Novelistas Tudor Eliad y Daniel Pennac escribiendo a máquina en una calle parisina / Sophie Bassouls / Corbis

    1   


    La escuela es los profesores

    Maite Larrauri - 01-04-2010

    Tamaño de texto: A | A | A

     

    El valor de una experiencia reside en poder contarla, en el acercamiento de dos mundos, el de la práctica y el de la teoría, el de los acontecimientos y el de las palabras. Quien es capaz de hacerlo se vuelve más sabio, porque añade a lo que dice la certeza absoluta que le aporta su propia vivencia.

           Hay experiencias no elegidas que permanecerían mudas si no fuera porque sus protagonistas han tenido la posibilidad de salir de ellas para poder traducirlas en palabras. Es el caso de Daniel Pennac, narrado en su libro Mal de escuela. Daniel Pennac fue un burro en la escuela, un fracasado, un alumno lamentable. Y luego dejó de serlo, y luego supo contarlo.

           El título del libro en francés es Chagrin d'école, o sea, un mal que es una pena, que es un dolor. El alumno burro tiene un enorme miedo porque no entiende nada y, desde ese miedo, decide asustar a los demás. Eso explica sus comportamientos disruptivos y su peligrosidad en potencia. Si nadie lo salva de sí mismo, amenaza con convertirse en una nulidad, o algo peor, en un delincuente. Y no sólo es un dolor para los alumnos, sino también para los padres que reduplican su miedo, al pensar que el hijo será un desastre toda su vida. Pennac narra sus largos años de escolaridad anclado en la burrera. No entendía nada, no se acordaba de nada, era incapaz de razonar sus respuestas, la escuela lo perseguía como una pesadilla hasta en su casa, los deberes no los hacía, mentía para salir del paso, pasaba su tiempo en clase dibujando o distrayéndose como podía, se vengaba de lo que sufría haciendo fechorías y escondiéndose para no dar la cara.

           Hasta que alguien lo salvó, como dice el propio Pennac. Un profesor, por supuesto. Porque Pennac tiene claro algo que la mayoría social ignora, a saber, que la escuela es los profesores, y sólo los profesores. Todo lo demás -jardines y laboratorios, ordenadores y uniformes, horarios y actividades múltiples, viajes y comedores, edificios elegantes y barracones prefabricados- es secundario. Los padres quieren para sus hijos la mejor escuela, pero no saben que la mejor escuela es aquella en la que existe una mayor proporción de buenos profesores, y eso no lo garantiza el precio de la matrícula.

           Si Pennac pudo ser salvado es porque todos pueden ser salvados, o lo que es lo mismo, porque todos desean ser salvados. Se trata sin duda de una de esas certezas absolutas que se poseen cuando se ha estado al otro lado de la línea. Lo que Pennac sabe se podría enunciar así: todos los alumnos tienen habilidades que los hacen valiosos y todos los alumnos desean encontrar un maestro a cuya sombra crecer para desarrollarlas. Lo que hizo el profesor que salvó a Pennac de su burrera fue exactamente lo que él deseaba, sin saberlo él mismo. El profesor entendió que Pennac tenía una gran habilidad narrativa -que le llevaba a inventar historias para buscar excusas por su comportamiento- y le propuso un plan alternativo para aprobar la materia de Lengua: no seguir el programa como los demás, sino redactar y entregar semanalmente un capítulo de una novela que él debía escribir, a condición de que lo presentara sin faltas de ortografía. ¡Un genio, ese profesor! Porque había sabido ver al novelista bajo las apariencias de burro, porque le inflamó entusiasmo en la realización de un deber, porque Pennac sabe, y nos lo quiere hacer saber, que él podría haber seguido toda su vida escolar siendo un burro, si no hubiera sido por ese encuentro con ese profesor.

           A ese tipo de profesores está dedicado el libro, “a los salvadores de alumnos”. Pero, ¿cuántos profesores existen así? Pennac afirma que muchos más de lo que se cree. La escuela no tiene buena prensa y de ella se airean todos sus fracasos. Pero detrás de esa información se esconden todos los niños y los jóvenes que han sido salvados. Estos últimos no son noticia. Se publican antologías acerca de las barbaridades que pueden encontrarse en las respuestas de los exámenes, pero habría que publicar otro tipo de antologías con los agradecimientos que se merecen muchos profesores por ponernos en la vía de ser lo que somos.

           Un profesor basta para salvar a un alumno. Bajará a lo más profundo a repescarlo, y si se le escapa, volverá a intentarlo. Y así, una y otra vez hasta que lo consiga. No suelta su presa. Pero no está especialmente preparado para hacer eso que hace. No hay una instrucción que le enseñe un comportamiento profesional excelente. Y ese justamente es el problema. Sobre todo para el Ministerio de Educación, que tiene la responsabilidad de ofrecer la mejor educación posible seleccionando a sus profesores.

     

     

           Un profesor malo no puede transformarse en un buen profesor, y eso también es parte del problema. Pennac narra una anécdota de su vida escolar que ilustra esto mismo. En una ocasión, su profesor de ciencias naturales se lamentó en clase de que la media de las notas alcanzadas por los alumnos no pasaba de un 1,5. Y tuvo, como dice Pennac, la imprudencia de preguntarles por las causas que, según ellos, habían conducido a ese desastre. Pennac levantó la mano para pedir la palabra y sugirió dos explicaciones: una, que esa clase de 32 alumnos constituía una monstruosidad estadística; o dos, que esos resultados sancionaban la cualidad de la enseñanza recibida. Pennac se ganó por esa intervención una expulsión del instituto. Un amigo suyo le hizo observar que no había servido de nada decir una cosa así, porque la diferencia entre un profesor y una herramienta es que el profesor no puede arreglarse.

