Mausoleo de Hugo Chávez. Foto: Georgina Svieykowsky

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    Hugo Chávez: el héroe épico que hizo del fracaso su apoteosis

    Michelle Roche Rodríguez - 01-01-2015

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    El corazón de la épica del chavismo es una desaborida dependencia militar. Emplazada sobre una colina en el sector siete del 23 de Enero, al norte de la ciudad de Caracas, este lugar que alguna vez fue sede ministerial se construyó en 1908 por orden el dictador de turno, Cipriano Castro. Y cuando parecía que la pobreza del barrio que lo circunda estaba a punto de tragarse este espacio –convertido en 1982 en un museo militar– entró de golpe en la historia venezolana. Allí fue donde Hugo Chávez se rindió después de venirse abajo el coup d’etát que intentó contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992.

     

    La fecha de ese fracaso es la apoteosis de Chávez. Así lo refiere la leyenda que alrededor suyo comenzó a tejerse, incluso desde antes de su muerte, el 5 de marzo de 2013. Por esa razón reposan allí los restos de quien fuera presidente de Venezuela durante casi 14 años.

     

    Había leído en internet que los fines de semana visitan el Cuartel de la Montaña alrededor de 2.000 personas. Pero cuando el amigo que me acompañaba y yo llegamos, dos horas después del mediodía, nosotros éramos los únicos a la puerta del edificio. Por eso tuvimos que esperar un cuarto de hora a que llegasen otros ocho interesados en visitar el mausoleo de Chávez para que los milicianos Sánchez y Pacheco –solo nos dijeron sus apellidos– consideraran que había gente suficiente para mostrarnos las instalaciones.

     

    Como un Buda que sale de un loto, y también apelando al símbolo de iluminación, emerge el féretro de Chávez de una estructura de mármol y agua sobre el suelo que su creador, el arquitecto Fruto Vivas, denominó la Flor de los Cuatro Elementos. Cuando me aproximaba al sarcófago de Chávez para leer la proclama que se reproduce sobre este, se cruzó delante de mis ojos una mano de piel ajada y oscura que sobre las uñas mostraba los morados de golpes viejos. Buscaba la lápida. “¡Nos dejaste solos, Comandante!”, plañó el hombre detrás de mí, posando también su otra mano sobre la superficie de mármol negro. Tendría unos cincuenta años, pero lo avejentaban su cara llena de arrugas y la falta de los dientes superiores delanteros: “¡Qué dolor, mi Dios! ¡Este grande hombre nos ha abandonado!”. Estábamos en una fila que rodeaba el féretro y avanzábamos con lentitud entre sus custodios, cuatro guardias de honor vestidos con el uniforme británico de Húsares de Bolívar de color rojo y un gorro alto negro.

     

    Uno de los milicianos del Batallón 4F le pidió “que circulara” para que todos pudieran ver el sarcófago, y el hombre siguió caminado hasta el primero de los dos salones dedicados a la vida de Chávez. No fue allí cuando desapareció. Primero murmuró en recitativo secco y casi de memoria las palabras con las que Chávez se rindió por televisión y escribió su nombre en la historia en el intento de golpe de 1992. Mientras tanto, los milicianos hacían un resumen de la importancia simbólica de lo expuesto en ese cuarto: los primeros uniformes del presidente, algunos libros suyos, pero más que cualquier otro elemento, fotos en gigantografía de él y su familia. También lloró este hombre frente a la foto de un niño Chávez. “Por ti dejé mis estudios de abogado, por ti, Chávez… ¡A ti me entrego!”, balbuceaba y pasaba las manos sobre el retrato.

     

    Pero antes de entrar al segundo cuarto nos invitaron a ver el cambio de la guardia de honor que cuida el cuerpo de Chávez –que no murió sino que “se sembró”, según me corrigió el miliciano Gutiérrez– . Y, entonces, el hombre desapareció. Nadie pudo responder dónde estaba. Ni los asistentes ni los milicianos, y tampoco los oficiales se preocuparon por su falta, aunque ese lugar sigue siendo una instalación castrense. Aquel hombre –incluso si su escena hubiera sido lo contrario de fingida– sirvió para subrayar el efecto de la épica y el mito sobre la gente: representar la pérdida del padre y el miedo a enfrentar la vida, cuyo único final inapelable es la muerte. La lucha entre el bien y el mal, que está en el núcleo de las historias épicas, es una abstracción del miedo humano a lo desconocido. Uno de los mecanismos de esta operación simbólica es centrar la narrativa alrededor de la figura de un personaje capaz de realizar portentos de importancia militar, social o religiosa y narrar una epopeya. Al héroe lo definen sus virtudes, porque estas le permiten ganar la guerra y servir de ejemplo.

     

    Explica Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos que “las cualidades heroicas corresponden analógicamente a las virtudes precisas para triunfar del caos y de la atracción de las tinieblas”, pues hay una correspondencia entre la batalla contra los enemigos exteriores y materiales y la batalla contra los enemigos interiores y espirituales (página 120). Para Joseph Campbell el héroe viaja de lo cotidiano hacia “una región de prodigios sobrenaturales”, y su cualidad principal es luchar contra fuerzas fabulosas y ganar una victoria decisiva”, para regresar de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus hermanos”. Según expone en El héroe de las mil caras, donde aplica los postulados del psicoanalista Carl Jung al estudio del mito, el héroe vuelve de sus aventuras con las herramientas para lograr la regeneración de su comunidad. En los párrafos que siguen intentaré señalar los postulados que han permitido la proclamación de Chávez como un protagonista épico, e incluso religioso, más allá de su historia como político y militar, fundador del Movimiento Revolucionario Bolivariano-200 (1982), del Movimiento Quinta República (1997) y del Partido Socialista Unido de Venezuela (2007)[1].

     

    El relato heroico, según cuenta Campbell, comienza cuando el héroe recibe la llamada de la aventura y, aunque al principio se niega, la sabiduría de un viejo o una vieja lo persuaden de hacer la primera etapa de su viaje. Allí encuentra las pruebas y ayudantes necesarios para acceder al segundo nivel de su travesía. Este, generalmente, está representado por una cueva o un bosque (ambos equivalentes simbólicos de la oscuridad y el caos), donde se enfrenta a la prueba más grande. Cuando triunfa elige un objeto mágico y vuelve a su mundo ordinario cambiado por la experiencia. Si se toman en cuenta las alocuciones públicas de Chávez y los escritos que han quedado sobre su vida, puede reconstruirse una aventura heroica más o menos en los términos planteados por Campbell.

     

     

    Entre la épica oral y la escrita

     

    Por lo curioso del hecho, me parece oportuno señalar que si bien la épica del protagonista de la Revolución Bolivariana la construyó el mismo Chávez durante sus frecuentes y maratónicas alocuciones públicas, las biografías que ahora, casi dos años después de su muerte, quedan para estudiar su legado heroico las escribieron autores extranjeros. Una es Cuentos del Arañero (2012), unas memorias de la vida privada del comandante escritas por los periodistas cubanos Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso. Según el prólogo, esta obra pretende hacer “un viaje que se inicia en sus raíces en Sabaneta de Barinas, en aquella casita de palma y piso de tierra, con el topochal a mano. ‘Pobre pero feliz’” (IX). El otro libro es la extensa entrevista elaborada por Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde diplomatique en español, titulado Hugo Chávez: Mi primera vida (2013)[2].

     

    No se trata de que no se hayan publicado otros libros sobre la vida del presidente, porque es cierto que en los últimos 15 años el mercado editorial venezolano ha reproducido ad nauseam publicaciones en todos los géneros posibles sobre el personaje central de la política venezolana. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme cuál es la causa de que los primeros y más populares versiones de la vida de Chávez editadas justo en la época de su muerte las escribieran extranjeros. ¿Se trata sólo de que los seduce la configuración del mito de un nuevo Che Guevara? ¿O es que los intelectuales adeptos al oficialismo no tienen la proyección internacional de, digamos, un Ignacio Ramonet?

