La finalidad de la desinformación es siempre destructiva

Beatriz Becerra

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Combatir la desinformación es una tarea endiabladamente compleja. Para empezar, es difícil conseguir que todos lo llamemos por su nombre. David Alandete usa el término fake news en el título [de su libro, Fake news. La nueva arma de destrucción masiva], y me parece muy bien que lo haga porque es un término popular, que todo el mundo entiende y le va a ayudar a vender libros. Y es muy importante que este libro se venda mucho.

 

Pero, como sabemos, es mucho más útil usar el término desinformación, porque va más allá de las noticias falsas. Hay una parte que sí lo hace, hay una parte de medios creados para desinformar, para mentir. Existen los bots, las estrategias digitales, los portavoces bien pagados por los servicios secretos. Todo esto existe y es muy importante que se conozca e incluso que se les exijan cuentas.

 

Pero desinformación también es una cadena de WhatsApp en la que se explica cómo curar el cáncer con limón. También es un pseudo-estudio que dice que las vacunas provocan autismo. También es un vídeo que te venden como una manifestación de musulmanes exigiendo viviendas gratis cuando se trata de otra cosa muy distinta. Todo esto son formas de desinformación muy frecuentes.

 

La Unión Europea creó un grupo de expertos para estudiar el fenómeno y hacer recomendaciones. El informe resultante, sobre el que organicé un acto en Madrid el verano pasado, trataba de centrar el concepto y hacía una afirmación especialmente importante: legislar contra la desinformación no es la mejor idea. El motivo es obvio: podríamos socavar la libertad de expresión, que ya está suficientemente amenazada en estos tiempos. De modo que el reto está en combatir algo que todos vemos como un mal sin provocar otro mal mayor: la vulneración de derechos fundamentales.

 

En mayo, la UE afronta unas elecciones cruciales sobre la que pesa la amenaza de la desinformación. La UE ha lanzado un plan que pretende implicar a diferentes actores –entre ellos los gigantes de internet como Facebook o Google–, crear mecanismos de respuesta y avanzar en la alfabetización digital, algo que me parece muy importante pero que sólo rendirá beneficios a largo plazo.

 

El plan tiene una dotación presupuestaria escasa. La preocupación por este asunto va creciendo en Europa, pero no termina de llegar el compromiso político, que siempre se mide en euros. Una razón es que algunos gobiernos europeos están en manos de partidos que se han beneficiado abiertamente de la desinformación. Si buscamos sus vínculos con Vladímir Putin podremos reconocer a muchos de ellos.

 

Como decía, el problema tiene diversas dimensiones. Una es la tecnológica: aunque la desinformación ha existido siempre es obvio que internet la favorece, no sólo por la rapidez en la difusión sino, más decisivamente, por la creación de cámaras de eco.

 

Otra dimensión es la de seguridad. No uso casi nunca la palabra injerencia, porque creo que es legítimo que los ciudadanos e incluso los Estados se preocupen e intervengan cuando las personas de otros países ven vulnerados sus derechos, pero la forma en que Rusia y otros países han hecho uso de la desinformación es sin duda una injerencia: forma parte de una estrategia para debilitar al enemigo.

 

Una dimensión que me interesa especialmente es la educativa. Y me interesa porque creo que es la que da la verdadera dimensión del problema. No es sólo una cuestión de alfabetización digital. Antes que nada se refiere a entender cómo funciona la mente humana, la manera que tenemos todos de aceptar unos hechos y rechazar otros. Se supone que es para lo que está la escuela: para favorecer el pensamiento crítico. Lo que ocurre es que hay mucha confusión con lo que esto significa. Hoy, la desinformación nos llega muchas veces en forma de teoría de la conspiración. Los que la compran están convencidos de que ellos son los críticos, los que desconfían de las verdades oficiales, mientras que los demás son una masa aborregada que se traga cualquier cosa.

