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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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9 de noviembre, 2013

De mi Diario: Semana 45 / 2013

 

¡¡¡¡¡ NOTA BENE !!!!!

Las tres primeras entradas del 3.11. ya aparecieron al final de la Semana 44, pero juzgué conveniente repetirlas acá, para que haya un documento completo del día entero.

 

Weiß/Colonia, 3.11.

Ayer no logré acceder en ningún momento a esta pantalla para relatar los sucesos del día, y al irme a hundir entre los brazos de Morguapa (sólo los desahuciados lo hacen en los de Morfea), instantes antes, alcancé a anotar lo que debía recordar por escrito cuando Trini & Javier fueran a la Art Fair de Colonia, con Carlitos, que vino a buscarlos a las 10:47 am. Y lo que debo recordar es el viaje con el bus 131 a Sürth y el tranvía 16 a la estación principal, viendo sólo verde que te quiero verde, amén del Rhin. Visita de la catedral, que les hizo una impresión king size, aunque Trini (punto a su favor) parece que no se dejó impresionar por la obscena superchería del dizque relicario de los dizque reyes magos (a pesar de que, según Ratzinger, sean de Huelva, como lo es Javier, y quién quita si no descendiente de alguno de ellos). A partir de ahí, ay carajo, un sirimiri  inmisericorde con nosotros, pero al mismo tiempo olímpicamente despreciado por nosotros tres (Trini, Javier y yo) mientras que el olímpico desprecio de Diny se guarecía bajo un paraguas. Les propiné el mismo itinenario que a todos los amigos que nos visitan: el museo romano–germánico; la fuente de los Heinzelmännchen; el busto del cardenal Frings y el origen del verbo coloniense “fringsen”; el ayuntamiento (donde asistimos a la salida de los novios de una boda gitana); las termas judías; la casa Farina, donde se creó en 1709 el primer agua de Colonia; la réplica de la escultura de los padres dolientes, de Käthe Kollwitz, en las ruinas conservadas como tales (para perenne recuerdo de la destrucción de la guerra) de la iglesia de san Albano, y luego recorremos la zona peatonal camino del restaurante sardo en el sótano de Karstadt.

 

La segunda parte es la visita del Museo Käthe Kollwitz, que aguardaba con expectación porque Trini es la primera artista a quien llevo allá. Pero mucho más que la exposición, excelente, eso sí, de los impresionistas alemanes, lo que la impresionó fue la permanente de KK, remota colega a la que no conocía. Se tomó todo el tiempo del mundo en recorrer, según mi cómputo, tres veces, esa exposición permanente que yo entretanto, de tanta visita, me sé de memoria. Hasta se tomó el trabajo de anotar la palabra alemana para autorretrato, Selbstbildnis, tres vocales contra diez consonantes, una lucha tan desigual.

 

Regresamos a casa bajo la lluvia y por la noche hizo Diny para la cena un revuelto de setas con pan turco al horno. Después larga conversación sobre literatura, Rulfo, Monterroso (les leí su fábula del zorro, que no es otro que Rulfo), Jardiel, Keith Jarrett, el cine español. Las mujeres se fueron a dormir al filo de la medianoche, Javier alrededor de la 1:30 am. Yo estuve viendo un rato el correo que había llegado a lo largo del día, pero no me sentía con ganas ni con contestar un solo email ni de dejar por escrito el recuerdo de la jornada, sólo anotar los datos principales. Lo hago ahora, y por primera vez en muchos meses subiré mi post a Fronterad a mediodía del domingo en vez de hacerlo, como es mi costumbre, en la medianoche del sábado.

 

Olvidé consignar que en el tranvía, de regreso a casa, Trini consiguió un asiento al lado de una chica de Valencia y en diagonal con una paraguaya, a cuyo lado pude sentarme yo cuando quedó libre ese asiento, y fuimos conversando todo el tiempo hasta que bajamos en nuestra parada de Sürth (ellas seguían hasta Wesseling). La paraguaya me miró con mucha curiosidad al preguntarle yo si conocía en Asunción una calle llamada “Chóferes del Chaco”. Ahí se encuentra la emisora donde se desempeña nuestra querida Ana Carmen, pero claro, la paraguaya del tranvía no podía saberlo. Eso sí, me rectificó: no es una calle sino una avenida.

