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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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24 de marzo, 2018

De mi diario : Semana 12 / 2018

 

Weiß/Colonia, 18.3.

Ayer traduje la frase de Hélder Câmara a partir de la traducción alemana, y me preguntaba todo el tiempo cómo será el original portugués, que no logré encontrar pese a la ayuda desinteresada de mi querida Miss Hortensia Google. Hoy lo he vuelto a intentar durante una hora, y nada que hacer, tampoco lo he conseguido. Malhereusement!

 

A las 2 pm pasan Montse & Frank para llevarse a Henri. Justo a esa misma hora comenzaba el encuentro de los amigos de Hannes Kamps, en su casa, in memoriam. Decidí no acudir desde el mismo instante en que recibimos la invitación. Eso incluso contando con la sospecha de que el propio Hannes haya dejado una lista de la gente a la que enviar la invitación en el caso de que se quisieran reunir post mortem para recordarlo. La verdad es que no recuerdo ningún amigo común que hayamos tenido Diny y yo con Peter y Hannes. Y el riesgo era grande de encontrarte metido en una reunión donde no conoces a nadie, y si acaso sí reconoces a alguien puede haberse convertido en otra piltrafa humana como uno. Y que quién sabe si te reconocería. No. Y creo que hice bien.

 

Weiß/Colonia, 19.3.

Al levantarme, una de mis primeras providencias es abrir la estafeta virtual y ver qué correo me llegó mientras estaba en brazos de Morfea. Esta mañanita la fortuna me deparó el regalo de un largo email de Arcángeles, sobre My Fair Lady y el vinilo mexicano de Mi bella dama, así como todo el entorno familiar y sentimenral que la vinculan a ese vinilo. Ha sido un diálogo de lo más sabroso con otra de mis afinidades selectivas (las electivas que se las quede Goethe).

 

Hoy me tocó de nuevo la Sala Torquemada del centro de fisioterapia y tres monitores distintos y un solo dios verdadero: el Hades de los griegos y Plutón de los romanos, en todo caso el dios de los infiernos. Entretanto creo que hay una mentalidad enfermiza detrás de la filosofía según la cual para generar salud tienes que torturarte o dejar que te torturen. Me recuerdan una sabia conseja de mi infancia: «Si el trabajo es salud, viva la tuberculosis».

 

Al llegar a casa y dejar el bastón en el rincón detrás de la puerta del apto., de repente el bastón se cayó al suelo, y yo, al intentar detenerlo en su caída lo hice de manera tan torpe que me caí también. Pero la mía fue una caída sentida plenamente como tal y casi a cámara lenta, como si la congelación de la imagen pudiese impedir que terminase en el puto suelo. Ya me ha pasado otra vez, hace meses, al salir de la sala 1 del cine Odeón, que al bajar la escalera al vestíbulo y apoyar mal el bastón me caí de la misma manera y no rodé de escalón en escalón porque Dios es grande en el Sinaí y en el barrio coloniense de San Severino, donde se encuentra el cine. Es terrible la vejez, es una metástasis de la vida, todavía no calificada así por la ciencia. De pronto me siento envidiando a todos los amigos que me han precedido jóvenes en el viaje al más allá.

 

Weiß/Colonia, 20.3.

0:30 am : Acabo de ver Child 44, que la crítica de la revista TV Movie dejaba muy mal parada, alegando que en el deseo de meter en el film la mayor cantidad posible del bestseller de Tom Rob Smith, los caracteres aparecen desdibujados y la narración es confusa, y que tan sólo la actuación de Tom Hardy le hace honor al magnífico libro. Pero lo dicho, acabo de verla y me parece que he visto una peli distinta de la que vio el crítico de TV Movie. Y bueno, todo el mundo tiene el derecho a equivocarse, tanto el crítico de TV Movie como yo.

 

Angie fue quien me descubriò la saga de Gereon Rath, cuando le pregunté el año pasado qué regalo podía hacerle a su padre para su cumpleaños. Me dijo que el primer episodio de la saga, y me quedé con la copla. Hoy me acordé del detective coloniense en el Berlín de la Repùblica de Weimar y llamé a la editorial, que es la mía alemana, con la que he colaborado durante tantos años, y les pedí que me enviaran los siete episodios de la saga. La chica que me atiende me sorprende con la pregunta de si quiero que me los envíen como ejemplares para reseña (es decir, gratis) o con descuento colegial (el 40%). Me agarra tan de sorpresa que le respondo la verdad monda y lironda, o sea, que estoy seguro que la lectura de la saga completa es posible que me inspire un artículo para mis revistas y diarios en España y América Latina, pero que en principio los encargo para mi placer personal. Pero me agradó que me lo preguntase. Así pude ponerle una pluma a mi sombrero, la de no ser un ventajista que se prevale de su condición de periodista o autor de la casa. Es por esa ley moral en mí, de la que habló Kant.

