26-05-2014. David Fernandez diputado del Parlament por la CUP, encarándose a un grupo de la Brimo de los Mossos delante de la persiana bajada de la redacción de " La Directa ", momento antes los mossos habían causado desperfectos en su interior.

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    Efecto #CanVies. El desalojo de un centro okupado en Barcelona desata un incendio

    Nuria Vázquez, Barcelona. Fotos: Xavi Piera - 05-06-2014

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    Cerca de 4.000 manifestantes salían a la calle el pasado 30 de mayo en Barcelona para protestar por el desalojo y posterior derribo parcial del centro social okupado Can Vies, en el barrio de Sants. La marcha fue un símbolo de protesta precedido por toda una semana reivindicativa en la que, excepto un solo día, finalizó con disturbios. Contenedores ardiendo, mobiliario urbano destrozado, cristales rotos y enfrentamientos entre encapuchados y Mossos d’Esquadra fueron el atrezzo diario en un barrio con una gran historia sociocultural. Los violentos lanzaban botellas, piedras y hasta cócteles Molotov. A los policías y a los periodistas, quienes incluso fueron amenazados: “Os voy a avisar sólo una vez”, les desafiaba, levantando su dedo índice, un joven totalmente tapado al que sólo se le adivinaban los ojos.

     

    El impresionante dispositivo policial desplegado durante toda la semana actuó en consecuencia con los disturbios con agentes uniformados y de paisano, infiltrados entre el grupo que provocaba altercados. El uso del cañón sónico como arma para dispersar a los violentos no fue suficiente y advertían, por el megáfono, de utilizar otros instrumentos más contundentes en alguna ocasión: “Atención, les habla la policía. No se acerquen al cordón policial o utilizaremos el gas”, mientras los agentes se ayudaban entre ellos a colocarse las máscaras que les protegerían de los gases lacrimógenos. Y tras los avisos no llegó el gas, pero sí las cargas y los disparos de balas de foam, proyectiles de precisión que sustituyen a las ya prohibidas balas de goma en Cataluña.

     

     

    Convivencia vecinal

     

    Paralelamente y en un intento de desviar la atención de los disturbios e impulsar la verdadera lucha por un fin social, los vecinos reaccionaban de manera adversa. Algunos participaban en las caceroladas vecinales en apoyo al centro Can Vies y en su reconstrucción, increpaban a los policías con gritos de “¡Fuera del barrio, no sois bienvenidos!” o aportaban la banda sonora musical desde sus balcones con canciones de lucha como L’Estaca, de Lluís Llach. Otros aplaudían la actuación policial, mostraban su indignación ante los destrozos provocados por los violentos e incluso alguno no dudó en bajar en pijama y zapatillas a enfrentarse con el grupo de encapuchados.

     

    Para muchos, Can Vies, propiedad de la empresa pública TMB (Transportes Metropolitanos de Barcelona), siempre ha sido algo más que un simple edificio. Su historia se remonta a los años 90, cuando se okupó tras el desalojo del cine Princesa, y desde entonces ha significado para el barrio un punto de encuentro por el que han ido pasando varias generaciones familiares a lo largo de los años. Desde allí se han llevado a cabo reivindicaciones de todo tipo, desde la reclamación del cambio de itinerario de una línea de autobús del barrio hasta movilizaciones antiglobalización.

     

     

    El acuerdo que nunca llegó

     

    Más de un año llevaban negociando el ayuntamiento y el centro Can Vies para llegar a un acuerdo que nunca se logró. Unos 15 meses de conversaciones en las que actuaban intermediarios como el Centro Social de Sants. Hasta que Jordi Martí, regidor del distrito de Sants, les hizo la última oferta: desalojar el edificio para que la propietaria TMB lo cediera al ayuntamiento, éste lo reformaría y facilitaría el regreso de los ocupantes durante un tiempo hasta ser demolido porque está afectado por la construcción del llamado cajón de Sants, que cubrirá las vías del tren. Tras el rechazo de esta opción, el juzgado dio la orden de desalojo y TMB, la de demolición. Ese preciso instante fue el que marcó un antes y un después. La siguiente noche, ardió completamente la excavadora y los representantes de Can Vies dieron por rotas las negociaciones. Exigieron la dimisión de Jordi Martí y del alcalde de Barcelona, Xavier Trias, e hicieron un llamamiento vecinal para la reconstrucción del centro ellos mismos. Y así fue, lo que provocó que el ayuntamiento detuviera las obras de derribo y diera un paso más: retirar la excavadora y declararse abierto a nuevas negociaciones siempre que no haya violencia.

     

    Mientras se llega a una solución al conflicto, la protesta de Can Vies se ha saldado, en una sola semana, con más de 60 detenidos y 200.000 euros en daños provocados. Un clima de crispación general al que pocos encuentran el sentido y ante el que muchos se hacen la misma pregunta: ¿Quién hay detrás de todo esto?

     

     

     

     

    Nuria Vázquez es una periodista especializada en sucesos. Ha trabajado en La Vanguardia, Público y ADN; en RAC1, y en Barcelona Televisió (BTV). En noviembre publicó el libro BCN Confidencial. Crónica callejera de una reportera sin acreditación, de la que en breve saldrá una segunda edición. Ha investiado temas como el tráfico de drogas y armas, prostitución, neonazismo, bandas latinas, etcétera. Escribe el blog Reporterismo Callejero. En Twitter: @nuriavchimeno

     

    Xavi Piera (Barcelona, 1975) es fotógrafo freelance. Estudió en el Institut d´Estudis Fotografics de Catalunya, Técnico Superior de Artes Graficas y Plásticas, especialidad fotografía artística, Escola Groc. Combina encargos comerciales con proyectos personales sobre vidas anónimas y temas de no interés. Colabora con varias ONG y Asociaciones. En abril 2012 publicó Té amargo con el fotógrafo Joseba Zabalza, trabajo realizado en el Centro Martir el Sheriff de víctimas de minas-antipersona en los campos de refugiados saharauis de Tinduf. Actualmente  se encuentra trabajando con proyectos abiertos en Bosnia y Sáhara Occidental. Algunas de las fotos del reportaje Bulgaria, sueño y pesadilla de los refugiados sirios, de José Antonio Sánchez Manzano, son suyas.

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