Portada del libro

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    La falsa yihad. La franquicia norteafricana de Bin Laden y el narcotráfico

    Beatriz Mesa - 13-02-2014

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    Los pueblos del Sahel tienen mucho que perder y poco que ganar. Lamentablemente, los colonos del siglo XIX actuaron con un excesivo amor a sí mismos y con unas ambiciones polí­ticas y económicas que se reflejaron en una aberrante distribu­ción de un territorio multiétnico y multilingüístico. Las refe­rencias históricas de las diferentes comunidades que poblaban el territorio no se tomaron en cuenta en el momento de la reparti­ción colonial. Así surgieron países como Mali, donde fueron olvidados los sentimientos identitarios de los tuaregs, los árabes, los songhais, los peuls, los bambaras, los kountas, los soninkés, entre tantas otras etnias de la zona. La gestión de los sucesores de los colonos, es decir, los jefes de Estado que han ocupado el poder tras la independencia, tampoco ha contribuido al desa­rrollo de un complejo país castigado por la extrema pobreza y la corrupción. La concentración del poder en manos de unos pocos que han robado sin escrúpulos ha dejado a este pueblo invertebrado y sin horizontes.

     

    Por si no fuera suficiente, los intereses –particularmente saudíes– de propagar la corriente religiosa wahabita en todo el norte de África y el Sahel han creado terrorismo para luego condenarlo. Todo ello ayuda a explicar la crítica situación que atraviesa Mali, donde tropas francesas y africanas se enfrentan a grupos de yihadistas (combatientes por la Yihad, la Guerra Santa) que pretenden la creación de un Estado islámico.

     

    Este libro, que recoge más de cuatro años de trabajo de campo, documenta la ofensiva yihadista en el norte de Mali a partir de múltiples encuentros: con arrepentidos mauritanos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), con miembros del grupo terrorista del Movimiento por la Unidad y la Yihad en el África Occidental (MUYAO) y con narcos; con víctimas del conflicto, así como refugiados de diferentes etnias; con rehenes occidentales (Roque Pascual y Pierre Camatte) y mediadores en los secuestros (Mustafa Chafi). De hecho, este trabajo nace a partir del secuestro en Mauritania en 2009 de los cooperantes Roque Pascual, Albert Vilalta y Alicia Gámez a manos de un comando islamista dirigido por el líder argelino Mojtar Belmojtar, quien posteriormente sería el cerebro del masivo secuestro de rehenes occidentales en una planta de extracción de gas en Argelia, en enero de 2013, que acabó con un dramático balance de muertos y heridos argelinos y extranjeros. La investigación, además de tratar de arrojar luz sobre la crisis que ha desembocado en la intervención militar francesa en el autoproclamado Estado de Azawad, analiza las consecuencias en el Sahel de la llamada Primavera Árabe.

     

    A través de los testimonios recogidos, se describe las com­plejas relaciones entre los actores estatales y no estatales de estas sociedades (Mauritania, Mali y Níger), todas ellas infec­tadas por la corrupción, el negocio de la droga y el terrorismo. Estos tres factores explican por qué son estados fallidos y terri­torios fértiles para organizaciones terroristas como AQMI, que dejó atrás su pubertad para convertirse en un ejército con más de cuatro mil hombres.

     

    Con esta obra, basada en las experiencias acumuladas en distintos viajes como enviada especial a la región, empezando por Mauritania, pasando por Burkina Faso y desembarcando en la región norte de Mali (en especial en las ciudades de Tombuc­tú, Gao y Kidal), se desvela que en los bastidores de la jerar­quizada estructura terrorista y de su conocida Guerra Santa contra Occidente hay una poderosa mafia que busca, como prioridad, el reparto de los beneficios de la distribución de la droga. Una organización que durante años ha contado con la complicidad de los poderes políticos y económicos de Mali.

     

    Finalmente, en mitad de este complejo escenario de yiha­dismo y tráfico de drogas, ¿dónde queda el Islam? Estas páginas pretenden demostrar que la religión es reducida a un mero instrumento para atraer a muyahidines (combatientes por la fe) a una causa de la que se sirven grupos terroristas como el MUYAO para el control de la droga. Los terroristas han normalizado el diezmo como una especie de impuesto revolu­cionario dirigido a los contrabandistas que transitan por los territorios controlados por AQMI.