 

A las 10:47 am apareció Carlitos para buscarlos, a Trini & Javier, y se los llevó a la Art Fair, de la que regresaron pasadas las 4 pm, porque de la feria se fueron a tratar de comer algo en un sitio comilfó, y todos estaban llenos a rebosar (son cosas de la crisis), así es que al fin decidieron comprar torta en una pastelería e ir a casa de Carlitos y mandársela a bodega empujándola con un buen café. Ello les valió para conocer al Fantasmita y la colección de obras de arte de Carlitos.

 

Cenamos en La Modicana, invitados por Javier. Porque Javier, al rato de estar en casa el viernes, me dijo –lector de mi diario como es– que no quería irse de Colonia sin al menos haberla visto, aunque fuese por fuera. La vio, y por dentro, y los dos nos regalamos con unos espaguetis frutti de mari, de intensidá 8 en la escala Signora Mancinone. Yo –frugal como soy– me limité a ellos, pero los tres angurrientos que me acompañaban, además de sus respectivos platos fuertes, despacharon entremeses variados y sendos strúdeles de manzana con helado de vainilla. Piadoso, Fabio nos convidó una ronda de grappa, para que todo aquello fuese digerido como es menester.

 

Weiß/Colonia, 4.11.

Desperté con un ataque de apatía y de viajitis (esa contracción nerviosa que me cierra la boca del estómago en vísperas de cualquier viaje), así es que no desayuné con nuestros huéspedes y me quedé en la cama cuando se fueron con Diny a pasear hasta el Rhin, y por la orilla de mi río bienamado, y por el pueblo. Regresaron justo a punto de verme salir camino de las manos de Frau Schumacher, que ya casi en la primera sesión de fisioterapia me ha reparado las lesiones (contusión y hematoma) de la rodilla, al menos ya no me duele. La que sí me dolió, y cómo, fue la pierna derecha al levantarme de la cama, ¡para que luego digan que trae mala suerte levantarse con el pie izquierdo! La remilputísima pierna se agarró un calambre que me hizo ver la galaxia en la que vivimos y una docena de agujeros más negros que el culo del diablo, la recontrarremilputa que la recontramilparió. Tuve que acostarme otra vez hasta que se me pasara, antes de intentarlo de nuevo, levantarme, asearme y salir camino de la sesión de fisioterapia.

 

Lo que es la mirada profesional: Frau Schumacher, al cabo de los años, y al volver a ver mis piernas (las pantorrillas, los tobillos, el empeine del pie), se alegra de que pudo corregirme la hinchazón linfática. Esta profesionalidad –uno de los valores que más aprecio en un trabajo– es equivalente a la que Cernuda emplea en sus ensayos sobre la poesía española contemporánea; por eso son excepcionales y no mera retórica, como la mayoría de los demás.

 

Almuerzo con la tradicional sopa campesina neerlandesa de los domingos, que es una de las más ricas especialidades de Diny, y de la que yo sólo tomé el caldo, porque el estómago todavía me seguía haciendo la puñeta; luego, a lo largo del almuerzo, y supongo que gracias al Cabernet Sauvignon californiano, me animé a tomar una ración de ensalada (casi sólo tomate y pepino), e incluso un cuenco de nata montada con sirope de bayas. Y nos fuimos a la sala, munidos de una botella mediada de licor de yerbas, sacada directamente del congelador, haciendo tiempo hasta que llegase Carlitos para llevar a Trini & Javier al aeropuerto de Düsseldorf. Cosa que hizo, ¡es un héroe!, a pesar de la lluvia inmisericorde y los atascos de la autopista, que lo obligaron a casi regresar a Colonia para abordar el acceso a Siberia por otra vía. Minutos antes de embarcar en el avión que los devolvería a Madrid, Javier nos llamó por el móvil y nos encareció mucho que le agradeciésemos a Carlitos semejante proeza. Ahora tienen más que agradecerle, porque cuando hablé con él después y le pedí (puesto que se trataba de un favor no para mí sino para terceros) que me dijese, para transferírselo a su cuenta de PayPal, cuánto se gastó en gasolina, en el viaje de ida y vuelta al lado falso del Rhin, me respondió con una de esas evasivas suyas que tan bien conozco. ¡Qué cabrón, se irá derechito al cielo!... y lo que más me jode es estar sabiendo que eso no le va a gustar un carajo. ¿No más martes juntos en La Modicana del infierno?  Bada retro!

