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La caja de Pandora el blog de Sofía Cárdenas Cortés


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26 de abril, 2015

Qualia bajo el agua, cada delfín tiene su nombre propio

 

Existe una costumbre cultural en occidente según la cual se considera que la capacidad intelectual del homo sapiens sapiens tiene la cualidad de ser el punto más álgido de la evolución de la inteligencia en abstracto. Como si se pudiera considerar a la inteligencia en abstracto como una cosa en sí.

 

En la investigación psicológica actual los test de inteligencia para humanos están tan divididos en estadios diferentes de personalidad que no existe una forma de parámetro global y la comparativa interindividual ha dejado de ser, si alguna vez lo fue, objetiva. Sin embargo, aún en la superficie permanece el rastro de ese coeficiente único que se mide como si fuera con un metro de coser. Y de ese rincón de lo obsoleto surge un pensamiento más que cuestionable, la idea de que el resto de los seres vivientes han de ser tomados en consideración, o incluso respetados, según se parezca su inteligencia a la inteligencia humana. Así, es habitual que se desarrolle en el personal algún ‘oh’ acompañado de un sentimiento empático cuando se le muestra un animal (suele ser un animal, aunque hay ahora algún que otro libro sorprendente sobre plantas) que puede conseguir cosas del tipo parecido a las que consiguen los humanos: resolver puzles, laberintos, reconocerse en el espejo o comunicarse con nosotros. La capacidad animal que más nos apetece conocer es la capacidad de desarrollar un lenguaje.

 

En estas investigaciones los cefalópodos ponen un punto y aparte. En concreto, los delfines. Tal vez fuera porque el mar es un enemigo poderoso que apenas llegamos a conocer (aunque sí a destruir). O que la complejidad social y conductual de los cefalópodos sobrepasa nuestros parámetros prefabricados. El caso es que las investigaciones sobre el lenguaje de los delfines se desarrollan en los últimos años con delfines en libertad, en su ambiente, considerando en lo máximo posible no interferir en su entorno ni en su forma de vivir. Es un ejemplo The Wild Dolphin Proyect, el estudio de delfines en libertad más duradero del mundo que lleva desde 1985, capitaneado por la Doctora Herzing observando delfines moteados y delfines mulares en las Bahamas bajo el lema “En su mundo, en sus términos”. Los cuidadores de Koko, la gorila, también decían que no querían que dejara de ser una gorila, pero Koko vivía con ellos en cautividad y  le daban de comer hamburguesas con patatas fritas.

 

Lo interesante de esta situación con respecto a los delfines es que se tiende a considerar esta vez que el lenguaje está conectado con el resto de su forma de ser y de su hábitat. Representa un paso hacia delante a la hora de tomar como referencia el lenguaje en sí del animal y su propia forma de inteligencia.

 

El último descubrimiento lo ha publicado Janik, Saylgh y Wells, científicos de la escuela de Biología de la Universidad de St. Andrews en la revista Proceedings of the Royal Society B. Según esta publicación, los delfines son los únicos animales que no son humanos para los que se ha demostrado que pueden transmitir información de identidad independientemente de la voz del que la transmita o de su localización. Los delfines desarrollan un sonido que se ha llamado ‘silbido-firma’ que es único en cada individuo, elaborado por él y que sus compañeros habituales pueden producir para llamarle, identificándole con ese sonido.

 

La clave de ese silbido-firma es que las variaciones individuales no dependen de la capacidad de su tracto vocal, sino que esa información sonora de identidad representa a ese individuo sea lo que sea lo que produce ese sonido.

 

La capacidad comunicativa sonora de un animal se conoce como etiquetado vocal. Esto consiste en que el animal usa una señal acústica cuando se le presenta un objeto específico o un conjunto de objetos. Cuando esa capacidad no es inherente al animal sino que se obtiene del aprendizaje se considera que el uso cognitivo de su capacidad comunicativa es más complejo. Copian sonidos de su entorno y desarrollar su propio repertorio distintivo de llamadas. Entre los animales capaces de aprender etiquetados vocales están los humanos y los delfines, pero también el resto de cetáceos, los passeri (pájaros cantores), colibríes, loros, murciélagos, los pinípedos como los leones marinos, las focas o las morsas y los elefantes.

