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    Una historia de emprendimiento a la colombiana

    Pedro Madrid Urrea - 31-12-2015

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    Esto fue lo que le pasó a Fernando Másmela.

     

    Imagínese usted a un típico paisa, de los blancos: pelo liso medio peinado, sonrisa soñadora, look de universidad privada, modales finos, acento marcado por una fuerte s, vestir pulcro. Ahora bien, imagínese a un sujeto como el que acabo de describir, sólo que con una idea en mente: Koolumbia. O con dos, porque otra cosa en su mente era creer que los procesos de emprendimiento auspiciados por el estado funcionaban como cuando un padre inicia a su hijo en el bipedismo: levantarlo cuando se caiga, ayudarlo a perfeccionar la técnica. ¿Ah, sí? Él, como todos, dispuesto a equivocar su criterio. Ya va ver por qué.

     

    Con dos socios Fernando fundó una empresa de base tecnológica, Koolumbia, o sea una empresa que ofrece soluciones tecnológicas a otras empresas, como software para congresos y convenciones... ¿Sí? ¿Entendió? ¿No? Okay, Gúgol puede ayudar un poco más. En fin. Creada la situación, había que buscar billete. ¿Y dónde se busca billete en este mezquino territorio? Pues, del Estado. Comenzaron por debajo, con las convocatorias locales de Medellín y regionales de Antioquia. Y tras haber tenido éxito (la municipal, por ejemplo, otorgaba cinco millones a planes de negocio) se embarcaron en un viaje hacia gringoland para aterrizar en el pomposo Silicon Valley, la región sur de la Bahía de San Francisco en California sede de también pomposas corporaciones tecnológicas (Feisbuq, Gúgol, Ápol, Ache Pé, entre otras). Allí, su start up tuvo magníficas reseñas. Tanto así que la denominaban una “micro multinacional”. ¿Eh? Tremendos logros iba cosechando el muchacho.

     

    Su empresa de filosofía cool se originó después de un viaje mochilero por Estados Unidos en el cual tuvo la epifanía de crear algo que se aleje del estereotipo del colombiano, del que cayó preso cuando le preguntaban si tenía algo de weed o de coke. Y no tenía. ¿Colombiano en la USA sin droga? Sí, pa’ que vea, hermano.

     

    Pero espere. Esto no es Corín Tellado. La cosa se va a poner fea.

     

    Ya tenía en su haber unos reconocimientos para nada despreciables, más en una nación con incipiente cultura de emprendimiento. Y con ellos regresó a Colombia, la Patria de él y del Tino Asprilla, con muchas ideas, ganas de seguir pa’rriba y de progresar. Claro, y con una necesidad de plata insuperables. Porque es obvio que sin plata no se hace empresa. Plata llama plata, como se reza en Medellín.

     

    ¿Y de dónde pensaba sacar más plata? Ya arriba lo dije: del Estado. Esta vez no era ninguna convocatoria local o departamental. Nada de eso. Esta vez le apostaron al Fondo Emprender, una iniciativa creada por el gobierno del Señor Innombrable Que Es Senador De La República Y Que Fue Presidente, en 2003, con el propósito, tan loable como mentirosillo, de “financiar iniciativas empresariales que sean desarrolladas por” los estudiantes del instituto de formación de ManoDeObraBarata –o SENA, por sus siglas en bogotano–, además por estudiantes y egresados de universidades ajenas al de cuatro letras.

     

    Aquí comienza la maldición.

     

    Imagínese, pues, que Fernando y sus socios se animaron al ver que los dineros disponibles del Fondo no eran para nada austeros. Y con razón: si la empresa genera hasta tres empleos, el monto es hasta los ochenta salarios mínimos (seiscientos algo de mil pesos, o casi trescientos dólares el mínimo); si se crean cinco, hasta ciento cincuenta; seis o más, hasta ciento ochenta. Qué voleo’e plata, ¿no? Entonces piense cómo se debió sentir Koolumbia, y Fernando en particular, al estar pasando por el proceso de crear (u optimizar) el plan de negocios, de asistir a reuniones con asesores e interventores, esperar, seguir esperando, todo hasta que les llegara la notificación de que el crédito condonable de Fondo Emprender era de ellos. Que ganaron la convocatoria. Pero la risa duró poco. Desde el principio Fernando tuvo que ser el único visible, el único nombre que podría figurar en todo papel legal puesto que era el único de los tres socios de Koolumbia que cumplía con la condición del Fondo: pueden acceder únicamente quienes estén en etapa productiva del SENA (intership, o práctica), quienes estén en últimos semestres de pregrado o posgrado de universidades o egresados con menos de sesenta meses de haber recibido el grado.

