Rupert Murdoch

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    Los ejércitos de la información. Murdoch y los abusos que llevaron al cierre de ‘News of the World’

    Xabier Fole - 21-01-2016

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    Cuentan los periodistas británicos Peter Chippindale y Chris Horrie, autores de una divertida (y al mismo tiempo aterradora, si nos paramos a pensar que lo narrado es cierto) historia del periódico sensacionalista The Sun, titulada Stick it Up Your Punter!, que Rupert Murdoch, cuando comenzó a dar sus primeros pasos como aspirante a magnate de la prensa en el Reino Unido, fue ingenuamente subestimado por el establishment de Fleet Street. Según los rumores que circulaban por los ambientes periodísticos del reino, el empresario australiano no era más que un “criador de ovejas” que jugaba a la adquisición de publicaciones como un simple “pasatiempo”. Cuando Murdoch se hizo con The Sun, su otro diario, News of the World, ya llevaba un año vendiéndose en los quioscos, aunque nadie consideraba a este último, en sí mismo, un periódico. News of the World, como lo fue también antes de que pasara a propiedad de Rupert Murdoch, era una vulgar “extravagancia” que compartía espacio con los diarios serios y sensacionalistas en el rico ecosistema informativo de la nación.

     

    Así pues, la compra de un tabloide como The Sun, el cual “perdía millones y sus sonrojados dueños habían barajado, en alguna ocasión, la posibilidad de deshacerse de él”, confirmaba la sospecha de que este hombre podría tener conocimientos sobre algunos negocios, pero no mostraba ninguna sabiduría sobre el funcionamiento de la prensa, y mucho menos sobre la prensa británica, cuya particular idiosincrasia, apuntaban los nativos, tenía que resultarle muy extraña al extranjero inversionista. Evidentemente, todos esos agoreros de primera hora se equivocaron de forma estrepitosa. Rupert Murdoch sabía más de la cultura inglesa de lo que muchos imaginaban. Educado en la Universidad de Oxford, el australiano tuvo sus primeras experiencias periodísticas en un diario londinense, el Daily Express, bajo la tutela de lord Beaverbrook, una de las figuras más influyentes en la sociedad británica de la primera mitad de siglo. Tras la muerte de su padre, el joven Murdoch regresó a su país de origen, Australia, para asumir el control del negocio familiar, y convirtió al periódico de cabecera del grupo, Adelaide News, en un exitoso rotativo. Allí comenzó una progresiva expansión de la compañía, declaró sus primeras guerras mediáticas, compró nuevas publicaciones y fundó el primer periódico nacional, The Australian. Con tan solo veintidós años ya era el jefe de un grupo de comunicación con pretensiones de conquistar mercados. Sin embargo, su aterrizaje en las islas británicas no se percibía, en un primer momento, como una amenaza al estado de las cosas.

     

    Según el relato de Chippindale y Horrie, en octubre de 1968, sir William Carr, preocupado por la posibilidad de que su periódico, News of the World, cayera en manos del empresario y político laborista de origen checoslovaco, Robert Maxwell, invitó a Rupert Murdoch a su casa para sopesar la posibilidad de que este último interviniera en la compañía. Carr no quería que un “forastero” como Maxwell, cuyo verdadero nombre era Jan Ludwig Hoch, acabara al frente de un diario que, como se afirmó en un artículo publicado en la portada de News of the World el mismo día que el australiano visitó las islas para acudir a otra reunión, era tan “inglés como la carne asada y el pudin de Yorkshire”. Como Carr acostumbraba a consumir bebidas alcohólicas a diario y, por tanto, a partir de las diez y media de la mañana se encontraba habitualmente indispuesto para negociar, Murdoch llegó temprano. Sin andarse con muchas contemplaciones, el empresario fue directo al grano y dejó claras sus intenciones de hacerse con todo el control ejecutivo de News of the World. Sir William Carr, visiblemente incómodo, dijo que eso no era posible. Murdoch escuchó durante un rato sus argumentos y, pasado un tiempo, afirmó: “Caballeros, o me conceden mis deseos o cojo el siguiente avión a casa”. Mientras el australiano se dirigía hacia la puerta, el banquero de Carr, Harry Sporborg, intervino en la conversación y le preguntó a Murdoch si podía dejarle a solas con el propietario. Después de que Sporborg conversara con el dueño, ambos empresarios llegaron a un acuerdo: Sir William Carr permanecería en el diario en una posición simbólica como presidente. Murdoch incrementó el valor del capital de News of the World fusionándolo con sus bienes australianos y acabó con el cuarenta por ciento de las acciones de la nueva compañía, valoradas en 42 millones de libras. Los reporteros aseguran que, después de que Maxwell y Murdoch escenificaran sus diferentes visiones empresariales en la junta de accionistas, que tuvo lugar en enero de 1969 (Maxwell pronunció un discurso incendiario, ensalzando su trayectoria y prometiendo que haría “grandes cosas por el periódico”, sobre lo mucho que, al contrario que el australiano, “conocía el mercado inglés”; Murdoch, en una intervención más breve, prometió hacer que el periódico volviera a ser rentable en dos años. Los accionistas rechazaron finalmente a Maxwell), el australiano, tras incrementar de nuevo sus acciones, presionó a Carr para que presentara su carta de dimisión. El inglés, en ese momento “destrozado”, aceptó. Poco después contrajo una enfermedad, quedó inválido y murió en 1977. El viejo Carr evitó que Maxwell comprara su periódico, tan típicamente inglés, porque no deseaba que un “inmigrante” tomara las riendas de la histórica institución y, curiosamente, el diario terminó en manos de un auténtico extranjero.  

