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    El cuerpo de la desintegración

    Ignacio Castro Rey - 14-03-2012

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    Si una sociedad no puede ser apreciada sin la imagen inquietante de sus supuestos enemigos, tampoco puede ser soportada más que por proporcionar cobertura a la zozobra continuamente inyectada entre sus miembros. La crisis como forma de gobierno debe ser llevada al cuerpo, tener en la masa corporal su primer asiento: “Cuatro de cada diez españoles padecerá cáncer en los próximos diez años”. La ansiedad ante un exterior inseguro que nos amenaza por doquier, también desde dentro, constituye parte neurálgica de la normalidad. Ésta es sostenida día a día por continuos estados de excepción que solamente una elite esotérica de especialistas puede conjurar. Hace tiempo que esta dialéctica del miedo y el control se ha llevado al cuerpo, último bastión de resistencia del individuo y, desde el punto de vista del poder, campo de batalla ampliado que tiende a ocupar el lugar de la vieja lucha de clases.

     

    En vez del choque de bloques sociales, clase frente a clase, se necesita una interminable rivalidad individual donde la salud, la dotación sexual y genética entren en juego. Todo vale para mantener al hombre sujeto a esa simbiosis de inseguridad y seguridad, de aislamiento real y socialización digital, que constituye la tecnología social creciente desde la Segunda Guerra. Hiperespecialistas herméticos y comunicadores entrañables se dan la mano en este hobbesiano terror informativo, una continua sospecha ante la condición natural que debe penetrar en los cuerpos. Después de Deleuze, Baudrillard y Agamben nos permitirían actualizar a Foucault e integrar su analítica del poder en esta fluidez interactiva, una nueva episteme fundida con la tecnología médica, el deporte, la dietética y la comunicación sexual.

     

    Vivimos en una especie de habeas corpus generalizado que pretende suavizar este masivo arresto domiciliario, nuestra libertad condicional, estatalizada al milímetro. Industria farmacéutica, nanotecnologías, bioinformática, ingeniería química. La ingeniería de tejidos realiza constantes experimentos in vitro, en condiciones de aislamiento artificial fuera del cuerpo humano. En el fondo, ¿la idea no es lograr un cuerpo entero in vitro, aislado de la experiencia intransferible del cuerpo, de su relación orgánica con un “alma”? De ser así, el canon informativo de la “sociedad del conocimiento”, según el cual el hombre debe estar aislado del entorno y del prójimo para adquirir la soltura de conectarse con cualquier otredad lejana, empezaría por el cuerpo. Éste sería, en su espontaneidad pensante, el primer “prójimo” del que hay que separarse para que la magia blanca de la economía funcione.

     

    Como el cuerpo, no sólo la mente, también está deprimido en este global sedentarismo conectado, por eso es necesario estimularlo con toda clase de masajes, injertos y prótesis. Salud, deporte y sexualidad son socialmente obligadas. Terapia celular para infartos, quemaduras, regeneración de cartílagos y de tejidos. Experimentación con cerdos y otros animales para tratar enfermedades cardiovasculares, enfermedades de autoinmunidad, osteoporosis, diabetes. Bien, pero la pregunta es: ¿dónde está el cuerpo del hombre común, sano, “dueño de sí”? Todo este despliegue “mundial” se justifica sólo al presuponer que todos estamos enfermos. Y en efecto, así es: ya no hay hombres sanos, aparte de médicos y pacientes, sino que todos formamos parte de algún grupo de riesgo. Así ha de ser el sueño integral de la seguridad, creando peligros por doquier.

     

    El telón de fondo de esta flexibilización estratégica del poder es la desaparición, mejor dicho, la proscripción de la naturaleza, tanto en el cuerpo terrenal –sometido al cambio climático- como en el cuerpo del hombre. Se trata de desactivar la naturaleza en la más inmediata cercanía, de deconstruir la inteligencia natural a cualquier precio. Desde el ecologismo medio a la medicina media, se busca desactivar una physis cuya sola existencia amenazaría con hacer independiente al individuo, liberándole de una obligatoria sociodependencia. Un poder que se pretende integrado con la vida cotidiana no puede permitir esa antigua posibilidad, libre de prótesis. Todo ocurre como si la ideología del “fin de la historia” hubiera concluido en el leitmotiv de fondo del fin de la naturaleza. Y ello en beneficio de un solo plano de inmanencia, un fundido técnico donde el individuo es controlado en un cuerpo a cuerpo que siempre raya la confesión. El fetichismo de la mercancía se extiende a los órganos y el tejido muscular a través de la cirugía estética, los gimnasios, las marcas farmacéuticas y la tecnología del trasplante. El resultado es una especie de perpetuo concurso televisivo para el cuerpo, un Gran Hermano personalizado donde cada síntoma lucha por salir triunfante. El espectáculo, sin el cual la ciencia médica hoy no vive, es la cara externa de un tembloroso silencio que recorre las vidas.

