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    Historias de frontera. Los años de la pobreza en Barcelona. Memoria del Big Crap (2008-2014)

    Jesús Martínez Fernández - 19-03-2015

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    “China eyes UK nuclear influence”. Lees la portada del Financial Times en el pub irlandés Dunne’s (Via Laietana, 19), con recuerdos del Titanic, de la naviera White Star Line (“The World’s largest liner”). Te tomas un cortado (1,50 euros), debajo de un cuadro sobre los Martyres of the 1916 Rissing, con los nombres de los nacionalistas irlandeses de la Insurrección de Pascua: James Connolly, Thomas Kent, Roger Casement…

     

    Y lees La jungla, de Upton Sinclair, que ayuda a abrir los ojos. Novela de 1905 sobre los mataderos de carne de Chicago (killing floor), y las condiciones laborales de la inmigración: “Los vientos helados del norte soplan con furia. Muchas veces, durante la noche, el termómetro desciende a diez, quince o veinte grados bajo cero…”.

     

    En realidad, haces tiempo. A las nueve menos cuarto de la noche, a veinte metros del Dunne’s, se forma una cola para cenar gratis en un comedor social. A las nueve, en el Café Just (Sots-tinent Navarro, 18), voluntarios y educadores sociales de la Fundació Futur (“cuinem un futur millor”), con la colaboración de Cáritas Diocesana de Barcelona, abren las puertas a los “sin techo”, a los expatriados del alma. La cola hierve con las historias de frontera. La frontera de la “exclusión social”.

     

    De los primeros en la cola, Abderrahman Tallis (Nador, Marruecos, 1962), albañil chupado de cara, delgado como un palillo, con orzuelos en la barbilla. Apoyado en la pared, se ufana por no llegar tarde, y su amor propio (“no me gusta hurgar en la basura”) y su concepto de la dignidad humana, alto y valioso, le hace ser sarcástico y recatado.

     

    “Llegué a Girona en 1993, y allí he trabajado  en la obra, haciendo cualquier remedo: paredes, revestimientos, lavabos..., incluso para particulares. Pero todo se fue al carajo con el BC. Desde el 2009 estoy en el paro, y no encuentro nada. Dudo ya que alguien me quiera contratar, quizá sea viejo para ellos. Hace un año, me vine a Barcelona, y aquí estoy”, desmenuza su relato Abderrahman, que ha encontrado un refugio relativamente estable en el cajero automático de la oficina 211 del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA, “100% tranquilidad”), en la calle Aragó 52, esquina con Rocafort, sito entre los locales Sixt (“rent a car”) y L’Escarpí (“calçats per a tots”).

     

    El cajero del BBVA, abierto las 24 horas, está decorado con frases inverosímiles propias del sector: “Hipoteca fácil”. Abderrahman ha dejado preparados sus cartones, para que nadie le quite el sitio.

     

    “De allí vengo ahora, y allí volveré esta noche. Duermo en la oficina. A veces, viene algún indigente, pero mientras no me moleste le dejo que entre. Siempre dejo la puerta del cajero abierta, no me gusta que esté cerrada, no me gusta”, repite, y describe su banco como si fuera el salón de estar de un ajardinado chalé en las afueras. Sarcástico. “Se está bien, mejor que en la calle”.

     

    Ayer, de madrugada, entró un chico de unos treinta años del que no recuerda su aspecto, sacó la tarjeta de crédito, la insertó en la ranura y retiró una cantidad de dinero suficiente para correrse una juerga. Ese chico le dejó junto a su almohada de cartones un billete de 20 euros.

     

    A veces, los servicios públicos actúan como deben: “De vez en cuando vienen los Mossos d’Esquadra y me preguntan si estoy bien y si alguien me ha molestado”.

     

    Se conoce la ruta barcelonesa de los desposeídos: Por la mañana se toma un café en un bar de Horta-Guinardó donde no le cobran nada. Y al mediodía, come en el equipamiento municipal del Paral·lel, 97. Las tardes las pasa en la Barceloneta.

     

    “Busco trabajo, sí, pero es que no hay nada. Si pudiera, me volvería a mi tierra”, masculla Abderrahman, que nunca ha querido formar una familia sin una sólida situación laboral.

     

    En la cola, delante del excluido Abderrahman Tallis, un anciano de ochenta y pico años.

     

    “Aquí, en el Café Just, me dan un plato de judías verdes y una naranja”, se relame, cargado con sus pertenencias.

     

    “Este hombre no tiene donde caerse muerto”, admite con recrudecimiento Fouad, fornido y afectuoso, trabajador de la Fundació Futur, con las funciones de un amable portero de discoteca. En cada tanda, cada diez minutos, deja pasar a unas diez personas al Café Just. Pero a medida que entran y salen, otros llegan, por lo cual la cola no se termina nunca. “Normalmente vienen a cenar más de cien personas, de barrios diferentes. Muchos vienen del Raval, donde hay unas historias que lo flipas”.

     

    Algunas de esas historias de frontera: un argentino casado con una chica que enfermó de cáncer y a quien estafaron en la empresa en la que se empleaba; un joven de Tanzania con antecedentes penales a quien ya nadie quiere; una madre holandesa con su hija…

     

    “Aquí hay historias que te hunden, demoledoras, y yo les escucho, no puedo hacer otra cosa”, se interesa Fouad.

     

    Cuando alguien pretende colarse, sin la tarjeta de los servicios municipales que sirve de vale de entrada, Fouad lo pasa peor que el vagabundo: “Lo siento, hermano, de verdad, pero no puedes pasar”. 

     

    Si delante de Abderrahman espera Ivan, detrás aguarda su turno Abdel Idrissi (Alhucemas, 1978), su paisano.

     

    Al ver a este reportero tomar notas, Abdel pregunta, sin miedo: “¿Tú podrías conseguirme trabajo?”.

     

    Y fuera de la cola, Salvador Morante (Manila, Filipinas, 1973), con una mochila y con mucha hambre: “¿Qué hay que hacer para poder comer?”.

     

    Salvador duerme al raso, en la plaza Catalunya. Ha limpiado escaleras, pero ahora no encuentra colocación. Y no tiene nada que enviarle a su hija Isabel, que vive en Filipinas. “Quiero que tenga una buena educación”, desea.

     

    Salvador, el excluido de entre los excluidos. 