     

    Murdoch, de acuerdo con los autores, se comportaba de una forma poco pretenciosa para el pomposo mundo de Fleet Street. Conducía un Fiat convencional, vestía un “traje arrugado” y, al contrario que Carr, participaba en todos los asuntos del negocio, trabajando largas horas en la redacción e interviniendo infatigablemente en la labor editorial del periódico. News of the World, en sus manos, llegó a vender casi tres millones de ejemplares por semana. El periódico más vendido del Reino Unido y posiblemente de todo Occidente, si excluimos el Bild alemán. La historia del diario, no obstante, es una historia turbulenta y siniestra, cargada de relatos melodramáticos –diseñados como resultado de escabrosas invasiones en la privada de actores, futbolistas, cantantes, miembros de la casa real británica y cualquier persona salpicada por las aguas de la fama– y exclusivas conseguidas, la mayor parte de ellas, a base de retribuciones, cuyas víctimas aún están pagando las ominosas consecuencias de sus mentiras y perversas tergiversaciones. Por esa razón, Nick Davies, periodista del periódico The Guardian y autor de Ataque al imperio, la narración sobre el escándalo de las escuchas telefónicas que acabó con el cierre definitivo de News of the World, le costaba controlar sus nervios cuando, en un programa de radio de la cadena BBC al que fue a presentar su anterior libro, Flat Earth News, sobre, precisamente, “la tergiversación y la propaganda existentes en los medios de comunicación”, le colocaron delante a Stuart Kuttner, director gerente del citado tabloide. De acuerdo con Davies, desde 1987, este hombre había trabajado a las órdenes de seis directores de News of the World “en un papel parecido al del personaje de Harvey Keitel en Pulp Fiction: limpiaba la porquería. Si surgía cualquier tipo de amenaza en cualquier tipo de rincón oscuro –escándalos en la redacción, reporteros rebeldes, víctimas enfadadas–, Kuttner se ocupaba de ello, se deshacía del cuerpo, limpiaba la sangre”. Eran dos maneras muy distintas (irreconciliables) de entender el periodismo. Ambos pertenecían a dos empresas cuya función consistía en vender contenido a potenciales lectores. Aunque no luchaban por el mismo mercado, sí competían realizando la misma labor (transmitir información a través de un medio escrito) y distribuían las cabeceras en los mismos establecimientos. Pero sus filosofías diferían en lo esencial: a qué llamamos ser un reportero. Davies, además de describir cómo su periódico consiguió destapar las irregularidades cometidas por el diario amarillista, nos presenta en Ataque al imperio algunas reflexiones a tener en cuenta sobre el desarrollo de la profesión en uno y otro lugar:

     

    “¿Cuál es la diferencia entre un reportero de News of the World y uno de The Guardian?
    La diferencia está en la oficina, en la jerarquía, en el Coeficiente de Acoso… Si te van bien las cosas en la sala de redacción de un periódico sensacionalista te darán grandes historias y magníficos viajes al extranjero, montones de artículos con tu nombre en el encabezamiento, permiso para amañar tus gastos, agradables almuerzos personales con el director y aumentos de sueldo a título privado. Si te van mal, te sentarás solo en un rincón, nadie te dará historias o solo te darán historias de mierda que nunca se publicarán; te despertarán al amanecer y te harán trabajar hasta la medianoche; te mandarán al quinto pino justo cuando te estabas marchando de la oficina para celebrar tu cumpleaños; si resulta que escribes algo que acaba saliendo en el periódico, no te darán ni el nombre en el encabezamiento, ni las gracias, ni un respiro; desearás ser otro… ¿Cuál es la diferencia entre un reportero de News of the World y uno de The Guardian? ¿Desde el punto de vista del reportero? El Coeficiente de Acoso. En realidad solo eso. Yo tengo permitido que las cosas salgan mal”.