     

    Esta última cuestión me lleva a la reflexión de que si a los escritores venezolanos les hace falta proyección extramuros es porque la revolución que durante los tres lustros ha dirigido los destinos de su país no ha sido capaz de impulsar la literatura venezolana, ni la de un lado ni la del otro del espectro político. Además, la producción cultural asociada al chavismo ha sido pobre y, por ello, inútil a la hora de construir un relato épico sólido dentro y fuera de su país. Un ejemplo es la indiferencia con la cual se acogen fuera las producciones literarias del poeta Luis Alberto Crespo y los narradores Carlos Noguera y Luis Britto García, todos premios nacionales de Literatura cuya defensa de la Revolución es acérrima, a tal punto que el primero de estos declaró que el más grande bardo del país era nada menos que el mismo Chávez. Pero nada cae en saco roto: hoy Crespo es embajador de Venezuela ante la Unesco.

     

    Cuentos del Arañero puede leerse como e-book gratis en internet y Mi primera vida fue editado en España y en el resto de los países de habla castellana por Random House Mondadori, empresa multinacional que desde 2010 se retiró de Venezuela debido a la falta de divisas para importar libros o para comprar el papel necesario para imprimirlos aquí[3]. Cada publicación tiene su propio estilo. Frente a la formalidad periodística de la entrevista reproducida en formato pregunta/respuesta y profusa en notas al pie de página de Ramonet, la colección de viñetas narradas en primera persona y recopiladas por los autores cubanos se prestan a ejercicios lúdicos. Lo cual explica que Cuentos del Arañero se haya convertido en el centro del pabellón infantil de la Feria Internacional del Libro de Venezuela en los últimos tres años.

     

    Chávez mismo había adelantado el proceso de construir una narrativa épica alrededor de su figura durante sus frecuentes y maratónicas alocuciones públicas, a tal punto que el  crítico literario venezolano Carlos Sandoval considera que esta autoficción épica y oral es la primera y más prolija línea de producción narrativa en Venezuela de los últimos quince años. Como ambos libros son resultado de extensas entrevistas con el presidente fallecido pueden considerarse también parte de esta tradición oral. Dice Sandoval que la materialización de esta autoficción épica se encuentra en la publicación de los periodistas cubanos, que caracteriza como “una obra fictiva cuyos destacables réditos simbólicos lo constituyen la polarización política y el culto a la personalidad del narrador”.

     

    Algo similar puede decirse de Mi primera vida, que el intelectual español escribió a partir de unas 200 horas de entrevistas celebradas en el espacio de un lustro, justo antes de que a Chávez le fuera diagnosticado un cáncer. El libro termina donde comienza a cristalizar la leyenda: cuando le eligen presidente de Venezuela y Chávez la transforma en una república bolivariana. El objetivo de la publicación es presentar el tránsito de la juventud a la edad adulta de Chávez como uno de formación intelectual que lo preparó para liderar la revolución en Venezuela. En una conversación con Ramonet, que sostuvimos el día de la presentación de este volumen en la Feria del Libro de Guadalajara del año 2013, me explicó que para entender la original personalidad de Chávez debe comprenderse primero la articulación de sus tres fuentes de saber: “el escolar o teórico; el autónomo o autoeducativo; y el manual o práctico”. Añadió que el momento que definió intelectualmente al presidente venezolano fue su ingreso en la academia militar, así como sus primeros años de pobre de niño campesino, algo determinante: “Tuvo una infancia paupérrima y una adolescencia de clase media. Esta experiencia la tuvieron muy pocas personas”.

     

    En contra de lo que asume el intelectual español, una parte importante de la generación de los venezolanos nacidos en la década de los cincuenta, como Hugo Chávez, se vieron favorecidos por las políticas financieras y sociales del comienzo de la democracia –el 23 de enero de 1958 cae la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y se convocan las primeras elecciones universales en el país– y de la movilidad social amparada por la bonanza petrolera de los años setenta. Así, muchos venezolanos, y no sólo la familia Chávez Frías, tuvieron una madurez con más recursos que los que había a su disposición durante su niñez.

     

    Como otros intelectuales afectos a la Revolución Bolivariana, Ramonet –que considera a Chávez el primer presidente latinoamericano “desde Salvador Allende que quiere hacer una reforma progresista en democracia y no desde el autoritarismo”– asume que el destino del chavismo será el mismo que el del peronismo: sobrevivir durante décadas, aunque sea a través de facciones que proponen múltiples (y a veces contradictorias) interpretaciones de su ideología. “A Venezuela le pasará como a Argentina con Perón”, me dijo, antes de aclarar que “existen todos los peronismos posibles”. A pesar de esto, el periodista español reconoce la excepcionalidad del chavismo en la izquierda latinoamericana, que “tardó en entenderlo” porque irrumpió en la historia venezolana con un golpe de estado contra un gobierno encabezado por un presidente socialdemócrata, Carlos Andrés Pérez. “Si su acción hubiera sido desde una guerrilla, aunque estas también tienen un componente militar, sí lo hubieran leído como inserto en la izquierda. Entre sus ejemplos estaban el peruano Juan Velasco Alvarado y el argentino Juan Domingo Perón: los veía como militares progresistas y se inscribía en esta lista, pero el panorama intelectual de América Latina no esperaba a un militar socialista”, dijo Ramonet.

     

    Mi primera vida muestra la evolución de Chávez, su deseo de convertirse en una estrella del béisbol, sin interés real en política hasta que llegó a la academia militar, particularidad que lo diferenciaba de su hermano Adán, que empezó a participar en reuniones políticas desde secundaria. Ramonet explica que cuando Chávez comenzó a formarse como militar todo lo que había visto en la escuela y lo que había leído en la revista infantil Tricolor adquirió sentido. “Entonces empezó a hacerse su biblioteca con libros tan extraños como Pierre Teilhard de Chardin, el jesuita paleontólogo, que es uno de los intelectuales franceses que citaba siempre”, me explicó Ramonet haciendo hincapié en el modo en el que el comandante se había hecho su propia cultura.

     

    Tampoco me parece acertada la suposición de Ramonet en este caso, pues se necesitan más que algunas lecturas para convertirse en un intelectual. También es necesario que tales lecturas estén dirigidas a la maduración de ideas. Si bien pienso que a Chávez le gustaba leer, no estoy segura de que estas lecturas fueras más allá de lo recreacional, y de que durante sus años en la academia militar respondieran a la curiosidad de quien se interesa por asuntos que antes le tenían sin cuidado por no estar muy seguro de lo que la sociedad espera de él. Esta curiosidad es comparable a la de un universitario que comienza a interesarse por los temas sociales que, gracias a las aulas, ha comenzado por fin a entender.

     

     

    El embrión de la leyenda

     

    La llamada a la aventura llega cuando su hermano, Adán, le prohíbe salirse de las Fuerzas Armadas en 1975, año en que le manifestó su intención de volver a la sociedad civil para estudiar ingeniería eléctrica. Adán pensaba que su hermano ayudaría a cumplir las aspiraciones de los miembros del grupo político de izquierda donde militaba y le ofreció presentarle a Douglas Bravo, a la postre, una leyenda de la lucha guerrillera venezolana[4].

