Grupo de personas que encabeza la marcha porta una pancarta donde se recuerdan los 365 día ininterrumpidos de protesta

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    Dislexia a la búlgara: política, elecciones, ‘élite roja’ y un gaseoducto

    Texto y fotos: José Antonio Sánchez Manzano, Sofía - 02-10-2014

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    Bulgaria es el país más pobre de la Unión Europea. El pasado 25 de mayo se celebraron por segunda vez unas elecciones europeas que, a pesar de la poca expectación creada entre una población desencantada con la clase dirigente y dividida en cuanto al rumbo que debe seguir el país balcánico en el escenario internacional, los expertos consideraban cruciales para su devenir político. Inmerso en un gran embrollo político desde febrero de 2013, esos comicios dieron lugar al penúltimo brete institucional y supusieron el principio del fin de un gobierno que llegaba muy tocado a la cita tras un año de continuos escándalos y protestas ciudadanas.

     

    Los resultados dibujaron un panorama muy parecido al que se dio un año antes tras las elecciones anticipadas del 12 de mayo, cuando la formación Ciudadanos por el Desarrollo Europeo de Bulgaria (GERB), liderado por el populista Boiko Borisov, conseguía un hito en la corta historia democrática de Bulgaria al ser el primer partido político en ganar unas elecciones por segunda vez consecutiva.  Sin embargo, la unión entre el BSP (los socialistas) y el DPS (el partido de la minoría turca), con el apoyo de Ataka (partido ultranacionalista y xenófobo), les dejó fuera del gobierno. Sin embargo, el 30,40% de los votos que el GERB cosechó en los comicios europeos, unido al paupérrimo 19% que lograron atraer los socialistas del BSP, le otorgó una clara victoria que le postula como principal candidato a conducir de nuevo el país tras las próximas elecciones generales anticipadas que se celebrarán el viernes 5 de octubre, al tiempo que dejó a los socialistas sumidos en una profunda crisis interna.

     

    El Movimiento por los Derechos y Libertades (DPS), partido bisagra oficial del país y hasta ahora consorte del BSP, consiguió superar sus propias expectativas y alcanzó el 17,26% de los votos que le permitieron enviar cuatro diputados a Bruselas. Ante este panorama no fue ninguna sorpresa que el DPS se diera una semana de plazo para valorar los resultados electorales en lo que todo el mundo interpretó como una estrategia con la que ganar tiempo para diseñar su próxima alianza. Parecía claro que el idilio de hace un año estaba llegando a su fin y era el momento de empezar a mirar por uno mismo. De hecho el DPS ha sostenido en el Parlamento, y en ocasiones dejado caer, a casi todos los gobiernos de la democracia búlgara y, con experiencias en mente como la de Yugoslavia, se postuló desde sus orígenes como un partido necesario para que la cohesión social sea efectiva, agenciándose de este modo el monopolio de los problemas de las minorías étnicas en Bulgaria y una cuota fija de votantes pase lo que pase.

     

    Determinante y significativo fue también el varapalo que se llevó el Ataka, que hasta el momento, con su casi 8%, había sido el padrino de boda y valedor de esa absurda e impensable alianza que puso en jaque los frágiles cimientos que sustenta la vida política y social en Bulgaria. Al contrario de la tendencia en Europa, donde la crisis económica permitió que la extrema derecha y su discurso del miedo y la confrontación triunfara y se colara en la conciencia de una parte cada vez mayor de población, en Bulgaria el radicalismo y las demostraciones públicas de odio del partido liderado por Volen Siderov avergonzaron a buena parte del país y les hizo perder más de la mitad de su electorado, relegándoles de una cómoda cuarta posición a un octavo lugar que les deja fuera de todo juego político.

     

    No obstante los resultados de las europeas, el hecho que consumó el distanciamiento entre los socialistas del BSP y la minoriia turca del DPS fue la salida a la luz pública del South-Stream, un proyecto energético financiado por el gigante ruso Gazprom que pretendía transportar gas a Europa Occidental a través de los Balcanes evitando pasar por Ucrania. El 3 de junio la Comisión Europea envió una carta a las autoridades búlgaras informándoles de la apertura de un procedimiento de infracción y pidiéndoles la suspensión inmediata de las obras de construcción. La violación de las leyes de la contratación pública de la Unión Europea, la falta de transparencia con respecto a su coste real y, sobre todo, la puerta que se dejaba abierta a la política imperial de Rusia hacían inviable un proyecto que el propio Sergey Stanishev, líder de los socialistas búlgaros y presidente de Partido Socialista Europeo, intentó defender a toda costa  hasta el último momento.

