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Chaplin no tenía bigote el blog de Josep Carles Romaguera


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3 de noviembre, 2015

Pagafantas en el oeste

Suena Cowboy Dreams,

de Prefab Sprout

 

 

Llevamos décadas, prácticamente desde los tiempos de Sin perdón (Unforgiven, 1992), escuchando cómo se vaticinaba la muerte del western. Por ello suele siempre resultar bienvenido por sus aficionados que se estrene una nueva película que se adscriba al moribundo género, lo que también nos predispone a ser más receptivos, más tolerantes, y todavía más, si para el caso, se trata de un debut como ocurre con Slow West (Idem, 2015), dirigida por John Maclean, a quien lo primero que hay que agradecer es que la suya sea una propuesta inicialmente gratificante, que no trate ni reinventar ni revisar nada. Slow West presenta una ausencia total de pretensiones, ni desde el punto de vista temático –olvídense de tópico sobre la desmitificación de la naturaleza del propio género- ni desde el punto de vista formal –nada de virtuosismos estilísticos como en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James By The Coward Robert Ford, 2007), de Andrew Dominik, por ejemplo-

 

Slow West es, desde su inicio, una película hecha a consciencia en el que su máximo responsable –Maclean es también autor del guión- o bien reconoce sus propias limitaciones –y se aplica aquella máxima de Robert Bresson que dice que “la posibilidad de aprovechar mis recursos disminuye cuando su número aumenta”- o bien decide apoyarse en todo el bagaje cinéfilo del espectador, de manera que sea este quien establezca los lazos con la tradición. Slow West, consciente del contexto del cual surge, tan solo necesita de un simple motivo argumental. El resto lo hacemos nosotros.

 

 

La película se inicia con la historia del joven Jay, un escocés emigrante, que recorre las tierras agrestes y salvajes en busca de un amor perdido, Rose, y que para ello contrata a Silas, un asesino que le garantizará protección. A partir de ahí, el simple itinerario que traza un proceso de aprendizaje a través de la violencia y mediante la dialéctica que se establece entre la ilusión romántica y la mirada perpleja del joven y el desencanto cínico del veterano que ya está de vuelta de todo, incluso, por momentos, del propio código genérico que le da vida. Mientras que Jay recorre con incertidumbre y asombro un nuevo paraje –alguien sacado del drama romántico y trasladado al wild west- nosotros reconocemos y relacionamos con la tradición todo lo que vemos.

 

 

Fassbender por momentos nos recuerda al burlón Burt Lancaster de los films de Robert Aldrich, a Jay podríamos emparentarlo con el keatoniano protagonista de Dead man (ídem, 1995), de Jim Jarmusch, Maclean por momentos parece atreverse a filmar los paisajes como si fuera Anthony Mann, la violencia estalla de forma absurda y paródica a la manera de los Coen. Maclean lo sabe y no necesita más que una escueta línea argumental y algunos estereotipos para ofrecernos un relato del que surgirá algún que otro requiebro. Su asumida simpleza se vuelve inquietante y acaba por transmitirnos el espíritu imperecedero del western a través de ese recorrido realizado por un inexperto Jay. Nosotros, desde la distancia y la experiencia, disfrutamos, sin dejar de sentir a la vez asombro y lástima.

 

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