     

    Citando como marco de análisis el esquema propuesto por Campbell, podría decirse que conocer a Bravo fue un hito en la vida del joven militar. El legendario guerrillero encarna la sabiduría mítica del anciano arquetípico, del mito heroico, quien lo llevaría a considerarse a sí mismo un instrumento político. Un mito escrito desde la izquierda venezolana, en la que Chávez comenzaba a inscribirse. “Ahí empiezo a asumir que tengo un papel que jugar”, cuenta a Ramonet. Más adelante añade que fue entonces cuando comenzó a leer sistemáticamente obras del pensamiento político de izquierda latinoamericano, como las de José Carlos Mariátegui o los diarios del Che Guevara. Puede asumirse que el encuentro con Bravo iluminó a Chávez, en el sentido que el Diccionario de la Real Academia otorga al vocablo, el de “ilustrar el entendimiento”: le trajo luces en el sentido que el mito heroico proporciona a la sombra como metáfora del caos.

     

    Aunque Chávez nunca fue claro con respecto a la verdadera influencia que Bravo ejerció sobre su pensamiento, debido a que este exguerrillero se separó del chavismo en 1999, el proceso conspirativo de las fuerzas armadas venezolanas se inspiró en el concepto de “insurrección cívico-militar bolivariana” elaborada por Bravo, quien rompió con el marxismo-leninismo con el objeto de aportarle ideologías autóctonas, como pasó con el pensamiento de izquierda en otras partes de América Latina, en especial México y Perú. A diferencia de estos dos países, Venezuela no podía reclamar un pasado vernáculo de civilizaciones desarrolladas –como la azteca, la maya o la inca– para elaborar un socialismo de producción latinoamericanista al estilo del propuesto por el peruano José Carlos Mariátegui[5]. Bravo asumió como “autóctona” la épica independentista y tomó del pensamiento de Simón Bolívar lo que podía actualizar: la idea de la unidad latinoamericana.

     

    Bolívar fue el general de las campañas que hace dos siglos independizaron su país del imperio español y también uno de los factores cruciales en la autonomía de las actuales Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y Panamá. Retomando la idea de Francisco de Miranda[6] sobre la necesidad de un gobierno centralizado para mantener la independencia, Bolívar recalcó la necesidad de crear una gran nación latinoamericana y llegó a intentarlo con la Gran Colombia. Esta fue una república creada en 1919 que reunía a Nueva Granada (actual Colombia) y Venezuela, y a la que luego se unieron las actuales Panamá y Ecuador. En su discurso del 13 de marzo de 1819, durante el Congreso de Angostura, donde se resolvió la creación de esta enorme nación, Bolívar se refirió a la necesidad de unir a las antiguas colonias españolas si se quería preservar su autonomía de Europa o de otros centros de poder económico –como el que comenzaba a consolidarse en Estados Unidos–, y de crear un sistema de gobierno republicano acorde con las necesidades especiales del territorio que no copiara modelos foráneos. La Gran Colombia se disolvió en 1830, meses antes de la muerte de Bolívar.

     

    El protagonismo de El Libertador y de otros militares venezolanos en los procesos independentistas de los países al norte de Suramérica afianzó la idea de que sólo lo sucedido durante la gesta independentista tiene valor en la historia de Venezuela, condenándolos a la nostalgia de la época prerrepublicana. Ana Teresa Torres estudia esto en La herencia de la tribu y analiza cómo la Revolución Bolivariana propone como plan de gobierno la restauración de aquella vieja gloria. “La gloria de la independencia, siempre dominante en nuestro imaginario, extiende su sombra de presente perpetuo”, escribe Torres.

     

    A pesar de que en las Fuerzas Armadas venezolanas la influencia del pensamiento bolivariano es profunda, pues los mismos integrantes de ese cuerpo se asumen como herederos de la tarea “emancipadora” de Bolívar, la imaginería de la Revolución Bolivariana ha ido ensartando en el chavismo una serie de símbolos para vincular la épica bolivariana con la de su comandante. Esto se debe a que, en Venezuela, Bolívar es un significante polisémico, que se reinventa según la agenda política del momento. El uso del pensamiento bolivariano con fines políticos que hace la izquierda representada por el chavismo es una de las estaciones del árbol de tres raíces sobre el que se sustenta la ideología chavista. Otra raíz es la llamada “robinsoniana”, que se refiere al pensamiento del maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, quien adoptó el nombre de Samuel Robinson durante su exilio en Jamaica. Influenciado por el pensamiento del ginebrino Jean Jacques Rousseau, que asume la bondad del hombre antes de ser pervertido por las estructuras sociales y la idea de que la voluntad general de un colectivo debía sobreponerse a las individuales. El historiador Mariano Picón Salas señala que si Rousseau tuvo una preeminencia especial entre los iluministas que sirvieron de inspiración para la configuración de Venezuela en república era porque establece un diálogo entre la naturaleza y el individuo, por lo cual encaja en las fantasías venezolanas de arcadias rurales. Si bien casi el 90 % de los venezolanos vive en urbes, la imagen del campo como un lugar idílico que debe ser protegido de la vorágine destructiva causada por la explotación petrolera es una de las más poderosas del imaginario nacional.

     

    Si el pensamiento robinsoniano que reivindica la Revolución Bolivariana se sustenta en la necesidad de crear nuevas instituciones a partir del espejismo de una Venezuela aún rural, la tercera raíz del árbol ideológico del chavismo hace más evidente la persistencia de las arcadias rurales, pues alude a la insurrección campesina proclamada por Ezequiel Zamora. Zamora era uno de los líderes contrarios al centralismo durante la Guerra Federal. Ese conflicto se extendió entre los años 1859 y 1863 como consecuencia de las presiones de los liberales (también llamados federalistas) sobre los militares de la generación anterior, los mismos que habían logrado la independencia. Zamora abogaba por una sectorización del poder que daría así más autonomía a los campesinos. La jefatura del país, el poder de los centranos, estaba encarnada por los godos u oligarcas, los militares herederos de las glorias de la independencia. Por esa razón la palabra “oligarcas” se ha convertido en voz corriente del discurso político venezolano actual. Pero este es uno de los pocos lugares donde el chavismo reivindica a Zamora.

     

    Irónicamente, aunque la bandera de su pensamiento era la necesidad de fortalecer la autonomía de los diferentes sectores dentro de Venezuela en detrimento del poder ejecutivo concentrado en Caracas, pocas gestiones gubernamentales han sido tan centralizadoras del poder como la chavista. La preeminencia de miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela en cargos públicos es prueba de ello.

     

    En su Libro azul, uno de los dos que Chávez publicó en vida –el tercero son sus Diarios de juventud, que citó con frecuencia, pero que sigue inédito–, el comandante se refiere al árbol de tres raíces con los mismos términos grandilocuentes, pero poco explicativos, que caracterizaron al resto de su retórica pública. Cuando el autor se pregunta por el propósito de los cambios profundos que necesita la sociedad venezolana se responde de esta manera: “Existe entonces, compatriotas, una sola y poderosa razón: es el proyecto de Simón Rodríguez, el Maestro; Simón Bolívar, el Líder; y Ezequiel Zamora, el General del Pueblo Soberano”. Y como si este enunciado no fuera ya confuso, continúa: “[que son la] referencia verdaderamente válida y pertinente con el carácter socio-histórico del ser venezolano, que clama nuevamente por el espacio para sembrarse en el alma nacional y conducir su marcha hacia la vigésimo primera centuria”.

     

    Si bien es difícil trazar la influencia de Bravo sobre el pensamiento de izquierda del entonces joven militar y, por ende, convertirlo en una especie de mago Merlín de la épica chavista, sí es más fácil determinar la figura de la abuela como una especie de dama más propia de los cantares de gesta que de la iconografía de un político del siglo XXI. Esta es la imagen de Mama Rosa que ha pasado tanto a Cuentos del Arañero, como a Mi primera vida.