     

    Ese pequeñísimo detalle le hizo perder una atractiva propuesta de inversión, según me cuenta, puesto que no podía hacer movimientos de la estructura accionaria hasta pasados tres años desde la firma del contrato con otra empresa. ¿Ah? Sí. Fondo Emprender, como una ramificación del árbol burocrático colombiano, paga a la empresa FONADE para que administre los recursos.

     

    Y trabajar con Fondo Emprender funciona más o menos así: cada emprendedor tiene uno o más asesores; ellos trabajan como contratistas para el SENA, no vinculados, en la titánica labor de llevar al plan de negocio a su máximo potencial; adicional, todo tiene que ir en una plataforma web infernal, lenta, inoperante (como le he oído a variado emprendedor) que debía ser navegada en Internet Explorer. Já. Como diría algún adolescente: “Ou em yí”. Y luego, en la plataforma auspiciada por Bill Gates y su anacrónico y ya extinto navegador, se debían gestionar las facturas, las peticiones de plata llamados Avances. Los interventores juegan el papel de metiches, observando que la plata no se gaste en prostitutas rumanas y juegos de azar, sino en lo que piden. ¿Y quién vigila a la policía? Como sea, cada desembolso debe ser aprobado si las facturas expedidas por los proveedores (sí, pedían facturas sin dar billete) cumplen los requisitos de un Instructivo de Pagos que establece lineamientos de bla bla bla... O sea, a poner las facturas a principio del mes o el desembolso se les va para el siguiente. Y cada petición está a merced de estos interventores sin/con rostro y su tiempo para responder y aprobar lo consignado en la Plataforma.

     

    Pausa para descansar.

     

    Y la pesadilla de Plataforma (con mayúscula y tales), de la que Fernando dice “jodía por cualquier cosa” tras recordar: un documento que no anexó bien, un dato mal escrito, un servidor lento... La Plataforma, explican los asesores contratistas, es un cheque al portador puesto que allí aparece pormenorizado el plan de negocios, el lugar para subir mil y una facturas, y ver el proceso de los desembolsos. Fernando se imaginaba cómo la pasarían los empresarios rurales, quienes también deben aprender a manejar la Maldita.

     

    Pero ni los asesores, ni el SENA, ni los interventores, escuchaban a los emprendedores ni daban soluciones reales a una cantidad de problemas considerables que, en últimas, perjudican a tantos soñadores y luchadores como él. Ni siquiera preguntar por el proceso con la empresa privada FONADE, o sobre los procesos internos. Cero autoevaluación. Es claro en afirmar que sin escuchar a los emprendedores durante la ejecución, la mejoría está tan irreal como hacer un Mundial de fútbol en el desierto.

     

    Las problemáticas con la interventora llevada de su parecer tal vez tuvieron un fuerte impulso a partir de un correo que envió Fernando, en el que comentaba ciertas discrepancias con el proceso, principalmente con el hecho de que no lo dejaron reformular el plan de negocio, a sabiendas que desde la formulación hasta la ejecución pasan meses considerables. Usted sabe, pura crítica propositiva. Lo gracioso es que él se refería al jefe de interventores como “señor”, causando en ella un disgusto a la vez hilarante y desconcertante:

     

    —¡Por qué no le dijo “doctor”! –me la imagino manoteando al aire y gritando despavorida.

    —¿Qué? ¿Acaso él tiene doctorado? –le respondió el joven Ferchito, cacheteando la pendeja tradición que tenemos de decirle doctor a cualquier hijueputa. ¡Que no! Doctor es un médico o un PhD.

     

    De ahí tuvo que lidiar también con el cambio de asesores, más de siete, y con un paro que hubo de los mismos, y con el hecho de haber tenido tres meses de retrasos y de haber sufrido una inundación en la oficina que los obligó a pedir una prórroga de seis meses, apenas permitiéndoles cuatro.

     

    ¿Cómo así que prórroga? No ve, pues, que hay que tener un plan de ejecución, Plan Operativo, en el que se estipula en qué mes se gasta qué y que tiene una duración limitada a un año. ¿No lo expliqué antes? Wow!, qué pena. Mea culpa.

     

    Vuelvo, entonces. Vuelvo a Fernando emproblemado con la que se supone le da luz verde al billete, que tenía que ir en concordancia con el Plan Operativo. Ellos no se dejaron amilanar por las circunstancias y decidieron camellar (trabajar, laburar, currar, chambear y no sé más) duro y tenaz para llevar a feliz término el contrato firmado que, entre otras cláusulas oscuras y nefastas, estipula una devolución total de dinero si no se cumple con los indicadores. ¿Indicadores? Eufemismo para objetivos. Los que cada empresa se planteó en el Plan de Negocio.

     

    Koolumbia quería ejecutar los noventa y dos millones de pesos obtenidos.

