El rey Juan Carlos y el Duque de Palma. Fragmento de fotografía oficial.

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    El duque de Palma y el chelín de Jorge VI

    Miguel Roig - 19-01-2012

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    Iñaki Urdangarin, el duque de Palma, ha modificado el relato de la Casa Real. Es sabido que la monarquía se explica con los hechos y sugiere con el silencio. En cada discurso del rey  Juan Carlos el sentido se construye con las omisiones. Cuando en esta Navidad puso énfasis al afirmar que “la justicia es igual para todos”, inequívocamente el cuerpo social puso rostro a quien no podría eludir las preguntas de la ley. La princesa de Asturias, en la Pascua Militar, se presentó con un vestido que ya había utilizado en una recepción oficial el año anterior, un hecho al que no se le quitó foco y que emite un mensaje de austeridad al unísono con la invocación del monarca. Ambos gestos, el de la princesa y el del rey, sumados a la exposición por vez primera de cierta claridad en las cuentas de la Casa Real, intentan contrarrestar el giro que ha dado Iñaki Urdangarin: introducir el tema del dinero de la peor manera posible en el relato real.

     

    Hasta ahora la transparencia en las cuentas de la monarquía era un reclamo recurrente de la izquierda parlamentaria sistemáticamente rechazado por los partidos mayoritarios. Pero esta negación era avalada por un cuerpo social que no había vinculado, hasta este momento, la relación del dinero con la Corona.  

     

    Una manera de verlo es recordar algunos pasajes de la película El discurso del rey, que cuenta cómo el duque de York superó su tartamudez ante su inminente coronación como Jorge VI tras la abdicación de su hermano Eduardo VIII. La trama gira en torno a la imposibilidad del duque de York de hacer frente a discursos y apariciones públicas por su problema con la tartamudez. Isabel, la esposa del duque, contacta con Lionel Logue, un excombatiente australiano afincado en Londres que ejerce como logopeda. Durante buena parte del filme la relación entre paciente y terapeuta es traumática y se centra en la reticencia del duque a someterse a una terapia que considera disparatada. El logopeda, para demostrar la confianza que tiene sobre la eficacia del método que le propone, le apuesta un chelín. El duque le dice que, como es obvio, no lleva ni usa dinero. “Debí suponerlo”, responde irónicamente Logue, y le presta un chelín. El duque se frustra y abandona el tratamiento, pero luego reconsidera lo ocurrido y decide volver a la consulta. Logue entonces le reclama el chelín que le ha ganado y el duque festeja la broma. Ya coronado como Jorge VI, el duque acude nuevamente a la consulta para poder encarar su discurso de coronación y el discurso ante la Commonwealth cuando el Reino Unido entra en la Segunda Guerra Mundial, y en esta última ocasión le lleva el chelín que le debía. El monarca le habla de su incapacidad, de su falta de fuerza para reinar y Logue le recuerda que su padre ya no está allí. “Sí está”, contesta el rey, “está en ese chelín que le he dado”. Logue le dice que no tiene porqué llevarlo encima y le ordena que se deshaga de él. Acto seguido toma el chelín y antes de metérselo en el bolsillo se lo enseña y le dice: “Su cara es la siguiente que estará aquí”.

     

    Una de las razones por las que cuesta tanto materializar el dinero del rey es porque el rey mismo es el dinero. Lo era en una moneda de cien pesetas cuando comenzó la Transición y lo sigue siendo ahora en las de un euro. Y aquí se produce un raro cruce entre el capital simbólico y el económico, ya que uno se alimenta del otro y no es sencillo dilucidar cuál oxigena a cuál. Recordemos que el rey Juan Carlos construye su imagen y su capital simbólico como protagonista de la Transición, rol que consolida con un discurso de un minuto y veintiséis segundos ante el golpe del 23-F. Ese breve lapso de tiempo le permitió encarnar un personaje que se mueve en la Historia con relativa calma. Ese es su gran relato. Por eso cuando se mira una moneda de un euro puede que se vea al rey, pero cuando este aparece públicamente nadie ve el dinero. Se percibe como un monarca.

     

    Iñaki Urdangarin ha puesto en juego esa relación dialéctica entre la monarquía y el cuerpo social. El filósofo René Girard sostiene que la democracia es una vasta corte burguesa en la que los cortesanos están por todas partes y la monarquía en ninguna; el duque de Palma, con su manera de obrar, da sentido a esta afirmación. El relato de su vida se construye con el de su mujer, la infanta Cristina, y se ancla en el storytelling de la Barcelona del 92, la de los Juegos Olímpicos, la modernidad y la consolidación de la transición democrática. Hace unas semanas, cuando se hizo pública su vinculación a la trama de corrupción que está siendo investigada, su figura en el museo de Cera de Madrid, como integrante de la Familia Real, fue retirada y se exhibe ahora en la galería del Deporte. Vuelve al punto de partida en un tránsito que se va significando con la justicia igualitaria que invoca el Rey y los gestos de la princesa de Asturias. ¿Qué otras réplicas tiene preparadas la Corona?

     

    El escritor Enrique Vila-Matas menciona l’esprit de l’scalier, el espíritu de la escalera,  una figura que utilizan los franceses cuando se tarda demasiado en dar una réplica: es decir, que cuando se encuentra la respuesta adecuada ya es demasiado tarde, ya no sirve, porque se está bajando o se ha bajado la escalera y la réplica debió darse cuando se estaba arriba. Quizás al ser el silencio el modo de comunicarse de la monarquía le falte pulso para el diálogo y eso ayude a confundir al interlocutor. No estaría mal que reconsiderara, antes de bajar otro escalón, que la réplica debe darla al cuerpo social.

     

     

     

    Miguel Roig es escritor. Acaba de publicar Las dudas de Hamlet. Letizia Ortiz y la transformación de la monarquía española (Península). En FronteraD ha publicado Letizia Ortiz y el retrato de Dorian Grey

     

     


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