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La caja de Pandora el blog de Sofía Cárdenas Cortés


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28 de septiembre, 2018

Los viajes de Gulliver por el cuerpo humano. Nanotecnología como parte del tratamiento de pacientes con cáncer

 

 

La ciencia acerca de lo más pequeño se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en una investigación multidisciplinar fundamental para la medicina. Esta consiste en manipular moléculas y estructuras ínfimas, mucho más pequeñas que las propias células, con el objetivo de poder ver con claridad las células cancerosas, manipularlas y destruirlas. Tomar perspectiva es toda una técnica asombrosa. Así como Gulliver se horrorizaba al contemplar los enormes poros de la piel de los gigantes, una piel que ellos mismos veían como inmaculada, para la nanotecnología las pequeñas células son todo un universo abierto a la exploración. 

 

Un nanómetro (nm) es la milmillonésima parte de un metro. Para hacernos una idea, un pelo humano, por ejemplo, tiene aproximadamente 1.000 nanómetros de diámetro. La ciencia llamada nanotecnología utiliza un rango de 1 a 100 nm para trabajar. En lo que se conoce como dominio cuántico, es decir, distancias comprendidas entre 100 nm o menos, el mundo se convierte en un complejo campo de trabajo en el que ciertos efectos que antes no eran significativos cobran ahora relevancia, o en el que elementos opacos se convierten en transparentes y algunos materiales estables en materiales combustibles. Un mundo nuevo el que el cuidado por no alterar los objetos de observación requiere, desde todos los ángulos del experimento, de la precisión y el ingenio del relojero de los liliputienses. 

 

Las nanopartículas que se utilizan en medicina son de tamaño similar a las miles de moléculas que están constantemente deslizándose dentro y fuera de las células mientas estas permanecen intactas. Esta capacidad para resultar inocuas les concede libertad para investigar individualmente las células e interactuar con ellas. Científicos como Sanjir S. Gambhir, de la Universidad de Standford, se han adentrado en el mundo nano para recolectar células cancerígenas y extraer información de ellas. 

 

Al cambiar las células de tamaño, no solo su propiedades se pueden volver más provechosas para el estudio, sino que también la superficie de investigación es mucho mayor. Cambiando de escala las dimensiones de lo pequeño se convierten en experimentables. Con estas experimentaciones se consigue, por ejemplo, que ciertas nanopartículas varíen de color para señalar células cancerosas, que absorban la energía de la luz para que las vibraciones acústicas señalen la presencia de un tumor, o que liberen calor y destruyan las células señaladas, desde dentro. 

 

Es un campo científico en plena efervescencia (siempre que se lo permitan, claro), y el futuro al que se dirigen es al diagnóstico temprano; por ejemplo, nanosensores colocados en el cuerpo o en aparatos fuera de él que alerten de problemas al primer signo de ellos. La tecnología nanosensible ya es en parte una realidad, como la que estudia Heather Wakelee, profesora de medicina, para tratar el cáncer de pulmón. Wakelee trabaja diseñando una especie de tapiz magnético que cubre la superficie de las células y es capaz de liberar con rapidez células vivas que están unidas a otras. 

 

Una ciencia que requiere colaboración entre ingenieros, biólogos y oncólogos..., y que también requiere financiación. 

 

Susan Sontag ya hablaba en 1978, en su libro “ La enfermedad y sus metáforas” de que el cáncer en el siglo XX se convirtió en lo que era la tuberculosis en el siglo XIX, esto es, una fuente de discursos del tipo mitológico que no hacen sino entorpecer el tratamiento de la enfermedad y la relación que tienen los seres humanos con ella. Sontag conocía bien la enfermedad, murió de leucemia en el 2004, probablemente por la radioterapia recibida para curar el cáncer de mama que empezó a sufrir en 1976. 

 

Para la aristocracia del siglo XIX el estado tuberculoide, delgado, pálido y débil, se había convertido en una moda. Una idea romantizada que asociaba la enfermedad al carácter sensible y especial del enfermo. Sontag señala que, en el siglo XX la romatización se realiza esta vez sobre la locura; a lo que hay que añadir que en el siglo XXI se juega a romantizar diferentes tipos de enfermedades mentales como la esquizofrenia, la bipolaridad, el TOC, el Asperger... Con esa visión de la tuberculosis comenzó el culto a la propia imagen, la enfermedad individualiza, diferencia. Estos enfermos son diferentes y por lo tanto, considerados, de una manera descabellada, interesantes. Se les asocian imaginariamente capacidades innatas, intelectuales o emocionales que,además de descargar sobre el paciente la responsabilidad de la enfermedad que sufre, tienden a apartarle de una manera implícita de cualquier tratamiento real. 

 

El libro de Sontag termina por explicar que lo que no ha conseguido romantizar la sociedad, por el carácter propio de estas enfermedades, es el cáncer o la depresión. Pero no por ello estas se libran del peligro de ser mitificadas o de sufrir el destierro o el paternalismo del entorno. 