 

Una nueva serie policial en la tele, alemana, con un comisario holandés, Bruno van Leeuwen, interpretado por un sueco, Peter Haber, famoso como comisario Beck, a quien de Estocolmo lo parecen haber transplantado a Ámsterdam. Este es el segundo episodio, el primero que veo, y lo que le pido a los responsables es que mantengan el mismo camarógrafo: raras veces han filmado Ámsterdam de esa manera cálida y al mismo tiempo distante que él lo hace, como si le quemara la vista tanto calor humano que la ciudad despide, y eso nada menos que en noviembre.

 

Colonia, 5.10.

De los ocho pasajeros en las cuatro filas, cada una de dos asientos, vis–à–vis, a ambos lados del pasillo central del tranvía, soy el único que no anda sumergido en la lectura (o la adoración, chi lo sá!) de un iPod o una tableta, cuya respectiva fuerza hipnótica los encapsula y aísla del resto del mundo. Los extraterrestres que nos monitorean sólo están aguardando agazapados cuál será el momento más propicio para invadir y conquistar este universo devenido zombi.

 

Hamburgo, 5.10.

Después de Colonia, es Hamburgo la ciudad que más quiero en Alemania. Cuando el tren llega a Hamburg Harbor, a sus extramuros, me quedo absorto mirando por la ventanilla del tren hacia el noroeste, hacia ese horizonte de grúas que se va ampliando como un ciclorama cuando el tren reanuda la marcha y cruza el Elba y ya se ven los barcos de alto bordo, los barcos de la mar, no las chatas gabarras de la navegación fluvial. Por mucho que también las quiera, las gabarras son domésticas, mientras que los barcos de alto bordo son la promesa de la aventura. Ahoi!, les grito desde lo más mío de mis entrañas, las del niño que sigo siendo y se crió a la orilla del mar.

 

Isabel me espera en la estación central y vamos a pie al Barceló. Le digo a ella que me espere, que tan sólo dejaré la maleta en la habitación y ya nos podemos ir al Cervantes, pero no sin hacer parada y fonda para un café y un muffin, porque no comí nada desde el desayuno, y son ya casi las cinco de la tarde. Isabel, pues, le pregunta al conserje dónde sería mejor para ello, en los alrededores, y el chico le explica con el plano de Hamburgo por delante, dónde es que se encuentra por lo menos una media docena de lugares, que le marca en el plano, y no sólo eso, también con sus nombres y las especialidades de cada uno. Luego, después de yantar y ya en camino al Cervantes, en la Chilehaus, debo sentarme un minutico para recobrar el aliento, y sin darme cuenta lo hago en un cantero alto a la entrada de otro hotel, e inmediatamente se llega a mí el botones de guardia en la puerta y me pregunta si me siento bien, si deseo un vaso de agua, alguna otra cosa, y se le nota que lo hace no por pura cortesía sino por un bien entendido sentido de la responsabilidad profesional. Debe ser algo muy hanseático, los educan para tratar con seres humanos y no con meros clientes.