     

    La mentalidad de los suicidas tiene una significativa presencia en el trabajo con el testimonio real de Alí, un joven mauritano convertido en una víctima del salafismo violento que ve en la Yihad como un “lujo” porque no solo le ofrece la posi­bilidad de ostentar un kalashnikov o acceder a bienes básicos como el agua o la comida, sino que además le otorga un estatus social en el seno de la comunidad musulmana.

     

    De los testimonios recogidos y con la información obte­nida in situ, se trata pues de dar respuesta a diversos interro­gantes: ¿Quiénes son los terroristas? ¿Cómo se relacionan? ¿Cuáles son sus perfiles desde un punto de vista social? ¿Cómo se preparan? ¿Cómo se iniciaron en el norte de Mali? ¿Quiénes son sus ideólogos? ¿Qué objetivos persiguen? ¿Cómo viven?

     

    Los objetivos de la franquicia norteafricana de Bin Laden, su estructura y su ideología se analizan en este trabajo, que busca acercar a la sociedad la realidad de una organización terrorista instalada en el Sahel, tan lejos y tan cerca, y que supo­ne una amenaza para España y el resto de la Unión Europea.

     

    (…)

     

     

    El desembarco yihadista en Mali


     

     

    A un paso de Sahelistán

     

    La semilla del terrorismo ha arraigado con fuerza en el norte de Mali[1]. Ya nada volverá a ser lo que fue en un país que ha abierto una página en blanco en donde todo está por escribirse. No hay que engañarse: la intervención armada de Francia, en el marco de la Operación Serval, contra la ofensiva yihadista, lejos de hacer regresar la normalidad al territorio, hace presagiar la creación de una plataforma para el yihadismo internacional en la frontera sur de Europa, lo que tendrá consecuencias inevi­tables para España dada la cercanía de nuestro país con el norte de África.

     

    En el momento de concluir este libro, las tropas francesas que combaten en Mali desde enero de 2013, junto a los países de la CEDEAO[2] y los líderes del autoproclamado Gobierno de Azawad, en el norte del país, ya habían liberado las principales ciudades en manos de los yihadistas: Gao, Tombuctú y Kidal. Asimismo, París –que argumenta haber respondido a la llamada de auxilio del Ejército de Mali– continuaba atacando por tierra y aire las posiciones estratégicas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), haciendo que los islamistas se replegasen hacia el desierto. Por otra parte, la Unión Europea (UE) aprobó a su vez el envío de 450 militares para el entrenamiento de fuer­zas africanas en la lucha contra los terroristas.

     

    (…)

    Por otra parte, Francia se siente directamente concernida –política y económicamente– en los asuntos de África, donde su experiencia colonial ha sido muy larga en países como Marrue­cos, Argelia, Mauritania, Túnez, Costa de Marfil, Chad, Congo o Mali. En ese sentido, reaparece en la escena africana para apa­gar los fuegos de las crisis políticas desatadas y superar algunos avatares de la historia. Y es que, aunque haya dejado de ser potencia colonial, su influencia es alta teniendo en cuenta los lazos comerciales y económicos que mantiene con estos países. En esta línea continuará pronunciándose Francia durante las próximas décadas, sensibilizando además a sus socios europeos sobre los desafíos que Mali y toda la región del Sahel plantean, tanto en el campo de la seguridad como en el de la economía. Sin el impulso del desarrollo económico y social es difícil plan­tar cara al terrorismo.

     

    Solo el Gobierno de París, respaldado por una resolución de Naciones Unidas, decidió enviar soldados al combate, mien­tras que el resto de los países –12 en el seno de la Unión Euro­pea– aprobaron únicamente el envío de militares a entrenar a las fuerzas africanas. Aún pesan los fantasmas de Irak y Afga­nistán. A diferencia de Libia, donde hubo unanimidad en la intervención militar de la OTAN, la operación en el norte de Mali se enmarca en la lucha contra el terrorismo yihadista.

     

    El conflicto de Mali surge, además, en un delicado momen­to de recesión económica en Europa que limita el caudal de ayuda económica al exterior. Por esta razón, emerge un aluvión de interrogantes sobre la capacidad de Francia de mantener una larga operación en solitario, con escasa ayuda financiera y logís­tica de sus socios y con exiguo respaldo de Estados Unidos.