     

    “Todo el mundo sabía que el gaseoducto comenzó a construirse en octubre del año pasado por Gazprom y deciden pararlo ahora. Parece claro que el pulso que mantienen Estados Unidos y Rusia, unido a las sanciones de la Unión Europa han trasladado a Bulgaria el tablero de ajedrez donde se juega la partida de Ucrania”, me comentaba Iliya Kalchev, un joven periodista que por entonces trabajaba por menos de 400 euros al mes como editor jefe de Novinite, la única agencia de noticias on-line de Bulgaria con edición en inglés. “Mientras unos lo ven como un buen trato, ya que Bulgaria es el primer país de Europa por el que pasa el gaseoducto, otros lo consideran una artimaña de Rusia para que todo el mundo sea aún más dependiente de su red de distribución. Al final toda esta situación es un toque de atención para que de una vez por todas definamos de qué lado queremos estar”, advertía Iliya.

     

    Mientras Obama aseguraba en Polonia a sus vecinos de Europa del Este el fuerte compromiso que Estados Unidos tiene en relación a la seguridad de la región, y para hacer más rápida y fácil esta elección de la que habla Iliya, el 8 de junio se presentaron en Bulgaria los senadores estadounidenses John McCain, Christopher Murphy y Ron Johnson. A pesar de la premura de su visita, estuvieron paseando durante dos horas alrededor del centro histórico de Sofía. “Visitamos los lugares habituales de interés, desde la catedral de Alexander Nevski hasta la Iglesia de Santa Domingo. De John McCain me sorprendió el interés que mostraba, lo bien informado que estaba acerca de la historia de Bulgaria y sus continuos comentarios sobre la Guerra Fría y el servicio secreto búlgaro. Sin embargo, aunque creo que es obvio que vinieron a cortar la influencia de Rusia en el actual gobierno, no me hizo ningún comentario político sobre la situación actual”, me relata Stefan, joven que trabaja en el Sofia Free Tour y que sirvió de guía a los senadores. Más tarde se reunieron con el primer ministro Plamen Oresharski en lo que debió ser una agradable y productiva charla si tenemos en cuenta que al día siguiente el propio Oresharski anunciaba la suspensión de las obras del gaseoducto.

     

    Para el DPS, defensor acérrimo de la entrada de Bulgaria en la Unión Europea, esta afrenta por parte del BSP fue la gota que colmó el vaso y a escasos días del primer aniversario de las protestas se desmarcó de los socialistas y pidió en el Parlamento la celebración de elecciones anticipadas. Al final se confirmaba que aquel matrimonio de conveniencia que nació con el único sentido e intención de desbancar a GERB acabó en un divorcio que todo el mundo esperaba, pero no sabía exactamente cuando. Sin embargo, las consecuencias de los resultados electorales y el South Stream no han sido solo la ruptura entre BSP y DPS. Ha resultado obvio que los socialistas están casi destruidos, han cavado su propia tumba. Durante muchos años fueron la más sólida y tradicional formación política de Bulgaria y ahora se ven como un mueble que acostumbras a utilizar y que después de un tiempo queda obsoleto. Como decía Iliya, “habrá que ver cómo sale de esta”.

     

     

    La paradoja de Varna

     

    “La hora de esta gentuza ha llegado. Tras las elecciones europeas no les queda legitimidad alguna para seguir donde están y lo mejor para todos es que se vayan lo antes posible”. Así de rotundo me responde el joven Vladimir mientras se dirige con su bicicleta hacia el edificio de la Presidencia de Bulgaria, lugar en el que dará comienzo la marcha que conmemorará el primer aniversario las protestas en Sofía.

     

    El 14 de junio del año pasado miles de personas volvían a salir a las calles para expresar su repudio ante el gobierno liderado por el BSP, exigir el fin de la corrupción generalizada y pedir cambios reales en el sistema político. En aquella ocasión la chispa que encendió el clamor popular fue el nombramiento de Delyan Peevski (diputado por el DPS y polémico empresario con intereses privados en varios medios de comunicación) como jefe de los servicios de inteligencia del país sin ningún tipo de debate parlamentario.