     

    Donde más ampliamente se narra la relación de Chávez con Mamá Rosa es en Cuentos del Arañero, donde se la identifica con la “mamá vieja de la familia”. Es de la relación con su abuela de donde le viene el apodo de arañero. Arañas son unos dulces típicos de Los Llanos hechos con papaya, fruta que en Venezuela se llama lechosa. Se les dice así por la forma que tienen, como un enredo de hilachas de lechosa. La leyenda que se ha tejido alrededor de Chávez lo coloca vendiendo estos dulces hechos por su abuela en las calles de Sabaneta, el pueblo donde nació en 1954. “A la salida de misa estaba yo, mire, con mi bichito aquí: ‘Arañas calientes’ y no sé qué más. Y agregaba coplas: ‘Arañas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes’, arañas sabrosas pa’ las muchachas buenamozas’, cosas así”, contó Chávez a los escritores cubanos.

     

    El año 1982 comenzaría con una fuerte aflicción para Chávez, pues el día 3 de enero entierra a su abuela. Ella lo había criado y era lógico que su muerte obligara al futuro presidente a ponderar la trascendencia de su propia vida. Cuenta a Ramonet que en el poema que le escribe para despedirse enuncia por primera vez lo que luego se convertirá en el lema de la Revolución Bolivariana: “patria o muerte”. Lo reproduce el español en su libro:Y vendrán los federales/ con Zamora al frente,/ y el catire Páez/ con sus mil valientes,/ las guerrillas de ‘Maisanta’[7]/ con toda su gente”. Y en este canto, Chávez, en su personaje de héroe, como acostumbraban los caballeros andantes de la antigua poesía épica, encuentra una dama a quien ofrecerle sus victorias, Mamá Rosa. Por eso le canta:

     

    Al fin de mi vida,

    yo vendría a buscarte,

    Mamá Rosa mía,

    llegaría a la tumba

    y la regaría

    con sudor y sangre,

    y hallaría consuelo (…)

    Entonces, abrirías tus brazos

    y me abrazarías

    cual tiempo de infante

    y me arrullarías

    con tu tierno canto

    y me llevarías

    por otros lugares

    a lanzar un grito

    que nunca se apague.

     

    El entramado simbólico de esta cita es evidente. Al referirse a las figuras históricas de Zamora, Páez y Maisanta –o, mejor aún, al colectivo que representaban–, Chávez adelanta la imagen de una comunidad en búsqueda de reivindicaciones. Es del seno de este colectivo del que nacerá la figuración del “bravo pueblo” que el chavismo convirtió en consigna política. La segunda parte de su intervención se refiere a la urgencia de su gesta. Cuando dice a su abuela “yo vendré a buscarte” no parece hablar el hombre del siglo XX, sino un caballero medieval y ese abrazo que la abuela le ofrecerá desde la muerte parece una manera alegórica de volver a la Gran Madre, la Madre Naturaleza, y, por ende, una forma de resurrección que ribetea con la imagen del bramido que nunca callará. Como si el grito de Chávez hablara por “los federales”, los “valientes” o “toda su gente”.

     

    Sí es verdad que este joven militar a los 28 años de edad lloró en esos términos sobre la tumba de su abuela. Ya tenía entonces consciencia de un pueblo y también de que él mismo había sido llamado a eternizarlo de alguna manera.

     

    Citas de este poema a Mamá Rosa están reproducidas en las paredes del Cuartel de la Montaña, en la misma sala donde se exhiben elementos alusivos al intento de golpe del 4F, elemento que el chavismo ha escogido como apoteosis de su héroe. Así que, de alguna manera, este poema ya demostraba cierta determinación política de nuestro protagonista, cuando no de plano un delirio patriótico, evidenciado por la ligereza con que se compara con los paladines de la historia nacional. Puede esto también asumirse también como un adelanto de la llamada a la aventura que Chávez y otros tres compañeros suyos del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) representarán, meses después, en el episodio del Juramento del Samán de Güere.

     

     

    El héroe acepta su destino

     

    En julio de ese año Chávez fue ascendido a comandante de paracaidistas y en diciembre le encargaron el discurso principal de las celebraciones del día 17, cuando se conmemora el aniversario de la muerte de Bolívar. Bajo el mediodía abrasador de Maracay, una ciudad costera al este de Venezuela, donde estaba con el batallón al que pertenecía y frente a dos centenares de hombres –porque a los suyos se había unido una compañía de comando y una de comunicaciones–, su intervención consistió en media hora de arenga en las que mezcló frases de Simón Bolívar y del escritor y político cubano José Martí, cuyo pensamiento se ha convertido en el ideario de la revolución de la isla.

     

    El discurso causó incomodidad entre los superiores de Chávez, que lo hubieran acusado de insubordinación si su coronel no se hubiera hecho cargo de las consecuencias. Entre las generaciones más viejas y las promociones más jóvenes había roces. Mientras los primeros se habían dedicado a perseguir a los guerrilleros, el pensamiento de izquierda estaba cuajando en los otros, como había ocurrido con el futuro presidente de Venezuela.

     

    Para pasar el mal rato, Chávez salió a correr junto con Felipe Acosta Carlés, Jesús Urdaneta y Raúl Isaías Baduel. Llegaron hasta el Samán de Güere, ubicado a siete kilómetros de Turmero, en la cuenca hidrográfica del lago de Valencia. El samán es un árbol de lluvia característico del trópico que vive centenares de años. Es un ejemplar venerado por los aborígenes de la zona, los arawak. La tradición venezolana señala que en ese exacto samán se había detenido Bolívar a descansar durante la Campaña Admirable, con la cual se consiguió la liberación del occidente de Venezuela. Cuando llegaron hasta allí, Chávez parafraseó el juramento que hizo Bolívar en 1803 en el Monte Sacro de Roma, frente a su profesor Simón Rodríguez. El Libertador dijo: “¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”. Chávez cambió la frase final y dijo: “las cadenas que oprimen a mi pueblo por voluntad de los poderosos. Elección popular, tierras y hombres libres, horror a la oligarquía” (Ramonet, 183)[8].

     

    La grandilocuencia de compararse a Bolívar –nada menos que el Padre de la Patria para los venezolanos– a través de su juramento evidencia que Chávez se veía destinado a protagonizar grandes hazañas. En todo caso, el Juramento del Samán de Güere es el momento que el chavismo considera embrionario de la Revolución Bolivariana: representó la fundación del MBR-200. Meses después, a la primera reunión del grupo, además de los antes citados también acudieron Ronald Blanco La Cruz, subteniente de paracaidistas; Pedro Alastre López, teniente en el batallón de blindados, y Luis Reyes, de la Fuerza Aérea. El héroe de la épica revolucionaria venezolana había encontrado a sus ayudantes, grupo que en los años siguientes crecería mientras los descontentos ante la situación económica del país se multiplicaban. Para los años noventa, sus seguidores se contarían por centenas.

     

    No fue en el juramento citado ni tampoco en el poema que dedicó a su abuela donde Chávez evidenció una megalomanía marcada por la obsesión con Simón Bolívar y la épica emancipadora decimonónica, sino en su costumbre de posar como general de aquella época en cuanto acto público apareciera. Un extraño episodio durante la conmemoración de la Batalla de Carabobo da cuenta de este afán. Esa batalla selló la independencia de Venezuela y por eso sus Fuerzas Armadas suelen celebrarlo todos los 24 de junio. Con motivo de esa conmemoración, en el año 1985, Chávez emprende una travesía desde el lejano pueblo de Elorza, en el estado llanero de Apure, donde estaba emplazado su destacamento, hasta Campo Carabobo, con un puñado de hombres vestidos de campesinos y haciendo ondear banderas negras con calaveras como las que enarbolaron las tropas improvisadas del prócer José Antonio Páez en 1821. “Esas banderas andaban por todos lados”, cuenta Chávez a Ramonet después de explicarle que lo importante era su lema: “libertad o muerte”. Al general que dirigía el desfile le gustó la representación y ordenó que se finalizara con la entrada de Chávez y sus jinetes. Torres juzga la informalidad de este cuerpo, “que se supone atado a rígidos códigos de conducta”, donde un capitán puede recorrer los pueblos con un batallón haciendo por su cuenta una representación, y un general puede cambiar el protocolo de un acto. Yo añadiría algo sobre la puerilidad de todo el acto: como niños jugando a ser los héroes de la independencia.

