Aung Soe Min en la Galería Pansodan.

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    El galerista de Rangún

    Texto y fotos de Carlos Sardiña Galache - 05-01-2012

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    En el primer piso de un destartalado edificio del centro de Rangún, unos angostos escalones conducen hasta un pequeño espacio que probablemente alberga más arte contemporáneo por metro cuadrado que cualquier otro lugar de la ciudad: la galería Pansodan. A diferencia de otras galerías, como las del mercado Bogyoke Aung San, cuya finalidad es vender cuadros de temas “exóticos” para satisfacer las más desbocadas fantasías orientalistas de los turistas, Pansodan revela una escena artística mucho más rica de lo que cabría esperar en un país como Myanmar (Birmania) sumido en la miseria, aislado durante años del resto del mundo y férreamente controlado por una de las dictaduras más represivas del planeta.

     

    En sus tres años de vida, la galería, que abre todos los días de la semana hasta las seis de la tarde, se ha convertido en un punto de encuentro de artistas y aficionados al arte. Allí se congregan birmanos y también extranjeros, que acuden no sólo para vender o comprar obras, sino también para compartir un té e intercambiar impresiones, asistir a un recital de poesía o, simplemente, pasar el rato. Su dueño, Aung Soe Min, un hombre apacible y amable, recibe al visitante con la proverbial hospitalidad birmana, sin prisas, siempre dispuesto a responder a cualquier pregunta.

     

    Aung Soe Min nació hace 41 años en un pequeño pueblo del interior de Birmania. Él mismo atestigua el aislamiento del país cuando afirma que no conoció a ningún extranjero hasta los veinticinco años. Tras estudiar ingeniería, se dedicó durante varios años al negocio editorial y comenzó a coleccionar libros de forma compulsiva. Hoy posee una de las mayores bibliotecas de Birmania, que consultan especialistas de todo el mundo.

     

    A finales de los años ochenta, tras el desmoronamiento del régimen del general Ne Win y su “vía birmana al socialismo”, se produjo una tímida apertura cultural cuando la junta militar que le sucedió trató de atraer inversiones extranjeras. “El país estaba cambiando y traté de aprovecharlo para estudiar todo lo que pude”, cuenta Soe Min. También intentó hacer cine, pero no siempre conseguía los permisos necesarios, y la falta de distribución y de ayudas oficiales hizo que fuera una empresa casi imposible.

     

    Durante aquellos años, se relacionó con numerosos escritores y artistas, y en vista de que el país carecía de la “infraestructura y del mercado necesarios para que pudieran dar salida a sus trabajos”, decidió abrir su propia galería en 2005. Tardó tres años en lograrlo, pero en 2008, tras salvar no pocos obstáculos y, gracias al dinero que ganó con la venta de “tres cuadros especialmente valiosos”, pudo comprar un local en la céntrica calle Pansodan, muy cerca del barrio colonial de la antigua capital, e inaugurar su galería.

     

    “En aquel momento había varias galerías en Rangún, pero la mayoría estaban dirigidas exclusivamente a clientes extranjeros. En algunas de ellas, ni siquiera atendían a los birmanos o sólo lo hacían si iban acompañados de un extranjero. Lo que trato de hacer aquí es crear un espacio abierto a todo el mundo”, comenta Soe Min. Su propósito no es sólo “vender cuadros, sino también despertar el interés de los birmanos por el arte. Cuando me dicen que me dedico a promocionar a los artistas, yo digo que no, que estoy promocionando un público”.

     

    Aung Soe Min afirma que en Pansodan se venden obras de unos doscientos artistas y no resulta difícil creerle, ya que cada día aparecen cuadros nuevos colgados en las paredes o desperdigados por el suelo. “Es frecuente que vengan los artistas y me digan que necesitan dinero con urgencia. Me traen algún cuadro y, si me gusta, lo compro y después trató de venderlo. La mayoría de las galerías, por el contrario, no pagan a los artistas hasta que no han vendido las obras”, explica.

     

    No es fácil ser artista en Birmania. La pobreza, la falta de oportunidades y el escaso conocimiento e interés por el arte contemporáneo hacen que el desarrollo de una carrera artística tropiece aún con más dificultades que en otros países. Uno de los jóvenes artistas que expone sus obras en la galería Pansodan, Eain Aye Kyaw, consigue ganarse la vida a duras penas pintando cuadros por encargo, sobre todo paisajes tradicionales. Tras estudiar Zoología y Bellas Artes en la Universidad de Rangún decidió dedicarse profesionalmente al arte hace cinco años, cuando vio a un hombre pintando en su calle y pensó que “era la única persona que parecía realmente tranquila y feliz” de su entorno. Aquel hombre se convertiría en su primer maestro. 

     

    Sus pinturas, en un estilo impresionista sencillo que trata de pulir en cada cuadro, muestran escenas cotidianas o imágenes que, como él mismo explica, se ve compelido a plasmar sin saber muy bien por qué: un antiguo taxi bajo la lluvia, un niño que juega en un parque o la extraña estructura de El reino de Rakhine, un palacio, mitad pagoda, mitad fuerte militar, que le vino a la mente al ver un edificio oficial de Naypyidaw, la nueva capital de Birmania, que la Junta militar construyó en medio de la selva hace seis años.