     

    En Turquía, el partido comunista está prohibido. Sin embargo, aquí son los turcos y los comunistas los que nos gobiernan; ¿por qué soporta Ataka en el gobierno a los turcos si los odia? o ¿qué sentido tiene la unión de un partido pro-europeo como el DPS con otro que quiere estrechar los lazos con Rusia como es el BSP? Esas eran algunas de las principales preguntas sin respuesta que provocaron la exacerbación de una buena parte de los búlgaros. Un año después, tras una serie de escándalos y decisiones inexplicables, el gobierno agonizaba y la gente salió de nuevo en masa para darle la estocada.

     

    Treinta minutos antes de la hora prevista para el inicio agentes de policía se situaban frente al Parlamento y cortaban el bulevar Tzar Osvoboditel, el mismo que, durante el tiempo que se ha mantenido este laberinto político, ha servido de escenario principal de las protestas y alberga los principales edificios gubernamentales y buena parte de los monumentos dedicados a los rusos que lucharon junto a los búlgaros en contra del Imperio Otomano a finales del siglo XIX y los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad esa misma avenida en la que se recuerda a los liberadores rusos concentran las reclamaciones y los deseos de una verdadera transformación social.

     

    Al frente de la manifestación un grupo de cinco personas sostiene una enorme pancarta azul en la que puede leerse “365 días de protesta”. Alrededor de ellos la gente porta todo tipo de rótulos entre los que destaca uno que contiene la cuestión que queda por dilucidar: “¿Koga?” (¿cuándo?). A estas alturas, todo el mundo sabía que la convocatoria de elecciones era inevitable pero, como rezaba la pancarta, ¿cuándo? Detrás de ese primer grupo pude observar una estampa hasta el momento inédita. Decenas de banderas de la coalición de partidos de centro–derecha Bloque Reformista secundan la protesta. Finalmente la formación se quitó la máscara y se mostraba libremente como alternativa a diferencia de cómo hicieran al principio de las protestas hace un año, cuando prefirieron mantenerse en la sombra por miedo a que se politizara el movimiento y se perdiera la credibilidad que poco a poco se fueron ganando. Allí me encuentro de nuevo con Vladimir: “Aunque mucha gente no lo recuerde, estamos aquí para derrocar al gobierno y honrar la memoria de Goranov, el mártir que con su gesto nos guió el camino”.

     

    El gesto al que se refiere Vladimir data del 20 de febrero de 2013 cuando, en medio de la efervescencia popular provocada por el incontrolado aumento de la factura de la electricidad, un fotógrafo de 36 años llamado Plamen Goranov se prendió fuego delante del ayuntamiento de Varna, una importante ciudad  industrial de la costa del Mar Negro y tercera de Bulgaria en número de habitantes. Tras más de una semana de agonía murió en el hospital convirtiéndose así en un símbolo del despertar de un pueblo tradicionalmente dócil y acostumbrado a estar al margen del proceso político.

     

    Sólo en Varna alrededor de 50.000 personas se lanzaron a la calle para protestar contra el alcalde Kiril Kiro Yordanov y toda la corrupción que giraba alrededor del ayuntamiento y el TIM, un imperio económico que controla la gran mayoría de las actividades más lucrativas, legales e ilegales. Con el fin de calmar los ánimos y presionado por su propio partido, Yordanov dimitió. Sin embargo, lo que no se pudo cambiar ni por asomo fue la estructura de poder que el TIM comenzó a forjarse a principios de los años 90 cuando un grupo de antiguos miembros del ejército y de los servicios de espionaje de la época comunista se convirtieron en hombres de negocios y, a diferencia de la mafia de aquella época, emplearon métodos más sofisticados y ajustados a la legalidad gracias a las conexiones que lograron dentro de la política.

     

    Llegaron a tener tanto poder que extendieron sus tentáculos hasta el Parlamento búlgaro en Sofía, donde contaban con elementos de todas las fracciones, porque, como me comenta Ivailo (no es su verdadero nombre), un experimentado economista búlgaro de 38 años, “si tú eres un poderoso hombre de negocios no vas a apostar a un solo caballo e inviertes en todas las alternativas posibles por si una falla, como en las compañías de seguros. Al final acaban teniendo gente en todos los grupos y te aseguras una cuota segura de personas trabajando para ti dentro de la Asamblea Nacional”.

