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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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29 de septiembre, 2018

De mi diario : Semana 39 / 2018

 

Weiß/Colonia, 23.9.

Celebramos el cumpleaños del Fantasmita en La Modicana después de haberlo intentado en la Haus Schwan sin tener la precaución de reservar una mesa. Son, los del Fantasmita, 65 años que no se le notan para nada. Y esta vez seguramente hemos celebrado a la par que dos familias que estaban presentes –de manera demasiado audible para el gusto de Carlitos– en La Modicana. Yo confieso ser sensible al ruido, pero no en la medida extremosa que lo es él. Por su gusto, habría que prohibir la entrada en La Modicana cuando vayamos a ir nosotros. Y no creo exagerar. Por lo demás, en el camino a Sürth, sobre todo durante el trayecto por la autopista, nos cayó un tal aguacero que Carlitos dijo que más que en auto íbamos en submarino. Y no en el amarillo.

 

PD leyó mi diario en Montevideo y me escribe a propósito de la peli uruguaya Tres: «Hola, no la recuerdo y nunca la vi. De este director sólo vi Whisky, que fue muy premiada en Europa (en Suiza, Francia, Suecia, Oso de no sé qué en Alemania), la vi ahí en Colonia y no me gustó, me pareció gris, de plafón bajo, muy uruguaya». Le contesto al tiro: «Uruguay es el país que menos herencia española tiene en su ADN nacional. Pero en ese poco que tiene, supera de lejos a la madre patria: nada de lo que se hace en el Uruguay es bueno, lo extranjero siempre es mejor».

 

Esta tarde estuve pensando mucho en Alex, que es como un cuarto hijo para mí, y la madre de Liv, mi única nieta. A la madre en proceso de demencia se la ha tenido que llevar a Darmstadt, a una institución ad hoc, para tenerla cerca; y enseguida la muerte del padre. Lo que significa vaciar los dos apartamentos, acá en Colonia ayer, el próximo fin de semana en Berlín. Liquidar dos vidas. Pero Alex es fuerte, y siendo hija única dejó desde el primer momento muy en claro que no quería tener un solo hijo. Sus tres hijos, y el cariño de Moosi, son un colchón de afecto muy grande que amortigua este doble golpe del destino. Pero Dieter nos faltará a todos, no sólo a ella, hay personas como él que al morir se llevan consigo parte de otras vidas. Porca miseria!

 

Weiß/Colonia, 24.9.

Si en la tele pasan Zorba el griego, Diny se apalanca delante de la pantalla y se embebe en ella. Es con bastante seguridad su peli favorita. Yo la suelo ver a trechos, sobre todo el sirtaki de ese final inolvidable, pero como que me niego a verla entera. Me trae demasiado el recuerdo de Monika, es la última peli que vio en su vida, pocos días antes de morir se le antojó verla otra vez y le presté el vídeo UHF en que la teníamos, un vídeo que después de su muerte se perdió como tantas otras cosas, algunas nuestras, que había en su apartamento. Entre ellas el ejemplar de La ciudad y los perros, que le tuve que pedir prestado a Petra Strien porque no encontraba el mío, y Monika me había hecho saber, por Diny (una de las cinco personas que la cuidaron por turnos hasta su muerte), que quería que fuese allá con el libro de Vargas Llosa y se lo empezase a leer: sabía de sobra que no le alcanzaría la vida para que se lo pudiera leer íntegro. A mí lo que me asombró es que no lo conociese, pero así era. Y como Monika además era así, conforme yo iba leyendo ella iba haciendo anotaciones en una libreta, sentada muy derecha en su cama, y al terminar de leerle el primer capítulo enseguida me disparó la primera pregunta: «¿Qué cosa es “estar de imaginaria”?» Y menos mal que hice en su día el servicio militar, de manera que se lo pude explicar, pero no en cambio la etimología de la expresión, que sigo desconociendo.

 

Weiß/Colonia, 25.9.

En el diario una esquela recordatorio, en francés, que traduzco a mano alzada: «Tres años sin ti, ya. Los pájaros no cantan más. Estoy muy triste. Tu querido ratoncito». Es conmovedora, sí, de acuerdo, pero los pájaros siguen cantando. Y esa es la paradójica tristeza, Juan Ramón lo sabía.