     

    Ante ese escaso entusiasmo de sus aliados, Francia decidió enfrentarse a la operación en solitario, aunque destaque reitera­damente que el terrorismo es una amenaza para toda la cuenca mediterránea. Hasta ahora el Gobierno presidido por François Hollande se siente respaldado por su opinión pública. La pregunta en estos momentos es hasta cuándo será así. La presión yihadista le ha obligado a desplegar en el territorio un contingente de más de 4.000 hombres. Los militares malienses apenas cuentan en el curso de esta acción militar, porque su experiencia bélica es reducida y sus medios, muy escasos. Por su parte, el resto de las fuerzas africanas que contribuyen a la ope­ración siguen la instrucción europea y acompañan a las tropas francesas en la recuperación de la integridad territorial de Mali. Aún no se ha conseguido del todo.

     

    Pero ¿cuál es la naturaleza del reto que afronta Europa en su frontera sur? Occidente, por extensión, se enfrenta a grupos de hombres armados que subliman la muerte, concebida esta como la meta final del ser humano. El cénit del musulmán piadoso alcanzado en el paraíso. La fuerza de los yihadistas reside en la convicción moral de luchar en favor de la creación de un mismo Estado islámico que aglutine a todos los países musul­manes para regresar a la época del Califato. El enemigo es el kafir, el infiel, que responde a los intereses de sus ex coloniza­dores en vez de al sentir general de los musulmanes. En ese sentido, el término infiel se aplica tanto al Ejército como a la policía malienses por colaborar con los occidentales.

     

    La irrupción de discursos cargados de violencia ha supues­to un auténtico trauma social en las poblaciones del norte de Mali, como Kidal, Gao, Tombuctú y Menaka. Ciudades de las que apenas se han tenido referencias en Europa hasta que los integristas aparecieron para imponer su ideología inspirada en la salafiya islamiya. Sus propulsores, los que el mundo conoce como salafistas, promueven el retorno a los ancestros, en tanto que supone una vuelta a la comunidad de los primeros musulmanes y a los orígenes del Islam. Es decir, los integrantes de esta corriente religiosa no permiten la interpretación del texto sagrado, sino que exigen una aplicación rigorista y literal sin tener en cuenta ni el tiempo ni el espacio; reclaman una práctica muy escrupulosa de la sharía, la ley islámica, y rechazan de plano el sufismo que se viene practicando en Mali desde su independencia, y el culto a los santos.

     

    La doctrina religiosa en oposición al sufismo[3], que pro­movió la interpretación textual del texto sagrado fue la wahabita, originaria de Arabia Saudí y fundada por Ibn Abd Wahhab. Este país, en donde se encuentran los santos lugares de La Meca y Medina, ha trabajado en favor de un proyecto de islamización de los países árabes musulmanes desde que lograran la independencia de sus colonizadores. Con una abrumadora vocación exportadora de su ideología y ayudándose de la holgura económica que le aportan sus grandes yacimientos petroleros, Arabia Saudí ha dejado su impronta por toda la zona del Magreb y el resto del mundo musulmán. El problema surge en el momento en que esta corriente religiosa exporta otra dimensión del salafismo que hoy conocemos como yihadismo, orientada a la Guerra Santa. Y en él se inspira Al Qaeda. Esta organización terrorista internacional nace con el impulso de Osama Bin Laden, un saudí que desplegó una gran fortuna para el apoyo financiero y logístico de los combatientes que luchaban en Afganistán contra los soviéticos en los años 80 del pasado siglo. Entonces estaba en el mismo bando que los americanos. Pero después la desintegración de la URSS, el nuevo enemigo de Bin Laden y sus secuaces serían los Estados Unidos.

     

    Las dotaciones económicas que Arabia Saudí ha venido concediendo para la propagación de su ideología en el norte de Mali han sido la causa del cambio de mentalidad de una parte de sus habitantes. Entendieron, por ignorancia y casi por impo­sición, que la obligación del musulmán era abrazar la visión rigorista del Islam que pasa por la aplicación literal de los hadiths (los diferentes mensajes del profeta Mohamed y sus acompa­ñantes recogidos en el texto de la sunna). Y de este Islam waha­bita ultra ortodoxo han bebido los grupos armados activos en el norte de Mali para proseguir con el combate contra el yugo de la colonización. Sirviéndose de este argumento, Bin Laden consiguió a partir de los años 90 enrolar en sus filas a miles de islamistas dispuestos a respaldar la Yihad, la Guerra Santa contra Occidente. Numerosos atentados terroristas en todo el mundo con el sello de Al Qaeda han globalizado su lucha, convirtiéndola en una de las principales amenazas para la seguridad internacional.