     

    Aquel comportamiento, aunado a las alocuciones públicas de Chávez, formales o informales, en las cuales citaba constantemente pensamientos de Simón Bolívar y Ezequiel Zamora, formó en torno suyo un aura, si todavía no propiamente de héroe, por lo menos de personaje llamativo, cuando no solo de orate. Su fama corrió dentro de las Fuerzas Armadas como la pólvora: algunos lo consideraban un bufón con delirios de grandeza y otros veían en él la posibilidad de reivindicar el pensamiento venezolano dentro de la política contemporánea. Estas posiciones contrapuestas contribuyeron a que algunos de sus seguidores hablaran de cierto mito que, por supuesto, él mismo se encargó de alimentar. Y así se lo refirió a Ramonet: “Cuanto más me atacaban y me perseguían, más contribuían a alimentar el mito (...) Claro, uno puede ser ayudado por la historia hasta donde la propia historia lo permite. Ella va imponiendo condiciones que resultan como un juego de azar”.

     

     

    La apoteosis del héroe

     

    Tanto Mi primera vida como Cuentos del Arañero ofrecen un perfil de Chávez que se detiene en su primer triunfo electoral, contribuyendo a solidificar la carga simbólica que tiene el 4 de febrero de 1992 (4F) como “batalla crucial” en la épica del chavismo, dejando fuera de esta narrativa otros sucesos tan importantes en la historia personal y política del mandatario como el intento de golpe de estado del 11 de abril de 2002 o la lucha contra el cáncer, que perdió en 2013. Así, la épica del chavismo hace lo que ninguna otra en occidente: convierte un fracaso militar en un triunfo del populismo.

     

    El 4F fue un fracaso estrepitoso, no solo porque los golpistas no pudieran detener al presidente Carlos Andrés Pérez o porque un soplón alertara al Ministerio de la Defensa y al alto mando, sino porque hubo errores en la organización de los 2.600 hombres de cinco guarniciones que se sublevaron. Por ejemplo, los grupos civiles cuya misión era ayudarlos a tomar el control de las emisoras de radio y televisión en Caracas nunca aparecieron, ni los oficiales de la Fuerza Aérea hicieron volar sus aviones por juzgarlo peligroso. La comunicación entre ellos era un desastre. Incluso los instrumentos y equipos básicos para la empresa no estaban disponibles[9].

     

    Lo que en otras circunstancias hubiera sido un revés sin remedio se convierte en una ventaja cuando Chávez, derrotado y humillado, tiene que rendirse y lo hace ante las cámaras de televisión. Medida que se toma por necesidad, pues no había otra manera de comunicarse con el resto de los insurgentes del MBR-200 al no tener equipos para comunicarse. El resto del grupo de disidentes no sabían que los objetivos de la revuelta no se cumplieron. Aquella alocución fue la entrada de Hugo Chávez Frías a la imaginería popular contemporánea.

     

    No era la primera vez que aparecía en televisión. El futuro presidente de Venezuela ya conocía y le gustaba la popularidad que otorgaban los medios audiovisuales. Una década antes de alzarse en armas participó en una breve encuesta que se realizó en el programa Buenos días, de Napoleón Bravo, que se transmitía por Venevisión al mediodía. Sus compañeros de las Fuerzas Armadas hicieron chistes durante meses a cuenta de su salida en ese espacio. La segunda aparición de Chávez en televisión fue en El show de Popy, un programa para los niños amenizado por un payaso que se transmitía por Radio Caracas Televisión. Chávez se lo cuenta así a Ramonet: “En esa emisión intervenían también las popynas, unas muchachas muy bonitas... Al general Olavarría le gustaba mucho ese programa. Un día me llama: mire, teniente, Popy quiere hacer una emisión dedicada a la Academia, con las popynas pues. (…) Así que nos sentamos Popy y yo a pensar en cómo hacerlo. Se me ocurrió lo siguiente: ‘Vamos a hacer un desfile de los cadetes, grábenlo para que el mundo vea (...) Pusimos a desfilar al batallón, filmamos, grabamos en el comedor, en el patio’”, cuenta en Mi primera vida. Como en el episodio de la conmemoración de la Batalla de Carabobo, lo que más interesante me parece es la impostura y la falta de seriedad de un cuerpo que más bien debería regirse por estrictos códigos de conducta.

     

    En El héroe de las mil caras, Campbell cuenta que un momento crítico de la leyenda heroica es cuando el protagonista se encuentra casi muerto, o literalmente muerto, y renace. Esta es la acción crucial de su apoteosis, la fuente de la magia del héroe. En el caso de Chávez la resurrección sucedió a través de los medios de comunicación. El 4F era el primer golpe de estado –o intento de golpe– en la historia de Venezuela que se transmitía en vivo. Aquella primera alocución política de Chávez televisada se convertiría durante su presidencia en la regla de su actuación pública[10]. Aquel 4F, como haría luego durante los últimos 15 años de su vida, Chávez apareció, sin siquiera pergeñar una línea en un papel para guiarse en la vorágine de sus nervios. Y eso que los generales Sateliz, jefe de Planificación del Estado Mayor, y Fernando Ochoa Antich, ministro de Defensa, así se lo habían pedido. Apareció en las pantallas de televisión de Venezuela y dijo:

     

    “Primero que nada quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela, y este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada Blindada de Valencia. Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros, acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros: oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”.

     

    Dos frases de esta alocución hicieron historia, no solo porque los medios las repitieron constantemente, sino porque su contenido semántico encontró eco en la población. La primera: “por ahora”, que se hizo célebre en los meses siguientes a la revuelta como un lema del que abusaron los medios de comunicación para subrayar la necesidad de un cambio en el país. Con esta frase Chávez parecía asumir que algo pasaría más adelante, aunque ya había sido arrestado. Quizá se trataba de un anticipo del discurso mesiánico que ampliaría casi una década más tarde en sus intervenciones públicas como presidente. Pero la frase que mejor caló en un país que había asistido en los últimos meses a una pléyade de acusaciones de corrupción a políticos que nadie quería encarar era la que asumía responsabilidad por el golpe. Era la primera vez en la historia de este país que alguien hacía eso y es de suponer que esas palabras se grabaran con fuerza en una población ávida de reivindicaciones. Le hicieron atractivo para quienes desde entonces empezaron a asociarlo a un cambio de situación. La politóloga Ruth Capriles lo explica en términos simples: “Los venezolanos queríamos en ese momento responsabilidad y sinceridad en el dirigente político”. Y añade: “El instinto político de Chávez, que debemos reconocer como excepcional, le permitió percibir esa demanda en sus seguidores potenciales y hacer uso de ella en aquel minuto y medio estelar del 4 de febrero de 1992”.

     

     

    El Mesías de un pueblo

     

    Si el chavismo pudo reivindicar un fracaso militar como el triunfo mediático de un colectivo se debe a que fue interpretado por la opinión pública de la época como una muestra de la quiebra de la institucionalidad democrática que había operado en Venezuela hasta la fecha y el símbolo del comienzo de la antipolítica. Si encontró asidero en la población fue porque el país sufría una crisis económica y de valores sociales. La gente quería cambios.

