos hacia lo estrictamente individual. Tampoco, aliento –estando Borges, paradigma del escritor en su torre del marfil, de por medio muchos podrían verlo así–  a abandonar todo ideal de emancipación colectiva, aunque es evidente que el temor a que se propague ese repliegue, esa forma de rebeldía, es lo que ha llevado en todo momento a los sistemas totalitarios a imponer, so pena de herejía, sus doctrinas, proscribiendo cuando no cercenando de raíz la libertad de expresión. Por el contrario, considero –y me alegra saber que por lo menos en Argentina algunos lo recuerdan todavía– que ambos compromisos no sólo son compatibles sino estrictamente necesarios y que, por lo tanto, leer a Borges, como a cualquier otro gran autor con independencia de su adscripción política, sólo puede ensancharnos. En suma, que pese a que uno ha alcanzado ya una edad en que cierto nivel de ingenuidad no puede ser sobrellevado más que a riesgo de parecer un idiota sin remedio, sigo pensando que igual que es necesario rebelarse contra las injusticias que nos afligen, con la misma intensidad, contra el cinismo rampante, contra la estéril y sospechosa fractura que algunos siguen promoviendo entre los happy few y la masa (lectora o no) adocenada, debemos luchar para que el desaliento no se convierta en una coartada que únicamente podrán aprovechar aquellos que peor nos quieren. Hace muchos años, Lorca, al inaugurar la biblioteca de su pueblo, ya habló de la necesidad de reclamar «medio pan y un libro», y qué casualidad que la televisión –tan denostada precisamente por muchos de esos intelectuales europeos que ahora se perecen por las series que los, a conveniencia, odiosos yanquis exportan a todo el mundo– todavía no había dicho su última palabra en esta guerra.

 

Borges por Piglia. Qué gozo para quien fue televidente mucho antes que librófago.

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