     

    Al Qaeda nació y creció en Afganistán, en vísperas de la caída del muro de Berlín que acabaría con los años de la Guerra Fría, pero su radio de actuación se expandió por Asia y Oriente Próximo hasta alcanzar el Magreb y el Sahel. Ha extendido sus tentáculos como una plaga por todo el norte de África, siendo la región del Sahel –más concretamente el norte de Mali– un lugar de reclutamiento de terroristas y refugio ideal para sus bases de entrenamiento. En una región inmensa, con tremendas desigualdades, una minoría muy rica y una mayoría profunda­mente pobre, el grupo terrorista cuenta con unas características que facilitan su propagación.

     

    Sin embargo, los musulmanes adoctrinados en la Guerra Santa de Oriente Próximo o de Asia no focalizaron el norte de Mali como nueva plataforma del yihadismo internacional. Fueron los combatientes magrebíes, concretamente los arge­linos, los que vieron en el desierto un refugio y una nueva base de operaciones inabarcable para el Ejército maliense. Los arge­linos, dispuestos a emigrar a Mali, habían recibido adoctrina­miento, tanto ideológico como estratégico, de Al Qaeda en Afganistán y su alta preparación les facultó para crear una filial de la organización terrorista.

     

    Por los campos de entrenamiento afganos, en plena Guerra Fría, habían pasado unos 3.000 argelinos. Todos fueron instrui­dos en la causa yihadista y la mayoría regresaron a Argelia para continuar el proyecto político que encarnaba el Frente Islámico de Salvación (FIS), que representaba los valores de las juven­tudes islámicas de su país, tanto las violentas como las pacíficas.

     

    Este partido ganó abrumadoramente las elecciones de Argelia de 1991, después de que el presidente argelino, Chadli Benyedid, iniciara un proceso de apertura política –motivado por la revuelta del pan de 1988– que permitía la celebración por vez primera de comicios pluripartidistas. En las primeras elec­ciones municipales, en junio de 1990, el recién creado FIS ya había triunfado ampliamente, con el 54% de los votos. Y en la primera vuelta de las legislativas, celebradas en diciembre de 1991, arrasó con 188 escaños de 232 en liza[4].

     

    Este resultado democrático, sin embargo, hizo saltar las alarmas en el poder militar argelino y de los países occidentales, que temían ver la conversión de Argelia en una nueva Irán. Poderosos miembros de la cúpula militar no tardaron en eje­cutar un golpe de Estado en enero de 1992, con la anuencia de Occidente, y sustituyeron al presidente Benyedid para luego suspender los comicios, ilegalizar el FIS e iniciar una ola de detenciones masivas de sus integrantes y simpatizantes. Era el estallido de una guerra civil entre los islamistas y el poder militar que arrastró a la muerte a más de cien mil personas. Ríos de sangre que siguen pesando como un pilar de hormigón en la población argelina.

     

    Casi diez años de enfrentamientos dejaron secuelas imbo­rrables. El choque entre los islamistas y el poder tuvo como epicentro las montañas de la Cabilia (norte), donde se refu­giaron la mayoría de los integristas. Con la ilegalización del FIS, aparecieron grupos guerrilleros islamistas como el Movimiento Islámico Armado (MIA), dirigido por el exmilitar Abdel Kader Chebuti, y el Movimiento por un Estado Islámico (MEI), enca­bezado por el afgano Said Mekhloufi, que combatió contra los soviéticos. En 1993 surge una escisión del MIA que ad­quiere el nombre de Grupo Islámico Armado (GIA). Los inte­grantes de esta última organización persiguieron una línea más dura, erigiendo lemas como Un voto, una bala o El pluralismo polí­tico es sedición al Islam, y de las encendidas soflamas pasaron a la acción llevando a cabo actos terroristas. Lo hicieron de manera indiscriminada contra todos los musulmanes, y especialmente se emplearon violentamente contra las fuerzas armadas y de segu­ridad y las instituciones oficiales argelinas, que para la mentali­dad perversa del GIA representaban la apostasía dentro del Islam[5].

     

    Elementos del GIA se volvieron a escindir para crear en 1998 el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC). La violencia seguía siendo el pilar sobre el que susten­tar toda su causa. Había mucho más de combate que de predi­cación. Esto último se limitaba al consuelo de cuantas almas perdidas y ambulantes se miraban en el espejo sin apenas hallar destellos de viveza. No veían nada tras el cristal, solo hastío político y confusión vital. Los jóvenes del GPSC abrieron fuego contra el Estado argelino en su afán de hacer justicia democráti­ca con los votos expoliados del FIS.