     

    El informe de la Fundación Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada (Foessa), de 2013, es clarividente y da las pautas de la “fragmentación social”. Comienza así: “El año que dejamos ofrece muchas sombras desde la perspectiva de los derechos sociales, del bienestar social y, en definitiva, de los valores con que se sostiene nuestro modelo social. Se han alcanzado máximos históricos en desempleo y grandes aumentos de la desigualdad, mientras que los procesos de empobrecimiento y de inseguridad económica de los hogares españoles han llegado a un punto de difícil retorno”.

     

    “A veces echo una Primitiva, a ver si me toca”, confiesa Abderrahman.

     

    El sueño del albañil Abderrahman Tallis es seguir levantando edificios. Trabajar. Ganar dinero para poder pagarse una cena en uno de los restaurantes junto a las antiguas murallas romanas: “Menú chuletón”.

     

     

    La casa de los espíritus

     

    Jamás hubiera pensado que el ruido inagotable de los medios de comunicación le podrían afectar de tal manera. Convencida de que su vocación no tenía adeptos en un país de náufragos como ella, que su interés por deshilvanar la prosa oceánica sólo hallaría cobijo en los estantes de la biblioteca de Vallcivera, se quedó sorprendida por las voces que los micrófonos irradiaban. Percibió el eco de la gesta de las combinaciones poéticas en Las uvas y el viento, la canción politizada que Pablo Neruda escribió para glorificar la Revolución de Cuba. Escuchando el parte en la radio, sintió el escalofrío de los octosílabos en frases como: “Nuestra lucha colectiva”, que redundaba tanto en el nosotros, que al final todos nosotros nos olvidamos de nosotros mismos. Ndrin Lea (Dibo, Costa de Marfil, 1977), vecina de la calle Les Agudes, participa en las tareas de reparto de comida del Banc d’Aliments okupado, el pasado 14 de agosto del 2013, por la Associació de Veïns de Ciutat Meridiana.

     

    Hace cuatro años que Ndrin, con el pelo a lo garçon, llegó del África septentrional, con los granos del desierto cubriéndole los pies y con el sonajero de su perseverancia que no le dejaba descansar, más atada a sus compromisos de mujer independiente que a los propósitos de un mundo que comenzaba a cerrarle puertas. Licenciada en Filología Hispánica por la Universitat de Barcelona, Ndrin Lea se embarcó en otra odisea tan voluminosa como la inmigración: decidió hacer el doctorado en literatura latinoamericana, para lo cual aprendió a cultivar el idioma castellano con la prosodia de los capitanes extremeños en el continente andino, con la laxitud de un vocabulario que apreciaba por sus jotas y sus juanetes. Y con la nobleza de un espíritu consagrado a las letras del existencialista Juan Carlos Onetti (La cara de la desgracia), de la maestra Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga (Desolación) y de la cuentista de sangre ardiente Isabel Allende (La casa de los espíritus).

     

    A todo eso, y emperifollada de refranes que su francés natal no conseguía traducir con el mismo sentimiento con el que eran dichos (“tanto va el cántaro a la fuente…”), Ndrin dio a luz a Ángel Simeo, sanísimo varón de labios hinchados de tanto morder las cosas que ve. Como un apelativo cariñoso, su madre le llama Xavi, por el jugador del Fútbol Club Barcelona.

     

    Y con Simeo a cuestas, con el que carga a la espalda como un fardo o una estola de piel, Ndrin se lanzó a buscar trabajo. De las crónicas de indias, de los avatares de la familia de Macondo y de las empalizadas verbales que Cabrera Infante levantó con su triple te (Tres tristes tigres), no se podía comer, pese a que su hijo Ángel, Xavi, sí saboreara la escritura, por los tarazones en las conteras de los libros de prestado.

     

    Así se encontraba la bella Ndrin, afrutados los ojos y con una mirada felina y exótica, cuando el inagotable ruido de la parrilla radiofónica le dio a conocer lo que le habría de dar alas con las que no desfallecer: en agosto, los vecinos forzaron la puerta de un “engendro” municipal para la creación de empresas (“tipo Barcelona Activa”, dirían unos; “un laboratorio de ideas”, dirían otros; “ateneo de fabricación digital”, dirían acullá), que por nombre Fab Lab (Fabrication Laboratory) se estaba instalando en los bajos de la escuela Sant Joan de la Creu, en la avenida Rasos de Peguera, 232.

     

    Y allí, en una sala adaptada para personas con minusvalía, contra la pared, se atocharon cajas de alimentos con los que calmar el hambre de las barriadas limítrofes (Vallbona y Torre Baró).

     

    Decidida a no ser una más en el listado de las ayudas oficiales, decidida a cargar con la responsabilidad de la “lucha colectiva”, que había escuchado de uno de los ciudadanos, y decidida a llenar el carro de la compra con los productos que escaseaban en su casa, Ndrin Lea, con un ajuar de estrofas mágicas como única dote, se acercó al Banc d’Aliments recién creado.

     

    La pancarta “Por un barrio solidario” se había colgado sobre su cabeza, como una ofrenda a alguna divinidad ideológicamente pura. Aquel sábado por la tarde, la puerta estaba cerrada con llave.

     

    Con la mochila ergonómica portabebés, en el que llevaba a Ángel, de 17 meses, dio unos pasos hasta el córner del campo de fútbol que comparten el Club Esportiu Unificat Ciutat Meridiana, el Club Esportiu Canyelles y el Racing Vallbona Club de Fútbol.

     

    No se pidió nada en el bar La Mery, un contenedor portuario adaptado para servir cafés. En el umbral de la puerta de chapa se refugió mientras esperaba el milagro de los panes y los peces, que ella hacía suyo como cualquier rito animista o como cualquier sura coránica que la pudieran alimentar con algo que le llenara el estómago además del alma.

     

    Otras señoras se iban congregando en la berma del edificio de Rasos de Peguera, con sus carros de la compra vacíos, ligeros, livianos.

     

    Entra ellas, Silvia Pedrosa (Barcelona, 1974), de pelo trigueño, con unos mechones verduzcos e ingobernables como rayos de sol trenzados. “Cobro 400 euros del Pirmi [Programa Interdepartamental de la Renda Mínima d’Inserció de Catalunya], y con eso he de pagar la luz, el agua, el gas… y el alquiler. No me da. Pero gracias que puedo pagar el techo, gracias a Dios que no estoy afectada por la hipoteca. Hasta ahora, y aunque tengo más de quince años cotizados, estaba a cero, no entraba nada de dinero en casa. Cuando digo cero, es cero”, respondía Silvia, con el hálito de su queja soplando por la encrucijada de cerros y riscos de Ciutat Meridiana, inabarcable, indescifrable, inentendible para el Govern conservador de la Plaça de Sant Jaume, con sus salones de gobelinos poblado de fifiriches cargos públicos. “Es la primera vez que vengo al banco de alimentos. Y me gusta que se hagan cosas así, por eso he empezado a colaborar en la Asociación de Vecinos. Somos un equipo, un equipo que se ayuda en todos los aspectos”.