     

    El tráfico de cuerpos, las migraciones de población, el mercado legal o ilegal de órganos (recordemos a los prisioneros serbios cebados para alimentar el mercado del trasplante) sólo son epifenómenos de esta conversión, en primer lugar entre nosotros, del cuerpo en primer objeto técnico, reserva privilegiada de materiales y campo de experimentación. ¿La liberación corporal, la explosión moderna de lo físico es entonces resultado de la depresión social de las mentes, de nuestro estatismo continuo? El emblema de fondo podría ser éste: “En su alma, que ya no existe, manda el Estado-mercado. Así pues, goce usted su cuerpo como le plazca”. Una legión de especialistas se ponen al servicio de este nuevo liberalismo y sus posibilidades de mercado. Las almas, colonizadas por la transparencia mundial, encuentran en el cuerpo su primer Otro, su gran coto de caza.

     

    En nuestro plano de deconstrucción inmanente, la recuperación de la cultura corporal –sexo, deporte y lifting incluidos- significa desde hace tempo la recuperación de un sector crucial en la cultura consumista. Consumir significa también consumir el cuerpo: desde una psique “flotante”, convertirlo en la primera mercancía. De ahí que todas las formas antiguas de independencia individual y comunidad –ocio, afectos, tabaco, alcohol, sexo, sol, alimentación- hayan de ser socialmente demonizadas, sometidas al canon de la homologación y al imperativo de transparencia. Para que el sistema funcione, en su alternancia de inseguridad y seguridad, cada hombre ha de tener dentro de sí un Tercer Mundo de peligros. Del mismo modo, pongamos por caso, que la alternancia de derecha e izquierda sólo funciona frente a un enemigo cultural común –Irán, Siria- y bajo una política exterior unánime.

     

    Haciendo un chiste de dudoso gusto, se podría decir que el “Islam interior” del que hablan algunos nuevos reaccionarios comienza en un cuerpo sometido a vigilancia estadística y médica. Así como la tierra está plagada de culturas fundamentalistas, naciones atrasadas y Estados delincuentes, el cuerpo está ocupado por un microterrorismo natural –la instabilidad climática interior- que es preciso mantener a raya en la pantalla total de la vigilancia. Vigilancia sin vigilante, a pesar de la elite de bioinformáticos e ingenieros de tejidos, pues aquélla se ha interiorizado en la vida cotidiana del hombre.

     

    En otras palabras, todas las vías de la autonomía, que son de “invisibilidad” y lentitud, han de ser marginadas por la presión de una visibilidad veloz que suelda los átomos aislados y permite endeudarlos a la comunicación. Es necesario fidelizar a cada sujeto como consumidor de la empresa social –en este aspecto, hasta las estadísticas del paro forman parte del pleno empleo de las vidas. Para ello, sobre cada posible alivio natural del individuo ha de caer una maldición social correspondiente, una amenaza que sólo la última tecnología puede conjurar. El sexo es amenazado por el sida, las infecciones o la mononucleosis; los afectos, por el maltrato doméstico; el alcohol, por la baja laboral o el accidente de tráfico; el sol, por los rayos ultravioleta y el cambio climático; el tabaco, por el cáncer y las lesiones cardiovasculares; las drogas, por la marginación social y la muerte súbita.

     

    Del mismo modo que vivimos en una “sociedad de riesgo”, vivimos también en un cuerpo de riesgo. Como si, sin riesgo, no hubiera cuerpo. El resultado final de esta constelación de peligros es nuestra anemia bronceada, una depresión media compatible con la forma física. Si antes se decía “Donde entra el sol no entra el médico”, ahora es todo lo contrario: tras el sol va una legión de peligros letales y remedios tecnológicos. Las obsesivas cremas solares, incluso para protegernos de los débiles rayos de marzo, no dejan de ser un símbolo de la película informativa que debe protegernos con una continua cobertura.

