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Todavía la vida el blog de Nieves B. Jiménez


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20 de mayo, 2019

La inexpresable tristeza de los días

 

“Una de las cosas que hace la depresión es alimentarse a sí misma. Tú no prestas atención al mundo exterior, porque estás sumergido y ahogado en ti mismo, en tus obsesiones, en el circuito cerrado de tu desgracia. Cuando sales al mundo, de pronto parece que te despojas de ese peso. Es lo que dice esa expresión tan vulgar pero tan precisa: “Me quité un peso de encima”. Es que realmente te quitas un peso de encima, y tienes  la ligereza suficiente para ir por la ciudad no obsesionado con tus cosas, sino libre de ellas, de modo que cualquier cosa se puede convertir en motivo de interés”. Estas palabras son de Antonio Muñoz Molina. Su libro ‘Un andar solitario entre la gente’ surge tras haber sufrido una depresión: “La efervescencia del texto está en buena parte inducida químicamente en concreto por la maravillosa fluoxetina. Y salir de una enfermedad te dispone siempre a la celebración, estoy alegre por haber vuelto al mundo”.

 

El brillante texto de Muñoz Molina no hace sino resaltar las alteraciones en la temporalidad y en la espacialidad que se dan en el enfermo depresivo para quién los días pasan lentos, pesados y todo se le viene encima porque la perspectiva del horizonte se achica. Y cuesta respirar y más aún, subir a por aire.

 

La depresión, esa “gripe” de las enfermedades mentales, es una de las dolencias más frecuentes. Afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo. Las últimas estadísticas de la Organización Mundial de la Salud sitúan a España como el cuarto país de Europa con más casos de depresión, afectando a más de 2 millones de personas.

 

Cuando desgranamos los datos vemos que afecta más a las mujeres, un 5,1% frente al 3,6% de los hombres y la prevalencia es aún mayor en mujeres menores de 29 años o mayores de 55 y en situaciones como la pobreza, el desempleo o el consumo de drogas o alcohol.

 

Hace poco saltó a los titulares de los medios de comunicación la remera española Anna Boada. Anna no venía a hablarnos de cómo iban sus entrenamientos sino que nos anunciaba su retirada de la actividad deportiva a los 26 años debido a una depresión: “Lamentablemente, me cuesta aceptar que esta vez no he sido capaz de encontrar las fuerzas para continuar luchando. Las enfermedades no las escogemos, a veces ni las aceptamos, sobre todo cuando hablamos de problemas de salud mental. Hoy en día está mucho más reconocida una fractura de brazo que la depresión o la ansiedad”, declaraba Boada en una carta al recibir el premio como mejores remeras del año junto a su compañera Aina Cid.

 

Efectivamente, este dolor no se refleja en un análisis de sangre ni en una radiografía. Es inexpresable. Es el dolor del alma. Anna lo tenía todo. Junto a su compañera Cid conquistaron en septiembre la medalla de bronce en los Mundiales de remo de Plovdiv (Bulgaria). Su futuro era de lo más prometedor hasta que se cruzó la enfermedad: “Lo más complicado de una depresión no es caer, lo más difícil es no saber cuándo vas a volver a tocar el suelo para poder empezar a levantarte. Comienzas a aislarte por el miedo a ser juzgado, de que la gente te etiquete como otro caprichoso que pretende llamar la atención… ese “ya pasará” unido a ese miedo a acercarse a ti porque agotas. Entonces, comienzas a sumar otras dolencias como la soledad.  El bucle empieza a alimentarse y te encuentras realmente perdido: “Igual me di cuenta demasiado tarde, igual no supe encontrar la ayuda adecuada en el momento preciso, igual la gente cercana a mí no estaba preparada; quizás ni yo misma era consciente de hasta dónde podía llegar a hundirme. He dejado de buscar culpables, de preguntarme a mí misma qué hubiera pasado si hubiera tomado otras decisiones. Al final he sido yo la perjudicada, el mundo ha seguido girando mientras yo estaba paralizada sin saber continuar”.

 

Para más INRI, como si no fuera suficiente afrontar lo difícil que es no caer, cuando crees que has superado lo más complicado, sientes la incertidumbre, “volver a tocar el suelo para empezar a levantarte”. Tu entorno comienza a desgastarse porque no conoce la forma de atajar algo que va a más y tú te conviertes en una persona casi ridiculizada. Temes, entonces, caer en la autocompasión. Comienzas a creer que exageras. Jaime Gil de Biedma fue una persona atormentada que cayó en varias crisis, pero procuró no caer jamás en la autocompasión. “La autocompasión es uno de los sentimientos más embarazosos para el público y más obscenos. Cuando escribí el poema titulado 'Contra Jaime Gil de Biedma' estaba en un estado de depresión moral muy intenso. Tenía miedo a suicidarme... Como todo ser humano, adolezco de una tendencia a la autocompasión pero estoy acostumbrado a reprimirla”, contaba en 1970 a Federico Campbell para el libro de entrevistas ‘Infame' turba’.