     

    “A veces, aunque la gente no se dé cuenta, se dan casos en la rutina diaria del Parlamento en que los mismos que delante de las cámaras y en los programas de televisión se insultan y se echan la culpa de todo, votan juntos con respecto a pequeños y extraños apartados de la legislación; aprueban juntos leyes que acaban beneficiando a la misma gente que les pone ahí”, continúa Ivailo. Se trata de un grave problema estructural que se ha incrustado en la mentalidad de la gente y que Bulgaria heredó de la época comunista, cuando los negocios dependían exclusivamente del Estado. Al final todo el mundo acaba dependiendo del aparato Estatal y las relaciones entre los diferentes partidos con sus particulares círculos de poder.

     

    La mayoría de los búlgaros sabe que esta gente dispone del poder y del dinero para hacer estas cosas, pero tienen que “apoyarles” si en algún momento quieren hacer algo por tu cuenta. No puedes pasar de ellos tan fácilmente, las relaciones económicas se mueven en círculos  muy cerrados. Cada partido tiene su propio círculo económico y cuota de poder al que debes adherirte y guardar lealtad si quieres progresar. Si no, te esperan miles de papeles, burocracia, etcétera. “De ahí que sea tan difícil romper con el pasado”, se lamenta Ivailo.

     

    Esto es lo que ha pasado con DPS, que a base de ganarse importantes ministerios con sus apoyos y los negocios particulares de muchos de sus miembros (Deyan Peevski, es el mejor ejemplo de ello), ha conseguido montarse su propia Etno-Corporation, con la que, según muchos, ha aglutinado demasiado poder para la poca masa social que representa.

     

    De hecho, como asegura Kiril Avramov, politólogo y profesor de Ciencias Políticas en la Nueva Universidad de Bulgaria, “el problema entre BSP y DPS con South Stream, más allá de la orientación geoestratégica de Bulgaria y los intereses imperialistas de Estados Unidos y Rusia, que fue la propaganda, tiene que ver con la incapacidad que tuvieron para ponerse de acuerdo acerca de qué compañías, del círculo de BSP o DPS, construirían junto a Gazprom el proyecto”.

     

    Lo más absurdo de todo este asunto es lo que Kiril llama La paradoja de Varna.

     

    “Todo el mundo sabe que estas cosas pasan y después de un año de continuas protestas, saliendo casi a diario masivamente a la calle y desprendiendo una energía social que reclama un cambio efectivo acaban dándose tres circunstancias que dejan el panorama exactamente tal y como estaba”.

     

    La primera es la alta abstención debido al desencanto y desinterés por la política. La segunda es que al final los que votan acaban haciéndolo por los mismos partidos, como pasó con el GERB, que dos meses después de verse forzado a dimitir fue el partido más votado. En tercer lugar, formas una coalición que se presenta como alternativa y con la intención de crecer y ganar influencia y acabas formando parte de extrañas coaliciones; lo mismo que el resto de partidos contra los que te has estado manifestando.

     

    En este sentido, creo que las protestas mostraron que aún están verdes y no hay una cohesión social o poder radical capaz de captar suficiente popularidad y apoyo como para aplicar las grandes reformas que necesita Bulgaria.

     

    Una hora más tarde, cuando el grueso de las miles de personas que se han dado cita llega al Parlamento, me encuentro con Victoria Toshkova, una joven de Varna que estudia Derecho en la Universidad de Sofía y que el pasado mes de noviembre se encerró en el Aula Magna de la universidad junto a decenas de colegas para protestar contra el monopolio y privatización de los medios de comunicación. Precisamente a partir de agosto del año pasado en los medios dejó de hablarse de los problemas reales y se empezó a vivir una especie de guerra fría mediática muy primitiva en la que unos acusaron a los manifestantes que estar financiados por intereses imperialistas, principalmente de las fundaciones controladas por George Soros, y éstos acusaban al gobierno liderado por el BSP de ser una marioneta en mano de los intereses rusos y querer remodelar a toda costa la orientación geoestratégica del país. Solo acciones específicas como la de Victoria y sus compañeros consiguieron reavivaron ciertos debates.

     

    “El 90% del periodismo y la información está en manos de unos pocos con bastantes intereses y conexiones con la política. De esta manera en las noticias se dice la misma cosa, que aunque no sea verdad al cabo de repetirlo muchas veces se transforma en una verdad para mucha gente”, explica Victoria, mientras caminamos hacia el parque de Borisova Gradina.