     

    Se trata de que el ciudadano esté siempre alerta, asustado y fastidiado, dependiente del especialista que va a librarle de toda esa cohorte de peligros que, por otro lado, esta misma sociedad ha creado. Una generalizada filosofía de la sospecha, fomentada por el Mercado como brazo armado del Estado –el malo y el bueno del interrogatorio policial-, ha deconstruido todo lo que fuese libertad natural en el individuo, al mismo tiempo que oculta esta “segunda naturaleza” que depende de la mediación y las nanotecnologías.

     

    En el cuerpo y en cualquier ámbito, la fragmentación informativa sólo tiene cura con más información, en otro nivel más alto de dependencia de los especialistas, públicos y privados. La idea generalizada –de ella se encarga el sensacionalismo de los medios- es que estamos perdidos sin el líquido amniótico de lo social, un Leviatán que ha pasado de ser paternal y autoritario a ser maternalmente sonriente. No parece que la actual crisis económica deje de acentuar la deriva entrañable e interactiva de los mecanismos de poder, esta fusión incestuosa de lo global y el individuo.

     

    Dentro de una conectividad que tiende a ser total, la desconexión está cada día más prohibida. Prohibición doblemente eficaz porque, naturalmente, casi nunca se hace explícita. Aunque esto punteado con pequeñas excepciones: a los pacientes de esa nueva manifestación del estrés, padecer un zumbido de oídos en momentos de reposo, se les recomiendan que jamás estén en silencio. Buen símbolo de nuestros temores. Durante todo el día el individuo debe mantenerse alerta, consumiendo servicios: en definitiva, consumiendo sociedad. Se crea así una generación de sociodependientes que ningún programa de desintoxicación puede curar, pues al final todo lo que no sea sociedad queda para experiencias más o menos clandestinas, sean delictivas o simplemente extremas.

     

    El sector terciario es tal vez el primero en esta sociedad especulativa, sometida al constante acoso de “los mercados”. También el cuerpo, como las naciones, son objeto de la especulación bursátil. Acaso por esta razón, la infancia y la tercera edad sirven de pinza y coartada para presionar a unos estresados adultos. Como ha comentado un estudioso de la tecnología social en el pasado siglo, el ideal de ciudadano tiende a la forma del “inválido equipado”. Impotente en la cercanía, pero conectado al instante con cualquier prótesis de distancia.

     

    Es normal que en este panorama de fondo la medicina se haya convertido en un auxiliar indispensable de la gestión política, del tándem de amenazas y cuidados que nuestra cultura prodiga para convertirnos en buenos ciudadanos. El acoso policial en que se ha convertido un poder biopolítico que ha de mantener el proyecto de controlar de la vida en su misma fuente, necesita especialistas en el tratamiento del cuerpo, el último bastión donde podría resistir el proletario que todos llevamos dentro.

     

    Se da así un escandaloso isomorfismo –lo recordaba Deleuze hace treinta años- entre el nuevo tipo de enfermedades y la geopolítica mundial. Alergias, virus, cáncer, depresión, enfermedades de inmunodeficiencia. Dado que el afuera ha pasado adentro en este plexo “global”, igual que en la guerra fría un temor crucial era una mala interpretación dentro del propio complejo militar, ahora el peligro corporal proviene de una mala interpretación del propio sistema defensivo en el individuo.

     

    Darle un cuerpo a la fragmentación del hombre, a la dispersión social de la subjetividad. De esta histeria antivitalista proviene nuestra obsesión por estar en forma. De la misma manera que internet reconstruye un simulacro de relación con el cuerpo social, primero fragmentado y después reconstruido, así la actual vigorexia reconstruye un simulacro de cuerpo después de su desintegración médica y técnica.

     

     

     

    Ignacio Castro Rey es filósofo y crítico de arte, autor de libros como Votos de riqueza (A. Machado Libros) y Roxe de sebes (Noitarenga). En FronteraD ha publicado, entre otros, Bajo la máscara. Patología y concepto en el sistema filosófico, ¿Una segunda transición?, Si esto es amor y De Jaren. Un viaje a Holanda y algunas preguntas. En FronteraD mantiene el blog Crítica y barbarie

     

     


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