 

En La Modicana, hoy con Claudia, y Diny que se nos une al rato, trayendo de la boutique de Montse un regalo de cumpleaños para el Fantasmita. Y la pobre Claudia en un dilema a causa de la salud de su padre: no sabe si acudir a Bogotá o seguir preparando aquí una exposición de su obra que se inaugura el 15 del mes que viene y ya se están repartiendo las invitaciones. Lo que es evidente que no puede hacer, desde luego, es desdoblarse. Hay situaciones en la vida que no pueden calificarse sino como callejones sin salida.

 

Me escribe Mourad, a quien varias veces he mencionado en este diario pero no recuerdo si dije que es un exvecino y excolega, buen amigo además, alemán converso, casado con una bereber, y gran conocedor de España: tiene un libro sin igual dedicado a Andalucía, que es de lo mejor que haya escrito un extranjero sobre mi tierra. Hoy me escribió para darme las gracias («5.000 gracias», me dice) porque lo alerté sobre la emisión en TVde una serie de reportajes dedicados a su segunda patria, Marruecos, y me cuenta lo siguiente: «En la actualidad ando leyendo La buena reputación, de Ignacio Martínez de Pisón. De la mano de cinco miembros de una misma familia, esta saga recorre treinta años de historia y transita por ciudades como Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza o Barcelona... Yo mismo viví varios años en Tetuán, cuatro después de haber terminado el protectorado español. El libro merece se que se traduzca al alemán. Es una lectura maravillosa a la que se desea volver porque en ella vemos reflejadas nuestras propias vivencias y la nostalgia de aquellos momentos que se pierden en el recuerdo». De manera automática, agarro mi ejemplar de La buena reputación y lo coloco muy arriba en la pila de los libros a leer, la cronología de la recepción del ejemplar.estaba jugando en su contra. 

 

Weiß/Colonia, 26.9.

2:00 am : Un programa titulado Sexo en el Neolítico en el canal ZDF Neo, que se nutre de nada más que reportajes, documentales, series científicas de todo tipo. Las escenas “trucadas” sobre el amor entre neandertales y otras especies humanas del neolítico provocan la sonrisa porque a sus realizadores no se les ha ocurrido nada más allá de finales de pelis de Hollywood por los años 50, 60, sólo que con indumentarias rudimentarias en vez de Dior o Balenciaga. ¿Es posible que desde el vamos haya sabido el homínido el placer que provoca un beso de lengua? No me lo creo ni por la puta. Es más, creo que a los primeros homínidos debió costarles trabajo adoptar la postura llamada “del misionero”, porque por sus conocimientos empíricos, derivados del trato con animales, sabrían que el acoplamiento es por detrás. Sólo que el acoplamiento por detrás no explica la consiguiente repercusión ginecológíca. A no ser que nuestros ancestros erraran donde el agujero. Otro misterio a desvelar.

 

Consigo a tiempo, gracias al diario, una excelente cita de la necrológica que Thomas Mann le dedicase a Eduard von Keyserling, la traduzco al tiro y la inserto en el texto de mi artículo para Nexos. Pero además conseguí otra reproducción del retrato que hizo su amigo Lovis Corinth del infortunado EvK, bastante mejor que la que me ofrece mi amiga Miss Hortensia Google, así es que también la escaneo y le mando todo a Kathyushka en la esperanza de que lleguen a tiempo ambos envíos. Y llegaron. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

 

Berlín, 27.9.

Pasó Carlitos a buscarnos y nos llevó al aeropuerto. Decolamos con puntualidad británica (no en vano EasyJet es una compañía inglesa) a las 13:55. Como es un vuelo doméstico y su altura no mucha, voy todo el tiempo mirando el paisaje, y de manera automática se me vienen a la memoria los versos de una chacarera que cantaba con su hermosa voz baritonal el buen Roque Guillermet: «Paisajes de Catamarca / con sus distintos tonos de verde, / un pasito acá. / otro más allá, / y el camino largo que va y que se pierde». Es impresionante ver cuánto bosque sigue habiendo en este país. Pero conforme nos acercamos a Berlín se va incrementando un algodonal de nubes bajas, blanquísimas, al sur de la ruta. Y al fin volamos sobre la ciudad.