     

    A Silvia Pedrosa, henchida por la idea de justicia, la partía en dos la espada de los miserables de Victor Hugo. Junto a ella, esperaba en la puerta del Banc d’Aliments Amalia Seco (Sevilla, 1953), tan silenciosa como una caléndula en el fragor del invierno, y que masticaba un chicle sin saliva. Desde 1971 reside en Barcelona, donde ha criado a sus dos hijos. “Yo he trabajado de limpieza toda mi vida, haciendo horas en casas particulares, con contrato en algunos casos, pero ahora no encuentro na de na”, rezongaba, con la coletilla del “pues, sí” anudada a las cuerdas vocales. “Pues, sí, no encuentro nada. Dos veces fui a la Iglesia, pero ya han dejado de repartir comida en la parroquia de Sant Bernart de Claravall. Y si no es por ellos [por la AVV Ciutat Meridiana], pues, sí, no sé, no sé”.

     

    A los diez minutos, Manuel Cubero (Barcelona, 1967), con un manojo de llaves, bajaba la rampa que da acceso a la planta donde tenían que instalarse los ordenadores del Fab Lab.

     

    Adentro, al fondo, en el espacio de una cancha de tenis, sobre el suelo pulido, apegados a la pared maestra, cajas de frutas y verduras de la cooperativa Gregal, de la españa en minúsculas con la que la Generalitat de Catalunya quiere romper: tomates de Almonte (Huelva), batatas de Cádiz, pimientos de Málaga, berenjenas de Almería y plátanos de Canarias.

     

    “Este jueves pasado, a las siete y media de la tarde, un amigo de un amigo me llamó desde Mercabarna por si queríamos ir a recoger estas cajas; lo que sobraba de unos palés. Nos vimos locos para conseguir una furgoneta, desesperados. Ayer, el Día de Todos los Santos, fuimos a recoger la mercancía que ya hemos empezado a repartir”, explicaba Filiberto Bravo (Almoharín, Cáceres, 1952), con la perilla de uno de los espadachines de El caballero de Olmedo, y con la sangre fresca de la juventud tardía que aún le riega de quimeras el cerebro.

     

    Frente a las cajas Gregal, en la pared meridiana, de ladrillos rojos, paquetes de harina, de arroz y de lentejas (marcas Dacsa y Oromas). Y de queso fundido graso.

     

    Los paquetes llevan una marca que recuerda las hambrunas en la Etiopía seca que dio la vuelta al mundo con el We are the world de Michael Jackson y su séquito de celebridades.

     

    Esta es la etiqueta, de color azul: “Plan 2013 de ayuda alimentaria a las personas más necesitadas de la Unión Europea. Productos gratuitos. Prohibida su venta”. Al lado de la bandera con las 12 estrellas de la Unión, la firma: “Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Fondo Español de Garantía Agraria”. Y debajo, bien visible: “consumir preferentemente antes del 5/05/2014. Lote 125”.

     

    En un mueble de caoba, la ficha fotocopiada que se ha de rellenar antes de salir, con pegatinas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador (“La seva lluita és nostra”).

     

    En el margen derecho de esta ficha se ha de anotar la cantidad de alimentos entregados: “legumbre cocida, azúcar, harina de trigo, arroz, tomate, conservas de atún, conservas de sardina, pasta, galletas, yogures, leche, aceite de girasol, zumo, cereales, fruta y verdura fresca”.

     

    Arrimada a una de las columnas que como pilones soportan la estructura, una nevera de gama blanca, vacía. Al otro lado, dos bombonas de butano. Y en un rincón, las pancartas de la “lucha colectiva”, enrolladas y deslucidas. Algunas yacen sobre un par de colchones y sobre las tablas de madera de una cama desarmada.

     

    Lloraba. El pequeño mediocentro, Xavi, lloraba desconsoladamente porque había mordisqueado el jersey de lana, y los dientecitos se le habían quedado atrapados en el tejido de mala calidad de los bazares chinos.

     

    Aceite, arroz, cereales y leche. Ndrin Lea llenó su carro con el aceite de los olivos, con el arroz blanco como la arena tostada del desierto, cuando uno se detiene para pasarlos por el cedazo. Y lo llenó con los cereales sabatinos y con la leche para los dientes de su bebé: “Sobre todo, lo que busco es leche”.

     

    Los lunes por la mañana, durante una hora, la africana Ndrin Lea ayuda en el Banc d’Aliments. Después, echa a andar, buscando trabajo.

     

    A la espera de leer su tesis, ha hallado en Ciutat Meridiana el sentido último de los versos nerudianos: “Todos tenían boca./ Cantaban hacia la primavera./ Todos”. 

     

     

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    Los 300

     

    La Asociación de Vecinos de Ciutat Meridiana (Rasos de Peguera, 210) es un barracón pintado con las figuras de los incorregibles niños de South Park (Stan, Kyle, Cartman y Kenny). En sus cabezas, el término lost (fracasado).

     

    En el tablón de anuncios, información contra los desahucios y contra la perversión del BC, alentada por la troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional). En otras palabras, la BC-estafa: “Yo soy el banquero, te doy casa y dinero, pero si no me lo devuelves, lo que pasa es que te quedas en la calle a dormir en mi cajero”. 

     

    Y en el tablón, las convocatorias asamblearias: “Tu situación comienza a ser desesperada, pero no quieres ser desahuciado como ya ha pasado con los otros 300 en el barrio. ¡Defiéndete!”.

     

    Delante de la AVV, el acueducto de Ciutat Meridiana, del siglo XIX. Los amantes de la escalada le han echado el ojo.

     

    Delante de la AVV, una papelera con este cartel: “Las papeleras no son para recoger las bolsas de basura. Lleva la basura a los contenedores. Por un barrio limpio. Todos somos vecinos y, entre todos, hemos de construir un barrio mejor”.

     

    Dentro de la papelera, una bolsa de basura.

     

    Delante de la AVV, la señal que indica la proximidad de Mercadona, “supermercat de confiança”.

     

    Delante de la AVV, la parada de autobús 140. En la marquesina, el cartel de la película Don Jon (Joseph Gordon-Levitt, 2013). Y este subtítulo: “Todos queremos un final feliz”.

     

    Ciutat Meridiana es el fundo barcelonés con más desalojos de España.