 

En ‘Amor, etcétera’, de Julian Barnes, leemos la descripción de lo que ni él en principio sabe cómo denominar: “¿Episodio? ¿enfermedad? ¿depresión? las palabras no parecen servir  en aquel entonces y siguen sin servir. ¿Te contó algo de esto? No, sabía que no. Oliver también tiene su orgullo. Pero recuerdo -vívidamente- que un día volví a casa temprano y que él seguía tumbado  exactamente donde yo le había dejado, de costado, con un almohada encima de la cabeza que sólo permitía verle la nariz y la  barbilla, y el notó mi peso cuando me senté en la cama, pero no reaccionó. Dije -y las palabras sonaron impotentes en mis labios mientras las pronunciaba-: ¿Qué ocurre, Oliver?”. Y él no respondió con una de sus voces jocosas, sino directamente, como haciendo un gran esfuerzo por responder a mi pregunta: -la inexpresable tristeza de las cosas.  ¿Crees que, en parte, es eso? ¿Las cosas inexpresables, me refiero? Si la depresión es el lugar en que las palabras sobran, la imposibilidad de expresarla tiene que hacer más insoportable tu desazón, tu aislamiento. Conque dices, valerosamente: “Oh, estoy un poco decaído” o “me siento tristón”, pero las palabras empeoran tu estado, no lo mejoran…”

 

“El gran problema que tenemos para poder identificar bien una depresión es la falta de tiempo. Las consultas son muy breves y poco frecuentes. No se puede conocer ni diagnosticar bien a alguien así. Y además, hay un exceso de confianza en los psicofármacos en muchos casos”, me dice Luis Valenciano, médico psiquiatra y Coordinador de la Unidad de Trastornos de la Personalidad del Hospital Román Alberca (Murcia). Y añade: “Es necesario reflexionar juntos acerca de cómo podemos hacer para que las intervenciones, los actos de salud, añadan valor a la vida de los personas. Huir de una inercia vacía, estéril, insatisfactoria y, además, muy cara”. 

 

Luis Valenciano se encuentra a diario en su consulta, “básicamente, dos perfiles: pacientes cuyos problemas en la personalidad dan lugar a síntomas muy ‘visibles’: se autolesionan, hacen intentos de suicidio, tienen problemas con la alimentación, consumo de drogas, estallidos de ira, cambios bruscos de humor, relaciones tormentosas con los demás, dificultades para mantenerse estables en un trabajo o en los estudios, dificultades para mantenerse en una pareja... Por otra parte, pacientes cuyos problemas en la personalidad son poco ‘visibles’, salvo para ellos mismos. Por fuera no se ve nada, pero por dentro se sienten aburridos, sin sentido, sin propósito en la vida, hastiados y eso hace que, con frecuencia, se les diagnostique de depresión y se les medique, pero no responden bien porque, si bien tienen síntomas depresivos, no tienen verdaderas depresiones. Estos problemas son difíciles de detectar”.

 

Con Luis Valenciano abordo el problema actual en la sanidad, la falta de tiempo en las consultas: “Si un profesional únicamente tiene 15 minutos para revisar a alguien sólo le va a dar tiempo a preguntarle por los síntomas más importantes y para ajustarle el tratamiento farmacológico. Tratar mentalmente a alguien tiene la precondición de conocerlo a fondo. Un buen terapeuta tiene curiosidad por la vida de las personas, está motivado, concentrado en la tarea, piensa la globalidad de la vida de su paciente, puede orientarlo en materia de estudios, de trabajo, se preocupa por el destino, por el pronóstico”.

 

Si un profesional ve mermados los minutos para la entrevista, las posibilidades de que diagnostique mal son muchas: “Diagnosticar bien de verdad a alguien exige no sólo conocer sus síntomas sino conocerlo como persona. Hay que conocer bien a una persona. Saber qué ha estudiado, de qué trabaja o ha trabajado, cómo se organiza el tiempo y el dinero, cómo se relaciona con sus jefes, con sus compañeros, con sus subordinados, si está o ha estado enamorado de alguien, cómo trata al cónyuge, a los hijos, si le gusta lo que hace o no, si le encuentra sentido a lo que hace o no, si tiene relaciones sexuales y cómo son. Si tiene amigos, si le importan o no, cómo es la familia, con quién vive, con cuánto vive, cómo son sus deudas, sus gastos, qué le gusta hacer, si es creativa en algo o no, si miente, si le tienen miedo, si no le soportan y por qué, si es íntegra... En definitiva, conocer la persona, saber qué número de zapato gasta...