           El libro de Pennac describe algunas de las cualidades del buen profesor y eso debería ser de gran ayuda para quienes estudian y proponen reformas educativas. Yo las resumiría en estas tres: atención, inocencia y amor.

           La atención de un profesor es su presencia, su capacidad de estar en clase bien visible, de tener presentes a cada uno de los alumnos, de distinguirlos uno por uno para darles existencia, de estar allí y no en otra parte. Cuando es tan habitual que los profesores se lamenten de la falta de atención por parte de sus alumnos, resulta cuanto menos una sorpresa encontrar que la atención se presenta en este libro como una cualidad que no todos los profesores poseen. Cualquiera que haya entrado en una sala de profesores, habrá oído mil veces “lo mal preparados que llegan los alumnos”. A veces se alcanza el ridículo sin ser conscientes de ello, afirmando que del parvulario hay niños que entran en la primaria carentes de esto o de aquello. En cualquier caso, es muy normal encontrar profesores de instituto que se rasgan las vestiduras porque los alumnos llegan a secundaria sin saber escribir, o sin saber las tablas de multiplicación. Cuando yo misma asisto a un coro de lamentaciones de esta índole, recuerdo lo que me decía una amiga, magnífica profesora de historia: “¿de qué se quejan? Tendrían que estar contentos, ellos son profesores y están allí para enseñar”. Y luego, con cierta sorna añadía: “¡Que apliquen el principio bíblico de enseñar al que no sabe!”

           Estar en el presente de la clase significa no poner a los alumnos en el pasado de “no han hecho nada en los cursos anteriores”, ni tampoco en el futuro de “así no irán a ninguna parte, no se graduarán o se estrellarán en la selectividad”. Pennac inventa una expresión para ese presente en el que está centrada la atención del buen profesor: se trata del “presente de encarnación”. Lo que distingue a unos alumnos de otros es su velocidad de encarnación, o sea, de llegar a ser lo que son, de devenir lo que pueden llegar a ser. Un buen alumno, un alumno exquisito, es aquel que logra el desarrollo que le permite comprender, que por tanto se encarna, se realiza. Son muy pocos esos alumnos perlas que desean aprender antes mismo de entrar en clase. A todos los demás hay que darles tiempo, hay que convertir las clases en el acontecimiento presente en el que puede tener lugar su encarnación. Si no saben escribir, habrá que enseñarles aquí y ahora. Todos los alumnos poseen aptitudes diferentes, todos pueden llegar a tocar un instrumento, dice Pennac comparando al profesor con un director de orquesta. El problema surge cuando queremos que todos sean primeros violines. Sin nombrarlo, Pennac está de acuerdo con la valoración que hace uno de los pensadores más importantes en el campo de la pedagogía. John Dewey afirma que un profesor es un artista. Pennac añade que un profesor tiene un estilo propio, y cada clase es como una performance. Por supuesto que el acto de enseñar es comunicativo, pero el profesor artista domina hasta tal punto lo que sabe que sus clases parecen una creación que se desarrolla en ese momento, ante esos alumnos.

           La segunda cualidad de la que habla Pennac es la inocencia. Creo que adopta esta palabra en su sentido más etimológico: inocente es aquel que no es nocivo. Un buen profesor es feliz enseñando su materia, y es tan amante de lo que enseña que no puede concebir que alguien quede fuera, ajeno. Posee una pasión comunicativa. Un profesor bueno se alegra de los progresos de todos sus alumnos, no se impacienta con la lentitud de algunos, no considera jamás los fracasos como un insulto personal y se muestra tan exigente y riguroso como él mismo lo es respecto de lo que enseña.

     

     

           La tercera cualidad es la que Pennac casi no se atreve a pronunciar, por miedo a ser malentendido. Se trata del amor. Esos alumnos que están ahí en clase son sus alumnos, y ese posesivo indica que se trata de una relación especial. Un buen profesor no buscará sustituir a un padre o a un amigo, no pensará en sus alumnos más allá de sus clases, pero los tendrá en consideración, los respetará. Su amor no tiene que ver con la simpatía o la antipatía, sino con el hecho simple de que él está ahí para tirar hacia arriba de los que se hunden, para lograr que cada cual encuentre su puesto en la orquesta.

           Pennac llega incluso a proponer una prueba para la selección del buen profesor. En el curso de formación de profesores, habría que pedir a los aspirantes que redactaran un texto en el que recordaran algún fracaso escolar propio, analizando lo que les sucedió: por qué en ese momento; qué pasaba por sus cabezas, o por sus neuronas o por su corazón o por sus hormonas cuando esto sucedió; cómo salieron de ese fracaso y cómo han llegado a ser profesores de esta materia en vez de cualquier otra. El futuro profesor tendría que tener una visión clara de su propia escolaridad, tendría que revivir su propia ignorancia, para así poder concebir el estado en el que se encuentra el que ignora todo lo que él ahora sabe.

           Mientras no exista ese tipo de prueba, me limito a recomendar encarecidamente la lectura del libro de Pennac.

     


    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    Muy bien pero:

    Abolición radical del bachillerato (como pedía Baudelaire)

    Abolición radical del funcionariado (me opongo a la oposición)

    Abolición radical de la "ENSEÑANZA OBLIGATORIA" (bonito oxímoron)

    Promoción de la educación en casa con exámenes nacionales (o mejor europeos)

    Todo lo cual seguiría siendo inútil si no existe un sistema de reconocimiento del mérito y se superan los modelos de éxito actuales (desde ministros/as a famosillos/as). No me gusta pontificar pero es que soy profesor (particular) desde hace más de diez años. Vale, Dr.J

    ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .