Fotograma de "El buen amor".

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    "El buen amor"

    Álvaro del Amo - 20-01-2011

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    Producida por Alfredo Matas y escrita y dirigida por Francisco Regueiro (Valladolid, 1934), El buen amor (1963) es una joya del cine español, que reaparece en un DVD, presentado por Filmas. Llega con una imagen correcta, pero con un muy deficiente sonido (oscuridad en los diálogos, un chisporroteo de fondo a menudo intenso, desequilibrios en el volumen), tal vez porque no se ha encontrado un mejor material original, lo que prueba el precario estado de conservación en que se encuentra el cine español, con un ministerio de supuesta cultura muy poco interesado en lo esencial: dotar de fondos a la dinámica Filmoteca para que pueda cumplir adecuadamente su papel de mantener en buen estado un valioso patrimonio.

           Deficiencias al margen, vale la pena aprovechar la oportunidad de asomarse a recuperaciones como la que suscita estas notas. No es aventurado suponer que será una muy grata sorpresa para más de uno.

           El buen amor recibió en su estreno una muy discreta acogida de público y un tratamiento indiferente cuando no hostil por parte de la crítica, que demostró una pertinaz miopía ante la frescura y originalidad de la película. Sería justamente apreciada después, y hoy permanece como una obra notable, como demuestra la muy precisa y lúcida reseña de Augusto Martínez Torres en su Diccionario Espasa del Cine Español (Madrid, 1999).

     

     

    No pasa nada

     

    El mismo año de 1963, Juan Antonio Bardem realizó una de sus mejores películas. Con el título de Nunca pasa nada, en su énfasis afirmativo pretendía significar exactamente lo contrario de lo que proclamaba. No pasa nada porque la vida de la España sometida al franquismo fluía monótona y sin acontecimientos de vistoso relieve, “en paz”, como no tardarían en vociferar los 25 años de ídem, según el eslogan del ministro Fraga Iribarne. Una ilusión, o espejismo, de normalidad, calma y, se diría, benéfico aburrimiento, que escondía un hervor caleidoscópico de deseos sofocados, silencio impuesto, y “plomo espiritual”, que la obra de Bardem retrataba con dramática pericia, y que sería también dibujada con igual acierto por Basilio Martín Patino en Nueve cartas a Berta, y por Francisco Regueiro en El buen amor.

           La aparente banalidad ofrecía un paisaje muy denso y enjundioso para quien se dispusiera simplemente a asomarse a él, a recorrerlo con curiosidad, a dejarse llevar, zambulléndose en las aguas de una cotidianidad que quizá en la superficie reciben con acogedora tibieza, propiciando una leve modorra, pero que a medida que la inmersión se hace más profunda van resultando más gélidas e inhóspitas, ideales para quien quiera ahogarse en ellas sin remedio. No deja de ser significativo que Carlos Saura y Basilio Martín Patino terminaran sus estuidos en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (que dio paso a la Escuela Oficial de Cinematografía), con sendas películas (“prácticas”, se llamaban los ejercicios escolares), sobre el mismo tema e idéntico título, Tarde de domingo: en el transcurrir indeterminado de las horas del día festivo, donde supuestamente “no pasaba nada”, ocurría de todo, en la medida en que los personajes se mostraban en la intimidad de sus vidas tan modestas y anodinas como trágicas y conmovedoras.

           A Mari Carmen (Marta del Val), la novia que ha tenido que mentir para pasar un día en Toledo con su novio Jose (Simón Andreu) en El buen amor, tampoco le gustan los domingos. Como ambos comentan una y otra vez, están hartos de pasar la tarde en una cafetería, o en un cine, donde el acomodador procurará situarles, a la espera de una propina, en las últimas filas, refugio humilde y angosto para las presumibles efusiones de los enamorados de la época, “siempre rodeados de familiares, amigos y vecinos”. La escapada de un día a Toledo tiene para ellos el valor de una huida en toda regla. Ella ha mentido, asegurando a su familia que acudía a una misa en la facultad, que le ha obligado a acarrear el correspondiente misal durante toda la excursión. Él vive de pensión y no debe dar explicaciones, aunque también siente que su viaje tiene algo de furtivo, pues se encuentra con un amigo y no le presenta a su novia. Para la pareja, la brevedad del día que pasan fuera tiene mucho de anticipo, simulacro o casto remedo de un auténtico viaje de novios, al que aluden, muy conscientes de lo excepcional de la situación.