 

Tanto al cáncer como a la depresión, se les asocia, de una forma fantasiosa, un ser que sufre de una fuerte represión emocional. La literatura y el habla cotidiana se llena de expresiones en los que efectivamente la inhibición de comportamientos o emociones provoca enfermedades físicas. Y también se les asocia la presencia cercana de la muerte. 

 

En realidad, como explica Sontag, alguien que ha sufrido ya un infarto tiene, al menos, las mismas probabilidades de morir en un plazo breve de tiempo al sufrir otro que una persona con cáncer. Sin embargo, a nadie le cuesta contar que ha sufrido un infarto ni la palabra misma de infarto conlleva un silencio inmaculado al pronunciarla. También ocurre lo mismo con la depresión, pues ese discurso va ligado al discurso acerca de quitarse la vida.  

 

Dos temas tabúes: tumores y suicidios. La depresión parece que va a conllevar grandes estragos en la sociedad occidental en los años que están por venir; pero el cáncer ha alcanzado ya un estado de estigmatización muy alto que dificulta en gran medida el hecho de tener que enfrentarse a esta enfermedad. 

 

Un factor relevante en el curso de esta estigmatización es el sentimiento de culpa. No se habla de él, pero existe. Desde los antiguos griegos hasta, por supuesto, el cristianismo, se utilizan las enfermedades, se les añade un significado que no les es propio, para aplicar una moral determinada, como ocurrió también con la sífilis o el SIDA. Ahora se utilizan mucho en las publicaciones de autoayuda una filosofía alarmante: tu eres el pleno y absoluto responsable de todo lo que te sucede. Las implicaciones de estas afirmaciones son delirantes, y entre ellas, está la culpabilización del paciente. Es una culpabilización muy sutil, pues reconocerlo sería políticamente incorrecto, pero está latente. Quizá de forma inconsciente, pero está, como pasa para quien sufre una violación o un abuso. Es una culpabilización que la cultura arrastrando siglos, de una forma u otra. 

 

Pero es verdad, como apunta Sontag, que toda esa mitificación, el hecho de relacionar el cáncer de manera injustificada con una sentencia de muerte, o de sobrevalorar la relevancia de las aptitudes psicológicas del paciente en su tratamiento, no puede ser solo por un miedo colectivo a la muerte; es un discurso demasiado elaborado como para tener un motivo tan simple. Los motivos son también otros.

 

Para empezar, como bien sabía Foucault, el tratamiento y diagnóstico de las enfermedades nunca está desligado de las estructuras de poder. Por un lado abundan las publicaciones sobre las bondades del pensamiento positivo, o se venden miles de ejemplares de libros de recetas anticáncer mientras que, por otro lado, científicas españolas dimiten en sus investigaciones por las trabas que encuentran y la falta de financiación. La ciencia sigue sin ser una prioridad.

 

Pero debería serlo si lo que queremos es comprendernos en nuestra totalidad. El cerebro es cuerpo, todo es cuerpo, todo está ligado, pero no se sabe todavía cómo; lo peligroso es inventar una y otra vez relaciones cuerpo-mente que, aunque fuesen plausibles, no se pueden demostrar científicamente.

 

La nanotecnología, se instala dentro del cuerpo. No es Tuck Pendelton, pero casi mejor, es preferible no fiarse de la idiosincrasia de un ser humano a la hora dejarle indagar libremente por las células de tu cuerpo. Se instala y juega su papel de concienciar a la propia mente de que el cuerpo no es una unidad más que en la imaginación, de que estamos todos en el mismo lugar, entre órganos que sostienen algo que algún día dejarán de sostener; una unidad aún inabarcable y cuyas infinitas conexiones solo conocen la verdad por aproximación y necesitan focalizarse en lo que conocemos de una manera concreta.

 

Pero lo concreto no genera las metáforas y estas están enraizadas en nuestros comportamientos más cotidianos. Quizá lo que más nos asusta no es encontrarnos con la muerte. Quizás, lo que lleva ahora a estos comportamientos extraños es el miedo a tener que dejar de aparentar. Puede que lo que cause verdadero pavor es la misma realidad. Para aceptar que la salud es la metáfora y el desequilibrio la única cualidad intrínseca de la existencia, tendríamos que pararnos y observarnos.

 

De igual forma que el que experimenta un trauma, hasta que no elimine toda la fantasía que ha necesitado generar alrededor de él para sobrevivir, no va a poder ser consciente de cuál es su verdadera forma de estar presente en el mundo y no va poder enfrentarse a él, hasta que un paciente, y todo el mundo en general, no midan su estado en el instante en vez de en el pasado, el futuro, o en lo imaginario, no hay posibilidad de aprovechar al máximo la vida o de ser un apoyo efectivo para el otro.

 

¿Qué pasa si en vez de dejarnos llevar y en vez de mostrarnos continuamente, nos pensamos? No nos veríamos como una unidad, porque no lo somos, y no podríamos demonizar la enfermedad o la imperfección, porque no todo va bien y no todo es perfecto.

 

Sentir la conexión que implica estar vivo, de todas las formas en las que esto se puede hacer, es lo único que, en el fondo, merece la pena experimentar. La realidad es algo profundo y revelador que tiene, todavía, mucho que mostrar. Pero, tristemente, nos estamos alejando de ella.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

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