     

    Los redactores de un periódico como News of the Word, sin embargo, no pueden fallar. “Consigue la historia; da igual cuál”. Ese era el mensaje tácito que, según Davies, se mandaba desde el consejo de administración de News Corporation. De ahí que la tragedia comenzase en la misma redacción del periódico. “Un lugar difícil para trabajar”, escribe el reportero. Había subdirectores que coleccionaban demandas como “los niños coleccionan monedas” y un departamento de recursos humanos que “hacía una lista con los nombres de todos los reporteros, y les recordaba con frecuencia que los que bajaran en la tabla de clasificaciones podían ir preparándose para llevarse una bronca o incluso para encontrarse en la siguiente ronda de despidos”. Una vez, al parecer, un editor hizo llorar a un veterano trabajador de la casa porque a su mujer le habían diagnosticado cáncer y no le dio permiso para ausentarse del trabajo durante un tiempo e ir a cuidarla. Algunos recibían constantemente mensajes de móvil (“tic tac, o simplemente ??”) para perpetuar el acoso continuo. La recopilación de datos realizada por el autor sobre la vida de estos periodistas muestra un perturbador catálogo de vidas atormentadas: humillaciones públicas, amenazas, persecuciones (intentos de colocar rastreadores electrónicos en los teléfonos de los redactores) y chantajes. Después de que Murdoch, en 1986, consiguiera desactivar a los sindicatos de tipógrafos y dejara “fuera de juego” al Sindicato Británico de Periodistas, los cronistas estaban desprotegidos. “Algunos se venían abajo. Dicen que uno intentó suicidarse en una fiesta de Navidad”, afirma Davies. Dicha presión, por tanto, se trasladaba también a sus fuentes, a las cuales, en muchas ocasiones –para conseguir una historia– debían (no les quedaba más remedio que) engañar:

     

    “Un reportero fue enviado a entrevistar a una prostituta que había tenido relaciones sexuales con un personaje público con instrucciones de no pagar más de doscientas cincuenta mil libras por su historia. La mujer empezó diciendo que no hablaría por menos de diez mil. Otra accedió a hablar bajo la promesa de que News of the World le pagaría unas buenas vacaciones. Cuando trató de reclamar su recompensa, Ian Edmondson (el editor) afirmó que, como era del norte, podía quedarse en una caravana por ciento cincuenta libras. Algunos firmaron contratos y cayeron en una trampa muy simple. El contrato les prometía mucho dinero si la historia salía en primera página. El reportero sabía muy bien que iba a aparecer en el interior del periódico, pero eso se lo callaba. Cuando salía el artículo y la fuente reclamaba algo, lo que fuera, el reportero le ofrecía una suma minúscula y, como señaló uno de ellos, ‘los agotas y, al final, se conforman con un botón’…

     

    “A los protagonistas de las historias también los trataban sin piedad. Los obligaban a hablar, los ponían en evidencia ante millones de lectores, por ser gays, porque les gustaba el sexo, por tener una nueva pareja, por enseñar las bragas sin querer al salir de un coche, por haber cometido un delito en la adolescencia. Si la verdad no era lo bastante buena para un artículo, podían distorsionarla”.

     

    Cuando The Guardian publicó, el 9 de julio de 2009, un reportaje sobre la implicación de más reporteros de News of the World en los pinchazos telefónicos (el periódico pretendía atribuirle toda la responsabilidad a Clive Goodman, el especialista en información de la casa real, como si se tratara de un acontecimiento aislado), desvelando las operaciones ilegales y mostrando cómo este tipo de actividades formaban parte de un sistema desarrollado en toda la redacción, casi nadie más informó sobre ello. El silencio se impuso y el diario se quedó solo. Fleet Street miró hacia el otro lado. Entonces, el director de The Guardian, Alan Rusbridger, llamó a Bill Keller, director de The New York Times, y los reporteros de este periódico comenzaron a investigar sobre el material en el que estaba trabajando Davies y convencieron a otras fuentes para que hablaran. “El hecho de que The New York Times estuviera investigando y la solidez de sus resultados alentaron a otros. Los medios audiovisuales empezaron a comentar el tema. Una de las dos víctimas emprendió una querella. Vanity Fair se involucró. The Financial Times y The Independent trabajaron en la retaguardia. Cada vez más gente empezó a pensar que quizá, solo quizá, sí había algo en aquella historia, después de todo”, escribió Rusbridger. Una vez publicadas las informaciones, se pudieron presentar al público, entre otras cosas, las numerosas negligencias de las fuerzas de seguridad (algunos agentes de Scotland Yard fueron sobornados), y se constató, tras una época sin apenas oposición, el poder que poseía un grupo de comunicación sobre la vida pública británica. Aunque fue el momento en que se dio a conocer el pinchazo del teléfono de Milly Dowler, una niña de 13 años asesinada –en el cual borraron mensajes del buzón de voz, después de que este se llenara, para dar a los padres “falsa esperanza de que su hija debía estar viva”–, cuando, de repente, “se produjo un destello blanco y una potente explosión”. Comenzó, entonces, un extraordinario boicoteo de los patrocinadores (treinta y tres compañías retiraron su publicidad). La Comisión de Quejas de la Prensa, que había criticado la cobertura de The Guardian, retiró su informe sobre el asunto. Algunos quiosqueros se negaron a venderlo. El tabloide, finalmente, dejó de publicarse. Pero incluso la decisión de cerrarlo, tal y como cuenta Davies, fue una estrategia empresarial (en ese momento Murdoch trataba de obtener el control total de la cadena británica por satélite BSkyB) y cientos de trabajadores se fueron a la calle para que se pudieran salvar los dirigentes de la compañía.