 

En La Modicana repetimos los espaguetis con ajo y gambas de la semana pasada, que son un manjar de los dioses. Hablamos de miles de cosas antes y después de comer, porque comiendo callamos como tumbas. Más moderno sería decir como nichos, o como urnas, pero uno es de la vieja escuela, che le vachaché, según sabiamente decían los compadritos porteños.

 

Comienzo la lectura de las cartas de Flaubert, que es una tarea y un placer que me aguardaban desde 1977, cuando compré el libro, para algún día hincarle el diente, y ese día ha llegado ya. Y no sólo ha llegado sino que lo inauguro con una linda sorpresa. En una carta (la segunda suya que se conserva) que un Flaubert de 9 años le escribe desde Ruán a su amigo Ernest Chevalier el 4.2.1831, le dice con una redacción imperfecta pero clarísima: «Te había dicho que iba a escribir obras de teatro pero no escribiré novelas que tengo en la cabeza y que son: La bella andaluza, El baile de máscaras, Cardenio, Dorotea, La mora, El curioso impertinente, El esposo discreto». ¿Qué tal? Meterse entre pecho y espalda las Novelas ejemplares de Cervantes a los 9 años e incendiársele la imaginación, tal parece que todo fue uno. De alguien así se puede esperar una Madame Bovary. Y en cuanto a la imperfección del texto, es fácil de detectar: la falta de una coma, en el original, entre “no” y “escribiré”.

 

Vino Arzola para poner orden y concierto en mi compu, que últimamente estaba funcionando como un desfile de cojos, diría Carlitos. Y con la ayuda de un par de aplicaciones de su bisturí virtual y de la miniaspiradora portable de Diny en las entrañas del sancta santórum de la compu me la ha puesto como una perita en dulce. Lo único que no me ha gustado del paso de Arzola por mi casa, hoy, es que haya hecho frente común con Torquemada Fisioterapio, con Diny y mi cardiólogo, y me recomiende salir a pasear a diario, 1 km de ida y otro de vuelta. Yo creía que Arzola era amigo, pero ya veo cuánto se puede uno equivocar en sus juicios personales. ¡Ay carajo, salir a caminar 1 km de ida y otro de vuelta, a un cascajo como es mi cuerpo, sería algo así como pedirle a un astronauta que subiese a pìe hasta la estación espacial! ¡¡Amigo, ja!!

 

Weiß/Colonia, 21.3.

0:05 am : Le goût des merveilles [estúpidamente titulada Pastel de pera con lavanda, tanto en español como en alemán, ¿qué miope habrá copiado al otro?] es una peli que deja en el paladar ese sabor de las maravillas de su título original. Confieso que nunca la quise ver por la sencilla razón de que el título me repelía, ni a Corín Tellado se le habría ocurrido semejante majadería. Pero como seguimos sin televisor y era la única peli “potable” en la programación del día, me dije que empezaría a verla aquí, en la compu, y en cuanto notase el empalago lo dejaba. Me la he jalado de una sola sentada, no me quise perder ni un fotograma. Pelis como esta son las que te alimentan el amor al cine. Y la delicadeza con que se trata la diferencia con quien es “otro”, sin caer ni en el chiste ni en el lagrimón, merecen un reconocimiento especial.

 

Hoy han ido a la huelga miles de empleados de empresas de transportes públicos y guarderías infantiles, entre otros, siguiendo un llamado del sindicato que los agrupa y exige de la patronal una subida de sueldos del 6%. La patronal son el Estado federal, los Estados federados y los municipios. Y los que sufrimos la huelga somos nosotros. Yo, por ejemplo, debería ir hoy al centro de fisiología, pero como no estaba garantizado que circulasen los buses y no tengo ni he tenido jamás auto, me vi obligado a cancelar ayer la cita y posponerla hasta mañana. En los noticieros, esta noche, la parte del león se la llevarán las imágenes de ciudades con el tráfico congestionado y las multitudes con cara de haberse confundido de planeta.

 

¡Ese Flaubert era una cosa seria! Al mismo amigo que ayer cité, y el 29.8.1834, cuando aún no ha cumplido los 13 años, le cuenta que si su pluma no estuviese ocupada escribiendo sobre una reina francesa del siglo XV, Isabel de Baviera, «la vida me resultaría repugnante por completo y una bala me hubiese liberado hace ya mucho de esta bufonesca farsa a la que llaman vida». ¡Caray con Gustavito! ¡Menos de 13 años y ya pensando en suicidarse! Descuento lo que haya (pueda haber) de exaltación adolescente en ese exabrupto, pero ¡cómo nos iba a hacer la putada de mudarse al Valle de Josafat antes de escribir Madame Bovary! Gustavito, hijo, recapacita.

