¿Es posible la prosperidad sin crecimiento económico?

Crecimiento vs, decrecimiento. Hacia nuevas formas de consumo y producción

Emilio López-Galiacho - 28-07-2011

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La escritora y periodista Irene Lozano moderó la cuarta mesa del Foro, Crecimiento vs. decrecimiento. Hacia nuevas formas de consumo y producción, que reunió a Antonio Calvo Roy, Gustavo Nombela, Antonio Burgueño y Cristina García Rosales. El quinto invitado, Luis González Reyes, coordinador estatal de Ecologistas en Acción, no pudo participar por una desgraciada urgencia de última hora.

       Lozano centró enseguida el debate con una introducción breve y clara. No parece que nuestro planeta puedan soportar el ritmo actual de producción industrial. La huella ecológica es cada vez mayor. En 2010, el 21 de agosto ya habíamos consumido lo que nos correspondía para ese año. El crecimiento económico no solo esquilma recursos y produce residuos, sino que genera injusticia social. Al mismo tiempo, desde el poder se sigue insistiendo en el consumo como única salida a la crisis. Recuperar la confianza del consumidor mediante datos positivos de crecimiento es hoy el anhelo de cualquier gobernante. En principio, la disyuntiva es sencilla y terrible: Si no crecemos se colapsa la economía, si crecemos se colapsa el planeta. ¿Es posible crecer de forma responsable y sostenible, o solo queda la opción radical del decrecimiento inducido?

       Antonio Burgueño, director de Calidad y Medio Ambiente de FCC Construcción, tiene claro que decrecer no es la solución. Es como montar en bicicleta, si paras te caes. La clave está en redefinir continuamente las condiciones y las reglas de ese crecimiento. La sostenibilidad es un concepto dinámico que evoluciona constantemente. Lo que hoy es sostenible aquí, mañana puede no serlo allí. Calvo Roy, director de RSC (responsabilidad social corporativa) de Red Eléctrica, comparte esta opinión. En el sector eléctrico echar el freno es hoy una cuestión imposible. La electricidad no solo es la energía que alimenta a la actual y omnipresente sociedad de la información, sino que también es la que permite que puedan gestionarse otro tipo de energías. Aunque intentemos decrecer, la electricidad seguirá creciendo a nivel global, porque además una gran parte del mundo no desarrollado está reclamando y consiguiendo su acceso a ella. La gran –y diabólica- paradoja del crecimiento económico es que, a la vez que genera más desigualdad social, incita a las victimas de esas injusticias a querer disfrutarlo.

       Según Gustavo Nombela, director del área de Economía, Sostenibilidad y Bienestar de la Fundación Ideas, la crisis nos ha dado un toque de atención que deberíamos aprovechar para cambiar nuestro paradigma de progreso, tanto comunitario como personal. La forma actual de medir el crecimiento de un país, basada en el PIB, es muy limitada, y ya se ha quedado obsoleta. Es absolutamente necesario introducir nuevos indicadores de prosperidad más próximos a cuestiones inmateriales, como felicidad o socialización. Para la arquitecta Cristina García Rosales, esta reinvención de lo que entendemos por calidad de vida es especialmente urgente en las ciudades, donde el crecimiento económico ha dado lugar a un urbanismo paranoico al servicio del disfrute privado y la seguridad en el consumo, un urbanismo de recintos vallados, centros comerciales y grandes desplazamientos que obligan a gastar más. Ciudades pensadas para quienes Mª Angeles Durán llama varavos –varones sanos productivos y motorizados-. Afortunadamente cada vez se habla más de conceptos como urbanismo de los afectos y sostenibilidad afectiva (ambos de Adriana Bisquert), o urbanismo emergente (Juan Freire). Además, una nueva generación de arquitectos está abandonando su tradicional pleitesía al poder y a su ego y acercándose cada vez más a una concienciada sociedad civil que está aprendiendo a usar las redes sociales como altavoz de su descontento y como vehículo para la toma de iniciativas.

 

 

       Esa reivindicación del factor humano y filosófico frente a la tiranía de lo económico marcó la intervención del periodista Paco Gómez Nadal, presente entre el público. Para que el crecimiento deje de ser la meta es necesario que los economistas dejen de ser los protagonistas del debate y los publicistas sus voceros. Es entonces cuando se abrirá ante nosotros alguna posibilidad de avanzar. Como apuntó el filósofo y escritor Manuel Penella, también presente entre el público, el capitalismo ya no está en condiciones de responder a ninguno de los problemas que la crisis ha destapado. Tras la II Guerra Mundial hubo en Estados Unidos un intento de dotar al capitalismo de un rostro más humano para ganarle terreno al comunismo. Pero en cuanto los beneficios empezaron a caer por la competencia de Japón y Europa, se desencadenó la ofensiva neoliberal que ya sabemos adónde ha acabado conduciéndonos. Pretender que los mismos que nos han llevado al desastre nos saquen de él no solo es ingenuo, es un sueño.

       Quizás por ello cada vez se hable más de la necesidad de cambiar las actitudes personales y exigirnos mayor responsabilidad como consumidores, no solo seleccionando para nuestras compras únicamente empresas sostenibles y responsables, sino racionalizando nuestros hábitos de consumo. Calvo Roy nos descubría que el que todos los españoles tengamos en standby nuestros electrodomésticos supone una central nuclear dedicada a ello. ¿Cómo salir de esa espiral de gasto y endeudamiento irracional que el propio sistema estimula?¿Qué debemos exigir a los gobiernos en situaciones como estas? ¿Más regulación, precios disuasorios para los recursos escasos, medidas disuasorias que nos obliguen a ser más responsables en nuestro día a día,? ¿Cómo abordamos esta disyuntiva, por las buenas o por las malas? ¿Quién le dice al ciudadano chino o africano recién llegado al mundo del confort que deje de disfrutarlo porque nosotros, los que llevamos toda la vida haciéndolo, ya hemos agotado los recursos?

       Si consumidores, accionistas y gobernantes exigen responsabilidad social a las empresas, éstas cambiarán. Muchas ya lo están haciendo. La RSC puede ser una moda más o menos cosmética, pero bienvenida sea. Para Calvo Roy, aquí el hábito sí hace al monje y al final, de tanto vestirse o maquillarse con ella, la RSC acabará penetrando de verdad e introduciendo nuevos valores en la cultura empresarial.

       No parece que el interrogante planteado en esta sesión tenga de momento una solución clara, o por lo menos nosotros no supimos vislumbrarla. Si hacemos caso a dos pensadores de la talla de José Luis Sampedro  y Agustín García Calvo –ambos invitados al Foro, excusaron su presencia por diferentes motivos-, involucrados desde hace mucho en este tipo de debates, los grandes cambios colectivos no se proyectan, simplemente suceden. Las redes sociales y las tecnologías de la información hacen que este sea un momento especialmente propicio. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá.  Lo que hay que desear –como sabiamente concluyó Irene Lozano- es que sea con el menor sufrimiento posible. 

 


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