     

    Al contemplar el cuadro de Aye Kyaw y escuchar su explicación comparando el palacio de un reino desaparecido con un edificio de la capital construida por el régimen actual resulta inevitable extraer una lectura política, pese a que el autor no lo mencione de forma explícita. El contenido político es más que evidente en otras obras expuestas en la galería. Es el caso de una expresiva escultura del artista Ye Min: una guitarra con dientes en la boca que atenazan sus cuerdas. La galería también exhibe retratos de la líder de la oposición democrática birmana, Aung San Suu Kyi, algo que habría sido impensable hace sólo unos meses. En cualquier caso, el control gubernamental de las artes plásticas no es tan férreo como el de la literatura o la prensa. “Al Gobierno, simplemente, no le interesa ni le importa el arte. No nos ayuda, pero tampoco nos causa problemas; se limita a ignorarnos”, comenta Aung Soe Min.

     

    Pero la libertad artística también se ve constreñida por los prejuicios. La sociedad birmana es profundamente conservadora y no tolera, por ejemplo, la exhibición de cuerpos desnudos, algo que, además, prohíbe la ley. Asimismo, el mundillo artístico está imbuido de un tradicionalismo y un sentido de la jerarquía que lo convierten poco menos que en un coto cerrado en el que la innovación no siempre está bien vista. El rechazo a las formas artísticas modernas en el arte birmano se remonta al periodo colonial y, durante años, se consideró que la influencia “occidental” representaba una amenaza para la pureza cultural de la nación. Pintores como Bagyi Aung Soe (1924-1990), considerado por muchos el padre del arte moderno birmano, libraron durante años una auténtica batalla cultural para lograr la aceptación de concepciones artísticas desdeñadas por los puristas como “extranjeras”. Fue entonces cuando surgió la expresión “arte chiflado” (seik-ta-za-pankyi) para calificar al arte moderno y abstracto.

     

    Esta batalla aún no ha terminado, pero como demuestran las obras expuestas en la galería Pansodan la presencia de estilos artísticos contemporáneos es cada vez mayor y el arte realista convive con el abstracto, el expresionista o el pop. La escena artística birmana, sumamente ecléctica, ha experimentado un pequeño auge en los últimos años y cada vez suscita más interés en el extranjero. Muchos artistas exponen ahora sus obras en los países vecinos, en Estados Unidos o en Reino Unido.

     

    Sin embargo, son pocos los birmanos que pueden permitirse comprar cuadros o esculturas, aunque aproximadamente la mitad de los compradores de Pansodan son del país. Y, con un mercado del arte tan poco desarrollado, rara vez lo hacen como una inversión, un rasgo que les diferencia de los coleccionistas de otros países. Según Aung Soe Min, para un birmano “comprar un cuadro es una decisión personal”. Otra peculiaridad es que los birmanos insisten en coleccionar, de una forma casi obsesiva, el mayor número posible de obras de un mismo artista. “No les importa tener cien cuadros de un solo pintor. A menudo los guardan en un almacén y los van alternando en las paredes de sus casas.”

     

    Llevado por su afición al coleccionismo, Aung Soe Min se ha embarcado en otro proyecto paralelo, una historia de las artes gráficas birmanas desde la época colonial, en el que también colabora un joven antropólogo estadounidense afincado en Rangún, Kirt Mausert, quien, además, le ayuda a gestionar la galería. Mausert explica que el objetivo es publicar un libro que “explore, a través de la publicidad y la propaganda, los cambios que han ido experimentando las relaciones sociales a lo largo de la historia reciente del país”, un enfoque inédito en la historiografía birmana. Para ello, han creado un archivo con las viejas fotografías, revistas, postales y carteles propagandísticos y publicitarios que adquieren en los innumerables puestos que salpican las calles del centro de Rangún. En muchas ocasiones, son los propios vendedores quienes acuden a la galería para ofrecer el material que han conseguido.

     

    Mausert está convencido de que el proyecto servirá para arrojar luz sobre la historia reciente del arte birmano, ya que la inmensa mayoría de los pintores compagina sus carreras artísticas personales con trabajos alimenticios como la publicidad o el cómic, género muy popular en el país, aunque “no desdeña el valor artístico de los trabajos publicitarios cuando se dedica al arte más serio. Los trabajos comerciales no suponen ningún estigma para los pintores y ambas actividades se influyen mutuamente”.

     

    “La historiografía de Birmania ha sufrido distorsiones durante años –explica Soe Min–. En cualquier caso, siempre se ha basado en los textos, no en las imágenes que produce la sociedad, a las que no se concede ninguna importancia a la hora de reconstruir la historia. Casi nadie guarda ni valora este tipo de cosas y creo que deberían conservarse en un museo”. Ante la desidia del Gobierno, la conservación del legado visual del país, así como el fomento de su vida cultural y artística, depende casi en exclusiva de la labor entusiasta de personas como Aung Soe Min.

     

     

     

    Carlos Sardiña Galache es periodista y traductor. En FronteraD ha publicado el reportaje “El laberinto tailandés”

     

     


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