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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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19 de marzo, 2014

La desesperación fantástica

 

Uno se acuerda de Roger Kingdom, el mítico saltador de vallas de su época, pero de vallas de este lado, capaz de correr ciento diez metros en menos de trece segundos. Hay saltos y saltos por mucho que Gertrude Stein quisiera autoafirmarse con aquello de una rosa es una rosa es una rosa. Y luego está el salto y el asalto. A la condesa de Romanones le han asaltado en su casa y robado trescientos euros, que es como si entraran en la de uno para llevarse sólo la máscara de madera colgada en el recibidor que le trajo el cuñado de Sierra Leona, talla hecha por un escultor que podría ser uno de los que hoy saltan y dicen que asaltan en Melilla al grito de ¡Viva España! Los ladrones de la condesa primero tuvieron que saltar, se imagina, una tapia o una valla, para después asaltar; pero no se ve a éstos, una vez dentro de la mansión, gritando: ¡Viva la casa de Romanones! sino desvalijándola. En la foto del salto (a partir de ahora será siempre salto), aparecen hombres (y mujeres, para que Valenciano no piense que uno no se acuerda de ella) como espídermans sin poderes, esa imagen de judíos acribillados en las verjas de los campos, alemanes de la RDA atrapados en el muro, el “muro de protección antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall), en la Friedrichstrasse, o la imagen del sargento Elías abandonado en el Vietnam de ‘Platoon’, pero sin que nadie les acribille ni les atrape: la misma vida como vigilante de una torreta, igual que aquellos guardias de la Luftwaffe disparaban como aviso a Steve McQueen en ‘La Gran Evasión’, cuando trataba de recoger su pelota de béisbol. Si se mira varias veces la fotografía, además de hombres araña, héroes en todo caso, uno ve hombres murciélago colgados igual que se les imagina dormidos pendiendo de los techos de las cuevas de su limbo norteafricano. Se ven figuras recortadas contra el cielo, como volando con truco, una ilusión o la ilusión, donde hasta sus harapos parecen querer llegar al otro lado por sí mismos. Una desesperación sin límites. La desesperación fantástica. Del mismo modo fantástico a uno le gustaría verles sobrepasar el obstáculo como Roger Kingdom, que ganaba incluso tropezándose; y no sabe qué podría hacer para que esto sucediese, igual que sí sabe, con una suerte de desgarro interior por concertina, un desgarro occidental pero desgarro al fin y al cabo, al modo del pobre Seymour Levov con su hija malograda en la ‘Pastoral Americana’, que no se dejarían abiertas las puertas de las casas por mucho que Spiderman y Batman en persona fueran a gritar dentro: ¡Viva la casa de Fulano!

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