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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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3 de julio, 2014

Demócratas de reojo en la mesa del dictador Obiang

 

Hace unos días el septuagenario Secretario General de la ONU, el señor Ki Moon, sorprendió al mundo al acudir a la cita donde los dictadores africanos se otorgaron perpetua inmunidad; o sea, inviolables de por vida. Esto tuvo lugar en Malabo, en unos complejos llamativos que el dictador guineano mandó construir en Sipopo, un emplazamiento que está a unos minutos del poblado de Baney, pueblo bubi sin agua potable, sin nada. (En todo caso, Malabo, la capital, no tiene agua potable y no pasa nada, mientras que no dudó en gastar 580 millones de euros en el mencionado complejo).

 

Desde que el general-presidente Obiang empezó a cobrar los dineros del petróleo, su sistema límbico se puso en órbita y estableció una competición para ver quién gastaba más estos dineros que tanto necesitamos. Así, si su hijo predilecto no se gasta una millonada en traer a tal o cual cantante para ver lo guapos que eran, y así se presentaron delante de un desvergonzado Julio Iglesias, él paga millonadas para que cualquier acto de más de 50 personas se celebre en su país, corriendo él con todos los gastos. Esta, como ya dijimos en otro artículo, es la razón por la que el ínclito e innombrable mandamás haya estado en el centro de la mesa de la pasada reunión de la Unión Africana, que ha contado con la inesperada presencia, como ya dejamos saber, de su excelencia Rajoy Brey, con la inútil excusa de que iba en busca de votos para un asiento para Spain en el consejo de… Bueno, seguro que allá aplaudió la inmunidad concedida por los presidentes africanos, pues él mismo está abonada a la supresión de esa idea fea de justicia universal.

 

Pues con Rajoy ya son bastantes los españoles, gobernando o administrando los dineros ganados de cuando gobernaban, que han saltado con los brazos abiertos al abrazo de Obiang. Podemos citar ahora, para que no digan que especulamos, a José Bono Martínez, a Moratinos Cayaubé, a José Luis Rodríguez Zapatero y al mencionado Rajoy. Con esto creemos que han sido más de lo que ha salido en prensa. ¿A qué van concretamente a Guinea estos próceres españoles? A sus cosas. Y es que en el mundo, y se ve mucho más en la España cuasi multipartidista de hoy, que cada partido tiene su grupo empresarial, o los empresarios a los que pedirán favores cuando lo necesiten, a quienes benefician cuando se está en el poder. Es decir, la realidad española exige que cada partido se busque sus habichuelas, que se convierten en su jubilosa jubilación cuando la ciudadanía cambia el voto o un descalabro electoral por una desgracia pública manda a los que llevan el mando a la nevera.

Bien, todo lo dicho es bien sabido, y habrá miles de españoles que de esto querrán hablar. Lo que nos toca como guineanos es saber que por la vía esa de que renombrados políticos españoles salten a los brazos de Obiang y coman de su mano derecha se está convirtiendo una dictadura infame en un país cualquiera, un país africano normal “en el que hay cosas buenas y cosas malas”. Esta labor higiénica está en la agenda de estos ilustres visitantes, y ya forma parte del mentidero guineano el hecho de uno de ellos que pedía más escaños a cierto partido de la oposición, un hecho que suele ser utilizado por el actual ministro de interior para minimizar la catadura moral de los que le incordian desde la oposición. Pues bien: ¿qué interés tendrá un diputado español en que Obiang, ejerciendo de “árbitro y moderador”, conceda más escaños a los opositores? Pues la incomodidad de ir a visitar a Obiang se disiparía, porque siempre podría dar una palmadita al opositor de turno antes de ir a fumar puros con el “dictador de leyes”. O sea, están jugando con la ingenuidad de los peatones que ejercen la oposición al régimen de quien les invita. Bien, lo dejamos aquí, que quien quiera sentirse aludido que lance la primera piedra a donde quiera, pero hemos decir que seremos el primer guineano que se negará a estampar su firma para que Guinea Ecuatorial reciba ayuda alimentaria cuando Obiang haya conseguido dejarnos con las cáscaras de sus bacanales.

Barcelona, 3 de julio de 2013

 

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