     

    Pero los problemas en la plataforma seguían, y los errores de comunicación entre asesoría e interventoría se hacían más evidentes. Fue tan jodido el tema que los socios tuvieron que cubrir un saldo de siete millones de pesos para el pago de salarios y seguridad social, de bolsillo propio.

     

    Cuando ya se está terminando el contrato con el Fondo, se inicia un análisis de interventoría y de los duros del bisnes para darle un que permita no pagar el crédito obtenido. Claro, la plata no era gratis, ni más faltaba. El Estado no regala, home. Pero pasó un año. Un largo año para que Koolumbia recibiera la noticia más funesta, trágica, terrible, caspa, peye, detestable, que cualquiera metido en Fondo Emprender puede recibir: ¡No! No eran candidatos para la condonación del crédito. ¿Cómo la ves, pues? Dizque que porque no alcanzaron el indicador de ventas al 100%. Ni que vendieran cocacolas. De nada les sirvió que los asesores pelearan por ellos, puesto que la interventora fue determinante en asegurar que al no alcanzar en su totalidad el indicador, no merecían dicho indulto. Estocada final, el público aplaude al mataor.

     

    Los indicadores fueron cumplidos así: el de empleo fue de 114%; el de ejecución presupuesta 93%; el de gestión de mercadeo la sobresaliente cifra de 350%; gestión de producción un 100% y gestión comercial también un 350%. Impresionantes cifras para cualquier empresa.  

     

    Tampoco les sirvió el hecho de que en los estatutos de la convocatoria se hable de que la falta no es causal de terminación. Pero en reunión de análisis la interventora dijo no, y ese no es un no de los de mamá cuando uno pide permiso para ir a la fiesta de la vecina. “No es no, y ya”.

     

    No se preguntó, no se indagó, no se investigó, no se analizó. Se le siguió el capricho a la Constantina de FONADE.

     

    Borraron con el codo lo ganado en el Concurso de Planes de Negocio de Medellín; o la convocatoria de Antójate de Antioquia; ni haber tenido un proceso exitoso con el British Council ni haber estado en Silicon Valley.

     

    Nada. Pero el muchacho no se amilanó. Para nada. Se movió, buscó ayuda y la recibió en Parque E., en Medellín. Esta gente le sirvió a Koolumbia como validadores comerciales, como gestores de reuniones con importantes gerentes, auspiciadores de tiquetes y estadías para ferias y congresos, asesorías. Mejor dicho, se encontró a la virgen. Y cuando él llegó a presentar Koolumbia, le dijeron:

     

    “Hay que reformular el modelo de negocio”. Lo que Fernando tanto había pedido.

     

    Mientras tanto, tuvo otra epifanía. Esta vez metafórica: para un cliente debía crear una tarjeta de navidad interactiva. La tarjeta explicaba la leyenda del crecimiento del bambú chino, el cual, antes de lucir tan frondoso como usualmente se conoce, debe crecer hacia abajo para cimentar unas raíces que luego puedan sostener todo el esplendor de sus elegantes tubos verdes.

     

    Volviendo a los de Parque E., le cuento que dieron respaldo legal para dar la batalla. Total respaldo. El ejército de abogados ahora pelearía como los bandos en las Termópilas por vencer al contrincante. El monstruo al que se enfrentaban, Fondo Emprender, puso las cosas mucho más enredadas, puesto que quienes se comunicaron con Fernando para notificarle el inminente pago del crédito no condonado, desaparecieron. ¿Raro, no? Y más para gente que trabaja con el Estado.

     

    Mónica Restrepo, abogada de profesión, entra en escena para salvar la patria. ¡Defendiendo al muchacho emprendedor, maestro! Analizó el caso de Fernando y emitió un concepto profesional. En realidad fue un ladrillo legal en PDF de doce páginas en la que expresa las discrepancias frente al manejo particular que se dio con Koolumbia, como problemas en la ejecución de recursos, las legislaciones actuales sobre culpabilidad y responsabilidad contractual y la gravedad del único incumplimiento, parcial, de los indicadores de gestión que se llevaron en el contrato firmado de cooperación empresarial Nº2102629. Como pa’ que no digan que me inventé todo.

     

    El incumplimiento no se dio con dolo, o sea con culpa, o sea que se dio gracias a que el emprendimiento es, según reza la legislación colombiana: gestión de un riesgo calculado. Asumió riesgos y tuvo consecuencias.

     

    Al final fue una obligación de medios, no de culpa. Y como no se incurrió en culpa, el veredicto final tendía hacia un acuerdo entre Fernando y la contraparte, por medio de un simple envío de documento conciliatorio. Si no, tocaría demandar.