     

    —¿Piensa que quedó algo como conciencia?

    —Creo que después de este ultimo año de protestas muchos jóvenes que no se interesaban por nada, solo estudiar y beber, ahora tienen en su mente cosas como Parlamento, presidente, etcétera, que antes no contaban para ellos. El problema es que después de un año la gente ha cambiado, pero la política sigue igual o más liosa de lo que era antes.

    —¿Cómo ve la situación de cara a unas próximas elecciones generales anticipadas?

    —La paradoja es que si ahora hubiera elecciones probablemente volveríamos al mismo escenario que teníamos cuando todo empezó en febrero de 2013, con el GERB a la cabeza. La estrategia le salió bien porque mientras otros lidiaron con los problemas, ahora llega Boiko, el hombre fuerte. Necesitamos un padrino, un padre fuerte que solucione los problemas de la gente, como Todor Zhivkov en su día. Todo esto puede llegar a ser una lección para Bulgaria y un mal chiste, porque todo puede acabar como empezó (…) Al menos ahora da igual quien gobierne porque la gente está despierta y si hacen algo estúpido o corrupto habrá miles de personas dispuestas a echarse encima y actuar de otra manera –reflexiona Victoria antes de despedirnos.

     

     

    Jueves, 24 de julio

     

    Un mes después del aniversario de las protestas y unos días antes de que la clase política se tomara un mes de descanso y la actividad parlamentaria cesase, el todavía primer ministro, Plamen Oresharski, presentó finalmente la dimisión del gobierno ante el Parlamento. Cientos de personas volvieron a salir la calle y tomaron la Plaza del Asamblea, esta vez no para protestar sino para celebrar la noticia. La escena es bien diferente a la de otras ocasiones. La policía relajada al punto de bromear con todo el que pasa a su lado, las botellas de espumante corren, las fotos en grupo y los selfies enfrente del Parlamento se suceden y los gritos de angustia y rabia dejaron paso a sonrisas y gesto de orgullo y satisfacción de un grupo de ciudadanos que han tomado la renuncia como un triunfo personal y colectivo.

     

    En medio de la algarabía me encuentro con Ilia Markov, un joven politólogo formado en Estados Unidos que tomó parte activa en las protestas durante varios meses.

     

    “Hoy es un día en el que podemos sentirnos optimistas”, me comenta Ilia con una sonrisa de oreja a oreja mientras departe con Yolo Denev, una auténtica leyenda dentro de los movimientos sociales en Sofía y de los pocos que ha asistido a diario a las protestas desde que éstas surgieran hace más de un año. “Es hora de pasar a la siguiente prueba y hacer frente a los muchos retos que tenemos por delante, empezando por tomar la responsabilidad de convencer al 60% que no votaron en las últimas elecciones de que la negativa o el pasotismo no son la mejor manera de vencer el mal. La participación y la presión es la manera de ganar”.

     

     

    La dislexia política en campaña

     

    Septiembre. Al igual que el año pasado por estas fechas, el otoño se ha adelantado en Sofía sin previo aviso. El día ha amanecido con una espesa niebla y un pronunciado descenso de las temperaturas que unido a la vuelta de los quehaceres otorgan al ambiente de la calle un cierto aire de melancolía y zozobra. De las pocas cosas que los búlgaros pueden presumir como propia y se sienten más orgullosos son su geografía y meteorología. Bulgaria es un país verde, montañoso y de clima templado que tradicionalmente cuenta con cuatro estaciones bien definidas. Sin embargo la meteorología del país parece haber seguido los mismos derroteros que el clima político y en el último año y medio en invierno apenas ha nevado, a finales de la primavera aún hacía frío, en verano llueve con frecuencia y el otoño intercala días despejados y livianos con otros bastante fríos y nublados como el de hoy. 

     

    Desafiando la climatología ambiental y política, Denitsa acaba de salir de radio Darek, en la céntrica avenida Dondukov, donde ha presentado las ideas y el programa político de Desnite, una coalición nueva, nacida el 6 de agosto y formada por tres partidos y gente como ella que, aún siendo co-fundadora y candidata, no está afiliada. Va por libre Denitsa Sacheva, una mujer de 40 años y natural de Sofía; independiente, sofisticada y directa al tiempo que afable. Licenciada en Pedagogía y Asistencia Social y máster en Relaciones Públicas y Gestión de la Salud en 2001, fundó su propia compañía, Intelday Solutions, y desde 2007 es además profesora de la Nueva Universidad de Bulgaria. Según me comenta, hace unos meses decidió aparcar sus responsabilidades en la empresa de la que aún es dueña para dedicarse a la política.

