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Filosofía para profanos el blog de Maite Larrauri


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20 de febrero, 2015

Para todos la filosofía (11): "un proceder maquiavélico"

 

La undécima sección de la serie “Para todos la filosofía”, en Para todos la 2, ha sido “Un proceder maquiavélico” (retransmitida el 18/02/2015).

 

 

Si alguien nos dice que “el asesino tenía un proceder maquiavélico”, nos imaginamos enseguida que se trata de una persona inteligente, que ha planificado minuciosamente los detalles de su crimen para no dejar pistas o para incriminar a otros. O sea nos imaginamos a un malvado muy malvado.

 

La inteligencia al servicio del mal, a eso lo llamamos “maquiavélico”, es algo diabólico. ¿Qué relación tiene este significado con Maquiavelo?

 

Machiavelli –que es así como se llamaba– fue un florentino del siglo XVI. Es importante tener presente la fecha para entender por qué y por quién fue señalado como el diablo.

 

El pobre Maquiavelo fue un hombre básicamente honesto cuyo único crimen consistió en haber soñado con un poder no determinado por el cielo o por sus representantes. Claro está, eso provocaba al poder eclesiástico, al Papa de Roma y a su Iglesia, como lo haría hoy mismo alguien que en un país islámico predicase la laicidad del poder político.

 

Su libro El príncipe es un manual de política. Pero no sólo se trata de consejos “al príncipe” sino que este libro enseña a sus lectores, por tanto también a los ciudadanos, las reglas del juego de la política. Muestra que la esfera de la política es diferente de la esfera religiosa y que sirve para que los humanos construyan su propio destino.

 

Maquiavelo no conoció la democracia, ni los partidos políticos, pero es un precursor. Podemos encontrar, de entre las reglas que su libro propone, las siguientes: que los gobernantes deben interesarse por el bien público y no por sus asuntos personales, que hay que juzgar a los políticos por lo que hacen y no por lo que dicen, que es peligroso que alguien ocupe el poder demasiados años porque acaba corrompiéndose, que la política tiene que velar por un equilibrio entre la libertad y las leyes.

 

Fue una revolución afirmar en el siglo XVI que la política no tenía que ser una actividad dependiente de la moral cristiana, o sea que los preceptos de la Iglesia no sirven para gobernar. Por ejemplo, Maquiavelo explica que la clemencia no es una virtud política ya que la potestad de la gracia sólo se le concede a Dios o a su representante en la tierra (el rey), pero en una república, si los gobernantes son clementes, claramente lo que hacen es favorecer a sus amigos o conocidos. Pensemos por ejemplo en la amnistía fiscal de nuestros tiempos.

 

Uno de los consejos de Maquiavelo es que los gobernantes tienen que aprender a no ser buenos. No dice “a ser malvados”, aunque así es como se ha querido interpretar. Su razonamiento es impecable: la política se desarrolla en la plaza pública, está bajo los focos, a la luz de todos. Sin embargo, la bondad no es una práctica pública: si lo fuera, si una bondad estuviera interesada en ser vista y reconocida, dejaría sencillamente de ser bondad. Pensemos cómo juzgaríamos a un político actual que convocara a la prensa para hacer saber que dona una parte de su patrimonio a Caritas, por ejemplo.

 

La separación entre la esfera política y la moral nada tiene que ver con las exigencias actuales de que los partidos políticos tengan un código ético. Un código ético no es sino una serie de imperativos que deben regir la vida pública de los políticos.

 

Maquiavelo no es maquiavélico porque enseña el juego político, un juego que está a la vista de todos. Hoy en día, sin embargo, por las vicisitudes del sentido que le hemos atribuido a “maquiavélico”, entendemos por extensión que es maquiavélica toda persona que conoce el modo en el que tiene que proceder para alcanzar sus objetivos poco confesables, pero lo esconde.

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