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Viajes de papel el blog de Nicanor Gómez Villegas


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1 de junio, 2016

La Estación de Finlandia

 

 

Para Belén Gopegui

 

 

Europa tiene, como en el poema de Apollinaire, varias puertas. Todas ellas son ciudades fundadas al lado de un mar que fueron capitales de un Imperio. La lista está sometida a discusión, pero hay consenso en varias de ellas. Venecia, faltaría más, al menos para quien esto subscribe, es de las ciudades que encabeza esa lista de puertas. Estambul/Constantinopla, su hermana/hermanastra, es otra. Del Adriático y el Bósforo, vale decir Mediterráneo y Mar Negro, al Mar Báltico, el mare suevicum (“el mar sueco”), la otra gran puerta, la capital que construyó sobre los pantanos de la desembocadura del río Neva la voluntad hercúlea de un hombre: Pedro Romanov, Pedro I el Grande, Zar de Todas las Rusias, quien eligió también el nombre para su ciudad. Como no podía ser de otro modo, le dio el nombre de su onomástica: San Pedro (Sankt-Peterburg, Peter para los vecinos), eligiendo la versión holandesa del nombre y no la rusa, que hubiera sido Piotr. Como las pirámides de Egipto o la muralla china, los cimientos de esta ciudad están macizados con los restos de miles de siervos que trabajaron en su construcción. Salvo un breve lapso, la ciudad fue la capital de todas las Rusias desde poco después de su fundación en 1703 (concretamente el 27 de mayo, para el calendario gregoriano, 16 de mayo para el juliano) hasta 1918, cuando la capital de la Rusia soviética fue trasladada a Moscú. Entre 1914 y 1924, el nombre de la ciudad perdió por razones obvias los dos fragmentos germánicos que formaban parte de él: Sankt y –burg, y pasó a llamarse Petrogrado, que es lo mismo pero sonaba, hay que reconocerlo, mucho más ruso. Entre 1924 y 1991 la ciudad recibió otro nombre: Leningrado, la ciudad del fundador de la Rusia soviética, Vladimir Ilich Ulianov, conocido por su apodo de los destierros siberianos y las catacumbas antizaristas: Lenin.

 

San Petersburgo/Petrogrado/Leningrado fue testigo en octubre de 1917 de los diez días que conmovieron al mundo, tomando el título del relato de John Reed de la revolución de octubre. Octubre, Instituto Smolny, Aurora (el simbólico nombre del crucero del que partió el cañonazo que sirvió de señal para la toma del poder de los Soviets), Palacio de Invierno, son emblemas de una revolución que forma parte del imaginario colectivo del siglo XX con una intensidad que muy pocos acontecimientos históricos han logrado. Y no podemos olvidar a La Estación de Finlandia (Finlyandsky), que dio titulo al influyente ensayo de Edmund Wilson y, más modestamente, a este pecio. En la Estación de Finlandia volvió a pisar territorio ruso el 3 de abril de 1917 Lenin, después de cruzar toda Europa en un vagón sellado de ferrocarril, cortesía de los servicios secretos del Káiser, una inteligente jugada que desencadenó la Revolución de Octubre y la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial.

 

El avatar soviético de la ciudad, Leningrado, está inextricablemente unido a los 872 días de asedio brutal al que fue sometida la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, a la 7ª Sinfonía de Shostakovich que lleva su nombre. Shostakovich, pero también Blok, Mandelshtam (Osip y Nadejda), Mayakovsky, Anna Ajmatova, de mismo modo que en los tiempos de los zares Pushkin, Gogol, Rinsky-Korsakov, Lermontov, Dostoievsky, Chaikovsky, Rachmaninov, Anna Pavlova, Nijinsky, Diaghilev, es imposible pensar en esta ciudad sin evocar los nombres de figuras fundamentales de la gran cultura rusa y europea de los siglos XIX y XX.

 

Desde la fortaleza de Pedro y Pablo, la ciudadela de la ciudad, donde se encuentra la catedral homónima en la que están enterrados los zares de la dinastía Romanov, o desde los palacios sobre los muelles del Neva (Hermitage, Palacio de Invierno, Palacio de Verano) o la Nevski Prospekt, San Petersburgo/Petrogrado/Leningrado/San Petersburgo sigue evocando en todos nosotros, especialmente entre aquellos que creyeron fervientemente en la utopía/distopía comunista, los afanes e industrias del alma humana: asalto a los cielos, esperanza de un mundo mejor, infierno o pesadilla. La Estación de Finlandia.

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