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Chaplin no tenía bigote el blog de Josep Carles Romaguera


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18 de febrero, 2015

Profesión: reportero

Suena All night long,

de The verve 

 

 

Lou Bloom, el protagonista de Nightcrawler (Idem, 2014), debut en la dirección del guionista Dan Gliroy, es un don nadie que roba alambre para venderlo en el mercado negro y que un buen día descubre de forma circunstancial que su oculta vocación es la de convertirse en reportero nocturno y recorrer las calles fantasmagóricas de L.A. en busca de sucesos luctuosos y trágicos que poder captar con una cámara para luego poder vender las imágenes a los informativos de alguna cadena televisiva. En el fondo, Bloom esconde, bajo su mirada siniestra y su falta de escrúpulos, a un sociópata cuyo árbol genealógico lo emparentaría como primogénito del Travis Bickle ideado por Paul Schrader y Martin Scorsese para Taxi Driver (Idem, 1976) y le convertiría en el nieto favorito de Charles Tatum, el amoral periodista que protagonizaba El gran carnaval (Ace in the hole, 1951), de Billy Wilder.

 

 

Podría ser Nightcrawler el retrato de un personaje inquietante, maravillosamente encarnado por Jake Gyllenhaal, y convertir la película en un simple thriller que siguiera las pesquisas de ese common man que acaba convertido en exitoso hombre de negocios hecho a sí mismo y que parece seguir a los consabidos aforismos de cualquier manual de school business. Y, sin embargo, hay algo más, afortunadamente. La película tiene mayores aspiraciones, culminadas por el buen hacer de Gilroy. Este apunta en dirección contraria a la de su protagonista quien dirige su mirada allí donde pueda alimentar el morbo y la curiosidad de los telespectadores. Todo ese discurso que trata de revelarnos de que manera nuestra sociedad, con todo su cinismo, fascinada y reconfortada ante las desgracias ajenas, ante los circos mediáticos, ofrece la posibilidad a alguien como Bloom de convertirse en el ojo a través del cual ver la realidad y por tanto, comprenderla, podría volverse en contra de la propia película.

 

 

Pero Gilroy no resbala, no cae en el error -posible tentación- de ofrecernos lo mismo que ofrece Bloom. No vamos a convertirnos en testigos de un asesinato o un trágico accidente. Gilroy mantiene su mirada sobre el personaje y si nos ofrece la posibilidad de ver aquellos sucesos más infaustos es normalmente a través de un monitor de televisión. Al contrario que su personaje, Gilroy no tiene ni un solo gesto tendencioso o maquiavélico. Mientras que Bloom no duda en mover un cadáver para que quede mejor el encuadre, en provocar un accidente que le permita eliminar a un competidor y filmar de paso la noticia, u orquestar, como si fuera un director de cine que elabora su propia puesta en escena, la detención de unos asesinos con la consecuente persecución y tiroteo para poder filmarlo, Gilroy en ningún momento ejerce la más mínima manipulación, consciente, tal vez, de revelar, en caso de error, alguna impostura por su parte.

 

El discurso moral que plantea Gilroy a través de su película se corresponde con su discurso estético. Sin caer, eso sí, en el sermón, sin poner excesivo énfasis en lo que cuenta. Para con ello no solo ofrecernos un doble discurso sobre las consecuencias que tienen el hecho de elegir lo que vemos –esa pescadilla que se muerde la cola que es la ley de la oferta y la demanda en el ámbito de los medios de comunicación- y sobre las consecuencias que tienen las decisiones de un cineasta sobre lo que ofrece y oculta, sino también que disponernos a los espectadores en la tesitura de saber qué queremos que nos ofrezcan. 

 

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