 

Ya casi sobre la pista, dejamos a la derecha el sector militar del aeropuerto, donde vemos que se encuentran los aviones de Erdogan y su séquito. El autócrata turco llega hoy a Berlín en visita oficial, hasta con honores militares. Sólo falta que la canciller y el presidente federal se bajen los pantalones. Qué asco. Pero no me da tiempo a pensar mucho en ello porque nuestro avión, como por arte de magia, remonta el vuelo sin aterrizar. Es la primera vez que me sucede en la vida, y creo que no sólo a mí, hasta la sobrecargo del vuelo no tiene una explicación para ello. Al cabo vendremos a saber que la torre de control estimó inoportuno el aterrizaje en ese momento y obligó al capitán a darse una vueltita por el nordeste de Berlín, y yo lo agradecí en el alma porque de esta manera puede admirar la vista aárea de la cuenca del Havel, un paisaje que se cuenta entre los más bellos de Alemania. Danke schön, Kontrollturm!

 

Han volado con nosotros Ilo y Gerd, y nos esperaban Charo y mi Luis querido, y todos juntos marchamos a la parada del 109, que nos dejaría casi a la puerta del hotel. Pero la visita de Erdogan trastornó de tal manera el tráfico de Berlín que las colas en las paradas de los buses son la rehostia, amén de que por los letreros cibernéticos se nos informa caritativamente de que nadie debe hacer caso de los horarios que aparezcan en ellos, que son tan aleatorios como los bombos con los números de la lotería. Por lo cual decidimos tomar un taxi hasta la estación de Metro más cercana, que da la bendita casualidad de que es una de la línea 7 y nos llevaría directamente al hotel. Prolijo sería contar el proceso, que incluyó caminatas inclementes para un semiinválido como yo, pero al fin llegamos al hotel, Charo y Luis, se quedan en el vestíbulo esperando. Diny deshace el mínimo equipaje que traemos, nos refrescamos un poco y salimos a la calle alrededor de las 5 pm.

 

Estamos citados para cenar con mi deuda estherna y con Cynthia Gabbay, una profesora de la Universidad Ben Gurion que actualmente se encuentra en Berlín para una estadía de un par de años. La cita es para las 7, pero después de caminar un rato por la Ku’Damm propongo que tomemos un taxi hasta la plaza Stein, hasta el restaurante Filmhaus, que ya no es más una casa del cine, pero conserva toda la decoración de antaño. De hecho yo me siento debajo de la imagen icónica de Marlene Dietrich en El ángel azul y enfrente de las del Gordo y el Flaco, y Chaplin. Larga conversación sobre la mar de temas, que se amplía con la llegada de Esther y Cynthia, y luego de Ana Laura Raquel (siempre la nombro por sus tres nombres) y de Hannes. Cynthia, a quien hasta hoy sólo conocía personalmente Esther, nos cayó bien a todos. Diny, por cierto, le regaló un collar, y a Charo y a Esther unas pulseras de tagua, bien lindas. Diny les dijo que eran de semillas de una Steinusspalme, lo que a todos y cada uno de los presentes, tan poco o nada versados en saberes de botánica tropical, nos dejó en la inopia, pero gracias a los buenos oficios de mi docta amiga Miss Hortensia Google vine a saber de qué se trataba. Nos despedimos a las 10:30 porque Diny apremia en el deseo de que vayamos a dormir tempranito.

 

Berlín, 28.9.

Imposible dormir. Extraño la cama y la cama me extraña a mí. Además mi cuerpo gentil se ha desacostumbrado de dormir antes de las 3:00 am y media botella de whisky. Gracias a la muda repetición del mantra «Quiero dormir», que a veces un error freudiano traduce como «Quiero morir», hay momentos en que casi alcanzo el punto de no retorno, pero justo en ese instante se oyen ronquidos de Diny (suaves, pero ronquidos) que me devuelven a este valle de lágrimas de cocodrilo. Mas de pronto –debió ser alrededor de las tres de la madruagada– caí sin decir agua va en un sueño alucinado donde incluso apareció mi madre y del que me despertó el ruido de la ducha, eran las 8 am, Diny ya se habia levantado y yo lo hice 10’ más tarde, en modo zombi.

