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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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3 de agosto, 2018

'Medida por medida', un montaje donde Shakespeare se cita con Brecht

 

 

Unas veces antes y otras después de ver una obra del Bardo de Stratford, tengo la costumbre de echarme al coleto, como si degustara un licor exquisito y rotundo, las páginas del monumental Shakespeare. La invención de lo humano en que Harold Bloom aborda la pieza de que se trate. El desmesurado sabio asegura que sus dos títulos favoritos de don William son Medida por medida y Macbeth, por “la alta acritud de la primera y la implacable economía de la segunda”. Y afirma también que Medida... “puede considerarse el adiós de Shakespeare a la comedia”.


Las compañías madrileñas Factoría Teatro y Producciones Inconstantes han unido sus fuerzas para proponer un montaje de esa rara comedia que no lo es del todo, aunque, como sostiene Bloom, sí sea la última de las obras de Shakespeare inundadas por una atmósfera cómica, pero en este caso salpicada por franjas de sombra. Parece ser que el Cisne del Avon la escribió entre 1603 y 1604, justo antes de embarcarse en tres de sus más grandes tragedias: Otelo, El rey Lear y Macbeth. Entre los caladeros argumentales donde el isabelino pescó para pergeñar "Medida por medida" los especialistas advierten reflejos de Hecatommithi –una colección de relatos agrupados por Giraldi Cinthio en 1565 a la manera de Boccaccio y donde también se inspiró Shakespeare para elaborar la historia del moro de Venecia– y Promos y Cassandra, de George Whetstone, obra impresa en 1578 y que bebe  asimismo de la copa de Cinthio. El título hace referencia al versículo del Sermón de la Montaña en el que Jesucristo indica que “con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá” (Mateo 7.2).

 


En su argumento, Vincencio, duque de Viena, decide ausentarse temporalmente de la ciudad y delega su poder en Ángelo, aunque realmente, émulo del califa de Las mil y una noches Harún al-Rashid, se disfraza de fraile para observar qué ocurre en la villa y cómo gobierna su sustituto. Ángelo, un Tartufo que se adelanta en sesenta años al creado por Molière, aplica a rajatabla las leyes contra el libertinaje condenando a muerte al noble Claudio por haber dejado encinta a su prometida Julieta y pese a las claras intenciones de matrimonio de los jóvenes. En medio de una trama cuyo hilos mueve el falso fraile –que, de alguna manera, es causa del mal que pretende remediar– y en la que se mezclan sexo y poder, seducción y persuasión, truhanes y prostitutas, la novicia Isabel, hermana de Claudio, trata de obtener el perdón del condenado y el gobernante interino, que no es precisamente espejo de las virtudes que proclama defender, trata de obtener a cambio los favores de la joven.

 

Aparentemente sencilla, esta obra es calificada de problemática por su poliédrico carácter –suele decirse que tiene la profundidad de una tragedia y la inteligencia de una comedia– y por su ambigüedad a la hora de enfrentar ley, justicia y condición humana, y perfilar los valores morales de una sociedad reprimida. Bloom es concluyente al respecto: “No conozco ninguna otra obra eminente de la literatura occidental tan nihilista como Medida por Medida, una comedia que destruye la comedia”.

Esta compleja condición anfibia de la obra es llevada a los territorios de la farsa desmedida por Emilio del Valle e Isidro Timón, cuya versión utiliza los filtros distanciadores de Bertolt Brecht y cuya puesta en escena, responsabilidad del primero, está cocinada a una temperatura dramática en la que no es ajeno el jolgorio marxista (rama Groucho). El resultado es un primoroso, turulato y sulfúrico espectáculo que en alguna ocasión, a base de distanciamiento, se va por los cerros de Úbeda, como en ese comienzo en el que Nacho Vera, que asume el personaje de Lucio en tono de vivaracho bufón petardesco y musical, recaba la complicidad de los espectadores pidiéndoles que cuando escuchen la palabra cinco respondan con la conocida rima pícara, que define como un haikú (sic) porque tiene siete sílabas; por si acaso, recordaré que esa forma poética japonesa consta de diecisiete sílabas repartidas en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente (y discúlpenme ustedes por la acotación pedantesca).


Por lo demás, es un trabajazo escénico salaz, procaz, contumaz, audaz, lenguaraz, perspicaz, mordaz y muy eficaz en lo cómico y lo crítico. Lo interpreta además un reparto afinadísimo tanto en lo gestual como en lo vocal, con David Luque convertido en un duque trapisondista, Chema de Miguel soberbio como el consejero Escalus y el alcaide de la prisión, Juan Díaz multiplicado en diversos papeles, la maravillosa Muriel Sánchez en una atractiva Isabel de desarmante vehemencia, y Jorge Muñoz, Salvador Sanz y Gonzala M. Scherman también estupendos. La sencilla propuesta escenográfica de Arturo Martín Burgos, varios prismas triangulares con caras de diversos colores y texturas, propicia juegos espaciales y variedad de espacios. Hay música, canciones, coreografías y mucha coña con fundamento sobre la naturaleza caprichosa del poder. Y la verdad es que el público se lo pasa bien.  

 

Título: “Medida por medida”. Autor: William Shakespeare. Versión: Emilio del Valle e Isidro Timón. Dirección: Emilio del Valle. Iluminación: José Manuel Guerra. Escenografía: Arturo Martín Burgos. Vestuario: Juan Ortega. Música: Nacho Vera. Coreografía: María Mesas. Intérpretes: Nacho Vera, Gonzala M. Sherman, David Luque, Chema de Miguel, Jorge Muñoz, Juan Díaz, Salvador Sanz y Muriel Sánchez. Teatro Bellas Artes. Madrid. 2 de agosto de 2018.

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