     

    En estas Termópilas barcelonesa, a las trescientas personas a quienes les han quitado el piso las socorren dos hombres “radicales”: Manuel Cubero, El Cubi, arqueólogo, que aplica la informática en los dibujos de cerámica de las excavaciones de las villas romanas, y Filiberto Bravo, Fili, que en 1964 llegó a una Barcelona gris y achacosa en la que empezó a trabajar como cortador textil.

     

    Normalmente, ellos dos no se reúnen en la asociación, sino en el bar El Jardí, a 50 metros, en uno de los terraplenes escalonados a los que da origen la vertiente jalonada de aportillados bloques de cemento, pobres, desconchados y a los que les falta una mano de pintura.

     

    El 14 de agosto del 2013, media hora antes de okupar el futuro Fab Lab, se estaban tomando una Estrella Galicia en El Jardí. “Necesitábamos un local para dejar los alimentos. Veíamos la problemática del barrio: muchos pierden la ayuda, pierden los servicios básicos, pierden la vivienda, lo pierden todo, y no tienen ni para comer. Les decimos: ‘Primero, come; luego, si puedes, pagas la hipoteca’”, inquiere Fili, anarco de primera hora, a quien no le importa codearse con las monjitas en esta ardua tarea, apelmazado por las viejas fraternidades, y que siente simpatía por Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda (Sevilla). “Los servicios sociales no daban la atención debida, no daban una respuesta correcta. Teníamos que hacer algo. Mismamente, compramos alimentos básicos para frenar la emergencia; nos ayudó mucho la comisión de cocina del 15 M [movimiento de indignados, por el 15 de mayo del 2011]. Teníamos hambrientos, pero no teníamos local. Y era una anomalía, una incongruencia. Se estaba construyendo esta cosa, esta especie de laboratorio de no se sabe qué, que es todo un sainete, que ni Valle-Inclán lo hubiera escrito. Y el dinero que se estaban gastando rondaba ya los dos millones de euros. Así que decidimos entrar en el recinto. Pero no hicimos daño, no nos convenía hacerlo. Trajimos compañeros especializados en abrir puertas, así que no destrozamos nada. Luego, entre todos, con los más activos, formamos una cadena humana y trasladamos los paquetes de comida desde la Asociación”.

     

    Filiberto es el presidente de la AAV Ciutat Meridiana, en la que entró a formar parte en 1974.

     

    Como fiel escudero, le secunda Manuel Cubero, que posee su propia empresa de diseño gráfico: By Cubi. Desafiante, carismático, abotagado por el momento histórico que le ha tocado vivir: “Okupamos la sede de Regesa [según su web, como objetivo tienen “mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía”] para protestar por la falta de alquileres sociales. En el tema de la vivienda, nos juntamos con el colectivo 500x20 [“lloguer 100% públic i assequible”], de Nou Barris, y con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, de Ada Colau, que nos ha servido de paraguas. Con esta experiencia, focalizamos un problema y lo hicimos visible. Y el problema es el de la desnutrición en muchas casas. Hicimos un estudio que así lo demuestra. Por eso no nos costó mucho okupar el Banc Aliments. Pero digo mal, porque a las pocas horas nos llamaron del Ajuntament para cedernos el espacio”, relata El Cubi, que hace cuatro años entró en la asociación, dispuesto a liarse la manta a la cabeza contra la pobreza, que parece que es imparable. “Ahora tenemos 535 familias apuntadas para recibir alimentos, muchas de ellas inmigrantes y que no tienen qué comer. Yo lo llamo la politización de los excluidos”.

     

    Observador como un ornitólogo, El Cubi trabaja con la mirada aviesa, con la ceja fruncida, alerta por las fintas del lenguaje neoliberal que se cuela en los breves de los diarios: “Yo llamo esta época el neodespotismo ilustrado convergente. Bueno, lo de ilustrado habría que discutirlo. Y lo llamo neofeudalismo corporativo. A quienes creen que han errado en la vida les convencemos de que la culpa no es de ellos, sino del sistema, que no chuta. Y lo llamo la lobotomización de la gente, que dejó de participar y de primar la integración, enchufada a la tele ante un partido de fútbol. Y hemos hecho añicos el discurso de la Barcelona del superávit, la Barcelona que tiene tanto dinero que no sabe qué hacer con él”.

     

    Gestionan la pobreza sin ser su función. La que ha de encargarse de ello, la Administración, hace dejadez de funciones. Así que la AVV de Ciutat Meridiana, en este mundo kafkiano, está supliendo el Estado.

     

    “En todo el mundo saben lo que hemos hecho”, apela.

     

    “Estamos tejiendo redes de autogestión”, comprueba Filiberto Bravo, Fili, de la generación de los grupúsculos de izquierda.

     

    Y Manuel Cubero, El Cubi, de la generación de los hobbits, agrega, entusiasmado a la vez que colérico: “Somos como los Nazgûl de El señor de los anillos, de Tolkien: invisibles”.

     

     

    El partido

     

    “Avui, a les 16 hores, Real Madrid-Elche”.

     

    En la cafetería-cervecería El Punt (Rambla del Brasil, 29) se puede seguir La Quiniela (“marque 14 signos por bloque –mínimo 2– en la zona de pronósticos”).

     

    El sábado 22 de febrero, Abdul ve el partido, y de tanto en tanto pierde esa posición de firmes que le viene dada por una educación sentimental (laboral) seria, rígida, intransigente. Se echa las manos a la cabeza según si el centrocampista Asier Illarramendi pierde el balón, según si el extremo Gareth Bale lanza un misil y marca otro golazo, según si el cuadro blanco no aguanta las embestidas del contrario. No es muy lisonjero ni muy dado a exteriorizar con ademanes de duelista los fervores que el fútbol levanta, pero de vez en cuando, Abdul estira los brazos y se los pone en la nuca, como aguantándose la pena por un penalti no pitado, estrechándolo contra sí, facturándolo.

     

    Abdul es el padre de Ahmed Sheikh (Sialkot, Pakistán, 1991), un chico con una apetencia desacomplejada por las ciencias universitarias, aunque no haya podido cursar más estudios oficiales que los de la formación profesional. Ahmed ayuda a Abdul en el bar El Punt (“entrepans i copes”), sobre todo en las tardes de fútbol, cuando la clientela se toma una tapa a la salud de Ronaldo, Neymar y Diego Costa.