     

    Nos dirigimos a Filipovtsi, una barriada de chabolas en la que viven más de 2.500 personas de etnia gitana y situada al oeste de Lyulin, el mayor barrio de bloques de Sofía, y separado de él por la carretera de circunvalación que rodea la ciudad Allí se celebrará un acto en el que presentará la coalición y llevará algunos regalos a los niños. Además de sus responsabilidades políticas y empresariales, desde 2009 Denitsa trabaja a tiempo parcial como coordinadora del Programa para el pueblo Roma en el Instituto Nacional Democrático.

     

    —¿Cuáles son vuestros objetivos? –le pregunto mientras vamos en el coche.

    —Lo mas probable es que no alcancemos el 4% de los votos que nos permita entrar en el Parlamento, pero queremos que los resultados al menos nos permitan continuar con nuestras políticas y proyectos. Más allá de lo que suceda en estas elecciones, queremos representar la verdadera derecha conservadora, representar esos valores, porque no aceptamos GERB y Bloque Reformista como partidos de derechas. GERB, por ejemplo, es un partido que al tiempo que ofrece un aumento de impuesto en su programa propone un Estado más fuerte, que los miembros de las alcaldías se reduzcan y de un tiempo atrás se ha vuelto un partido populista, más de izquierdas que de derechas, según nuestro punto de vista. Por su parte, el Bloque Reformista está formado por gente de cualquier tipo de ideología posible y no acepto en política el término centrista porque no sé qué significa. Ser de centro no es una ideología, en el contexto búlgaro estás buscando el beneficio de cualquier lado y asociarte a cualquiera que te dé lo que pidas –me dice Denitsa con vehemencia mientras atiende una llamada de su teléfono móvil.

     

    En Bulgaria los colores y las líneas ideológicas se entremezclan o se desvían según el momento o las necesidades de cada uno. “En todo el mundo los estudiantes son de izquierda. Aquí son de derechas.  ¡Es absurdo! No puede ser que defiendan el mercado libre y que a través de él, por ejemplo, se resuelva el derecho al acceso justo a la educación de todas las clases de Bulgaria”, me comentaba indignaba hace algo más de una semana Kadrinka Kadrinova, editora del semanario político Tema y presidenta de la Asociación Búlgara de Periodistas Hispanohablantes. “Es absolutamente imposible de entender incluso para una persona normal que vive aquí. ¿Dónde se ha visto que los verdes sean de derechas? En ningún parte del mundo… Aquí declararse de izquierda es condenarse a ser juzgado como comunista. Mientras surgen fenómenos en Grecia o el caso de Podemos en España, aquí en Bulgaria existen algunos grupos, pero son muy tímidos y no pueden declararse de izquierdas porque estarán excluidos de los medios, discusiones, de todo…”, concluye Kadrinka

     

    Este es un fenómeno que Kiril Avramov denomina The Classical Switch (el cambio clásico). “Si miras en términos políticos, en cualquier lugar del mundo normalmente la izquierda es progresista y llevan a cabo acciones sociales y en la derecha se sitúan los partidos conservadores, no quieren cambios y sí mantener el status quo (…). Este es el principal problema de BSP y uno de los motivos de su deriva. En 1989, cuando el comunismo se desmoronó, comenzó nueva vida para Europa del Este. Las primeras elecciones de todos los países del bloque comunista fueron ganadas por la oposición al comunismo. Todo el mundo fue a votar algo que fuera nuevo y alejado de los últimos 40 años, menos en Bulgaria, donde BSP ganó. ¿De verdad la gente quería cambios? Parece obvio que no. Los del BSP, en vez de convertirse en un partido reformista, social-demócrata, estuvieron preocupados en tener un poder unido. Se hicieron ricos y se convirtieron en la élite roja; se convirtieron rápidamente al capitalismo, porque habían controlado antes el país y privatizaron a su antojo. Es decir, tenemos un partido político que de nombre es socialista, pero todas sus políticas son conservadoras e intentan mantener el status quo. Por su parte, el ala derecha, donde en el resto del mundo está asociado con cristianos demócratas, conservadores, iglesia, etcétera, se erigió en frente reformista. Es paradójico que Bulgaria, en las condiciones en que se encontraba, votara a un partido de centro-derecha como GERB. La gente, para salvar sus vidas o buscar esperanzas, no debería votar derecha. Sin embargo, el BSP, en vez de estar en las calles junto a los jóvenes procurando cambios que mejoren las condiciones sociales, continúa anclado con sus votantes de siempre que básicamente son gente mayor y de aldeas alrededor de Bulgaria; lo que viene a ser el voto nostálgico”, me explica Kiril