 

Reencuentro con Helena en el Cervantes, tan cordial como siempre, y me anticipa que no cree que vaya a haber mucho público, a lo que le contesto que en realidad yo toda la vida me la he pasado teniendo como único público visible un micrófono. Poco después llega Julio, los dioses lo bendigan, ha viajado de Hildesheim a Hamburgo expresamente para asistir a mi conferencia, entre otras cosas porque es un apasionado lector de Cernuda y lo conoce a fondo, como casi todo lo que conoce. Él me confirma los augurios de Helena basándose en la experiencia de una tertulia literaria hispanoamericana que hay cerca de Hildesheim, en Hannóver, y cuyo director no ha conseguido montar nunca una dedicada a la poesía, por el desinterés de los tertulianos. Me quedo bastante consolado al oírlo porque, a la hora de la verdad, esta es la vez que tengo menos público durante una conferencia (en total una docena de personas), aunque curiosamente es la vez en que hay un diálogo más animado. En el mismo salón de actos, y luego, cuando salimos a tomar unos tintos afuera, como somos pocos nos agrupamos todos alrededor de dos mesas altas y la conversación sigue, sobre Cernuda, la música, la muerte, Álvaro Mutis... Refrán nuevo que me invento: «En martes no recites poesía ni te embarques». Después Isabel tiene que despedirse de nosotros, hay fiesta de cumpleaños en casa de sus padres, así es que sólo vamos a cenar Helena, Julio y yo, en el Café de París, al lado del ayuntamiento. Sopa de pescado bretona y una botella de Rioja para los tres. Frugales, pero exquisitos. Como exquisita la charla cuyos animadores fueron Helena y Julio, que no se conocían y tenían mucho y bueno que contarse.

 

En el libro de visitas del Cervantes, donde quienes soltamos nuestro respectivo rollo tenemos que dejar unas palabras, me autocité con una letra de cante chico que le atribuí al indefenso Cernuda: «¡Qué bien hacen en Sevilla / llamando calle Amistad / a un callejón sin salida!»

 

En el hotel, antes de subir a dormir, quiero cerciorarme de que apuntaron para despertarme a las 7 am, y por como pronuncia la chica de guardia el # 5 de mi habitación (la 605) pienso que debe ser española. Y lo es. Otro cliente que llega le da las buenas noches en español y ella le contesta en él, y en el ascensor, cuando comento que en este hotel todo el mundo parece hablar nuestro idioma, ese cliente me dice «Ustedes también», porque subió emparejada conmigo una huésped no tan joven, y me apresuro a decirle a mi interlocutor que no hay tal “nosotros”, que esa señora seguramente es alemana. Y ella: «Sí, pero también hablo español». Y nos reímos.

 

En el tren empecé La marca del meridiano, la última entrega –por ahora– de la saga Bevilacqua/Chamorro, y avancé ⅔, de manera que como ando sin sueño, decido terminarla esta noche. Para lo cual dispongo de la compañía ideal: la lluvia que ha empezado a caer apenas me empijamé, una petaca llena de single malt Loch Lomond y el agua friísima de la canilla, si se la deja correr un minuto. Como en la habitación no dispongo de reloj ninguno (tendría que prender la tele, pero me da pereza), no sé a qué hora la terminé pero sí que me gustó tanto como las precedentes. Lorenzo Silva y Guelbenzu son mis dos cracks españoles en la materia. Y a Vázquez Montalbán jamás lo pude soportar, sus relatos supuraban artificio, que es lo “más pior” que puede pasarle al texto de una buena novela policial.

 

Hamburgo, 6.10.

No he conseguido pegar ojo en toda la noche, y entre las miles de cosas que han pasado por mi cabeza desde que apagué la luz hasta que un tenue resplandor en la ventana me anunció el alba, entre esas miles de cosas rescaté el nombre del Hotel Columbus (¡ay sí, qué propio!), donde nos alojamos la noche del 1 al 2 de noviembre de 1966, la víspera de nuestra partida hacia Buenos Aires a bordo del Pasteur, de las Messageries Maritimes francesas, en su viaje inaugural: «Es el  barco de pasajeros más rápido del mundo», aseguraba un diario hamburgués que leímos durante el desayuno, nuestro último desayuno en Europa, así lo creíamos entonces, cuando nos fuimos a la Argentina con la intención de no regresar. O tempora, o mores!