     

    En total, fueron diez años de sangre derramada en ambos lados de la guerra civil. Hasta 1999 no surgieron los primeros rayos de sol en Argelia, cuando arrepentidos del GSPC se aco­gieron a la Ley de la Concordia Civil, que concedió una amplia amnistía condicionada y declaraba el fin de la lucha armada. Pero eso solo pasó con una parte del grupo islamista, porque otra se aferró a los valores de la guerra encabezada por repu­tadas figuras en el mundo del terrorismo como El Pará.

     

    El Pará fue el creador del GSPC y quien, en nombre de estas siglas, recorrió día y noche el desierto del Sahel descu­briendo las inhóspitas tierras del confín saheliano y el tesoro que se abría entre sus arenas. Circuitos sobre líneas invisibles para el tráfico de la droga, de las armas o de las personas. En él residió la grandilocuente idea de iniciar una operación de pros­pección en la zona de Taudeni, al norte de Tombuctú en Mali, que le permitiera formar parte de la tan rentable red del crimen internacional organizado y así poder continuar con la ofensiva contra el régimen argelino y su lucha expansionista contra lo que él entendía como el Islam impuro. Finalmente, logró aco­modo en la zona montañosa de Tigarga, en la región de Kidal, en el noreste de Mali, puesto que Taudeni era demasiado llana y visible para el tráfico de ilícitos del que se beneficia hasta hoy el grupo terrorista. Claro que cualquier negocio u operación posi­ble solo tenía garantizado el éxito con la colaboración de gente autóctona. De hecho, la afición de El Pará al negocio de la droga no se fraguó hasta que contó con el apoyo de un hombre natural de la ciudad de Kidal y principal eslabón en la cadena de la economía criminal. Su nombre es Iyad Ag Gali, un notable tuareg de la tribu ifoghas nacido en Kidal, reputado por su vocación religiosa y temido por sus trabajos oscuros.

     

    A El Pará le sucedería Nabil Sahroui, quien anunció la adhesión a AQMI en el año 2006, tras la bendición de Bin Laden. Este designó a Abdel Uadud y Abdel Malek Drukdel como líderes de AQMI y las nuevas caras de la Yihad global desde su embajada en el Magreb. El afamado Drukdel, fundador de AQMI, levantó en el año 2006 una especie de ejército liderado por argelinos que, decepcionados con el régimen militar vinculado a los intereses de Occidente, se adentró en el camino de la Yihad desde el Sahel. Impulsó nueve zonas de acción y se marcó como objetivo luchar contra los países apóstatas, como Marruecos, Mauritania, Túnez y Argelia, y contra Occidente en general, visto como impío y el mayor de los males para el mundo musulmán por el poso de valores seculares que dejó tras la colonización.

     

    Cada uno de los grupos armados que actúan en la zona del Sahel se ha ido profesionalizando a lo largo de los últimos siete años bajo el liderazgo de los argelinos, los creadores de la filial de Al Qaeda en el Magreb.

     

    La misión de AQMI empezó por establecer con regla y compás las nueve zonas de actuación. Las ocho primeras se reparten por el territorio argelino, donde las células están prepa­radas para lanzar cualquier tipo de ataque. La novena se halla en el norte de Mali. En total, más de cuatro mil hombres, magre­bíes y del Sahel –marroquíes, mauritanos, tunecinos, saharauis, libios, malienses y nigerianos–, se han integrado en la causa de la Yihad para vociferar y cometer atentados contra Occidente. Muchos de ellos han sido enrolados mediante un proceso de reclutamiento a través de las mezquitas de sus países, pero otros, ávidos de una identidad propia, han acudido por su cuen­ta a los llamados campamentos en el norte de Mali, el bastión de AQMI, convencidos de que hay un discurso yihadista.

     

     

    La zona número 9

     

    No es casual que la astuta dirección de AQMI eligiera el norte de Mali para organizar desde allí operaciones de secuestro y atentados contra los intereses occidentales en todo el norte del continente africano. Esta zona, pese a ser un territorio más grande que la Península Ibérica está escasamente poblada –su superficie es de casi un millón trescientos mil kilómetros cua­drados y cuenta con una población de un millón y medio de habitantes–, y debido a esa inmensidad escapa al control de las fuerzas de seguridad, desintegradas y sin formación.