 

Por otro lado, solo se ha encontrado en los delfines y en los loros la capacidad de utilizar signos aprendidos arbitrarios para etiquetar objetos. La mayoría de los animales codifica información de identidad en su vocalización pero muy pocos estudios han demostrado en esta información la capacidad de discriminación individual o reconocimiento. Lo que se busca en esta capacidad de codificación es que en la especie exista la capacidad de percibir algo como idéntico a algo anteriormente conocido, especialmente cuando ese algo se trata de ellos mismos, esto es, especialmente cuando se utiliza el etiquetado vocal para las llamadas de cohesión.

 

Hay dos tipos registrados de llamadas de cohesión para las especies. El más común es la llamada en la que se codifica información de identidad dentro de las características vocales de cada individuo de forma que las variaciones individuales no afectan a la forma general de la llamada. Esta llamada en realidad la comparten todos los individuos de la especie, como ocurre con las numerosas variaciones individuales con las que que los pingüinos transforman su llamada a la cohesión sin que estas lleguen a afectar la esencia de la misma.

 

El segundo tipo de llamada de cohesión, el menos común, se caracteriza porque las variaciones individuales conforman un cambio cualitativo con el resto de las variaciones de los de su misma especie de forma que no se puede hablar de una ‘llamada en común’ a la cohesión. En esta la identidad de la información se codifica en patrones de modulación de frecuencia. Se incrementa la forma distintiva de la identidad de la información de forma que los patrones de modulación de frecuencia generan una identidad que no se define por las diferentes capacidades que tiene cada individuo de la especie para generar ese sonido, sino que se copia y repite un patrón en el que se busca la exactitud de la información. Esto ocurre con las variaciones de las canciones de ciertas especies de pájaros, con los nombres de los animales humanos y con los ‘silbidos-firma’ de los delfines mulares.

 

En lo que respecta a los pájaros, estos tienen, al contrario que los delfines, la peculiaridad de que tienden a responder con su canción si escuchan una canción de un pájaro desconocido más que si es una canción de un pájaro conocido. Estos pájaros utilizan los distintivos individuales en un contexto de apareamiento o defensa territorial, no en contextos sociales afiliativos, como los delfines. Además las variaciones de cada canción muy raramente pertenecen de forma exclusiva a un solo individuo sino que suelen ser repertorios compartidos. Esto sugiere un uso más complejo de la codificación de la identidad por parte de los delfines debido a una capacidad de socialización más compleja. En los pájaros el uso de los patrones de modulación de frecuencia es un medio para una finalidad mayor, por lo que la individualidad de cada ser de la especie está más asociada al común de la vivencia que a una individualidad particular.

 

La alta variabilidad individual de la llamada de cohesión de los delfines sigue formando un continuo, siguen teniendo algo en común, pero la diferencia con respecto al resto de los animales es mucho más que significativa. El patrón de modulación de frecuencia del ‘silbido-firma’ lleva en sí información suficiente tanto como para la discriminación individual por parte del emisor como para que el receptor del silbido pueda usar esa información.

 

En el experimento utilizaron tanto grabaciones originales del silbidos reales como silbidos generados de manera artificial. Los delfines respondieron a la versión sintética como respondieron a la versión original, con alguna variación que se explicaba por el margen de error que se consideraba se tenía a la hora de sintetizar el patrón de modulación de frecuencia del delfín. El experimento sugiere entonces que la identificación de un individuo por su sonido propio es una forma de reconocimiento, no de discriminación de diferentes estímulos. Los individuos reaccionaron de forma clara ante una reproducción sintética de información de identidad que ha eliminado toda la información de la voz que aporta la llamada original. Reconocen al otro como otro por ese sonido propio, por su nombre. Los delfines que se encuentran en el mar antes de unirse unos a otros tienden a intercambiar esta ‘firma individual’.

 

El experimento se realizó con delfines mulares en libertad en la costa este de Escocia, donde se grabaron los silbidos de los animales. Cada delfín respondió a su silbido particular con el mismo silbido y con menor frecuencia también a los silbidos de delfines conocidos, pero no había respuesta con silbidos de delfines desconocidos. Los delfines son capaces de copiar los silbidos individuales de otros delfines y pueden llegar a incluirlos en su vocabulario. Es el único experimento en animales en el que se ha podido comprobar cómo un individuo llamaba a otro de su misma especie por su nombre propio. Los delfines y los humanos parecen ser los únicos mamíferos capaces de utilizar en su sistema comunicativo etiquetados vocales específicos para diferentes compañeros suyos de su misma especie.

 

Los ‘silbidos-firma’ se desarrollan en el delfín cuando este todavía es sólo una cría, el cachorro de delfín escoge un sonido que escucha de forma poco habitual y utiliza una versión ligeramente modificada como su silbido propio. Ese silbido lo repetirá a lo largo de su vida, caracterizará su identidad y ocupará el 50% del repertorio de sonidos distintivos que aprenderá y pronunciará.