 

Diny desayunó comm’il faut y yo un vaso de jugo de naranja y dos tés de menta. A las 9:45 en punto nos pusimos en marcha, con Ilo y Gerd, para tomar el Metro de la línea 7 y acudir a las exequias de Dieter. Menos mal que es directa desde nuestro hotel en la plaza Adenauer hasta la calle Karl Marx (dicho sea de paso, todo un recorrido por la historia de Alemania, subrayado por el hecho paradójico de que en la calle Karl Marx hay una farmacia llamada Hohenzollern). Muy cerca de esa parada se encuentra la plaza Richard, donde se celebrará la ceremonia. Ya están casi todos los invitados cuando llegamos. El primer saludo es para Alex y Nathi, la hija y la compañera del ya para siempre ausente. Luego saludo a Liv, a quien le pregunto si recuerda que soy su abuelo, porque su madre es nuestro cuarto hijo, y sí lo recuerda. Es más: cuando Diny saluda a Alex, Alex le dice: «Diny, yo nunca olvido que tú eres mi segunda madre». Tan fuertes son los vínculos que nos unen con Alex. Y en mi caso, además, con Dieter.

 

Alex encargó la oración fúnebre a un profesional, cuyo desempeño fue impecable, se había documentado a fondo, pero claro, faltaba en ese texto el tirón cordial que sólo puede provenir del conocimiento personal, íntimo. A continuación un pianista interpretó el romance de ciego de Mackie Navaja. Luego habló Ralf, muy quebrada la voz por un catarro y por la emoción, en sus palabras evocó una amistad de 60 años nacida al calor de las juventudes socialdemócratas en el Berlín oriental anterior al muro, ambos tuvieron la previsión de pasar a Occidente cuando aún era posible. Gerd por su parte hizo un recuento de los viajes que emprendieron juntos él y Dieter, y era como estar oyendo la lectura del índice de un atlas, pocos rincones de la tierra se quedaron sin ser vistos por estos trotamundos impenitentes. El último orador fui yo, y el que puso el dedo en el botón OPEN de los lagrimales. Luego todos fuimos a depositar las rosas blancas bajo la urna con las cenizas de Dieter. Primero Nathi, luego Alex y Moosi con sus tres niños, después yo, que me fui como quien se desangra, tras de hacerle un gesto de adiós con la mano a la foto del inolvidable compañero de tantas horas felices. Afuera me esperaban Nathi y Alex que se me abrazaron llorando sin decir palabra alguna, tampoco yo, no eran necesarias. Y la gente empezó a salir del acto y se acercaban al banco donde había ido a sentarme, y todos me decían lo mismo, que qué hermosa oración, y yo les contestaba que gracias pero que preferiría mil veces mil no tener que haberla escrito. La pura verdad que siento y pienso. También vino a felicitarme el orador profesional: «Si se domina un idioma extraño como usted el nuestro, una ceremonia como esta gana en profundidad, aun a costa del sentimiento». Le agradecí, qué otra cosa podía hacer sin pasar por descortés. Pero la procesión seguía por dentro.

 

De la plaza Richard, con media docena de autos y taxis nos trasladamos a un barco restaurante en la orilla del canal de la Landwehr, muy cerca de donde arrojaron a las aguas el cadáver de Rosa Luxemburgo (imborrables en mi memoria los versos de Paul Celan en la traducción de Felipe, rememorando a Karl Liebknecht y a Rosa: «El hombre, hecho una criba; la mujer, / ¡a nadar!, la marrana, / por ella, por nadie, por todos. // El Canal de Landwehr no bramará. / Todo / sigue su curso»). Se nos recibe a todos con un cubalibre, la bebida favorita de Dieter. Luego hay almuerzo, del que me sirvo frugalmente, pero le hago honor a la cerveza, que es en Berlín en el único lugar donde la bebo. Y después subimos a cubierta los meros meros, nomás la familia y los amigos más íntimos, para tomar fotos de nuestro encuentro y beber la última ronda antes de despedirnos. Las estrellas fueron los niños, Liv, Theo y sobre todo Benno, el benjamín, con sus adorables hoyuelos en las mejillas. Emoción en las despedidas, algo menos en la de Diny, que los va a visitar muy pronto a Alex y a la familia en Darmstadt.