 

Hay que saber mucho antes de decir algo”.

 

Por otra parte, hay que destacar el papel del médico de familia. Esos profesionales que te ven a diario y que perciben rápidamente que hay algo que no marcha.  A veces, muchas pérdidas de apetito, dolores de cabeza o inapetencia enmascaran la existencia de un trastorno ansioso o depresivo. Como un perfecto engranaje, la cadena se pone en marcha y derivan al enfermo, al especialista correspondiente. Necesita un tratamiento más exhaustivo. “Los médicos de familia son muy importantes en la vida de las personas y deben y pueden serlo más. Porque pueden detectar pequeñas variaciones en su paciente dado lo bien que lo conocen. Pero si ven entre 50 y 80 pacientes al día no tienen una relación con un paciente, sino con un ratón. Este sistema es hipócrita y todos lo sabemos”.

 

El problema es que los pacientes en crisis exigen remedios rápidos incitados por la inmediatez de esta vida tecnologizada, cuando es más profundo que todo eso. “La velocidad de la vida social es incompatible con lo bueno. No hay remedios rápidos ni curas mágicas. Lo que hay es trabajo, persistencia y conocimiento. Lo rápido es superficial y absurdo”. Otro hándicap que deben remontar muchos enfermos es esta vida idealizada. La importancia que se le da a la imagen desde las redes sociales y a la necesidad de mostrarte continuamente feliz ante los demás: “Hay, creo, una potenciación de lo que podríamos llamar ‘Lo Ideal’. Instagram, una playa paradisíaca, un anochecer, vidas así. Creo que fue Ortega que dijo: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. Lo ideal está en nosotros y hemos de renunciar a él para abrazar lo bueno y valorarlo”.

 

La filosofía nos ha ayudado a lo largo de la historia a comprender el tránsito de la vida. El hombre se sabe condenado a muerte, sabe que es mortal y que hay un final. Ya Pascal anotaba que la enfermedad es la condición esencial del cristiano, del hombre. La enfermedad no es un accidente, la vida es enfermedad, es sacrificio. La literatura, pues, tampoco nos ha mantenido ajenos y así las palabras de Antonio Machado nos reafirman, “al final sólo recuerdo la emoción de las cosas”.  Y el propio Cervantes, en El Quijote, en pleno diálogo entre el ingenioso hidalgo y Sancho. Sancho avisaba a Alonso Quijano cuando decía estar triste con algo parecido a ‘no exagere, sea cauto, que si lo exagera podrían tomarle por una bestia’. En concreto: “—Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes”.

 

El sentimiento es otra forma más de entrada al mundo, no es afecto únicamente. Entonces, asumir nuestras limitaciones es una forma de adquirir sabiduría. Casi, al final, tiene ese punto de satisfacción porque has llegado al discernimiento. La vida, en definitiva, es gestionar las propias limitaciones sabiendo que no vamos a alcanzar la inmortalidad ni la trascendencia. Podríamos denominarlo casi como un acto épico: ser consciente de las calamidades de la vida, esa imposibilidad de saber con certeza la inestabilidad a nuestro alrededor y, sin embargo, asumirlo con una actitud valerosa. “Como actitud ante la vida y como respuesta libre ante los diversos acontecimientos o situaciones adversas que condicionan nuestro existir”. Esta consideración del sufrimiento psíquico, como parte esencial de la condición humana, es una de las premisas de muchas psicoterapias, especialmente desde los trabajos del psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de los campos de exterminio de los nazis y creador de la logoterapia.

 

Porque estas patologías no nos son ajenas. Hemos convivido siempre con ellas sólo que hace pocos años parece que se han incrementado gracias, en buena parte, a que muchos comienzan a hablar sobre ello.

