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Me sobrecoge tu texto. Pero no pienso arrugarme ni dejarte sola. Entiendo lo que dices. Te entiendo. En ese trance, y antes ese toro, todos los demás somos público. Eres tú en el ruedo, a porta gayola. Con esa valentía que nos has mostrado, y que sigues mostrando con estos textos.

 

Pero en esta plaza ocurre algo sorprendente. El torero, la torera, sale del callejón, se acerca a la puerta de toriles. Se pone de rodillas delante de la puerta. Extiende el capote. Lo repasa, dejando perfectamente lisa la superficie. Mira la puerta. Hace un gesto con la cara, como echando el flequillo a un lado, pero en verdad es un desplante. El gesto que delata quien es el verdadero triunfador, no importa el resultado del lance.

 

Pero, justo cuando se va a abrir la puerta, un espectador salta al ruedo, y, con paso decidido, se arrodilla al lado del torero, de la torera. Le pasa el brazo por los hombros, e imita el gesto de desplante. Y ahora otra espectadora lo imita, y luego otro, y así, toda la plaza, y al final el espectáculo es soberbio. No hay nadie en las gradas. Todos están en la arena. Todos al lado de la torera. El albero ha adquirido una dimensión infinita para acoger a tanta gente.

 

La puerta se va abrir. El toro va a salir. Eso nadie lo duda. Ni tampoco el resultado. Pero, amiga, ahí estaremos todos a tu lado.

 

Besos brillantes y luminosos

 

Javier

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