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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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25 de febrero, 2015

Viajando en descapotable

 

Lo más parecido a los Oscars que hay en España no son los Goya sino el debate sobre el estado de la nación. A falta de estrellas de cine se tienen estrellas políticas que se comportan igual que en una película, interpretando siempre el mismo papel y aburriendo así, y decepcionando, al personal que sin embargo espera, inmune al desaliento, un instante de emoción para poder seguir creyendo.

 

Rajoy suele dar lo mejor de sí en el Congreso, constatando que su búnker no es el de La Moncloa como llegó a decir Garzón (introducing rezaban los créditos delante de su nombre, como delante del de Sánchez), sino el del hemiciclo. Hay una característica del discurso del hoy presidente que no se ha tomado quizá con la importancia con la que se debiera y que son sus eses. Ese sonido constante que puede hacer eterna una canción, el ritmo casi imperceptible que suena como los platillos de 'Dreams Never End' de New Order.

 

Si a eso se le suma el humor gallego, una suerte de contundencia docente y una figura que contiene la sequedad del registrador en la tribuna (se contiene como le contaba Marlon Brando a Truman Capote que hacía Spencer Tracy) configuran un oponente que apenas ha encontrado rivales en la Cámara estos últimos años (ya lo escribía Umbral) y desde luego hoy no los tiene.

 

Sánchez no lleva hombreras en los trajes y aún así, o por ello, se le hace una arruga como un fruncido de prenda femenina entre los omóplatos, lo que podría indicar que en él todo es músculo. Un atleta metido a parlamentario que es como un parlamentario metido a atleta. Era mirar a su derecha y aparecerle una vena gruesísima en el cuello, cosa que no le ocurría al mirar a la izquierda, quizá porque se había tomado la sesión como una tarde de pesas en el gimnasio cuando no funcionan así las cosas, y si no lo cree que observe a Pablo Iglesias quien con sus finos brazos de supermodelo de alta costura es capaz de levantar cientos de miles de quilos, y sin estar presente.

 

A esto último el presidente lo llamó “ventoleras ideológicas”, lo cual es un hallazgo de expresión, como un soplido que levanta en vilo (y tanto) al pueblo. Pablo “el ventoleras” podría ser otro gran apodo para intercambiar con “el coletas”, cuya imagen flotaba en el ambiente como los dirigibles de los partidos de baloncesto: él se iba acercando y la grada saludaba y levantaba divertida los brazos donde sólo faltaban los refrescos y las palomitas.

 

Aparte de eso estaban los treinta y siete folios de Mariano que de nada sirvieron cuando después le llamó “patético” a Pedro y éste le respondió con otro “patético”, o fue al revés, da igual, perdiendo ambos toda posibilidad de alcanzar la precisa contención. Yves Montand también quedaba lejos y cada vez más cerca el “No cambié, no cambié, no cambié…” de aquella trasunto de cantante. Luego de esto al presidente sólo le faltó decir: “chínchate” en una profusión de gestos rajoyanos: ceja, ojo, ceja, ojo, como el punta, tacón, punta, tacón de un bailaor. Desde entonces el presidente se mostró más como Papá Noel en la tribuna cargado de regalos.

 

Alrededor no se sabía qué brillaba más si los flashes de los fotógrafos (a los que miraba César Luena como preguntándose cómo era posible que cupieran todos en ese altillo) y la calidad de los discursos o la frente amplísima de Hernando, el socialista, casi el único faro presente de la oposición.

 

La palabra más nombrada por Sánchez fue “Rajoy” y la más nombrada por éste fue “empleo”, lo cual refleja las obsesiones de un psicoanálisis público que deja baldado al espectador. Entre el destrozo del primero y el triunfo del segundo cabe España, por lo que casi se podría decir que España va bien (otra vez)  de no ser por los caprichos del resto de partidos que siempre buscan su propia realidad paralela.

 

Llegó el turno de Garzón, todo un garçon de veintinueve años (ya hay que tener narices, piensa uno, para plantarse allí sin haber cumplido los treinta), y enseguida le llamó Villalobos que pareció decirle: “Oye chaval, que aquí se hace lo que yo digo, ¿eh?, y haz el favor de meterte la camisa por dentro, y una corbatita tampoco está de más, y péinate ese flequillo… ¡ah! y la próxima vez me vienes afeitado, ¿vale?, venga, corre…”.

 

Y luego se vio un plano desolador del joven líder comunista hablándole a los escaños con una curiosa tez de color rosa, idéntica a la de Rajoy, al que comenzó a espetarle un monólogo del club de la comedia con las distintas fases demasiado evidentes de haber estado ensayándolas delante del espejo. Aquello pasó con la afirmación de Alberto de que era el último debate del presidente porque lo iban a echar sin mencionar quién, lo cual sonó más a deseo de que el suyo no fuera a ser también el último además del primero.

 

Uno ya estaba dormido cuando oyó a alguien decir “pulítica”, que fue cuando vio a Durán en la tribuna como en la hoguera para decir que era un hereje. Quizá por eso a Rajoy sólo le faltó preguntarle si quería algo: chocolate, cigarrillos, o incluso cantarle el 'I need you sha lalala...'.

 

Languidecía la sesión pero quedaba la hora de los palos a Rosa Díez, que es como la última canción clásica del concierto. Pero tan clásico es ya el momento que ha perdido toda espontaneidad y se sospecha hasta que haya contubernio. Mucho ruido para no defraudar pero al final pareció más una terapia detox después de un largo día que pudiera culminar en el bar con un zumo de pomelo antes de irse a dormir, por mucho que durante toda la jornada, a cada regreso de Rajoy a la bancada, Soraya le esperase con la puerta abierta, las zapatillas preparadas y el fuego encendido.

 

Soraya hoy es la mujer parlamentaria del presidente como antes fue su hija, y tiene pinta de que algún día será su madre. Ayer fue la suya labor de esposa amante y discreta en la gran fiesta de la política española, que es de una dureza inusitada hasta para los oyentes. No había más que ver a la vicepresidenta a última hora con el pelo igual que Bridget Jones después de que se le hubiese volado el pañuelo en el descapotable.

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