Derrida, el tracio

A propósito de la plena disponibilidad de una estrella

Alberto Fragio

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Imagen borrosa de personas paseando por la calle

 

Nos quedamos sin saber lo que Jacques Derrida podría haber dicho del conocido humorista americano Jerry Seinfeld. En contra de la odiosa inabordabilidad de los filósofos, en sus últimos años Derrida se prestó a protagonizar un documental sobre su vida cotidiana. Día y noche, durante dos semanas, un equipo de rodaje lo acompañaba allá donde fuese, recogiendo con celo fisiognómico tanto la afectación de sus gestos como la elocuencia luminosa de sus palabras. Un celo insistente y sostenido que no podía sino acabar por provocar el malestar del filósofo francés, apenas sí capaz de ocultar su ocasional irritación ante la cámara. Entre las múltiples preguntas que la entrevistadora dirigía con atención expectante a la rutilante estrella, estaba la de si había tenido oportunidad de ver la serie televisiva del popular speaker americano, quien, por otra parte, había transformado en fuente inagotable de humor y éxito mediático un reflejo oportunamente distorsionado de su propia vida. Nada sabía Derrida del asunto, y no pudo sino guardar silencio al respecto. En compensación por este vacío, nos ha dejado, en cambio, un nuevo referente en la historia nunca interrumpida de la recepción de la anécdota de Tales de Mileto.

       En el camino hacia una conferencia, Derrida y la pequeña cohorte que por doquier lo acompañaba, se vieron en la tesitura de tener que atravesar una peligrosa avenida de varios carriles en cada sentido. El grupo hubo entonces de fragmentarse. Dos de sus acompañantes habían dejado de atender a la estrella y se aventuraban por su cuenta en la calle. Mientras tanto, escuchando distraídamente a su interlocutor, Derrida terminaba de encender su pipa de tabaco y se disponía a cruzar. Ante la visión de un coche que se avalanzaba sobre ellos, su interlocutor no pudo sino iniciar instintivamente la huída con un breve trote, abandonando a su suerte al insigne filósofo, y dejando también atrás lo que en ese momento había querido decirle. Un postrero ademán ceremonioso y conciliador, por parte del interlocutor huído, no evitó sino que más bien animó la hilaridad del filósofo francés, que pasaba ya a interesarse vivamente en la ciega diligencia que le prodigaba el cámara, cuyo afán profesional le mantenía retrasado y ajeno al peligro que todos corrían, incluido él mismo. Ocupado, como estaba, en registrar minuciosamente los movimientos del célebre filósofo, cualquier riesgo había de pasarle a la fuerza desapercibido. Al llegar a la mediana de la avenida, y ante lo inminente de su caída, Derrida le hizo reparar con vehemencia sobre un bordillo que se levantaba a sus pies, puesto que parecía irremediablemente destinado a tropezar con él y caer aparatosamente. Entre carcajadas, y a la vista de lo cómico de la situación, Derrida comentaba con brevedad a sus acompañantes, que aguardaban en la mediana de la calzada, la anécdota de Tales de Mileto, que cayó en un pozo mientras observaba una estrella. En este caso, y así lo hacía notar Derrida, él mismo era la estrella, mientras que el afanoso cámara encarnaba la mala fortuna del astrónomo milesio.

       Va con el espíritu de nuestro tiempo que el riesgo asociado a la contemplación de una estrella transitoriamente disponible no sea tanto el de caer en un pozo horadado en el suelo como el de tropezar con una acera y ser atropellado por un automóvil cualquiera que casualmente pase por allí. Pero en uno y otro caso es la caída, o la clamorosa amenaza de la caída, la que interrumpe con brusquedad una Sorge insistentemente ocupada en atender el vistoso espectáculo ofrecido por las estrellas. La curiosidad irresistible y exclusiva que ellas suscitan encuentra parte de su legitimidad, no obstante, en la circunstancia de que por más que la luz nos llegue ahora, han podido extingirse hace ya mucho tiempo. Semejante circunstancia justificaría una atención perseverante a esas presencias seductoras y peligrosas del cielo luminoso, en la conciencia de que ahí se da la efímera apoteosis de un pasado remoto y fenecido. Su brillante espectáculo, como la majestuosa figura del ya desaparecido filósofo francés, constituye en última instancia una necrología de proporciones descomunales, que parece demandar una atención intensa y sin fisuras, bajo el imperativo de guardar memoria de lo que fue su paso.  

 


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