           Al comienzo, encontramos a Jose en la estación de Atocha esperando inquieto a Mari Carmen la mañana de un domingo parece que de otoño, y, al final, los vemos a los dos desaparecer en la puerta de la estación de Toledo que comunica con el andén, a tiempo de tomar el último tren a la capital, que sale a las 6.50 de la tarde. A lo largo de unas pocas horas, unas 9 o 10, acompañaremos a la pareja de estudiantes de clase media (él, acabando Derecho, vallisoletano; ella, burguesita del barrio de Salamanca, Filosofía y Letras, rama de Historia), en su excepcional “rapto” a Toledo, donde, efectivamente, “no pasará nada”, pero cuando veamos al tren arrancar, el último del día, que los devuelve a sus rutinas, sabremos bastante de ellos y mucho de la época que, probablemente para mal, les ha tocado vivir.

           La misma banalidad de la pequeña peripecia que recorren juntos, sin el desgarro de una crisis ni la contundencia de una revelación, les ha procurado un mayor conocimiento mutuo; y a medida que se iban mostrando el uno al otro, la película va representando ante los espectadores el menudo microcosmos de la pareja, inserto en el paisaje de la sociedad española del momento. El retrato interior se integra hábilmente en el gran fresco del conjunto, donde desfila la imaginería del momento como en un minucioso y detallado cuadro de época, donde se diría que no falta nadie, ni se ha dejado nada fuera. Jose y Mari Carmen se zambullen en el ambiente que les rodea, aunque pronto comprobamos que no es propiamente “el suyo”: ellos lo atraviesan como dos ángeles, dos marcianos o dos extranjeros, con una ligereza y un entusiasmo siempre amenazados por la atmósfera que respiran.

     

     

           Mientras Jose espera impaciente en el andén, pasan dos sorchis, tal vez licenciados de la mili, entonando una canción; luego, en el vagón de tercera clase, los dos novios se sentarán frente a la pareja de la guardia civil, que lían cigarros. A la vista del Cerro de los Ángeles, sobre el que se alza la gran estatua del Sagrado Corazón de Jesús, Mari Carmen recuerda que allí cogió una insolación y que en su casa oían los sermones del padre Venancio Marcos, un popular sacerdote que desgranaba sus homilías por la radio. Unos campesinos dan cuenta del tamaño de la finca por donde pasa el tren, y uno de ellos se atreve a afirmar que “la tierra debía ser para quien la trabaja”. Una maestra se muestra ufana de la plaza conseguida y de su correspondiente independencia. En los viajes en ferrocarril se lee la revista La codorniz. Entra en el compartimento un vendedor ambulante vendiendo plumas Parker 51, falsas, y el guardia civil subraya la rapidez con que se ha retirado. Un novio preocupado corre junto a las vías del tren que se aleja, recomendando a su novia en gritos angustiados: “No te tiñas el pelo y ponte las inyecciones de calcio”. Luego, una monja acompaña a jóvenes postulantes y Jose encuentra a un amigo del Opus Dei. Toledo les recibe con su paisaje y sus monumentos, el entierro del Conde de Orgaz, la catedral, sus calles y sus mazapanes.

           Ellos forman una pareja “normal”, sin rasgos psicológicos acusados, caracterizados sobre todo por su reacción a las presiones del ambiente. Se quieren, son leales, están contentos y, en el inicio de la veintena, demuestran una cierta inmadurez adolescente, expresada en sus risas, gestos y bromas, así como también en un particular conformismo. Jose está preocupado por la insistencia de su padre en que haga oposiciones a un banco, un consejo que parece haber aceptado ya. Mari Carmen no es una chica remilgada, aunque debe poner continuamente freno a las efusiones de su novio, a las que ella responde con una máxima que seguro ha oído en el colegio de monjas donde ha estudiado el bachillerato y que es muy probable que le repita en casa su propia mamá: conviene contenerse en el trato amoroso para que su culminación coincida con la noche de bodas. Y así, esta chica tan simpática y natural se comporta con un pudor que asombrará a las muchachas que no nacieron, como ella, en 1942, sino medio siglo más tarde: se resiste al beso en la boca, regula los abrazos en la vía pública, y reacciona al azote espontáneo y cariñoso con un enfado propio de una grave ofensa.

