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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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30 de agosto, 2016

El vendedor

 

Como cada mañana, abrió el grifo del lavabo y se frotó la cara. Con las manos mojadas se echó el pelo hacia atrás. Se miró en el espejo y comenzó a secarse el rostro con cuidado, como si se estuviera curando pequeñas heridas. Luego desayunó sentado en el taburete de la cocina mientras atendía sus correos a través del teléfono, antes de regresar al baño para darse una ducha.

 

Esperó hasta que el pelo perdiera al aire la mayor parte de su empapamiento y luego comenzó a darle forma con las manos hasta que toda la parte superior quedó levantada. Llenó el cuenco de una mano de fijador y lo extendió, mechón a mechón, por las puntas y moldeó todo el conjunto con los dedos durante varios minutos como si estuviese colocando las diminutas figuras humanas de una maqueta.

 

Luego se vistió. Se anudó la corbata y se puso la chaqueta. Antes de marcharse se observó en el espejo del pasillo y terminó acercándose a él para retocar una guedeja que había quedado suelta. Regresó al baño y se puso laca para asegurarla. Volvió al espejo, se miró con el ojo derecho y luego con el izquierdo y al fin salió.

 

Se disponía a disfrutar de una nueva jornada triunfal en el trabajo, pero a las once de la mañana aún no había entrado ningún cliente a la exposición. Desde las diez, la hora de apertura, había acudido tres veces al lavabo con la sensación de que su vertiginosa cabellera se estaba muriendo. Un compañero le vio a través de la puerta entreabierta darse pellizcos en las puntas del flequillo como si no funcionaran, igual que un florista remoja los pétalos de sus rosas.

 

Una hora antes del cierre matinal sólo había atendido a dos personas frente a las que no había sentido la magia de todos los días. Se paseaba por la oficina observando su reflejo en los cristales y mamparas. Se levantaba impaciente para mirarse en las ventanillas.  Afuera se empezaba a ir el verano y todo parecía normal pero en el momento del cierre, tras interminables horas de vigilancia y rigidez, después de haber atendido a más de diez visitas y luego de continuas idas al lavabo para hacerse imperceptibles variaciones en su, hasta ese día, infalible peinado, no había podido cerrar ni un solo pedido.

 

Cuando salió a la calle se pasó la mano por la cabeza y mientras ésta le producía el efecto de una apisonadora sintió un escalofrío y luego una liberación. Quizá había perdido su don y al final todo se había literalmente desmoronado. Pensó que a la mañana siguiente debía intentar reconstruirlo y que si volvía a hundirse puede que hubiera llegado el momento de dedicarse a otra cosa, aunque también pensó que antes podía probar a cortarse el pelo.

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