     

    Esta es la gran debilidad de Mali y, prácticamente, de la mayoría de los ejércitos africanos. ¿Cómo puede pretender un ejército combatir a los terroristas de Al Qaeda con un esqueléti­co dispositivo y un profundo desconocimiento del número de efectivos que lo forman? Se estima que unos 12.000 hombres integran las filas militares malienses, pero solo la creación de un censo daría fiabilidad a una cifra presumiblemente inflada con muertos, a los que hicieron revivir para seguir cobrando el suel­do del Estado. Y eso sin contar con los huidos. Los ascensos son igual de sobornables que el ingreso en el Ejército de Mali. Corrupción en estado puro.

     

    Es difícil recordar la última vez que los soldados malienses realizaron maniobras. Conceptos como instrucción son casi inexistentes. La última referencia se remonta a los años 90. Y desde entonces hasta ahora, la vida dentro de los cuarteles ha sido básicamente de guarnición y se ha visto mermada por la corrupción institucionalizada. La falta de instrucción y entre­namiento explica perfectamente el fenómeno de la trinchera yihadista instalada en la llamada zona número 9 y la facilidad con la que en enero de 2012 los barbudos dejaron el refugio desértico para apoderarse de las ciudades del norte de Mali. El Ejército maliense no lo pudo evitar. Le fue imposible enfrentar el combate yihadista y la población se resignó, impotente. La tropa ni siquiera acata las órdenes de sus oficiales, por descon­fianza. ¿Cómo se pretende luchar así contra el terrorismo?

     

    “¿Qué ocurriría si te destinaran al norte?”, preguntó esta autora a Diamarra Keita. Era un joven suboficial de la etnia bambara, de cabello bien cortado sobre un rostro redondo. Pasó cuatro meses de formación en Túnez y, de regreso a Bamako, explicó las miserias de su Ejército. No le entusiasmaba el entrenamiento fuera de casa, tampoco dentro de su país. Por sus venas no corría sangre de militar y, en cuanto podía, soltaba el traje en el armario para vestirse con tejanos y camisa negra. Era diciembre de 2012 y todavía no había cuajado la resolución de Naciones Unidas autorizando la intervención militar fran­cesa. “Nunca pisé el norte y espero no hacerlo”. Guarda una imagen muy primitiva del norte y se refiere a los tuaregs con desdén. Apenas conoce la idiosincrasia de este grupo étnico, pero hasta sus oídos han llegado informaciones sobre sus acti­vidades separatistas y sólo por ello renuncia a sentarse junto a un tuareg. Diamarra Keita es consciente, además, de la fragi­lidad de militares de su talla para enfrentarse al enemigo islamis­ta en una región de la que solo tiene noticias a través de la tele­visión. Por ello, busca a toda costa el ascenso, para esquivar los sables y librarse de la peligrosidad del combate con el enemigo. Y como él, la mayoría. Envolverse en el traje militar les da la oportunidad de vivir bajo un techo digno, con acceso al agua y a los alimentos. Nada más. Su pertenencia a la pseudo-estructura militar ha tenido poco que ver con el espíritu de cuerpo, de lucha y disciplina, y se vincula al salvavidas de un ciudadano bambara, peul, tuareg o árabe que ha visto en los setenta euros mensuales (el sueldo medio de un militar) una forma de garantizarse la existencia. Y un empleo que propor­ciona dignidad.

     

    Al Qaeda ha sabido jugar con este elemento de fragilidad del Ejército maliense. Porque, mientras los terroristas perge­ñaban la construcción de una verdadera jerarquía, trabajaban el sentimiento de pertenencia ideológica y se hacían respetar con el engaño de las ideas y ofrecimientos económicos procedentes de cauces ilegales como la droga o los secuestros, los militares malienses se aburguesaban en los cuarteles militares, donde se asientan las familias haciendo una vida ordinaria.