  

A esta normalización del enfermar depresivo ha ayudado que personajes muy conocidos que han sufrido golpes duros alerten de que es algo común. Tampoco tenemos que remontarnos tan lejos para saber que no hace muchos años ir al psicólogo o al psiquiatra era ser tildado de raro. “Hemos mejorado muchísimo en este tema, social. Hay muchos menos tabúes y prejuicios que hace 20-25 años y eso es gracias a mucha gente que se está esforzando.  Un tuit de una persona conocida hace más que años en consulta... Un tuit de Selena Gómez vale más que varias campañas institucionales. Sin embargo, siendo una  loable ayuda  que estas personas salgan y hablen, creo que nos sigue faltando la tarea de reflexionar”. Y Anna ha sido la última que ha querido dejar su testimonio que seguro ha ayudado a muchos: “Tan sólo he querido contar mi historia para concienciar a los aquí presentes de que tan sólo los deportistas sabemos los límites de presión a los que estamos sometidos año tras año. Me gustaría que hubiera algún apoyo en las crisis, pero también como prevención, antes de que sea demasiado tarde”.

 

Afortunadamente, ha ayudado esta trasparencia, ante el absurdo pavor de decir a los demás qué nos pasa por temor a ser denigrados…Y eso que, paradójicamente, los españoles somos los que gastamos más imagen de gente abierta, extrovertida y sin atisbo de problema en nuestras vidas. Los españoles ocupamos los primeros puestos en simpáticos, hospitalarios, capaces de reírnos de nosotros mismos e incluso muy buenos en la cama siempre que se publica una encuesta sobre estilos de vida comparándonos con el resto de europeos. Somos de quedar mucho a tomar un café o una cerveza y charlamos y charlamos pero, realmente, ¿expresamos qué nos pasa? ¿nos sinceramos? ¿Recuerdan aquella canción de Jarabe de Palo  -“No sé qué guardas ahí dentro. Seguro que nada bueno. Y si no te escucho, ¡grita!”-  que Sanitas pidió a Pau Donés para remover al espectador? Efectivamente,  “¿qué haces cuando sientes que te duele el alma? ¿Gritas?: “Desde luego. Falta ahí, por esa rapidez que hablábamos, supongo, un verbo: Pensar. Pensarse. Pensar la vida de uno. Pensar lento y profundo es muy ahorrativo, en realidad”.

 

Los especialistas remarcan que la solución a los disturbios mentales no sólo la encontramos en la farmacia. A mi cabeza viene aquel fragmento de la película ‘Como agua para chocolate’: “Todos nacemos con una caja de cerillas en nuestro interior. La combustión que se realiza al encenderse cada una de ellas es lo que nutre de energía al alma. Si no hay detonador, la cajita se humedece y ya no podemos encender las cerillas. Hay muchas maneras de ir secándola poco a poco, para que las cerillas vuelvan a encenderse”. En la historia, el doctor John procura guiar a Tita ante su depresión. En España, según recientes investigaciones, el 10,7% de la población consume tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir (13,9% en mujeres y 7,4% de los hombres), y el 4,8% antidepresivos o estimulantes (6,7% de las mujeres y 2,7% de los hombres). Los fármacos ayudan pero el enfermo tiene que entender que también se requiere un esfuerzo por su parte. Un paciente merece un trato digno, tiempo y dedicación hasta que recupere su estabilidad: “Yo haría hincapié en que nadie se recupera sin una posición activa. La persona tiene que estar activamente comprometida, reflexiva, pensando cómo mejorar su vida en las áreas importantes y dispuesta a hacer un sacrificio. La receta es estar activo, comprometido, reflexivo y presto al esfuerzo y a renunciar a cosas. Sobre todo a la comodidad”.

 

Y hay que exponer al paciente, entonces, que cada vez hay más formas de vencer a la enfermedad. Aparte de medicaciones o psicoterapias están surgiendo otras formas llegadas de la mano del propio ciudadano. Sin profesionales. Sin familiares. Sólo ellos. Movimientos “en primera persona” lo llaman. Surgen lo que llaman Grupos de Apoyo Mutuo: “Grupos de usuarios de servicios de salud se ayudan entre sí. Incluso afectados por un trastorno límite de personalidad los han puesto en marcha. Lo importante, y es lo que hay que destacar, es que están organizándose, activos, en una posición como, de forma metafórica, sobre las puntas de los pies, no tumbados esperando el gotero mágico. Y también un poco porque ante la pasividad de la administración la gente ha decidido organizarse, pero no para quejarse sino para seguir buscando más alternativas a su cura. Al final somos nosotros y nuestra voluntad”.  Con esta iniciativa, “hablamos de la implicación de la sociedad. La revolución vendrá, al final, desde la ciudadanía. No sólo desde la ciencia y la mejora en las terapias, que también. La revolución va a venir por la organización ciudadana. No hippy-agresiva, sino activa, culta y constructiva”.

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