 

Ducha, hacer la maleta y bajar al comedor. Desayuno un pancito crocante con salmón ahumado y me aguanto las ganas de tomarme un segundo con jamón serrano. Dos tazas de té de menta con mucho azúcar. De regreso en la habitación visita obligada al baño porque no pienso pisar otro hasta que llegue a casa. Bajo maleta en mano y le pido a la chica de la conserjería que me pida un taxi. Son las 8:02 am, mi tren parte a las 8:46, y la estación es accesible a pie (vine ayer andando, con Isabel), pero está lloviendo y ando sin paraguas y no me apetece nada arrastrar la maleta bajo la lluvia. De la centralita de taxis le dicen a la conserje que llegará en 10 minutos. Tras un tiempo que me parece prudencial, y durante el cual he visto llegar taxis y más taxis, recogiendo huéspedes del hotel, le pregunto a la conserje qué hora es, me dice que las 8:22, lo que es el doble de los diez minutos que me aseguraron hace veinte; le pido que llame de nuevo a la centralita, reclamando. Le dicen que se les traspapeló el encargo, que en cinco minutos llegará el taxi. Pasado un rato pregunto de nuevo la hora, son las 8:31 y el taxi no aparece, así es que aprovecho que acaba de escampar y salgo derecho a la estación, la descarga de adrenalina es tan fuerte que llego allá en menos de siete minutos, sin detenerme, sin acezar y sin que me duela la espalda a la altura de los riñones, lo que siempre suele suceder cuando doy un par de pasos.

 

Weiß/Colonia, 6.10.

No tenemos teléfono móvil, pero Chico le regaló a Diny uno suyo viejo, que lo cargamos cada vez que salimos de viaje, por si acaso. A mí me valió hoy para avisar a Carlitos de que el tren, en Bochum, iba con 20 minutos de retraso, así es que podía ir a buscarme a la estación a las 13:10 en vez de a las 12:50. Y allí estaba esperándome y queriendo saber qué me parecía el notición de las 1.406 obras de arte descubiertas en un piso de Múnich, provenientes de las requisas nazis en contra del arte que esos degenerados llamaban por el adjetivo que más les cuadraba a ellos, y de los expolios en las colecciones de arte privadas, propiedad de ciudadanos judíos. Como ayer no he tenido ningún contacto con la actualidad, le tengo que decir que ni puta idea de lo que me está hablando, y me cuenta toda la historia mientras vamos a buscar a Ulli, que hoy viene a La Modicana con nosotros.

 

Después de almorzar, Carlitos y Ulli me dejan en casa y llego justo a tiempo en el momento en que Henri acaba de levantarse de su siesta. ¡Aleluya! Pero cuando Diny me cuenta que al traerlo del Kindergarten él se extrañó de no verme en la terraza, dándole desde allí la bienvenida a esta casa, como es mi costumbre, casi se me piantaron un par de lagrimones que me aguanté piola, porque un abuelo macho no debe yyyorar.

 

Weiß/Colonia, 7.10.

1:25 am : Acaban de pasar en la tele Sonata de otoño, de Ingmar Bergman, la única peli donde dirigió a su tocaya Ingrid, y coincide que llego leyendo en sus memorias a la página 217, allí donde cuenta: «Me encontré con los actores en las oficinas de Cinematograph, en la mansarda de la vieja casa del patio interior. Queríamos dialogar sobre Sonata de otoño. Ingrid Bergman leyó su papel con voz tronante, con gestos y mímica facial. Lo había ensayado y definido ya todo delante del espejo. Fue un shock para mí. Me dio dolor de cabeza, la script-girl salió al rellano de la escalera y lloró horrorizada: tonos tan falsos no había escuchado ningún ser humano desde los años 30. La estrella había hecho algunos cortes por su cuenta y se negaba a que salieran palabras sucias de su boca». Luego, a la semana de comenzar el rodaje, le llegó el resultado de unos análisis y la exhortación a volver a Londres para operarle unas metástasis que se habían reproducido, pero se negó a ello y se quedó en Estocolmo. Bergman comenta: «Siguió trabajando como si no hubiera pasado nada. A los gruñidos de los primeros días le sucedieron valerosos ataques profesionales. Me acusó de falta de sinceridad y me obligó a hablarle en cristiano. Le dije exactamente lo que pensaba. Discutimos y vimos cada una de las tomas, tanto tiempo y tantas veces como quiso». El resultado es esa maravilla que he vuelto a ver esta noche.