     

    Ataque al imperio es la historia de una investigación periodística, con las complicaciones, frustraciones y peligros que, en ocasiones, esta conlleva, pero también es un relato sobre las relaciones de poder. En un contexto de corruptores y manipuladores existen necesariamente corrompidos y manipulados. Están los lectores, dispuestos a comprar ese material tóxico sobre la vida de los otros (Davies dice que MacKencie, exdirector de The Sun, los definió como “el tipo que ves en la publicidad, un perfecto viejo fascista, quiera mandar de vuelta a los extranjeros, comprar un puñetero piso de protección oficial. Le dan miedo los sindicatos, y los rusos, odia a los maricones, a los bichos raros y a los traficantes de drogas”), y los políticos, quienes, temerosos de ser el objetivo de la prensa sensacionalista, compadrean con sus editores y facilitan un ambiente propicio para que el amarillismo se practique sin muchos problemas legales, con la intención, probablemente, de que los ataques de estos periódicos se dirijan algún día a sus futuros enemigos ideológicos (dentro y fuera de su propio partido). La soledad en la que se encontraba The Guardian se debía, sobre todo, al hecho de que, cuando se publicó la noticia sobre la transcripción de los mensajes de voz, que iba más allá de los palacios, Andy Coulson, exeditor de News of the World, era el portavoz de David Cameron. Rebekah Brooks, también exdirectora de la publicación, en palabras de Davies, “era tan amiga de Tony Blair cuando era primer ministro que los asistentes de Downing Street recuerdan a la mujer de Blair, Cherie, susurrando para sí al encontrársela en su piso: ‘¿Aún está aquí? ¿cuándo se va a ir?’”. El mismo cariño fue dirigido hacia su rival, Gordon Brown, quien “demostró su afecto hacia ella permitiendo que su residencia oficial en el campo, Chequers, se utilizara toda la noche… para celebrar el cuarenta cumpleaños de Rebekah”. En medio del escándalo, asegura el autor, Brooks “recibió aliento a través de un correo electrónico de Tony Blair: ‘He pasado por cosas como esta’”.

     

    Observamos al periodista conversando con sus fuentes, sorteando los obstáculos que se imponían desde las instituciones, haciendo llamadas, muchas llamadas, recibiendo presiones, acudiendo al despacho de su director, “siempre vestido de vaqueros y una cazadora de cuero marrón descaradamente pasada de moda”, como escribió Rusbridger, y tratando de hacer que se supiera la verdad en un caso al que los medios y el parlamento, hasta que se conoció que la intercepción de los mensajes en los móviles había llegado al extremo de ilusionar a los padres de una niña muerta, no estaban prestando demasiada atención. “Lo cierto es que el trabajo del reportero es muchísimo más fácil de lo que a la mayoría de los reporteros le gusta aparentar. La gente te cuenta cosas, tú haces todo lo que puedes para confirmarlas, y después cuentas a un montón de gente lo que has descubierto”, confiesa Davies. No demasiado fácil, al parecer, cuando otros –gobierno, policía, compañeros de oficio– no hacen el suyo.

     

     

     

     

    Xabier Fole es periodista. Graduado en Historia por el City College de Nueva York, especializado en historia intelectual de los Estados Unidos, colabora como fact-checker para The New York Times en la sección Syndicate. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Cosas que hacer en Estados Unidos cuando estás muerto. El curioso caso de Francis Scott FitzgeraldSecretos, mentiras y autodestrucción. Las cintas de Richard NixonEscribir en América. El legado de Hunter S. Thompson. En Twitter: @XabierFole

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