     

    En fin, la neutralización de Al Qaeda solo se conseguiría con el utópico despliegue de varios ejércitos vigilando el perí­metro fronterizo del norte de Mali, también conocido como tierra de nadie, ya que en ella no existen leyes o normas. Una tierra propicia para albergar, desde finales de los años 90, a grupos mafiosos dedicados al tráfico de tabaco, medicinas, drogas, armas y seres humanos. Por la región nómada de Kidal, la más vasta de todo el territorio nacional, circula dinero fácil y los autóctonos –especialmente los árabes y los tuaregs, total­mente desvinculados de la ideología de la organización terro­rista– no han dejado pasar la oportunidad de incorporarse al mercado mundial de la droga. Aunque suponga un pacto con el diablo. Cualquier cosa era mejor que malvivir, malcomer o sen­tirse recluido u oprimido por las circunstancias del entorno. Es así como Al Qaeda comenzó a comprar voluntades. Los jóve­nes se agarraron a la organización como a un clavo ardiendo aceptando servir de correas transmisoras, correveidiles o reca­deros de alijos de un punto a otro punto del Sahel, a cambio de una copiosa cantidad de dinero. En pocos años despuntó el reclutamiento del grupo terrorista, funcionando sin descanso en una región desfavorecida en la que integrarse en estructuras fanáticas supone una oportunidad para los desempleados. Les permite vivir en unas condiciones espartanas pero con las nece­sidades básicas cubiertas, algo que difícilmente tendrían en sus localidades de origen.

     

    De esta manera, cientos de menores de edad y de adultos se han enrolado en las filas de AQMI. Hoy los yihadistas del norte de África –divididos en AQMI, el MUYAO (Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Occidental), escisión de la anterior, y la recién creada entidad de Ansar Dín– han conse­guido que las cinco katibas (bastiones) que campan a sus anchas en el desierto obtengan la difusión mediática que tanto ansían.

     

    Si ha sido posible la difusión mediática es porque los terroristas han utilizado los secuestros de occidentales para llamar la atención internacional. Más concretamente, las imágenes filma­das de rehenes asesinados después de que sus gobiernos deses­timaran la posibilidad de pagar un rescate, difundidas mediante los canales árabes, han contribuido a que estas organizaciones sean conocidas por todo el mundo.

     

    Igualmente, ríos de tinta han corrido para relatar quiénes eran los iconos de AQMI durante estos últimos años. Los más sanguinarios han sido los argelinos Abú Zeid y Mojtar Bel­mojtar, excombatientes en la guerra de Afganistán. Con Bel­mojtar se ha familiarizado particularmente la opinión pública española porque fue quien ordenó el secuestro en 2009 de los catalanes Albert Vilalta, Roque Pascual y Alicia Gámez. También se atribuyó el ataque contra la base gasística en el sureste argelino de comienzos de 2013.

     

    La nacionalidad francesa siempre ha sido la más golpeada por los secuestros de los comandos islamistas. Ese es otro de los motivos por el que Francia ha decidido reaccionar e interve­nir contra las milicias yihadistas. Más allá de los secuestros y de los intereses económicos en la zona, con sus consecuencias políticas y su impacto en la opinión pública, hay un hecho irre­futable: la creciente amenaza tanto para el Magreb como para los países europeos de la ribera sur. Europa tiene como vecino del sur a una región donde las fronteras son, por así decirlo, como rayas pintadas en el agua y donde el fundamentalismo islámico ha echado raíces y prosigue su expansión.

     

    Los acontecimientos en el norte de Mali están asimismo estrechamente relacionados con el tenso contexto mundial creado a partir del año 2011 con el estallido de una cadena de revueltas populares por todo el mundo árabe, desde Marruecos a Yemen. La llamada Primavera Árabe simboliza un proceso político de transición colectiva –que se atisba largo y plagado de contradicciones y dificultades– desde la tiranía a otro tipo de sistemas políticos todavía embrionarios.

     

    Miles de árabes decidieron sincronizar sus protestas y levantarse contra el despotismo de sus gobernantes, la falta de oportunidades laborales y la precariedad, en general, en la que se hallan sumidos millones de personas. Por el momento, la ola de revueltas se ha saldado con el derrocamiento de cuatro líde­res de la región: los jefes de Estado de Túnez, Egipto, Libia y Yemen. Un quinto régimen, el sirio, se resiste. Precisamente, las sublevaciones en el mundo árabe han permitido la liberalización del campo político, abriendo las puertas a movimientos islamis­tas que hasta ese momento habían sido condenados al exilio o a la clandestinidad. Los nuevos aires democráticos dieron lugar a la aparición de corrientes moderadas y ultraconservadoras, pero la falta de consenso en el seno de estos grupos está generando, precisamente, divergencias en las formas de percibir la realidad y se empieza a sentir una crisis entre ellos y con los sectores seculares.