 

Repaso lo escrito anoche, y en la parte traducida de las memorias de Bergman siento curiosidad por ver si la RALE admitió “script-girl”. Pero sólo encuentro una referencia en el Panhispánico de Dudas, que recomienda el uso de “secretaria de rodaje” entre los españoles o “supervisora del guión, o anotadora” en América Latina. ¡Dichosos los tiempos en que “leader” se convirtió en “líder” sin que a los señores académicos se les cayyyeran los aniyyyos! 

 

[Curiosidad aparte es pensar a qué cráneo privilegiado se le ocurrió traducir al alemán el poético título de estas memorias, Laterna Magica, como un chato y prosaico Mein LebenMi vida. ¡Hay que ser editor para llegar a tales extremos de estulticia!]

 

Weiß/Colonia, 8.10.

2:30 am : Termina el primer episodio, “The Burning Man”, de la primera temporada de George Gently, el insobornable. Ignoro las razones para transmitir esta serie pasada la medianoche, pero no será ello lo que me impida volver a verla, programadores cabronsísimos del segundo canal.

 

Henri en casa, desde que Diny lo trajo al mediodía del Kindergarten. Esta vez sí que estaba el abuelo en el balcón para darle la bienvenida. Y para permitirle que se quedase viendo pelis de dibujos animados en la compu de la abuela, hasta tarde, mientras ella y yo veíamos el último reportaje de una serie del canal Arte dedicada a los jardines particulares, en Europa, ayer fueron los de Cornualles y hoy los de Andalucía. [Tengo que ver si la serie está disponible en Internet, para mandarle el enlace a Javier, a quien tuve presente todo el tiempo viendo estos reportajes]. Finalmente, casi a las 9 pm, con las mejillas enrojecidas que denuncian un sueño inaplazable, llevamos a Henri a la cama, y Diny, agotada, se acuesta con él, en el cuarto de invitados. Me digo que Henri no debería domir ahí, sino en nuestra cama; Henri no es un huésped.

 

Weiß/Colonia, 9.10.

Un lector de mi columna del viernes en El Espectador, dedicada a Camus, me deja en el foro este comentario: «Hay algo que va del final de El Extrangero [sic] a su propia muerte...» Y es cierto, durante la pasada semana estuve releyendo acá y allá, en la obra de Camus, y me detuve en esta frase del último capítulo de El extranjero: «Me he despertado con las estrellas sobre la cara. Los ruidos del campo llegaban hasta mí. Olores de noche, de tierra y sal me refrescaban las mejillas. La paz maravillosa de este verano adormecido entraba en mí como una marea. En este momento, en el límite de la noche, las sirenas han aullado. Anunciaban el principio de la marcha para un mundo que para siempre me era ya indiferente». Así, me dije, debió ser también aquella fatídica noche del 4 de enero de 1960, basta sustituir "despertado" por "muerto" y "verano" por "invierno". El comentario del forista me hace ver que no soy yo sólo quien pensó en ese camino que va del final de ese libro al final de la vida de su autor.

 

Sus padres vinieron a buscar a Henri mientras yo dormía la siesta, y estaba tan profundamente dormido que no los sentí ni llegar ni irse. Eso es bueno porque significa que el cuerpo recupera lo que le adeudo en sueño y en descanso. Y es malo porque me quedé sin el beso de despedida de mi criatura. Pero ya me dijo Diny que lo volveremos a tener la semana próxima, de nuevo dos días, el lunes y el miércoles. Dios es grande en el Sinaí.

 

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