 

Vamos al aeropuerto (Tegel, olvidé consignarlo en los apuntes de ayer) con Gertrude y Charlie, que viven en Sürth, muy cerca de Montserrat, y se brindan a traernos a casa en su auto, que han dejado esta mañana en el parqueo del aeropuerto de Colonia. A Tegel arribamos en un taxi con un conductor turco que llegó a Alemania con tres años y tiene ideas muy sólidas acerca del ya tan manoseado tema de la integración. Muy animada la discusión entre él y yo (mis amigos y Diny se callaron, prudentes), y aunque quedamos con las espadas en alto no fue de una manera inamistosa. Él se daba cuenta perfecta de que también soy extranjero y lo estuve aguijoneando en el modo abogado del diablo, no tenía pelo de tonto ese taxista.

 

Llegamos a Tegel con tres horas de adelanto sobre nuestro vuelo, pero acicateados por el miedo a que el tráfico caotizado por la visita de Erdogan nos dejase en la estacada. Matamos el tiempo de la espera con un largo diálogo sobre Europa y sus problemas. Que no son pocos. Y a la hora en punto, 20:10, very british, decolamos. Lo bueno que tiene volar de noche, partiendo de una ciudad grande, como Berlín, es que si el cielo está encapotado y no deja ver ni una sola estrella, en cambio uno puede ver el suelo sembrado de luces. A las 21:15 en punto aterrizamos por fin  en Colonia y poco después volvimos a la civilización, a la orilla izquierda del Padre Rhin.

 

Weiß/Colonia, 28.9.

Lo primero que he hecho al llegar a casa es prender la compu y abrir la página de Nexos para ver mi artículo sobre Keyserling amén de mi traducción de su cuento “Herido”. ¡Y no están! ¡Pero si no puede ser, los mandé con tiempo de sobra para programarlos hoy, el centenario de la muerte del pobre EvK! Le escribo consternado a Katyushka quien me responde enviándome los dos enlaces de las respectivas publicaciones, las habré buscado mal. Tan luego yo.

 

Weiß/Colonia, 29.9.

Nos reencontramos al cabo de 47 años con Bärbel, que fue secretaria de nuestra redacción de la Deutsche Welle, estuvo en nuestra boda y es la madrina de Rebeca. El reencuentro tiene lugar en el Bistro Verde de Rodenkirchen y no puede ser más emotivo. Ella y su compañero, Toni, y la perra, Donna, llegan en bici, evitando así las congestiones de tráfico provocadas por la visita de Erdogan para inaugurar oficialmente la mayor mezquita europea fuera de Turquía. Una vez reanudado ahora el contacto, y tan cordial y cariñosamente, decidimos que no puede ser que nos volvamos a ver dentro de otros 47 años, y de antemano ya tenemos dos citas fijas con ellos, una para noviembre y otra para diciembre.

 

La despedida es a las 3:45 pm. Y la parada del bus está a un tiro de piedra del Bistro Verde. Sólo que mientras Bärbel y Toni se marchan olímpicamente con sus bicis, nosotros debemos enfrentar una congestión de tráfico que nos tiene clavados en la parada hasta las 5:00. Ahí tomamos la determinación de caminar hasta la parada de la estación de Rodenkirchen y abordar un tranvía de la línea 16 hasta Sürth, para pedirle a Frank que nos traiga a casa en su coche. Pero Frank acaba de marcharse a jugar sus partidas de tenis. Menos mal que Henri nos entretiene con su relato de la congestión en que se han visto, hace una hora, él y Frank, en la circunvalación de Colonia. ¡Y todo por culpa de Erdogan! Diny se sulfura. Pero Montse arguye que no se trata tan sólo de ese  nuevo sultán turco, sino que hoy también se celebran en Colonia tres manifestaciones por otros motivos más nobles. Por dicha, como dicen en Costa Rica, consigue averiguarnos que a las 5:55 hay un autobús que parte de Sürth rumbo a Rodenkirchen. Nos vamos como arrastrados por el diablo y alcanzamos ese bus. 12’ después llegamos a Weiß sanos y salvos, si bien con un hueco de dos horas y ½ en nuestras vidas. Al santo botón. ¡Maldición eterna a todos los autócratas del mundo, lean o no lean estas páginas!

 

***************THE END***************

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