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Newyópolis el blog de Ulises Gonzales


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6 de abril, 2018

El final de 'El ruletista' o llegando al Bronx

 

Mircea Cartarescu

 

Me habían recomendado a Mircea Cartarescu. Así que ahí iba, metido en ese tren que me llevaba al amanecer desde Westchester hasta el Bronx, leyendo las páginas de El ruletista. Además de sumergirme en un submundo rumano de gente fina ansiosa por el sonido de la pólvora, pensaba en la importancia de los finales en las historias. En cómo (y en qué momento) se nos arruinaron los finales.

 

 

¿Aún cuentan los finales? En este universo de arte contemplativo, donde parece ser más importante capturar la lentitud con que transcurre la vida del director de un museo en Estocolmo que aquel flash que nos hacía sentir que la vida de los personajes colgaba de un hilo, aquel estallido final de las películas que nos emocionaba de niños, aquellos desenlaces memorables ¿Aún importan?

 

 

“The seventh car is cold”, dice una voz en los altoparlantes. Algo no funciona en el sistema de trenes. Al parecer no sólo es la calefacción del séptimo vagón. Una boletera se queda conversando con el oficinista sentado atrás de mí. Además de quejarse por la hora absurda en que tiene que levantarse, le informa que hay máquinas malogradas por culpa de la nieve. En las estaciones que pasamos la gente mira con impaciencia hacia el espacio por donde aparece nuestro tren: llegamos tarde.

 

 

Me pongo a pensar en la escena de Fundación en que se nos revela que hay un tirano enclenque capaz de tumbarse a la Historia. También en la conclusión inesperada de La ciudad y los perros. En las imágenes de un protagonista que aparece en la casa del guionista que escribe El Eternauta. En el final (que me robaron contándome), ese que editó el malvado jefe de Miramax, de Cinema Paradiso. En el desenlace que revela Márai en El último encuentro.  En muchos finales de Borges, en el huracán de Cien años de soledad, en la pista final de El nombre de la rosa, y en la conclusión de El rastro de tu sangre en la nieve.

 

 

Hace unos años un escritor me pidió una reseña de su libro de historias. Comenté algunos finales. Reclamó que había despojado a sus lectores del placer de averiguar el desenlace. Mi respuesta menospreciaba la importancia de aquellos. Suponía que el lector disfrutaba más con el estilo. ¿Es que acaso (a quienes creemos que hemos visto casi todos los finales posibles) nos hace más feliz una línea, un salto, una escena perfecta, que la resolución de la historia?

 

 

Nos acercábamos a la estación.

 

 

Antes de llegar, pasando las páginas finales, pensé que lo que más me molestaría al bajar del tren, sería pasar frente a una tienda de la calle Fordham donde un parlante destartalado gritaba: “Tatús, tatús, tatús”. Lamento no poder explicar más. Ya me dirán cuando pasen por ahí.

 

 

Y pensando en eso terminé El ruletista. No hubo explosión: solo un punto final.

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