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La caja de Pandora el blog de Sofía Cárdenas Cortés


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27 de diciembre, 2014

Historias del Cosmos (I): La noche estrellada

 

La noche del 27 diciembre, la terraza del laboratorio de biología molecular de la UIM. Acaban de dar las doce de la noche. Miguel sale de la zona de zona de electroforesis con un café. Samuel llevaba ya fuera un buen rato.


¿Cómo estás?

Bien, yo… Necesitaba respirar.

Ya, oye… ¿Quieres que te traiga un café?

No, gracias.

            …

¿Sabes qué? Nunca he podido quedarme mucho rato mirando hacia las estrellas. Me aburre y me duermo o me duele el cuello.

Para algunas personas la noche, las estrellas… Los puntitos brillantes que vemos ahora pero que posiblemente lleven millones o miles de millones de años sin existir. Para muchos es algo poético.

Pero no para ti ni para mí, ¿verdad? Saber que brillan porque queman su carburante nuclear hasta que se extinguen porque se les agota le quita la magia al asunto. Aunque ya sabes lo de “es que si se encienden las estrellas…”.

No te pega nada leer a Maiakovsky.

No, es verdad.

Pero entiendo por qué para algunas personas piensan que es un concepto bonito. La luz tarda de la luna un segundo en llegarnos a nosotros, ocho minutos desde el sol, cuatro años desde la estrella más cercana que podamos ver desde la Tierra.

Te olvidas del telescopio. “El telescopio es una máquina para retroceder en el tiempo”.

H. Reeves: “En sentido estricto nunca se puede ver el estado presente del mundo”.

Sí, ya que hablábamos de poesía… Por cierto, leíste algo de su teoría sobre el Big Bang y la suposición de una cierta ‘finalidad’ en la evolución del universo?

Claro que lo leí, es controvertido, así que lo leí. La necesidad de una evolución  hacia la compejidad descrita por Reeves es una explicación que conlleva una definición del término ‘finalidad’ que no es la que normalmente se le atribuye.

Lo entiendo, Reeves entiende por finalidad las propiedades emergentes que surgen de la combinación elementos.

Exacto. Es una visión espacio-temporal de la imaginación que se puede atribuir al universo desde sus orígenes. Verás: la imagen más completa que podemos formarnos de la masa informe que formaba el universo de antes del Big Bang es la imagen de la completa desorganización. (Fácil, ¿no?). Un espacio uniforme lleno de luz y materia que se expande por todas partes en el que todos los puntos se alejan de manera uniforme unos de otros. Una explosión en cada punto de un espacio inmenso  y puede que infinito. En estos momentos en los que la imagen que puede explicar una teoría ya no es una imagen sino una idea que necesita varios instantes para materializarse en el cerebro, en estos momentos todos recurrimos a la metafísica. Porque la imaginación en ese momento necesita de una herramienta complementaria del más puro estilo conceptual. Pero eso es lo interesante. Que una realidad no se pueda disolver, lo que equivale a resolver. Ni las palabras, ni las operaciones… Buscamos el instante de completitud a sabiendas que no es ni siquiera probable. Pero llevamos la palabra posibilidad en las entrañas, cosida a base de errores cometidos.

Lo que tienes es nostalgia del Side Natura… Del universo de Lucrecio.

Esa es una bonita comparación. "Pues desde la eternidad es infinito el número de átomos que, de mil maneras enfrentados por choques y arrasados por su gravedad propia, se han combinado de mil modos, y probado todo lo que eran capaces de crear por la unión de unos con otros; por lo que es extraño que acertaran también la disposición y los movimientos convenientes, con que opera y se renueva el universo ahora existente" (Lucrecio, V, 186-194).

El universo de Aristóteles era más reconfortante, todo eterno e inmutable.

¡Qué dices! Al contrario, lo imperecedero por inmóvil es espeluznante. Un universo que no está dirigido desde fuera ni tiene un destino que no sea el de seguir en ese instante siendo el mismo y del que después de todo se puede observar una organización hacia la complejidad es…

¿Abismal?

Alentador por interesante. Yo creo firmemente que el aburrimiento es la primera causa de mortalidad en el ser humano,… al menos la primera causa de su espanto. El aburrimiento lleva a la dejadez, la dejadez lleva a la estupidez y la estupidez a la vacuidad. Se genera la ‘nada’ de la que hablaba Michael Ende como un agujero que inconscientemente el humano aburrido se queda mirando como crece. Y eso, ya sabes, lleva más tarde o más temprano a la desesperación y a la muerte.

Que la generación de nueva información nos acompañe.

¿...?

En serio...? Nada, déjalo. De todas maneras, el punto de racionalidad que, por suerte, se atrevió a poner Lucrecio en su época conlleva un ápice de desilusión, ¿no crees? Hasta ahora nada ha recuperado la idea de que la Tierra o nosotros somos especiales a no ser que recurras a un doble movimiento del transcurso de las cosas: la exteriorización de lo material hacia complejo y la interiorización de lo material hacia la evolución de la conciencia.

Te refieres a Pierre Teilhard de Chardin y la Ley de la complejidad-conciencia. ¿Te resulta satisfactorio el pensamiento de que existe un punto concreto hacia donde se dirige la finalidad de la conciencia, como es el caso del ‘punto omega’ de Chardin?

En absoluto. Considero que lo que conocemos de la inteligencia y el funcionamiento del cerebro dentro del ser humano no se puede extrapolar a la conciencia de otros seres sin caer en cierto tipo de “etnocentrismo”.

Eso es, sin embargo yo no veo ahí ninguna desilusión sino el primer punto de todas las ilusiones. Es decir, si hasta ahora, con todo lo que el ser humano ha ido descubriendo, la complejidad de todas las cosas no conlleva ninguna constante conceptual por mínima que sea, entonces todo apunta al infinito, a que no hay final, a que podremos seguir investigando siempre. Y entonces en algún lugar y cuando menos lo podamos esperar algo volverá a sobrecogernos.

Me gusta.

Tienes razón, al final te duele el cuello.

Vuelvo al laboratorio. Me alegro de haber hablado contigo.

-Sí. ¡Miguel!

¿Si?

Gracias.

-De nada… Y feliz navidad. 

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