 

Anache me envía, no sé si desde Medellín o Los Ángeles, “El viaje definitivo”, de Juan Ramón, una de las cumbres más altas del himalaya que es toda su poesía. Me lo envía sin comentarios, lo cual es de por sí un comentario tan clamoroso como elocuente. Y le acuso recibo: «Ese poema, querida Anache, lo conozco desde que era niño. Juan Ramón es quizás, y hasta sin quizás, el poeta que más he leído y que más sigo leyendo y releyendo. Su Diario de un poeta recién casado es una de las joyas más deslumbrantes de la poesía en nuestra lengua. Y si lees mi diario asiduamente, sabrás que hay dos versos que cito muchas veces, la mayoría de ellas sin comillas, porque todos quienes aman la poesía saben de quién son esos dos versos de ese poema que me mandas hoy: "Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros / cantando". Aquí, ahora que con la primavera han vuelto los pájaros, los oigo cantar al amanecer, y al anochecer, y se los repìto desde mis adentros: "Y yo me iré. Y se quedarán ustedes, cantando"».

 

Weiß/Colonia, 22.3.

1:20 am : Veo seguidos El tren azul, un episodio de Poirot con David Suchet (reencuentro en la banda sonora con el “Sing Sing Sing” de la orquesta de Benny Goodman en el conciertazo del Carnegie Hall el 16.1.1938, ¡ah, esa batería inconfundible de Gene Krupa!), y Lucía y el sexo, sincronizada en alemán. Cuatro horas de buen cine para rematar el día. Me fijo esta vez en que la novela que lee Lucía, en una escena de la peli, es Hector Servadac, en la edición mexicana de Porrúa, y me hace gracia, porque es ya mucho Julio Verne lo que llevo registrado este año.

 

Yendo a mi cuarta sesión de tortura en la Sala Torquemada del centro de fisioterapia descubrí en una valla publicitaria el cartel de una Carmen cubana en la Philarmonie. Después de la hora de tormentos pasé por la oficina de venta anticipada, que está en el mismo edificio, y donde la vendedora ya me conoce desde hace años. Hablando con ella descubro que no tiene ni la menor idea de dónde transcurre la acción de Carmen, y cuando le explico que esta Carmen cubana es un préstamo usufructuado a la Carmen Jones, con Harry Belafonte, de los años 50, me desarma con una simple frase: «¡Pero si yo todavía no había nacido!» Entonces le cuento que pertenezco a la primera promoción de juristas que empezó a estudiar, en octubre de 1955, en la ex fábrica de tabacos de Sevilla, convertida en alma mater de la ciudad. Mi relación con Carmen es de una vieja data. Y en esa relación mía me siento más Escamillo que Don José. Como cualquier buen hijo de vecino, no tengo licencia para matar, a no ser jugándome la vida en ello. La vendedora, mientras le cuento, ha estado rastreando en Internet y de pronto me dice: «¡Pero qué maravilla es esa fábrica!» Y es verdad, tengo el orgullo de haber estudiado Leyes en uno de los edificios más hermosos de la ciudad de Sevilla, tan rica en ellos.

 

El 24.2.1839, siempre desde Ruán, le escribe Flaubert a su gran amigo y enumera los placeres a los que supone que se dedica, entre ellos la cata de una copita de Kirschwasser [=aguardiente de cerezas], sólo que lo escribe mal, escribe Kirchenwasser [literamente “agua de las iglesias”]. Es el pecado en que hemos incurrido todos los plumíferos que empezamos jóvenes, la manía de epatar al entorno burgués introduciendo palabras extranjeras en nuestros relatos. Consuela un poco pensar que ni siquiera Flaubert fue una excepción a la regla. Por lo demás, lo del Kirsch  me hace recordar que una vez tuve que trujamanearlo, en un texto de Böll, y me daba achares traducir “aguardiente de cerezas”, que eran ocho sílabas y tres palabras para el monosílabo del original. Quise saber si la RALE ya había admitido el neologismo, y nanay de la China. Busqué luego en el María Moliner, y ahí sí que lo encontré, definido como «licor fabricado con huesos de cerezas», y me reí pensando en la gran suerte de que ningún fabricante de licor haya seguido la receta de doña María, porque sin desearlo habría envenenado a sus consumidores.

