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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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25 de marzo, 2014

It's toasted!

 

Se van sucediendo las noticias. El anuncio de la muerte inminente, la emoción del hijo. La triste espera. El desenlace y la tormenta que provoca ingentes desprendimientos en forma de recuerdos, de testimonios, entrevistas, artículos, debates. La tormenta continúa pero ya amaina, y uno ahora se atreve a salir, casi avergonzado, para decir algo al respecto, apenas un apunte como quien tira un puñado de tierra, otro más, sobre el féretro, como Tony Soprano por su amigo Jackie.

 

Algunas series de la HBO son literatura de ficción. Pero en estos días se habla de historia e incluso de arquitectura por aquello de quién diseñó la democracia española, como si ésta fuera un edificio; uno de esos edificios en construcción iguales a aquellos de la periferia de la Roma de ‘La Dolce Vita’, cuando Marcello y Papparazzo se acercan en helicóptero al centro de la ciudad siguiendo a Dios que vuela para mostrarnos una nueva decadencia del imperio.

 

La democracia de hoy está tan reconstruida que habría que ir desmontándola para sacar las burbujas, igual que cabría retroceder en la vida de ese protagonista para hallar la esencia del escritor arrastrado y confundido que se perdió en el hedonismo y su dolor. Adolfo Suárez tenía el aspecto de un Mastroianni de Ávila, si es que eso puede ser;  y por qué no siendo el mismo actor de Fontana Liri, un Cebreros de la Lazio.

 

En una de las primeras escenas de la película de Fellini aparece Marcello en un local de moda nocturno, de smóking y fumando un pitillo tras otro cuando un tipo, acompañado a una mesa por dos señoritas, le dice: “ven aquí guapito”, antes de recriminarle por su trabajo de reportero amarillo y amenazarle. A Suárez le llamaron tantas veces guapito que al final acabaron dándole una paliza política que le dejó baldado para los restos. Luego fue la vida la que le golpeó de nuevo.

 

Quién sabe si tuvo sus momentos de zozobra en una casa de verano en Ostia mientras seguía la fiesta, pero después uno apuesta que volvió a su despacho como Sean, el tutor de Will Hunting que al final decidía mover las fichas y empezar una nueva partida. Se piensa en Mastroianni pero Adolfo Suárez tenía quizá más estética de Don Draper, de la literatura de ficción de la HBO. El pelo duro, lustroso y brillante; raya a la izquierda y traje y corbata. Los sesenta y los setenta y los ochenta. Y tabaco. Esas imágenes de todos esos Mad Men fumando en el Congreso le parecen a uno literatura de ficción.

 

Salir del escaño con un pitillo en los labios es tan literario como fumarse un Lucky Strike sin boquilla acompañando a un güisqui de centeno a las diez de la mañana en un despacho de Madison Avenue, después de haber tenido un encuentro con la secretaria. No cree uno que Adolfo Suárez se entendiera nunca con la secretaria (lo que le hace aún más interesante), él, todo un Secretario, aunque en el guión podría haber estado escrito.

 

Aparte de otras cien consideraciones, o quizá no tantas, a Suárez le eliminaron por ir robando el corazón hasta a Carrillo, un tipo que estaba tan bueno que muchos no lo pudieron soportar. La imagen del veintitresefe y los disparos, Gutiérrez Mellado indestructible como el cardo tártaro de Tolstoi apabullando a los picoletos, el presidente sentado mirándoles a la cara mientras el resto del hemiciclo se agacha bajo ese ruido de mascletá.

 

Muchos de estos celosos se quedaron, y hoy siguen y a aquel le echaron, como envidiosos también de sus redaños. Lo que queda es la decadencia del imperio mientras Dios se aleja en helicóptero camino de Ávila. Entre otras mil cosas, lo que tenía Suárez a diferencia de Don Draper eran los escrúpulos. Uno es el amo de Sterling Cooper  a fuerza de acopiarlos y luego desecharlos, mientras el otro se los echaba al coleto como Jesucristo los pecados de los hombres, mientras éstos, y Alfonso Guerra, le apedreaban.

 

Antes se ha dicho que era más una simple estética de Draper, pero no se puede olvidar el entusiasmo fantástico que les une. El cosquilleo en el espectador ante una idea arriesgada y chispeante y moderna. La atracción feliz. Hasta se le imagina diciéndole a Fernández Miranda: “It’s toasted!” bajo un encantamiento, mientras en el capítulo siguiente casi le hace a uno llorar con el gesto impresionante de sus tribulaciones.

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