     

    Entre tanto, durante el resto del camino a Filipovtsi, apenas intercambio un par de comentarios más con Denitsa. Es tiempo de elecciones y las circunstancias le exigen estar conectada en todo momento a esa agitada realidad virtual de estadísticas, análisis, rumores y noticias. A través de su smarthphone habla, lee noticias, contesta mensajes y selecciona las imágenes y sucesos más destacados de su agitada agenda para subirlo a las redes sociales.

     

    —Según el último sondeo aparecemos con un 1%. Para ser solo un mes y medio está muy bien –me comenta Denitsa sin apartar su mirada del teléfono.

    —Un poco lejos del 4% –le replico.

    —Sí, pero significa que estamos siendo efectivos y vamos en una dirección como equipo. Otros aún no publicaron su programa electoral y salen en los medios hablando de la reforma que necesita el sistema judicial, pero nadie dice cómo lo haría. Todas las coaliciones se pelearán porque sus miembros tienen diferentes forma de ver y entender los problemas.

    —¿Te refieres al Bloque Reformista?

    —Mi proyección es que, incluso si van al Parlamento, no se mantendrán juntos más allá de la primavera que viene.

     

    Diez minutos después, al llegar a Lyulin, todo cambia. Los imponentes edificios y las calles adoquinadas del centro contrastan con los bloques chabacanos de hormigón del periodo comunista. A escasos 500 metros se encuentra Filipovtsi. Al entrar los niños nos reciben con curiosidad y entusiasmo; no es normal para ellos recibir visitas y menos de un extranjero. En lo que se supone es la plaza del barrio hay dos grandes altavoces a través de los cuales puede escucharse pop-folk a todo volumen. Los niños se acercan, bailan, preguntan y piden que les haga fotografías. Denitsa y Emil, el segundo de las lista de Desnite en Sofía, reparten libretas, bolígrafos, juegos y muñecas. Cuando ya no queda nada se dirigen a la gente que escucha atenta al tiempo que expresan sus problemas y formulan sus dudas. Una palabra destaca sobre el resto: miseria.

     

    Para terminar damos un rápido paseo por los alrededores. Grandes cantidades de basura se acumulan en las esquinas y chabolas de ladrillo, chapa y tejas rotas se entremezclan con unas pocas casas petulantes de amplios patios y balcones y columnas de mármol. Antes de irnos pasamos al lado de una mujer que trata de poner orden en su pequeño puesto de verduras. Mientras Denitsa la ayuda a colocar unos pimientos les hago una fotografía.

     

    —¿Para que me tiras la foto? –me pregunta curiosa la señora.

    —La verdad es que no sé muy bien donde será publicada –le contesto.

    —Entonces, ¿para qué la quieres? –insiste ella.

    —Es para Desnite, una coalición política nueva. No sé donde la publicarán después.

    —¡Política! ¡No quiero saber nada de esa gente al igual que ellos pasan de nosotros! –me dice con una sonrisa tras ofrecerme uno de los pimientos que trata de colocar a duras penas.

    —La borraré ahora mismo, muchas gracias.

     

    Se nos ha hecho un poco tarde y nos apresuramos a montar en el coche para volver a la otra realidad, la del centro. “Los niños son lo mejor, están llenos de energía. ¡Ha sido una tarde muy agradable y ha ido todo muy bien!”, se congratula Denitsa mientras me pasa el gel desinfectante para las manos.

     

     

    Corona de flores

     

    Un día más el día amanece con el cielo encapotado y la lluvia amenaza con estropear el acto que Desnite tenía programado para las 12.30 del mediodía. En el año 1908, el día 22 de septiembre, se proclamó la Independencia de Bulgaria, que se emancipa así definitivamente de un dominio otomano de cinco siglos. El nuevo Estado llegaba a su nueva condición treinta largos años después de la guerra entre Rusia y Turquía.