 

Los delfines viven en un mundo de tres dimensiones con poca facilidad para guiarse de forma visual.  Su sociedad está constituida en movimientos de fusión y de fisión continua, esto añadido a que su visión bajo el agua es restringida es lo que probablemente llevó a este desarrollo complejo de distintivos vocales.

 

Los otros silbidos que producen los delfines, los que llaman los silbidos ‘no-firmas’, no tienen un patrón de modulación de frecuencia distintivo individual. Los científicos de The Wild Dolphin Proyect   han clasificado los sonidos vocales que emiten los delfines en tres grupos: silbidos, cliks y sonidos pulsares. Los primeros se utilizan para la comunicación a larga distancia y los contactos entre una madre y sus cachorros, los clicks, que suelen contener ultrasonidos  se utilizan para la navegación y la orientación, y los llamados sonidos pulsares ‘de ráfaga’ son paquetes de clicks espaciados estrechamente. Estos últimos se utilizan en los comportamientos sociales que requieren mucha proximidad, como, por ejemplo, la peleas.

 

Los silbidos, su forma principal de comunicación, han sido ordenados en cuatro contextos sociales diferentes: los que ocurren entre una madre y su cría, los que ocurren durante el apareamiento, en los cuales se repite frecuentemente sus ‘silbidos-firma’, los que emiten cuando un individuo se separa del grupo y el silbido firma de los delfines mayores que emiten antes del encuentro con un delfín más joven.

 

Los delfines forman una sociedad muy compleja. Viven en familias que comportan abuelos y hasta bisabuelos. Se relacionan entre ellos según sus necesidades para luego continuar con esa relación. Por ejemplo, las hembras cuando crían se relacionan entre ellas para ayudarse mutuamente. Cuando cambia el el estado reproductivo de esas hembras su relación amistosa puede durar mucho más allá de ese momento. Las parejas reproductivas también mantienen su relación a lo largo de toda su vida. Los jóvenes aprenden de los mayores los comportamientos sociales.

 

Esta sociedad, junto con su sistema de denominación, deja entrever el concepto de identidad que se sostiene en consciencia del delfín, incluso se puede decir autoconsciencia. Chris Impey, astrofísico, ha dicho más de una vez que si descubriéramos seres idénticos a los cefalópodos en planetas alejados de nuestro sistema solar nos sorprenderíamos tanto de su inteligencia que los consideramos seres fascinantes, un contacto alienígena del tipo que tanto buscamos: nuestro otro-yo, algo con lo que poder reflejarnos y relacionarnos. Pero resulta que los cefalópodos viven bajo el mar, en la tierra, algo muy común como para fijarnos de verdad en lo que tenemos con nosotros.

 

Lo cierto es que mirando hacia atrás durante más de 50 millones de años de evolución de los mamíferos, los cefalópodos, que se separaron de nosotros hace 30 millones de años, fueron los seres más inteligentes de la tierra, según los estándares biológicos habituales, y sólo fueron superados por los simios hace medio millón de años en el que el cerebro de los simios sufrió un desarrollo muy rápido en el tiempo. Ahora se sabe que los delfines mulares conocen un signo de identidad para cada individuo que no depende de su tracto vocal, un signo independiente. No ven muy bien bajo el agua pero algo de la experiencia que tienen al contactar con un individuo en concreto de su misma especie hace que puedan relacionarlo con un sonido muy concreto y no con otros, hacen que lo puedan reconocer, literalmente.

 

Un nombre que da lugar a una historia en el tiempo, a una asociación de muchas cosas con él, ninguna de las cuales tiene una referencialidad directa con ese nombre pero que forman una unidad abstracta por el cual pueden asociar el nombre al individuo sin equivocarse. Un espacio entre el concepto y la experiencia sensible que puede compararse con una pequeña esencia de nuestros problemas metafísicos habituales. Una sensibilidad para con el otro tan intensa que forma una historia de reconocimiento. ¿Qué ocurrirá cuando uno de ellos pierde la vida?, ¿Qué ocurrirá en su mente cuando nos intentamos comunicar con ellos? ¿Y si su forma de comunicación fuera tan compleja que todavía no somos conscientes del potencial de su inteligencia? A duras penas empezamos a vislumbrar las consecuencias de relacionarnos científicamente con otros seres vivos sin perturbar su naturaleza esencial. Esas consecuencias pueden ser maravillosas.

 

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