     

    Arquetipo del trabajador ordenado, disciplinado y cumplidor, de aquellos que exigen porque lo dan todo desde el momento en el que fichan. Con la visión de un observador internacional, con el triángulo equidistante de sus ideas en los puntos de la bisectriz, y con los contrastes de un comisionado de la Unión para las relaciones bilaterales entre las regiones que no son estado, Ahmed habla con la espesura de las palabras que no encuentran colocación. Ahora mismo está en paro. Y su padre, que con un ojo sigue la pelota, con otro se enternece por su hijo. Y a mitad de la conversación con este reportero, Abdul lanza un quejido, un ay que se anula en el aire como un viaje sin reserva, un suspiro salido de su corazón encharcado.

     

    Abdul: “Ay mi hijo, usted búsquele un trabajo, por favor, por favor se lo pido”.

     

    Ahmed llegó a Barcelona en 1996. Estudió en el colegio Jaume I y en el instituto Emperador Carles. En el centro Pedraforca, en L’Hospitalet de Llobregat, se sacó el grado medio de auxiliar de farmacia: “Me habría gustado más estudiar la carrera de Medicina, pero hablemos claro, para eso se necesita pasta, y yo no tengo… Y mi familia bastante hace con poder pagar el alquiler…”.

     

    En la escuela universitaria de enfermería del Hospital Sant Joan de Déu se formó como mediador cultural para el ámbito sanitario.

     

    Ahmed, azorado por “eso de la crisis”, lamenta su suerte, pero es obstinado: “Cada mañana, voy a buscar trabajo, voy echando currículos durante unas tres horas. Pero eso, que pensamos una cosa para nuestra vida y luego pasa otra bien distinta”.

     

    Políglota (inglés, panyabí, urdu, catalán), y con la tarjeta de identificación profesional que le acredita como vigilante de seguridad, Ahmed se esfuerza por salir del círculo vicioso de los parados, repulsivo término, como extraditado, cártel y esterilizado.

     

    Abdul: “Si tú sabes, dale un trabajo a mi hijo, que es trabajador mi hijo, muy trabajador”.

     

    Abdul ya no mira el fútbol. Le pone la mano en el hombro a su chaval.   

     

    El Real Madrid venció al Elche: 3-0.

     

     

    Ensayo sobre la ceguera

     

    Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

     

    El Génesis, el primer libro del Antiguo Testamento, no sólo pone las bases de la cristiandad, sino que interpreta el mundo, los mundos, con sus academias y sus mares de libertad, como sólo lo hace la mitología griega, del Eros al Tánatos.

     

    Génesis es también un nombre de mujer: “Mi madre era muy religiosa”, se complace Génesis Yeje Minaya (Santo Domingo, República Dominicana, 1994), estudiante de artes gráficas, cuyo rostro tantea con las celebrities: mezcla de la cantante Beyoncé, de la actriz Lupita Nyong’o y de la modelo Naomi Campbell; a todas ellas las creó Dios para juntarlas y que tributaran por una chica timidísima, que se emociona con las novelas cursis, con los pianos y las pianolas, y que padece de mal de tripa.

     

    Génesis lleva unos días angustiada, y no consigue concentrarse con las maquetas de los libros de poesía, y su cabeza salta de la paleta de colores a las capas y sus vínculos de manera imperfecta, indecisa, incapaz de prestar atención.

     

    El padre de Génesis sabe qué le pasa a su hija. “El lunes pasado tuvimos que dejar el piso en el que estábamos de alquiler. Allí vivimos los tres: mis dos hijas, Génesis y Sherly, que nació en el 2004, y yo. A las dos me las traje de la República Dominicana en el 2007. El lunes pasado vencía el plazo para que dejáramos la casa, en Grases, en el Poble Sec. Y ahora no sabemos qué hacer”, explica Andrés Elías Yeje (Santo Domingo, República Dominicana, 1966), de aspecto anodino, pero con la férrea voluntad de no rendirse pese a las inyecciones letales de un sol vengativo. Con los rizos de Maradona en el Mundial de México 86, con la serpiente de cascabel de las deudas silbando en su oído, con la mitad de su ser de fondo llano amilanado por las caprichosas posiciones de los Rockefeller de turno, Andrés no hace otra cosa que echar currículos en talleres mecánicos de la ciudad de Barcelona.

     

    “A Barcelona llegué en el 2003, cuando había trabajo. Un amigo me llamó y me dijo que necesitaban a alguien para instalar el sistema de aire acondicionado en los vehículos. Y pensó en mí”, se dulcifica, y se agarra al volante de su memoria para hablar de compresores y tornillos y de manos libres Bluetooth.

     

    “También instalaba equipos de música y tintaba los cristales”.

     

    En el 2011, en la vorágine de corruptelas, de primaveras y de despidos improcedentes, se empleó en el taller Climauto S. A., en la calle Rector Triadó, en el barrio de Hostafrancs.

     

    Se le seca la garganta y traga saliva Andrés Elías, que juega de primera base en el equipo de sóftbol (deporte parecido al béisbol) que se llama Huracanes, en el área metropolitana de Barcelona (“en esto siempre hemos sido la cantera de Estados Unidos, como el bateador Luis Polonia”).

     

    Se halla en situación de residencia temporal, y espera que le otorguen la nacionalidad española: “Falta un papel, y la Policía Nacional se demora en entregarlo”.

     

    “Me quedé sin trabajo, y entonces cobré el paro durante ocho meses. Y entonces se acabó, y ya no podía pagar los 560 euros mensuales de alquiler, con lo que nos hemos tenido que ir”, concluye Andrés, más centrado que las balanzas fiscales, más ahorrador que los planes PIVE, y que ha restringido el uso de internet: “Hay que pagarlo, y los currículos los entrego en mano”.

     

    Después de la frase “en mano” dice algo que sólo lo podría escribir un poeta maldito de la talla de Baudelaire: “Íbamos tirando poco a poco. Pero ahora, el mundo se fue”.

     

    En un locutorio, se metió en la página de Infojobs, y ahí colgó su aviso: “Técnico de aire acondicionado de vehículos con experiencia en servicios a domicilio, chofer y repartidor con vehículo propio”.

     

    En la agencia de “desenvolupament local” Barcelona Activa está haciendo cursos de informática y de carretillero.

     

    “Lo que necesito es una cuña, una recomendación como aquí se dice”, se calienta, y su discurso navega como una lancha neumática atestada de inmigrantes malienses, a la deriva: “La asistenta no me dice nada. La abogada me pide que siga esperando. Mi hermana, que vive en Miami, cree que allá tendría más posibilidades de encontrar trabajo. Y yo, yo… Por ahora hemos encontrado refugio en la casa de un amigo de Badalona”.