     

    Denitsa, junto Ilko Semerdzhiev, presidente de la coalición, depositará una corona de flores en el Monumento al Soldado Desconocido, erigido en honor a los fallecidos en la Primera Guerra Mundial y situado junto a la llama eterna que hay detrás de la Iglesia de Santa Sofía, la más antigua de Bulgaria, ubicada junto a las ruinas de la ciudad bizantina de Serdika y a escasos 100 metros de la catedral ortodoxa de Alexander Nevski, levantada en honor a los rusos caídos durante la liberación de Bulgaria y uno de los mayores templos del mundo, reconocido por su arquitectura, dimensiones, frescos y cúpulas doradas.

     

    Tras inmortalizar el momento me dirijo con el responsable de prensa de la coalición al cuartel general, muy cerca de la Universidad Kliment y Ohrisdki, para descargar las fotos.

     

    —¿Ha habido algún momento en la historia de Bulgaria que haya sido completamente independiente? –le preguntó a Denitsa antes de marcharme.

    —¡Claro que sí! ¡Siempre lo fue! –me responde en presencia de Ilko Semerdzhiev, al que le traduce la pregunta.

    —No te olvides de que Bulgaria como estado unificado data del año 681 y desde entonces conserva muchas de sus tradiciones y cultura: nombre de la etnia, el idioma y el alfabeto cirílico, creado durante el reinado del zar Simeón I, el Grande, en el siglo IX. Durante varios siglos, el Imperio de Bulgaria llegó a comprender tres mares y abarcó casi toda la península balcánica hasta que en el siglo XIV caímos bajo el dominio del Imperio Otomano –me comenta Semerdzhiev con orgullo y un tono entre paternalista y didáctico.

     

    Por la tarde nos dirigimos de nuevo cerca de Lyulin, esta vez cerca de un mercado popular. Denitsa parece más relajada que otros días, menos atenta al móvil y más a lo que tiene a su alrededor. Al llegar Emil y dos voluntarias ya habían montado el stand y se dedicaban a repartir panfletos a todo el que pasaba por delante. Comienza a llover intermitentemente, la gente pasa muy de vez en cuando y los que lo hacen no parecen interesarse mucho. Unos miran y pasan de lado, otros se ríen, alguno que otro tira el folleto a la basura y se gira para pronunciar alguna frase despectiva y tan solo algún valiente o aburrido se para y se acerca a hablar con Denitsa.

     

    —La mayoría de la gente está desencantada con la política. Por ello mi intención no es quitarle votos a otros partidos. Quiero atraer el interés de la gente que no vota, que es mucha. Y no votan porque no tienen fe en la política, nadie cree que la política pueda hacer algo por ellos –me comenta Denitsa después de que pasase la enésima persona que se negó a coger el programa.

     

    En un momento decide dejar todo allí y junto a Emil adentrarse en el mercado, un laberinto de viejos y pequeños puestos con ropas, verduras o utensilios para la casa. La mitad están cerrados y en la otra mitad no hay nadie comprando. La poca gente que trabaja mira entre desconfiada y sorprendida de que alguien tenga el más mínimo interés en acercarse a conocerles. A duras penas cogen el programa que Denitsa les ofrece y solo en algún caso esporádico se intercambian más de cinco palabras o les dirigen algún gesto amistoso. Casi al final de uno de los pasillos pasamos al lado de un puesto de vaqueros y camisetas. Sin que nadie se hubiera acercado a ella, la dependienta comienza a soltar improperios en voz alta en contra de los políticos. Denitsa se acerca hasta donde ella y comienza una conversación subida de tono en la que la señora suelta toda su negatividad, ira y frustración mientras Denitsa aguanta el tirón como puede.

     

    —Es difícil que la gente confíe en ti, por eso hay que motivarles mucho para que se paren a hablar contigo, y más aún para que voten. Veremos qué pasa el 5 de octubre.

     

     

     

     

    José Antonio Sánchez Manzano es periodista, diplomado en Estudios Brasileños, vive y trabaja en Bulgaria. En fronterad ha publicado, entre otros, Andricgrad, Bosnia y el universo simbólico de Emir KusturicaBulgaria, sueño y pesadilla europea de los refugiados siriosEl laberinto político búlgaro. Desde el mes de junio se suceden las protestas en Sofía sin que nada cambie y Los búlgaros también se plantan: quieren otro tipo de gobierno

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