     

     

    El tiempo en cápsulas

     

    Francisco Regueiro ha organizado su relato en una continuidad de unidades temporales, a modo de cápsulas, grumos o eslabones de una cadena que se suceden de un modo acumulativo. Jose y Mari Carmen pasean, comen o se enfadan sin que las distintas escenas que protagonizan se vean sometidas a la progresión de una intriga. No se despierta la expectativa de lo que “ocurrirá después”, importa que el espectador contemple lo que los novios están viviendo en ese momento, cuyo interés tampoco se concita a base de nuevas informaciones, pues pronto sabemos que la joven pareja no nos va a sorprender. Él le gastará otra broma y amagará la enésima aproximación; ella le llamará, más o menos impaciente o cariñosa, “gamberro” o “majetón”, acordándose de su amiga novicia a la que le gustaría visitar, o leyéndole a él la carta que le ha enviado otra amiga.

    A Mari Carmen le gustaría pasar el verano en Francia, y Jose se ve abocado a empezar a estudiar las oposiciones antes de terminar la carrera, y la cámara los observa con una insistencia paciente y obcecada, con la minuciosidad de un documental que acaba siendo alcanzado por la fascinación de lo que está mostrando: los desplazamientos, el trato y la respiración de dos joviales animalillos que nadan en una pecera tratando de olvidar sus paredes transparentes, o recorren los barrotes de la jaula que los aprisiona consolándose con el sol que brilla en el exterior. Los vemos indefensos, sometidos y con un destino prefijado. Pero, al mismo tiempo, seguimos su inocente y ávido deambular convencidos de que Jose y Mari Carmen están extrañamente preservados, de que nada les corromperá, de que les espera una exultación gozosa, de que, con gente así, el país derrotado por la victoria, a punto de celebrar los 25 años de paz, todavía puede concebir esperanzas.

           El director, Francisco Regueiro, parece haber tomado del neorrealismo italiano, aún vigente entonces, el interés por la enorme riqueza ofrecida por “la realidad”, las calles y sus gentes, rostros, palabras y edificios que allí se encontraban para ser retratados. Lo hace el director con una planificación sabia e invisible, manteniendo el mismo punto de vista en largos travellings que siguen fielmente a los paseantes, o recurriendo a la alternancia del campo / contracampo y al plano detalle, cuando se impone un rato de reposo, para comer o adormecerse; allí está la cámara para escrutar los gestos de alegría, de fatiga, para acercarse a las manos que se enlazan tierna y lánguidamente.

           Y, a la vez, la agudeza de su intuición le ha permitido a Regueiro aplicar una depuración practicada por epígonos del movimiento neorrealista, como Michelangelo Antonioni, quien supo extraer de los llamados “tiempos muertos” una riqueza misteriosa. Los humanos se muestran y desvelan no sólo en la acción, también en la inmovilidad; porque en el vacío del discurrir doméstico abandonan su reserva para, con un pudor desprevenido, ofrecerse en delicado, exquisito espectáculo.

           Jose y Mari Carmen, gracias a un estilo discreto e incisivo, respetuoso e implacable, vuelven, en la recuperación de El buen amor, como héroes de nuestro tiempo, anónimos y representativos ciudadanos de una época reciente que a muchos resultará lejana. Aunque quizá no tanto, pues la forma cinematográfica utilizada en 1963 parece haber revivido en rigurosos títulos recientes, como La soledad, de Jaime Rosales, y Mujer sin piano, de Javier Rebollo, donde asistimos a una renovada atención por lo supuestamente anodino, contemplado con el lento arrebato que convencionalmente suele merecer lo sagrado.

     


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