     

    Génesis hunde en sus manos la cabecita, lastrada por las inclemencias económicas, que soplan más fuerte que la galerna, y se echa a llorar ripiosamente, como un gorrión, como las víctimas de la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera.

     

     

    ‘Esclavar’

     

    Pizzeria Di Carlo. La pizza que recordaves

    Nova pizza cabrini+2 pits de pollastre per només 9,95 euros

    Dissabtes d’Itàlia: 3 pizzes petites per 17,90 euros; 3 pizzes mitjanes per 21,30 euros; 3 pizzes familiars per 32,40 euros

     

    En la mesita de la entrada, la propaganda de las pizzas (peperoni, anchoas, salsa Jalisco…): Pizza Inn (“El mejor sabor de la pizza en barrio”), Ready Pizza (“Ready steady go!”) y Telepizza (“Nova FCBpizza”).

     

    Aburrido como una ostra en el Foro Económico Mundial de Davos.

     

    Inhibido como el Danubio a su paso por Dunaj, en Eslovaquia.

     

    Enjuto como un perrito destripado en la feria de julio.

     

    En el bloque de edificios de protección oficial X, en la calle Y, en la zona de Besòs de Barcelona, las horas muertas se calientan con un radiador de 230 vatios.

     

    Bloque recién construido, de unos veinte pisos, la mitad desocupados. A treinta metros de la promoción, el cartel del Ajuntament: “Habitatges protegits per a joves. Cal estar inscrit al registre de sol·licitants d’Habitatge amb protecció oficial de Barcelona”.

     

    Aburrido como un activista político en el centro comercial Columbia Mall, en Maryland.

     

    Inhibido como la decadencia de la aristocracia.

     

    Enjuto como un tobogán abandonado.

     

    “Yo hago más de doce horas de trabajo, pero no me quejo, esto es lotería, otros están peor”, dice con el mohín crédulo de los ocelotes, aburrido, inhibido, enjuto.

     

    El marroquí M (Rabat, 1980), que desde 2005 vive en Barcelona, trabaja como portero auxiliar, “no vigilante”. Su función consiste en custodiar la escalera de vecinos del bloque de edificios de protección oficial: “Muchos creen que aquí hay oficinas”.

     

    —Realmente, ¿cuántas horas haces?

    —No puedo decir, la empresa no deja decir las horas, sería perjudicar a la empresa.

    —¿Estás sindicado?

    —No sirven para nada, los sindicatos están supeditados al Régimen. No mandan. El Gobierno decide.

    —Pero juntos, mejor, ¿no?

    —Si te compras un piso, te esclavan [por te esclavizan], a todos les esclavan, y los tienen cogidos. Son mafias internacionales.

    —¿Qué hacías en tu país?

    —Yo era zapatero, pero eso, hoy, no vale para nada. No se puede competir con los chinos, te hunden. No quiero criticar a los chinos, pero la realidad es que han hundido el mercado.

    —Pero tienes trabajo…

    —Por eso digo que es una suerte, que hay gente peor que no alcanza mes. Antes éramos tres personas las que cubríamos el horario de todo el día, pero ahora somos dos. Mejor eso que nada. El trabajo es lo que hace que sigas la vida. Donde hay trabajo, va la vida.

    —Exactamente, ¿cuál es tu función aquí?

    —Vigilo. Y, de vez en vez, vienen personas, rumanos, pobres, que quieren entrar.

    —¿Familias enteras?

    —No, vienen de uno en uno, preguntan directamente, y miran de entrar, y si se meten en el piso, traen la familia. Eso ya nos pasó en otro sitio.

    —Y ¿qué haces entonces?

    —Soltar mentiras, y llamar a la policía. Son gente que si se mete en los pisos, ya no puedes hacer nada.

    —¿Vienen a menudo?

    —De vez en vez.

    —Y ahora pasas el rato como puedes.

    —Ayuda mucho internet.

    —¿Tienes ordenador?

    —No, teléfono móvil. Estaba viendo las noticias, la reunión de los socialistas… Qué mal.

    —Bueno, hacen lo que pueden.

    —Con el gran capital no se puede luchar. No siempre se puede hacer lo que a uno le da la gana. Es como los niños, hay que obligarles a estudiar. Uno tiene que saber sus derechos, y el Estado tiene que manejarlos.

    —Hay que poner límites, claro.

    —Siempre, los niños tienen más poder que los padres.

    —Pero se ha de invertir para tener unos buenos servicios sociales…

    —Para tener buenos servicios sociales se ha de tener una buena economía.

    —¿Cómo está Marruecos?

    —Fatal, para que esté bien tiene que tener independencia.

    —No entiendo, acaso no es ya independiente…

    —Marruecos nunca ha existido, nunca. Marruecos no es Marruecos. Marruecos es un producto de Francia, lo que dejó Francia.

    —A ver si mejoran las cosas…

    —Todos tenemos aquella esperanza.

     

     

    ‘Piernas cansadas’

     

    Pakistaní Umer - Carpintero

    Reformas todo - Todo tipo de trabajos

    El precio más atractivo y económico

    Especialidades: cocina, puertas, cabinas de locutorio e internet

    Servicio 24 horas

     

    Martes. Te paras delante de la farola. Lees este anuncio. Llamas al teléfono que aparece:

     

    Voz: “¿Quién es?”.

     

    Le explicas que eres periodista y que quieres hacerle una entrevista. No te entiende.

     

    Dice: “Ajá”.

     

    Cuelga. A los pocos minutos, te llama.

     

    Voz: “¿Sí, explicar de nuevo?”.

     

    Le vuelves a explicar. La voz (supuestamente, Umer) te pasa a otra persona.

     

    Otra voz: “¿Sí?”.

     

    Le vuelves a explicar. La otra persona te pasa a otra persona.

     

    Otra voz: “¿Sí?”.

     

    Le explicas de nuevo.

     

    Otra voz: “Sí, entiendo”.

     

    Sábado. Quedas con Umer para el sábado siguiente, a las once, en la peluquería de Mare de Déu de Port, 385: “Pregunte por mí en la peluquería. Vivo en el mismo edificio, en ático”.

     

    El sábado, a las once menos cinco minutos, el carpintero Umer te llama por teléfono:

     

    —No puedo, estar fuera de Barcelona, yo llamar otra vez.

    —Estoy a un paso de la peluquería.

    —Mucho lo siento, mucho lo siento.

     

    Justo cuando cuelgas, te plantas en la peluquería Inram: “Corte de pelo, 5 euros”, la mitad de lo que se paga en las peluquerías de barrio.

