Ilustración: Bar Man

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    ETA y el ejemplo de Irlanda

    José Manuel Costa - 27-10-2011

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    ETA abandona la lucha armada. Y lo que alegra a las persona de buena fe parece altamente sospechoso, diríase que incluso inadmisible y nefando para algunas mentes cuya disfunción consiste en no querer reconocer las realidades de la vida. O en aparentarlo con absoluta convicción. Ni cuando vienen mal dadas, ni tampoco, y esto ya es más extraordinario, cuando las noticias son positivas.

     

    Para entender lo que ha sucedido y lo que puede suceder, para orientar el camino futuro, hemos de realizar un cierto ejercicio de distanciamiento sin el cual todo análisis carecerá de la menor ecuanimidad y será peor que inútil. Simplemente porque el final de una historia como la de ETA no se va a realizar a golpe de voluntarismos de parte. Hemos leído estos días expresiones como “lo que tienen que hacer los fugitivos de ETA es entregarse en comisaría”, “Nada de excarcelaciones ni acercamientos”, “ETA debe decir dónde esconde las armas y nada más”, “ETA debe pedir perdón a las víctimas” y la que resume este tipo de aproximación: “No hay nada que hablar con ETA”. Pero sí, habrá que hablar y tanto la lógica como la historia nos dicen que así será.

     

    Lo primero que ha de entenderse es cómo ETA, en efecto, ha reconocido de forma implícita pero incontestable la derrota de su estrategia militar. No lo va a decir con estas palabras, pero tampoco merece la pena embarcarse en estudios indignados de la torturada retórica de esta gente (aunque bastante clara en este comunicado). Sí, ETA ha sido derrotada y eso lo sabían sus dirigentes desde hace mucho tiempo. De la misma manera que los dirigentes del IRA (Ejército Republicano Irlandés) ya analizaron que la victoria militar no era posible casi diez años antes del proceso de paz en el Ulster. Y nunca lo han reconocido.

     

    Una diferencia estructural muy profunda entre el IRA y ETA es que, mientras los máximos dirigentes del Sinn Fein, Gerry Adams y Martin MacGuinnes, pertenecían también a la dirección militar de la banda armada y la cúpula IRA/Sinn Fein permaneció relativamente estable durante un par de decenios, las relaciones entre ETA y sus sucesivas proyecciones electorales han sido muy disfuncionales y con buena parte de sus cuadros mejor preparados tras las rejas o huidos. Cuando John Major o Tony Blair hablaban con Adams o MacGuinnes, sabían perfectamente que lo estaban haciendo con plenipotenciarios del IRA. No ha sido el caso con ETA, donde los interlocutores fueron escaseando cada vez más y resultando cada vez menos fiables o decisivos.

     

    De otra parte y a diferencia del IRA, que llegó al proceso de paz como una organización debilitada, pero plenamente funcional y capaz de matar más o menos cuando le viniera en gana, ETA ha llegado hecha una piltrafa. Sin capacidad operativa, dirigida por incompetentes políticos y militares, acosada en su refugio tradicional francés, con su prestigio sectario muy raído… No podía hacer otra cosa que salvar los muebles y el momento era ahora, cuando en unas elecciones generales la izquierda independentista puede (eso esperan) repetir el triunfo de Bildu en las municipales y trasladar todo el peso de su movimiento al único lugar que le ha dejado el sistema democrático: un terreno puramente político.

     

     

    El final es el fin

     

    Se ha señalado con horror indignado que en su comunicado ETA no habla ni de su disolución, ni de la armas. De donde se sigue que el anuncio del fin definitivo de la violencia es poco más que papel mojado, una treta más. Mejor que no lo hubieran hecho, parece deducirse de este griterío. Se ignora, por desconocimiento o por mala fe, que cuando una organización terrorista anuncia el cese definitivo de la violencia ya no hay marcha atrás. No es una cuestión de voluntad, sino porque un paso así trae consigo encauzar las energías de la organización hacia otros fines y abandonar actividades de mantenimiento fundamentales como renovación de armas, entrenamiento, logro de ingresos por extorsión, reclutamiento, mantenimiento de servicios de infraestructura, información y vigilancia… Una vez se interrumpen estas actividades (y la policía está para certificarlo), reanudarlas no es ni mucho menos sencillo. Hasta el momento se ha demostrado casi imposible.

     

    En el caso del IRA, las negociaciones con los gobiernos británico e irlandés se realizaron bajo una “tregua permanente” y solo siete años después de los Acuerdos de Viernes Santo de 1998, el 28 de julio de 2005, el IRA declaró el cese definitivo de la violencia tal y como ha hecho ahora ETA. Y el IRA (Provisional) solo se disolvió de forma oficial diez años después de aquellos acuerdos, el 3 de septiembre de 2008.

     

    ¿Por qué los gobiernos no presionaron al IRA (P) para que se disolviera de inmediato? Elemental: por la cuestión de las armas. Convenía a todas las partes que el Consejo Militar del IRA (P) mantuviera el control férreo de dichas armas hasta que finalizara su entrega e inutilización. No se pueden dejar arsenales repartidos por ahí para que se haga con ellos el primero que llegue, en el caso irlandés grupos disidentes como el IRA Auténtico o el IRA Continuidad.