 

Esto tiene mucho que ver con el papel del periodismo, como bien sabe Alandete. La justificación del oficio es “contar lo que el poder no quiere que sepas”. Se ha construido toda una épica y hasta una lírica a partir de esto. Siempre pensamos en Woodward y Bernstein reunidos con Garganta Profunda. Y es cierto, el periodismo tiene este papel. Pero no debería de ser el único.

 

En realidad, ya no importa de dónde venga la desinformación. Puede venir del poder establecido o del poder aspirante. Puede parecer que responde a unos intereses o que denuncia una injusticia. Me gustaría que el periodismo se centrara siempre en lo factual sin importar de dónde viene, porque el poder aspirante de hoy puede ser el poder establecido de mañana. Y si no, miren a Donald Trump.

 

Lo que hay que enseñar a los niños y a los adultos es que el sentido crítico comienza desconfiando de uno mismo, no de los demás. Nosotros somos nuestra principal fuente de desinformación. Todos, sin excepción, tendemos a aceptar los hechos que cuadran con nuestras creencias y a descartar los que las contradicen. Cuando nos llega una información de este último tipo, saltan nuestras alarmas interiores. Una voz nos dice: “te quieren engañar, no te fíes”. Y en algunas ocasiones es así. Pero en cambio, cuando la información encaja con lo que pensamos, perdemos todo sentido crítico y la voz nos dice: “más argumentos a tu favor, retuitea”. Una buena educación contra la desinformación debería invertir los mensajes. Si nos llevan la contraria, reflexiona sin prejuicios. Si nos da la razón, desconfía de primeras. Y sigamos siempre esta ley: si tienes dudas, no lo compartas.

 

Creo que si nos obsesiona la desinformación, si nos preocupa tanto, no es en realidad por motivos de seguridad. No es a Putin y a su oscuro ejército de hackers y bots a quien tememos. Lo que nos preocupa es que la democracia liberal en la que vivimos deje de tener sentido. La desinformación no es una novedad, lo que es una novedad es la forma en que se está usando. Ya no es la vieja lucha de la verdad contra la mentira, que, de alguna manera, era un combate justo. Lo que ahora se pretende es más bien crear un clima de confusión en el que los ciudadanos terminen tirando la toalla y renunciando distinguir verdad de mentira. Lo que se busca es que, al final, les dé igual, y el único criterio de decisión sean las emociones: tal vez el miedo, tal vez el odio y, siempre, el sentido de pertenencia. “Ya que no sé dónde está la verdad, me quedo con los míos”.

 

Es en este clima, al que se ha llamado posverdad, en el que ganó Donald Trump, en el que los británicos votaron Brexit y en el que se desenvolvió el llamado procés, durante el cual se cometieron presuntamente unos delitos que ahora se juzgan. El caso catalán nos muestra la dificultad de la tarea. Más allá de los hechos juzgados, el procés se basó en la producción industrial de mentiras, muchas de las cuales fueron quedando al descubierto de forma evidente. Sin embargo, sus partidarios no se sintieron estafados. Descartaron los hechos que los desmentían y siguieron adelante movidos por las emociones, algunas de ellas poco edificantes.

 

Combatir la desinformación es, por tanto, una de las grandes tareas de nuestro tiempo. Y agradezco mucho que un periodista tan profesional como David Alandete se haya propuesto dar la batalla. Espero que entre todos la ganemos.

 

 

 

 

Este texto fue leído en la presentación del libro Fake news. La nueva arma de destrucción masiva, de David Alandete (publicado por Deusto), en la Asociación de la Prensa de Madrid el 14 de febrero de 2019.

 

 

 

 

Beatriz Becerra (Madrid, 1966) es eurodiputada del grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE) y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. Es autora de las novelas Las criadas de Caifás, La reina del Plata y La estirpe de los niños infelices, y del ensayo Eres liberal y no lo sabes. Un manifiesto europeo por el progreso y la convivencia frente al populismo y el nacionalismo. Este texto apareció antes en su página web.

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