     

    Otros carteles en los cristales: “Se hace masajes: relajante, facial, para piernas cansadas…”; “Para señora: permanentes, 20 euros; manicura, 12 euros; cortar y secar, 8 euros”; “limpieza fácil, con hilo”, etcétera.

     

    Efectivamente, Umer no está presente. “Se ha ido a buscar trabajo”, te indica el peluquero. Alguien lee en el diario las noticias sobre los disturbios en el barrio burgalés de Gamonal.

     

    En Mare de Déu de Port, el camión del butano de la empresa Catalana del Butano, S. A., de dos plantas para más de cien bombonas.

     

    En el cruce con la calle Química, Majid Hussain (Guyarat, Pakistán, 1978), empuja una carretilla cargada con siete bombonas de butano naranjas, con las señas de Repsol Butano (cada una de ellas pesa 25 kilos; en total, casi doscientos kilos). En muchas ocasiones, ha de subirlas por las escaleras hasta un quinto piso.

     

    “Yo, a veces, aquí; a veces, por allí”, te resume Majid, sonriente y vigoroso, huesudo y resistente, famélico y probo, quemado por el sol de la costa mediterránea, paraíso de las mafias internacionales. Se entiende que por aquí son los barrios de La Marina-Zona Franca; po rallí, Balmes y el distrito de l’Eixample.

     

    “Muchos no tenemos contrato, cobramos las propinas”, te suelta. “Me saco unos ochenta euros por día, depende de invierno o de verano”.

     

    Majid Hussain se ha resignado a todo y aguanta lo que le echen. Llegó a España hace 14 años, y trabajó en la obra hasta el 2007.

     

    Dentro de seis meses dejará el butano por un taxi.

     

     

    ‘A la criolla’

     

    ¿Sí o no? Sí por la imperiosa necesidad de llenarse el estómago, de calentarlo, de recomponerse vitalmente. No porque la “mala gente” le echaba para atrás.

     

    A las once de la mañana del 14 de diciembre del 2013, después de que se fusilara a Jang Song Taek, tío del dictador de Corea del Norte, el inmigrante Johnny (“llámame Johnny”; Lima, Perú, 1965) no se decide a entrar en el comedor social de las Misioneras de la Caridad, la orden fundada por la Madre Teresa de Calcuta.

     

    “Misioneras de la Caridad. Comedor Reino de la Paz. Lunes a domingo: 10.15 a 11.15 horas”, queda escrito en una pancarta azul y blanca (los colores de esta comunidad católica) colgada del transepto, en la puerta lateral de la iglesia neoclásica de Sant Agustí, en Arc de Sant Agustí, 2, en el Raval. 

     

    Sí o no.

     

    Si entra es porque se le han acabado las regalías de la dulzura a Johnny, de mediana estatura, con la boca cerrada, como en un taller de alta costura, de pelos algodonados, negros de jazz, como la crin de un percherón. Él mismo se describe como un animal: la soledad del lobo, el desarraigo de un zorro, la desprotección de un pardal.

     

    “Yo mismo me siento un animalito, sin hacer nada”, murmulla, y dobla la cerviz, como si estuviera confesando un venial pecado. “Yo llegué a Barcelona hace siete años. Me equivoqué. Cuando allí [en Perú] las cosas empezaban a ir bien, me vine acá, justo cuando aquí empezaba a ir mal todo. Vivo con mis hermanos y sus familias. Y para que vayan más desahogados, me he venido a comer aquí; bueno, es el desayuno, pero para muchos es el único plato del día, con esto aguantas hasta mañana”.

     

    Si no entra es porque las riñas y las peleas de los excluidos, esos seres invisibles, le pitan en los oídos, le alejan, le hieren. “No sé si entrar, porque estas pintas… En Lima, yo tenía un taller de escultura. Estudié arte. Fíjate, yo vine a España más por un interés cultural que por otra cosa. Pensaba: ‘Europa es más avanzada, hay más cosas que aprender. Pero, ahora, como todo está dibujado, nada hay que hacer. Ahorita estoy como un artista en coma”, medita Johnny, que busca trabajo en el sector de la limpieza, aunque también se las vale como mecánico. Se ha dado por vencido: “No hay nada, nada. Lo más seguro es que me vuelva a Perú, no sé. Yo no estoy acostumbrado a esto”.

     

    A las once de la mañana del sábado 14 de diciembre del 2013, después de que el multimillonario Sheldon Adelson hubiera retirado el proyecto para levantar el complejo hotelero y de casinos del Eurovegas en la ciudad madrileña de Alcorcón, la “escoria” de la sociedad, según las juventudes de Plataforma per Catalunya, se congrega en Arc de Sant Agustí.

     

    Los hay andrajosos, con la ropa hecha jirones, igual que Cantinflas. Los hay con el aspecto ceñudo, disoluto, áspero. Uno de ellos, con un ojo tapado por una gasa, recuerda a un afectado por ácido hidrociánico en la Batalla de Loos, en la Primera Guerra Mundial. Los hay cadavéricos, como si hubieran firmado un contracto para ser los representantes de la niebla. Los hay resignados, hundidos, desangelados, con un puñal clavado en alguna bocacalle de sus pensamientos. Los hay renegados, desactivados, recubiertos por una fina capa de polvo de angustia, la cava de un minero loco que busca un filón en una montaña horadada por obuses del quince y medio. Los hay negros, de cualquier país africano negro como el carbón. Los hay rojos, con la cara acardenalada, suspendido cautelarmente su raciocinio, inutilizados para el censo en caso de referendo. Los hay con la camiseta del Che, pero con la condición humana disminuida, sin los quilates del ego, sin ninguna causa que les anime a moverse, sin ninguna aguja que les pinche.

     

    Llegan por abajo, desde la calle Sant Pau, donde desemboca Arc de Sant Agustí, que da al Hotel España Ramblas, de cuatro estrellas y con platos entrantes de 15 euros: miniensalda de judías, cangrejo real, mayonesa y caviar.

     

    Llegan por arriba, desde la plaza Sant Agustí, en la que se forma el arroyo de personas sin hogar, pesebre de figuras decaídas. Allí, en la parroquia de la Inmaculada Concepción y San Lorenzo Ruiz, anexa a Sant Agustí, las pintadas ácratas: “666” (número diabólico); “paranoid” y “fuck off” (vulgarmente, os follen).