     

    Muestra de todo ello es otro discurso de la jornada del 4F que se transmitió también en cadena nacional. Se trata del que pronunciara en el Congreso de la República con motivo del decreto de suspensión de garantías el expresidentes Rafael Caldera y cuya frase emblemática –“democracia con hambre no dura”–, se repitió constantemente. El discurso del fundador del partido socialcristiano Copei y uno de los corredactores de la constitución de 1961 pretendía condenar el golpe, pero terminó erigiéndose en su aval. Esta alocución prueba que la gente, incluso los políticos más conservadores, percibían que más que el oportunismo militar fue la necesidad de salir de la crisis lo que impulsó el 4F.

     

    La crisis económica quedó en evidencia desde que el 18 de febrero de 1983, Luis Herrera Campins, a la postre presidente de Venezuela, anunció que la cotización de la moneda venezolana, el bolívar, que durante 20 años había sido de 4,30 por dólar pasaría a 7,50 por dólar[11]. La deuda externa y la caída de los ingresos del petróleo atribulaban las finanzas del país y el presidente tuvo que asumir la primera maxidevaluación de la historia nacional. Este hecho se conoce como el Viernes Negro. En una noche el poder adquisitivo de los venezolanos disminuyó a la mitad. Aquello disolvió el espejismo de la Venezuela saudita, que era el sobrenombre que recibió el país durante el gobierno anterior –el primero de Carlos Andrés Pérez– debido al gran flujo de dólares que ingresó como consecuencia del embargo árabe del crudo en octubre de 1973, durante la guerra del Yom Kipur.

     

    En los años siguientes, la crisis financiera venezolana se agudizó, a la par que aumentaban las acusaciones de corrupción dentro del gobierno y una nueva generación de políticos intentaba acceder a puestos de poder en el aparato estatal sin ofrecer ningún cambio profundo dentro de los dos partidos mayoritarios, el socialdemócrata Acción Democrática (AD) y el socialcristiano Copei. La frustración de muchos venezolanos, que se temían que la crisis se prolongara en manos de políticos más jóvenes y no en cambios reales, consiguió una de sus imágenes más brutales en el Caracazo, una violenta ola de disturbios y saqueos. Estas protestas brotaron entre el 27 y el 28 de febrero, a seis años del Viernes Negro y días después de que Carlos Andrés Pérez asumiera por segunda vez la presidencia de la República. La dura represión de la Guardia Nacional, las Fuerzas Armadas y la Policía Metropolitana dejó 276 muertos, según cifras oficiales.

     

    El chavismo interpreta el Caracazo como la respuesta de las clases menos favorecidas a las medidas económicas dictadas por los presidentes Herrera Campins, Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez[12]. En Mi primera vida Chávez cuenta que a partir del Caracazo podía sentirse que “algo iba a ocurrir en el país”, calificando la situación de “prerrevolucionaria” y asumiendo que si no se hubiese producido la rebelión del 4F, Venezuela hubiera desembocado en una guerra civil. Asumiendo al Caracazo como la explosión de “un pueblo hambriento”, el chavismo se apropia de esta fecha, en que no tuvo participación alguna el MBR-200, y lo convierte en el origen, casi legendario, del intento golpe de estado del 4F: “el doloroso parto del 27 de febrero de 1989 cuando las calles de Caracas se anegaron de sangre; y finalmente ese 4F de 1992 que partió en dos la historia venezolana, y de donde brotó la patria” (página 514).[13]

     

    La interpretación parte de una posición contraria a la asumida por buena parte de la opinión pública de la época, que pronto rechazó los sucesos de febrero de 1989, no tanto porque tuviera credibilidad el presidente Pérez sino porque la arremetida fue tan violenta que sorprendió a la mayoría. José Ignacio Cabrujas, dramaturgo y columnista venezolano, en un escrito fechado en 1995, calificó al Caracazo como explosión traducida en saqueo, pero no lo consideró verdaderamente revolucionario pues no observaba allí una consigna clara. “Es un saqueo dramático, las personas asaltaron locales en medio de una delirante alegría, no hay tragedia, al iniciarse el proceso”, escribió Cabrujas. Se refiere a la estampa de un hombre que llevaba media res sobre su hombro: “No era un tipo famélico buscando el pan era un jodedor [bromista] venezolano, aquella cara sonriente llevando media res se corresponde con una ética muy particular; si el Presidente es un ladrón, yo también; si el Estado miente, yo también; si el poder en Venezuela es una cúpula de pendencieros, ¿qué ley me impide que yo entre en la carnicería y me lleve media res?”. Un arquetipo ampliamente estudiado en la cultura de este país es el vivo, como llamamos coloquialmente al pícaro, el que se aprovecha de las circunstancias para sacarle provecho, aún por encima de los demás, por muy cercanos suyos que sean[14]. Es el artífice del bulling, para usar un término que se ha puesto de moda. Por eso Cabrujas propone la imagen del ladrón de carne como resumen de la jornada y califica al Caracazo del gran conflicto humano que pone sobre la mesa la moral de los venezolanos, incluso de ceremonia: “Ese día de juego que termina en un desenlace monstruoso, cruel, la carcajada termina en sangre, es el día más venezolano que he vivido, nunca había sido tan interpretado por nuestra historia, por lo que nos está ocurriendo, es el día que fuimos sublimes y perversos como lo fuimos en buena parte de nuestra historia. Nuestros iconos históricos nos anuncian siempre ese dilema”.

     

    La pasión que Cabrujas describe la analiza Ruth Capriles en El libro rojo del resentimiento, definiéndola como la emoción fundamentada en la repetición de sentimientos hostiles, como el odio y la venganza, que han sido reprimidos por la impotencia de no poder satisfacerlos. La agresión que se resiente es la que se sufre en situación de inferioridad, por lo cual quien es víctima de un agravio se siente impotente y no puede reivindicarlo en el mismo momento en que lo sufre, por eso lo reprime esperando momentos más ventajosos para descubrirlos.

     

    Las idea de que Chávez y los golpistas del MBR-200 respondían a una especie de mandato místico de los venezolanos fue en parte sustentada por las muestras de simpatía espontánea que generó su aparición en televisión, como el hecho de que en los Carnavales de ese año muchas madres decidieran disfrazar a sus hijos con el uniforme del comandante alzado, así como también por las muchas visitas de desconocidos que recibió en la prisión de Yare, donde estuvo encarcelado durante tres años hasta que el sucesor de Pérez, el presidente Rafael Caldera, lo indultó. Entre las causas de tal respuesta a Chávez que recoge El libro rojo del resentimiento se hallan, además de la crisis económica y la desilusión ante los irresolutos escándalos de corrupción o el hartazgo del sistema bipartidista que ya no representaban los deseos de la población, otros inherentes al líder: como su carisma y el vínculo emocional que generó su discurso contra los partidos tradicionales –“el cogollo”, como se le llamaba entonces a sus bases, reticentes al cambio– y contra el destino colonial. “El liderazgo es una relación de espejos escribe Capriles–. El mensaje del líder prende cuando se refleja la misma emoción o los mismos propósitos de la población” (página 55).

     

    Por su parte, Torres se refiera al 4F como la imagen de la relación fundamental entre héroe y las reivindicaciones populares que constituyen el fundamento de la propaganda chavista. En sus discursos, Chávez relacionaba con éxito su historia pública con las imágenes de identidad de los venezolanos. Así lo demuestra esta cita, un extracto de su discurso para conmemorar los 20 años de un hito: 

     

    “El 4 de febrero recoge la bala de San Carlos que aniquiló el sueño de Ezequiel Zamora. El 4 de febrero incluye mucho más allá, el grito del Cacique Guaicaipuro cuando por aquí muy cerca por estas montañas les dijo a los españoles imperialistas, cuando iba a morir, vengan españoles; eso fue aquí mismo en estas montañas [de Caracas], vengan, españoles, vengan para que vean cómo muere el último héroe libre de esta tierra. Ese grito de Guaicaipuro resonó el 4 de febrero de 1992. El 4 de febrero de 1992 también retumbó el canto de las Queseras del Medio, retumbó también el grito de Zamora: ‘¡Tierra y Hombres libres: Elecciones populares y horror a la oligarquía!’ (…) Retumbó el llamado de Simón Bolívar cuando dijo: ‘Dios mío, he arado en el mar’; el 4 de febrero retumbó el lamento del general Bolívar cuando dijo: ‘¡Dios mío, cómo saldré de este laberinto!’. Todo eso retumbó aquellas horas del 4 de febrero de 1992. Por eso es una fecha para la historia, es una fecha para la dignidad del pueblo; es, verdaderamente, el día de la dignidad nacional. El 4 de febrero de 1992 ¡Y para siempre!” (página 244).