     

     

    Presos y fugitivos

     

    Sucede, además, que al día de hoy ETA es básicamente una organización de presos y fugitivos. Este es un tema capital, porque bastantes de esos 700 presos no lo son por delitos de sangre, sino por actividades de soporte, información o simple pertenencia a banda armada. El trato que vayan a tener presos y fugitivos es algo que habrá de negociarse. O de hablarse, si se le tiene mucho miedo a las palabras. Y le tocará hacerlo al gobierno que salga de las próximas elecciones, sea el que sea. Esto será así porque muchos ciudadanos vascos e incluso no vascos no entenderían que esos presos sin delitos de sangre vayan a seguir en la cárcel o distanciados como si no hubiera sucedido nada. Cabe recordar que en el Ulster, la excarcelación de unos 100 presos comenzó a producirse prácticamente en el mismo momento en que el IRA declaro su alto el fuego permanente. El gobierno británico, con Major y con Blair, entendió esta necesidad.

     

    ETA, en su debilidad, no ha podido permitirse el lujo de imponer esa (ni ninguna otra) condición, pero no se disolverá mientras la cuestión de los presos no se haya resuelto, aunque solo fuera para poder aceptar organizadamente lo acordado, que seguramente lo será por miembros de los gobiernos vasco y español y algún tipo de representación independentista-nacionalista. Quedarán entonces los asesinos directos y sus cómplices inmediatos, pero andando el tiempo también estos acabarán saliendo. En el Ulster se llegó a más y ya en la primera tacada, mucho antes de que las negociaciones llegaran a buen término, fueron liberados incluso presos con delitos de sangre.

     

     

    Las armas

     

    Regresemos al capítulo de las armas. Esto formará, o no, parte de un paquete de negociación junto a los presos. Este punto fue, de lejos, el que mayores problemas generó en el tortuoso proceso de Paz que partía de los Acuerdos de Viernes Santo. Bien es cierto que el arsenal del IRA en sus fases finales era aún muy considerable. Se calcula que poseían unos mil rifles de asalto AK-47 (los ubicuos Kalashnikov), pero también 20 ametralladoras pesadas, 40 lanzacohetes, siete misiles tierra aire SAM-7, siete lanzallamas, más de 100 granadas de mano, 1.200 detonadores y unas tres toneladas de explosivos (Semtex). Los datos sobre el arsenal de ETA son mucho menos precisos, pero de fuentes policiales se desprende que se les han ido decomisado diferentes partidas con miles de kilos de explosivos y armas y que el restante serían varios cientos de armas cortas y unas cuatro toneladas de nitrato para fabricación casera de explosivos (amonal).

     

    La desaparición / inutilización de las armas tiene dos componentes, una práctica y otra política que acaban señalando en la misma dirección. Por una parte, no es previsible que ETA haga entrega de sus armas a los Estados español y francés, porque eso constituiría una declaración explicita de su derrota militar. Aunque en España no hilamos tan fino con lo simbólico como en otros países, este símbolo de la entrega de la armas como aceptación palmaria de la derrota viene casi desde el principio de la humanidad. Existen, además, razones de práctica política, pues la única lectura aceptable entre la izquierda independentista del final de la violencia es  que la lucha continúa por otros medios. No que la lucha ha fracasado en todos su términos.

     

    Pero es que, incluso en el caso de que ETA llamara a la Dirección General de Seguridad en plan chiste de Gila y diera la localización de un par de zulos, ¿qué credibilidad tendría semejante entrega? ¿Le estarían enseñando los terroristas todo su arsenal a los cuerpos de policía con los que han tenido enfrentamientos directos? En el Ulster, tanto la política como la práctica condujeron a la formación de un grupo internacional presidido por el muy escueto general canadiense John de Chastelain, que fiscalizó la entrega e inutilización de esas armas, finalizada tras una agotadora peripecia en septiembre del 2005. Por supuesto, una comisión de este tipo también puede ser engañada, pero tendría más fácil llegar al fondo del asunto. Dispondría de toda la información policial y su trato con los terroristas no implicaría una confrontación directa con el enemigo. En última instancia, es una cuestión de disposición política, de un estado de opinión. Y eso pueden valorarlo mejor gentes con mentes algo menos implicadas.

     

    Quedan las víctimas. Y las heridas. Pero esta es una tarea común y, la verdad, si ETA hubiera salido diciendo “lo siento mucho” sería como para llorar. Las víctimas de ETA no están para ser utilizadas y mucho menos por quienes las han causado. Cuanto menos hable ETA de las víctimas, tanto mejor. Otra cosa son los asesinos concretos, que con humildad y discreción deberían pedir perdón. Pero ese es su problema, su medida humana.

     

    La declaración de ETA significa el fin de la violencia y eso solo pude provocar una inmensa alegría. El resto, aunque algunos, víctimas afligidas y portavoces delirantes, lo eleven a categoría de fundamental, son solo flecos que un Estado democrático debe resolver con inteligencia. Y lo hará, qué duda cabe. No hay por qué negociar, tal ha sido la claudicación sin condiciones de ETA. Pero en última instancia, “cuando el problema es una gran falta de confianza por ambas partes, no es suficiente con hablar para los propios partidarios, sino comprender el por qué de las posturas de la otra parte” (Brid Rogers, parlamentario norirlandés parafraseando a Nelson Mandela). Sí, ahora ya no habrá muertos, pero, guste o no guste, queda mucho por hablar.

     

     

    José Manuel Costa es periodista, crítico y comisario de artes visuales y sonoras. Durante casi 13 años trabajó como corresponsal en Berlín y Londres para el diario ABC. Durante su etapa londinense cubrió tanto el juicio contra Augusto Pinochet como el proceso de paz en el Ulster, que culminó con la inutilización de las armas del IRA (P) así como la disolución de organización terrorista.

     

     


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