     

    En esta iglesia, otras son las escrituras que compensan la inquina: “Jesús, jo confio en vos”; los diez mandamientos en tagalo, idioma de Filipinas (“ayuda a las víctimas del tifón”) y “respeta el silencio, habla con Dios y apaga tu móvil”.    

     

    Los pobres llegan por arriba, llegan por abajo. Cual el forajido Jesse James en La Frontera, en el Viejo Oeste, con su yegua Katie, ellos, los nuevos proscritos de este siglo, atan sus perros vagabundos, sarnosos, pulgosos y con la cabeza gacha, en la barandilla de la rampa que sube al reino del comedor social. Atan sus perros (“¡Tuna, ven aquí!”), y se apoyan bajo los arcos de la nave central. Tapan el único grafiti que la brigada móvil de BCNeta no debería borrar: “Respect the homeless”.

     

    En la calle Arc de Sant Agustí, mientras esperan en los muros, abren los comercios. Delante de ellos, el bar bodega Montse, con la pizarra que da cuenta del surtido ibérico (chorizo, jamón, queso…). Y la llamada al vicio: “Hay tabaco”.

     

    En uno de los balcones, en esta minicalle: “Pontificia y Real Hermandad. Gran Poder. Esperanza macarena”.

     

    En uno de los balcones, la pancarta “Volem un barri digne”.

     

    En las banderolas colgadas de las farolas, reclamos del patrimonio arqueológico de la ciudad: “Via sepulcral romana en la Plaça de la Vila de Madrid”.

     

    En los troncos de las palmeras, tachaduras con rotulador. 

     

    A las once y cuarto de la mañana, entra el segundo turno de personas que desayunan, almuerzan y cenan, todo en uno.

     

    Sí. El peruano Johnny se decide (“a veces, parece que todo te lleva hasta aquí, como si hubieras tocado fondo”). Se saca las manos de los bolsillos. Gastadas las suelas de su calzado, se acerca hasta la verja del final de la rampa, bajo una imagen de la Virgen.

     

    Uno de los voluntarios (voluntario 1), con un chaleco reflectante, le da un cartón, el vale necesario para el segundo control que vendrá después.

     

    Johnny cruza la puerta del transepto. En la salita, bajo una bóveda, las imágenes de la Madre Teresa de Calcuta, anciana, arrugada, sonriente.

     

    A diez metros, el segundo control, con el segundo voluntario (voluntario 2), que le recogerá el cartón y le dará paso al comedor, en el que se sientan unas doscientas personas. Antes de llegar a los asientos, los anuncios, en hojas DIN-A4, revisten las paredes, junto con la efigie del Papa Juan Pablo II: “Prohibido escupir al suelo y a las paredes”; “No alterar las normas de convivencia. Tratar con respeto al personal de servicio” y “No provocar altercados, riñas ni peleas dentro y fuera del local”.  

     

    El voluntario 1, que tartajea, avisa al voluntario 2: “Cuidado con el brasileño, que que que está armando bronca”.

     

    El voluntario 2, con las gafas redondas de un topo, se encoge de hombros: “Esto es un cóctel explosivo”.

     

    La madre superiora, la hermana Faustina, de Kenia, maternal, regordeta, flemática, acaricia los lomos de los desahuciados de la Casa de Dios: “Yo estoy aquí por Obra del Señor”. Y se persignará.

     

    Después de haber comido, sale a la calle Patricia, chica de unos treinta años, como drogada o bebida, que no está en sus cabales, pero inocente y cariñosa. Lleva un gorro de lana, rastas y una camiseta deshilachada. Anda lentamente, con paradas que sirven para que eche la vista atrás y se dé media vuelta, convertida en estatua de pimienta y sal. Se dirige a la hermana Faustina:

     

    —Hermana, ¿cómo me llamo?

    —¿Cómo te llamas?

    —Yo soy Patricia, como Patricia en el País de las Maravillas.

     

    Se ríe sola. La novela de Lewis Caroll se titula Alicia en el País de las Maravillas. Y mira la Virgen, sujeta en una peana, encima de su cabeza.

     

    —Quiero la Virgen de Montserrat aquí.

    —La tendrás.

    —Que si no, monto un pollo, o un concierto...

     

    Salen los forajidos: unos, hablando solos; otros, desgajan la naranja; algunos, con bolsas de la cadena de supermercados Dia, llenas de pan duro. La verja se cierra. Una anciana con una fiambrera (“week end”, escrito con letras vintage) llega todo lo corriendo que puede. Ha perdido el tren. Quiere entrar, pero no le dejan. La cárcel en la calle.

     

    Los voluntarios sacan, en un carrito de la compra, los cartones de las cajas de leche Puleva.

     

    El inmigrante Alfredo García (Cali, Colombia, 1960) le quita el candado a su bici: “Uy hermano, ahora está puta la vida, y perdóname la expresión. Uy hermano, me comí el paro y no me sale nada. Y estas monjitas te ponen el plato en la mesa y no te piden nada, ni papeles ni tarjetas de servicios sociales, hermano”.

     

    “Si estás abajo, has de empezar de cero de nuevo. Continuamente me repito: ‘No voy a estar aquí, voy a salir de aquí’. Porque luego la gente se transforma, y empieza a robar, que es una forma de supervivencia para muchos. Pero yo aún no soy un borrachito ni un enfermo depresivo, yo tengo una salida. Y si no voy al ritmo de los demás, a la criolla, como decimos allá, si no cruzo corriendo la pista, pues el carro me atropellará”, interioriza.

     

    Sí. Johnny ha comido un plato de espagueti con carne picada. Un vaso de leche. Un cruasán.

     

    Con el estómago lleno, puede pensar: “La felicidad es relativa. Quien no tiene, puede ser infeliz. Y necesita tener: una casa, un coche… Pero la felicidad es estar, en cualquier parte del mundo, con tu familia. Eso es la felicidad”.

     

     

     

    Así son los primeros compases del libro La pobreza en Barcelona en los años del Big Crap (2008-2014), que acaba de publicar la editorial UOC. El autor añade una nota a pie de página: “En este trabajo, el poder neoliberal que escapa del control político se denomina Big Crap (BC; Gran Mierda, en sus siglos en inglés), en alusión al Crac de 1929, que tuvo como consecuencia la Gran Depresión en Estados Unidos. El BC se refiere a la crisis económica que comenzó en el 2008 en España y que aún perdura”.

     

     

     

     

    Jesús Martínez Fernández es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, La Gran Pavada: educar para la guerra. Setenta aniversario del Desembarco de Normandía, Casablanca. La universidad pública y gratuita en ChileEl diablo. Visita al campo de exterminio nazi de Treblinka.

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