     

    Ayudado por cierta concepción simplista de la historia oficial, el chavismo lee la crónica venezolana en ciclos de heroísmo y traición, y esta cita es un buen ejemplo de ello. En el discurso, el hablante salta entre distintas épocas de la historia venezolana: vincula su causa con la del indio Guaicaipuro, muerto en el siglo XV durante la resistencia amerindia a la colonización española. También se identifica con la peripecia de Ezequiel Zamora, oficial del bando liberal durante la Guerra Federal. Más tarde, el líder de la Revolución Bolivariana se equipara con Bolívar, un mantuano nacido tres siglos después de la muerte de Guaicaipuro y fallecido casi 30 años antes de iniciarse la Guerra Federal.

     

    La táctica discursiva utilizada por Chávez en el aniversario del 4F –y en la mayoría de sus apariciones públicas–, un collage de personajes y épocas de la historia, recuerda el procedimiento literario emprendido por Luis Britto García en su novela experimental Abrapalabra, publicada en 1979 en plena época de la vanguardia literaria de Venezuela. A lo largo de las casi 800 páginas, el personaje de Kabalú aparece varias veces. Primero personifica a un indio en la época de la conquista a quien los colonizadores españoles le quitaron sus tierras y lo asesinaron. Luego renace durante la colonia como un maltratado por los blancos criollos –es decir, los hijos de peninsulares en el Nuevo Mundo–, y más tarde se encarna en un desposeído a quien le arrebataron sus tierras los burgueses del siglo XIX –llamados oligarquía por ser herederos del orden político y social instaurado por los próceres de la independencia–. Hacia el final del libro, Kabalú se convierte en un loco, un hombre marginado en la urbe venezolana del siglo XX. Como el Chávez hipotético que se equipara con Guaicaipuro, Bolívar y Zamora, Kabalú es el representante de las diversas capas sedimentadas de retribuciones históricas que pueden resumirse simbólicamente en una supuesta necesidad de libertad.

     

    Sólo a partir de una perspectiva poscolonial cargada de reivindicaciones sociales, una visión académica que antes que la linealidad histórica prefiere atender los fracturados legados culturales del colonialismo español, francés e inglés y del imperialismo promovido por los países industrializados, es posible encontrarle sentido al hecho de que Hugo Chávez se sitúe como trasunto de un héroe de la resistencia indígena, de un Bolívar que puso término a la hegemonía colonial española y del oficial de una guerra organizada por militares terratenientes en contra de la burguesía comerciante caraqueña enquistada en el poder desde 1830. Esto demuestra que, en la narrativa épica del chavismo, el héroe es todo insurgente contra el enemigo en defensa del pueblo. Durante la conquista, Guaicaipuro; en la época colonial, Bolívar; en la república oligárquica, Zamora; en la democracia representativa, los mártires guerrilleros y, en el presente, Chávez.

     

    Me parece importante destacar que esta figura del pueblo como un colectivo de víctimas explotadas y engañadas por élites inmorales niega la responsabilidad en la propia condición y evidencia lo lejos que está el chavismo del marxismo, o por lo menos del humanismo marxista que asume como una faceta de la lucha social la toma de consciencia y la responsabilidad individual.

     

    El término pueblo adquirió connotaciones de fuerza cósmica en el discurso chavista. La figuración de un “pueblo” es la cúspide de un proceso que Terry Eagleton identifica con la bella pero elusiva frase “metafísica del nacionalismo”. En el ensayo Nationalism: Irony and Commitment se define como el momento en que una sociedad se percata de la existencia de un sujeto unitario, el “pueblo”, que existe como entidad, con sus necesidades ya determinadas como si siempre se hubiera tratado de un ser autónomo. Lo que el crítico literario inglés no estudia es que este concepto es uno de los más sensibles a la manipulación ideológica. Tomemos, por ejemplo, el chavismo, para el cual ese “sujeto autónomo” al que se refiere Eagleton está, además, “bravo”. Me refiero a la reinterpretación que hace del sentido del himno nacional de Venezuela: Gloria al Bravo Pueblo.

     

    Detrás de la idea de que “ahora el pueblo está en la calle”, que corresponde a uno de los lemas políticos más populares del gobierno, o a la idea de que el chavismo ha hecho por fin visibles las necesidades de grandes segmentos de la población con menos recursos, se entiende que este “bravo pueblo” es no sólo el que demanda reivindicaciones sino el que está obligado a hacerlo por ser heredero de Bolívar. Axel Capriles lo relaciona con una figura central del inconsciente colectivo venezolano: el arquetipo del alzao, en rebeldía perpetua contra el sistema y que se origina en el culto a los héroes de la independencia y “la idealización del hombre insurrecto por encima de los legisladores y los administradores” (página 184). Este mismo arquetipo del alzado es fácilmente comparable con el saqueador que describía Cabrujas. No se trata de un ciudadano con deberes y derechos sino de un colectivo convertido en masa, que reclama algo a lo que cree tener derecho.

     

    Así, Chávez configura su imagen pública a partir de la de un héroe reivindicativo. Erigido por los medios de comunicación como el protagonista de la asonada, tuvo éxito en identificar a un colectivo ávido de reivindicaciones, uno que justamente era el más numeroso al pertenecer al nivel de menores ingresos en la estratificación social. Justamente los que sufren en situación de inferioridad y donde el resentimiento encontró campo fértil para la siembra. La consecuencia de esta filiación es un discurso construido para argumentar a favor de los más pobres que deja fuera a las clases medias, creando una polarización que ha mantenido a Venezuela dividida en dos mitades casi irreconciliables durante los 15 años de hegemonía de la Revolución Bolivariana. La polarización se suscita a partir de dos necesidades: la de crear constantes enemigos de la patria y la de buscar culpables cuando las cosas no salen bien. “Detrás de la utopía de la modernidad latía una más antigua, más profunda”, se lee en La herencia de la tribu: una “que entroncaba perfectamente con el discurso de la Revolución Bolivariana, y Hugo Chávez entraba en la historia encarnando a la mítica del héroe salvador que venía a redimir a su pueblo” (página 178).

     

    Una lectura del discurso de Chávez en términos mesiánicos permite la apreciación de cierto nivel bíblico, en el cual el héroe no sólo genera vínculos emocionales con su pueblo al estilo de los pastores evangélicos sino que, como estos, utiliza la satanización del enemigo con el objeto de localizar los problemas de la sociedad en un ente externo. Ello refuerza la imagen del alzao irresponsable, pero también se vincula con el auge de las religiones politeístas –principalmente la santería y el culto a María Lionza– desde hace década y media, pues mientras en el monoteísmo se subraya la culpa, en estas creencias se responsabiliza a otros de los males individuales y sus feligreses se sienten perseguidos. En De que vuelan vuelan, la antropóloga Michaelle Ascencio señala que esa fantasía persecutoria genera una desconfianza que se pone de manifiesto en una posición siempre a la defensiva –de alzao–, así como la creencia en la envidia y el resentimiento; es decir, que tanto en sus creencias religiosas como en sus posturas políticas este “bravo pueblo” venezolano necesita culpar a otro de sus males.