     

    Fernando envió el documento sugerido a la firma de abogados que representaba a FONADE. Y no llegó. Según la empresa de mensajería, el documento fue devuelto porque aquellos sujetos habían dejado de existir en la dirección marcada. Se esfumaron.

     

    Ahora ya tenía el nombre sucio. Quién diablos le iba a prestar dinero sabiendo que estaba enculebrado, endeudado, y con circular roja. Hasta la Cámara de Comercio de Medellín lo tenía en la lista negra.

     

    El tiempo siguió pasando en un silencio maluco. Nada de conciliación. No hubo correos electrónicos de abogados, no hubo amenazas con tener que pagar la millonaria deuda, no hubo ni señal de humo, pues. Tras seis meses de obtener el veredicto de la abogada, recibió un llamado de una firma interventora que lo convocaba a una reunión. La idea era que esa empresa le haría interventoría a los procesos de Fondo Emprender.

     

    Todo fue en un hotel más arriba de terminar la Calle 10 del Poblado, más arriba de la loma cuando un centro comercial parte la vía en varias. Y no llegó solo. Llegó armado con el machete en forma de documento. Un documento redactado por él que tituló: Fondo Emprender o fondo para desemprender, en el que analizaba su situación como reflejo de la convocatoria que lo regía, la décima. Ni la funcionaria contratada sabía cómo responder al oír la historia de tragedia típica de un personaje como Daniela Franco (de la sempiterna serie Padres e hijos). También los demás asistentes a la reunión, emprendedores y beneficiarios (¿o víctimas?) del Fondo.

     

    El ejemplo de Fernando sirvió para que otros contaran sus problemas: una empresa de minería que debe contratar a sus empleados con todas las de la ley, pagándole menos que otras empresas que los contratan informal, haciendo que no se dejaran contratar por más de tres meses como lo obligaba el Fondo para considerarlo como empleo mesurable. O una empresa de comunicaciones que tuvo que esperar meses para que el proceso de licitación y contratación de los asesores (por nuevo año) se llevara a cabo, teniendo que pagar el tiempo de arrendamiento de una oficina vacía, como lo obligaba también el Fondo. Entre otras historias de terror.

     

    Tras la reunión, el denso recorrido de Fernando no parecía llegar a un final. Ni más faltaba. Sabe que fue víctima de atropellos e injusticias, por lo que si Fondo Emprender decidía entablar acciones legales en su contra estaría armado con pruebas, abogados y una inspiradora honestidad.

     

    Otra vez el silencio fue irrumpido por alguien ajeno: invitación para que respondieran un censo contratado desde Bogotá para indagar sobre la “calidad” de vida de los ganadores de Fondo Emprender. Algunas de las preguntas más casuales iban en torno a si la calidad de vida había mejorado tras ganar la convocatoria o si invitaría a otras personas a participar de ésta.

     

    Obvio él respondió que no: que no le mejoró la calidad de vida y que mucho menos invitaría a otras personas a participar en semejante trifulca. Qué se jodan, pudo haber dicho, pero no se lo pregunté. Sí sé que el gran problema del fondo no está en su talento humano sino en la raíz de un Estado inoperante que se escude ciegamente en una burocracia poco eficaz, tardía, lenta. O eso soy yo, opinando.

     

    Fernando se dio cuenta que todos los encuestados habían respondido negativamente, como él. ¡Tan raro!

     

    ¿Y qué terminó de todo este embolate? Pues Fernando sigue con su arsenal de pruebas en mano, con la tranquilidad de haber pasado tiempo desde que pasaron los tres años en los que no puede hacer cambios. Ya sabe que todo lo construido para Koolumbia le pertenece a la empresa, no al SENA, no a FONADE, ni mucho menos a la farsa nacional que es Fondo Emprender. Este man camina sin culpa, tranquilo, sonriente, a sabiendas que le espera un buen futuro, puesto que como él mismo menciona, Koolumbia es un bambú: tiene que crecer para abajo si quiere crecer hacia arriba.

     

    Sin embargo, en algún documento refundido en algún anaquel de alguna oficina bogotana, debe reposar el documento que dice que Fernando Másmela debe 92.000.000 de pesos (unos 26.482 euros).

     

    Sabrá Cronos cuándo empezará la batalla. Si sucede, esta historia de emprendimiento a la colombiana tendrá una segunda parte. Si no, dese por bien servido. Amén.

     

     

     

     

    Pedro Madrid Urrea es músico, docente, blogger y periodista. Ha escrito para diferentes medios independientes de Colombia, dirige la revista Musa Cultura y está próximo a terminar su primer novela. Los nombres presentes en este trabajo periodístico han sido cambiados de forma deliberada para así mantener la identidad de los personajes en el anonimato. En FronteraD ha publicado Giros inesperados.

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