     

    La Primavera Árabe fue el detonante para que también miles de tuaregs del norte de Mali iniciaran su propio despertar. Y lo hicieron con la ayuda de cientos de miembros de esta etnia que habían emigrado en los años 70 a Libia para formar parte de las tropas de élite de Gadafi y que, tras la caída del manda­tario en octubre de 2011, regresaron a su territorio del Sahel; algunos, tras más de 30 años en el exilio. Los tuaregs emigrados a Libia retornaron su país natal, con kilos de cargamento bélico pesado a cuestas. Se lo arrebataron al régimen de Muamar el Gadafi, pero los errores en la estrategia tuareg hicieron que muchas de aquellas armas fueran vendidas a los terroristas de AQMI, MUYAO y Ansar Dín. Aunque si hay que buscar culpables del fuerte surgimiento de los grupos adheridos a la organización de Al Qaeda hay que mirar a Catar, país que vendió mucho material bélico a los tuaregs durante su intifada. Este pequeño e influyente emirato del golfo Pérsico mantiene un doble discurso: por un lado, disfruta de su papel como inter­locutor de Occidente; pero por otro no ha dudado en apoyar revoluciones en la región para sacar tajada económica posterior. Es el caso de Libia, pero también de la que nos ocupa. No faltan ejemplos de las contradicciones de Catar[6].

     

    Doha, la capital, fijó el terrorismo como enemigo y lo condenó, pero al mismo tiempo no le tembló la mano a la hora de proporcionar armas a los guerrilleros islamistas del norte de Mali. Todo esto forma parte de su estrategia para situarse como interlocutor de Francia y también ocupar una plaza privi­legiada en el tablero geopolítico del mundo islámico, y en espe­cial en el norte de África. Para ello, se ha servido de su canal de televisión Al Yazira, que se convirtió en un fenómeno en sí durante los procesos revolucionarios. Fue un actor más en el juego político, alineándose junto a los opositores de los regí­menes de entonces.

     

    El emirato árabe ha tenido una agitada actividad política. Financió partidos políticos de los Hermanos Musulmanes, tanto en Túnez como en Egipto; medió en el conflicto de Darfur (Sudán), y se alió con la OTAN en la lucha contra Gadafi. La implicación de este emirato pequeño y acaudalado en Mali ha contribuido a su deriva hacia unos desconocidos derroteros. De hecho, el despliegue que hizo de una red de financiación de madrazas (escuelas religiosas) y obras caritativas en Mali –algunas datan de los años 80– contribuyó al ensalzamiento de la doctrina wahabita. El último acuerdo entre la Media Luna Roja catarí y la maliense, alcanzado en Doha en agosto de 2012, permitió a los humanitarios cataríes desembarcar en las ciudades del norte de Mali e iniciar un programa de proselitismo a favor de una estricta visión de la religión islámica.

     

     

     

     

    Fragmento del libro La falsa yihad. El negocio del narcotráfico en el Sahel, que acaba de publicar la editorial Dalya.

     

     

     

    Beatriz Mesa es corresponsal de la cadena COPE y el diario El Periódico para el norte de África y el Sahel. En FronteraD ha publicado ¿Por qué no somos Al Qaeda?

     

     

     

     

    Notas


     

    [1]    Lo que se conoce como el territorio de Azawad (norte de Mali) representa 820.000 km2 de la República de Mali (sus dos terceras partes), cuya área septentrional corresponde al desierto del Sáhara y la meridional a la franja de territorio conocida como el Sahel (del árabe: costa, límite o zona limítrofe).

     

    [2]    Comunidad Económica de los Estados de África Occidental.

     

    [3]    El sufismo se entiende como una doctrina y una experiencia y estilo de vida espiritual. Kabir Helminski, estudioso sufista, lo define como “una crítica al espíritu mundano gracias al cual nace todo lo que nos hace olvidadizos de la Divina Realidad. Debe ser una vía de escape del laberinto de una cultura materialista en bancarrota y muy narcisista. El sufismo es una invitación a lo significativo y al bienestar”

     

    [4]    Comunicación de Enrique de Vega Fernández que lleva por título: La guerra de Azawad. La internacionalización de un conflicto secular, expuesta en el marco de las jornadas de Seguridad y Defensa organizadas por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid en mayo de 2013.

     

    [5]    Ídem.

     

    [6]    Fuentes de los servicios de información occidentales.

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