 

Weiß/Colonia, 23.3.

Voy a Saturn a recoger el regalo para Frank, que tiene cumpleaños el lunes. Viajar a la ciudad es algo que hago a regañadientes y porque no tengo más remedio. Me hubiese ayudado mucho el que me acompañase Carlos, pero el pobre anda baldado con un nuevo ataque de ciática. Sea como fuere, al menos me ha servido para constatar que la gente joven, en especial las chicas, pero también algunos chicos, si el tranvia va lleno y me ven entrar con el bastón, enseguida hay quien se levanta para ofrecerme su asiento. Y algo más he constatado. Al regresar a casa tras la compra en Saturn, me subí a la línea 15 en la parada Hansaring y entré en el vagón billete en mano, para picarlo, pero el artefacto picabilletes estaba fuera de servicio. El vagón venía de bote en bote y junto al picabilletes se encontraban tres inspectores de la KVB [=compañía de transportes públicos de Colonia], uno de los cuales, una mujer, me dijo que en el otro extremo del vagón sí podría picar el billete... pero miró por encima del hombro, vio el rebaño humano, reparó en mi bastón y añadió: «Pero usted siéntese ahí, y no se preocupe por nosotros». Remató con una de las leyes secretas de Colonia, en coloniense cerrado: «Et es wie et es», lo que quiere decir que «Las cosas son como son, no hay manera de cambiarlas».

 

Vincent iba a ir hoy con Angie a Düsseldorf, al estadio, para asistir al Alemania vs. España, pero como Angie anda tan atacada de la bronquitis ha ido con un amigo que se prestó a ello, y ayer le confesó a Diny que quería que ganase España. Yo, como siempre, excepto cuando juega Italia, quise que ganara el mejor. Y ambos hemos acertado. Vincent porque el empate en cancha ajena cuenta como victoria. Y yo porque los dos la merecieron. El 1:1 ha sido justo.

 

Weiß/Colonia, 24.3.

En una de las esquelas fúnebres, hoy, en el diario, descubro un epígrafe de Nelson Mandela: «Lo que cuenta en la vida no es lo que vivimos, sino cómo cambiamos la vida de otros». No sé cómo interpretar esta frase. Por la sencilla razón de que podemos cambiar la vida de otros, pero tanto para bien como para mal. Y yo creo, por el arranque de la frase, que lo que Mandela tenía en mente era sólo el cambio para bien. Ergo debería haber formulado su frase de otro modo.

 

Hay series inglesas de episodios breves, como The Coroner o Death in Paradise que se cuentan entre lo mejorcito del género. Y en The Coroner, se da además el caso de que the coroner [=el juez de instrucción] es una mujer, como en la saga de Guelbenzu protagonizada por Mariana de Marco. Me pregunto si José María conocerá este serie inglesa, que cuenta con el atractivo de su ubicación, en la costa inglesa del canal de la Mancha. Allí donde quien no tiene algún pirata o algún contrabandista en su árbol genealógico, es porque lo nacieron en un sitio equivocado.

 

***************THE END***************

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Para Manu : No te contesto al pie porque la máquina correspondiente está averiada y no se activa. Así pues te contesto aquí y te digo : Al lado de los italianos, los argentinos son un anuncio de Persil. Vale.

"Excepto cuando juega Italia". Y ahí me he quedado asombrada. No por comprobar que no soy la única, sino porque aún no sé qué es lo que lo motiva. ¿Tú si lo sabes?

Bueno, en primer lugar está el hecho indudable de que el Campeonato del Mundo de 1934 lo ganó Italia porque se jugó en Italia y gobernaba Mussolini, y los árbitros fueron coaccionados de tal manera que si Italia no ganaba, no saldrían vivos del país. Son hechos demostrados. Pero es que, además, lo característico del juego italiano (con muy pocas y honrosas excepciones) ha sido siempre el juego sucio. En confrontación directa con España, en el Mundial de Estados Unidos, a lo mejor te acuerdas del codazo que le partió la nariz a Luis Enrique. Y en la final del Mundial 2006 acá en Alemania, a lo mejor (es decir, a lo peor) también te acuerdas de la provocación de un hijueputa italiano a Zidane, y la pena fue que Zidane no se la tragó doblada para darle de hostias fuera del estadio, sino que lo noqueó en el propio estadio y en presencia del árbitro. Italia, mi querida Manu, siempre lo he dicho y lo mantengo, Italia es EL país, y los demás son imitaciones. Pero como para ser perfecto hay que tener un defecto, en el caso de Italia es su fútbol.

En cuanto a juego sucio los argentinos no le van a la zaga.

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