     

    A pesar de que la tautología de la épica heroica es la propaganda más eficaz para un sistema de gobierno cuya lógica no admite la crítica, porque ejerce su poder como un pastor evangélico desde el púlpito mediatizado, el drama al que se enfrenta el chavismo –aún no me atrevo a llamarle madurismo, pero el lector entiende– desde la muerte de Chávez en marzo de 2013 es que, conforme pasa el tiempo, más lejos quedan las reivindicaciones que supuestamente hicieron necesario el 4F, así como la mismísima Revolución Bolivariana y el héroe que la encarnó. Además, se van sumando al pueblo –bravo o no– nuevas generaciones de venezolanos a quienes el 4F les dice poco más que los momentos de grandilocuencia relegados al pasado.

     

    Mantener viva la épica del chavismo es la cruzada del gobierno de Nicolás Maduro, que no ha escatimado esfuerzos para elevar la figura de Chávez, ahora apodado “el Comandante Eterno”, a un estatus teológico. Entre las medidas que ha emprendido están algunas de forma y otras de contenido, que en la cotidianidad pasan como simples métodos propagandísticos, pero que, si resultan exitosos en su identificación con un colectivo, ayudan a la consagración de Chávez ya no como un personaje de la historia nacional sino de leyenda.

     

    Entre las medidas de forma está la costumbre de que todo los días a las 4.25 de la tarde, hora en que murió Chávez, se dispare una bala de salva desde un cañón decimonónico ubicado en el Cuartel de la Montaña para recordarlo a diario. Otra es la apología de la última victoria electoral del Comandante, como la que se hace, también, en el Cuartel de la Montaña, que busca resaltar que Chávez casi murió en pie de lucha y que, por ende, sus seguidores tienen la obligación de continuar su legado. También está el abuso de las conmemoraciones al presidente fallecido. El gobierno aprovecha cualquier excusa para hacerle homenajes, como el Premio Nacional de Periodismo póstumo que se le otorgó en 2013, y la dedicatoria de todos los festivales literarios que se han hecho desde su muerte hasta ahora.

     

    Las medidas de contenido no han sido menos sutiles. Una semana después de la muerte del comandante, Maduro mandó imprimir miles de ejemplares de El brazalete tricolor, un libro escrito por Chávez mientras estaba encarcelado en Yare y que en 1992 publicó Hermanos Vadell Editores. Por supuesto, se trataba de un instrumento de la campaña electoral que comenzaba en pleno luto por el héroe fallecido. Pero sirvió para crear una nueva imagen de adhesión al chavismo: más que el libro –que apenas es el recuento de la historia del pabellón nacional con algunas licencias poéticas–, la del brazalete con la bandera de Venezuela, que supone la promesa de que su pueblo continuará la gesta heroica de Chávez. Como este brazalete distinguía a los oficiales insurrectos del 4F sirve ahora como mecanismo de identificación del propio Maduro con aquel movimiento en el que nunca participó.

     

    Más radical que el uso del brazalete es que Maduro se autoproclame “hijo de Chávez”. La primera vez que lo hizo fue cuando se propuso como candidato para suceder al Comandante Eterno en la presidencia, pero se ha vuelto costumbre en sus discursos. Esto sugiere la reescritura de la Trinidad Católica en la cual si los primeros dos lados del triángulo estaban reservados para Bolívar y para Chávez, Maduro se coloca ahora en el tercero y, más importante aún, entra en la imaginería teológica de la épica del chavismo. A quien le pueda parecer exagerada esta lectura teológica, los hechos siempre prueban ser más insólitos que las fantasías. Una versión chavista del Padre Nuestro, titulada Oración del Delegado, se presentó el pasado mes de agosto durante el primer Taller para el diseño del sistema de formación socialista organizado por el PSUV. “Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros, los y las delegadas, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu legado para llevarlo a los pueblos de aquí y de allá”, comienza la plegaria que escandalizó al nuncio apostólico en Caracas, y que termina pidiendo: “danos hoy tu luz para que nos guíe cada día, no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad de la oligarquía, del delito del contrabando porque de nosotros y nosotras es la patria, la paz y la vida. Por los siglos de los siglos. Amén. Viva Chávez”.

     

    La mistificación de la figura mesiánica de Chávez no sólo la cultivó él mismo desde los medios de comunicación, sino que está en pleno desarrollo. Porque si bien para mantenerse en el poder durante tres lustros fue crucial presentarse como un héroe elegido como paladín por el pueblo, a quienes le sobreviven les conviene más erigirlo como una figura religiosa. Para poder venderse como sus representantes en la tierra. El problema es que entre tanta prosopopeya mediática es cada vez más difícil atender las necesidades de los ciudadanos. Por desgracia, estas siguen siendo las mismas que cuando nuestro héroe sintió la llamada a la aventura.

     

     

     

     

    Michelle Roche Rodríguez es periodista venezolana. Este es su blog. En FronteraD ha publicado Venezuela, nación de espejos rotos.

     

     

     

     


    Notas


     

    [1]    En este ensayo hablaré del MBR-200, el grupo insurreccional cívico-militar que dio a conocer a Chávez. El MVR fue el partido político con el que llegó al poder en 1998, y el PSUV se creó para instrumentalizar el programa del Socialismo del Siglo XXI, que Chávez enunció en 2006.

     

    [2]    Ignacio Ramonet también es autor de Fidel Castro: Biografía a dos voces, donde hace una entrevista-perfil del mandatario cubano. Antecedentes a la obra de Ramonet y de los periodistas cubanos pueden considerarse los dos perfiles de Chávez escritos por el periodista estadounidense Jon Lee Anderson para The New Yorker en la última década. Entre las obras sobre la vida del mandatario venezolano que publicaron antes de su muerte adeptos al oficialismo se encuentra el libro Todo Chávez: De Sabaneta al Golpe de Abril, reeditado en 2006 con el subtítulo De Sabaneta al socialismo del siglo XXI. Ninguna de las ediciones del libro, sin embargo, construye un discurso épico alrededor del intento de golpe del 4 de febrero como lo hacen las obras de los cubanos y del español.

     

    [3]    En Cuba y Venezuela se consiguen otras ediciones del libro. A los Hermanos Vadell Editores le correspondió la edición para Venezuela.

     

    [4]    Miembro del Partido Comunista de Venezuela desde 1947, Bravo había fundado el Frente Guerrillero José Leonardo Chirinos en 1962, tres años antes de separarse del PCV y crear el Partido de la Revolución Venezolana, que luego se convirtió en Tercer Camino. De estos grupos políticos nació, en 1973, uno que servía de fachada para su actuación legal, Ruptura. Una década después, las acciones de sus miembros se limitaban a discutir la pertinencia de volver a la lucha armada. Llevaban tiempo planificando el proyecto de infiltrar las Fuerzas Armadas con la idea también de construir una alianza revolucionaria cívico-militar” (387), cuenta Chávez en Mi primera vida.

     

    [5]    La socióloga venezolana Iraida Vargas señala que esta manera de pensar es exclusivista y privilegia las nociones tradicionales y clasistas por las cuales la historia oficial venezolana supuso siempre la falta de evolución de los aborígenes que encontraron los españoles durante la colonización y propone readquirir la solidaridad de los indios venezolanos como un aditamento propio del socialismo contemporáneo.

     

    [6]    General venezolano que participó en la guerra de independencia estadounidense, formó parte de los ejércitos de Napoleón y murió en la cárcel al tratar de emancipar su país.

     

    [7]    Inmortalizado en el libro El último hombre a caballo (2005), escrito por José León Tapia, Maisanta –que viene de un apócope de la expresión campesina ¡Madre Santa!”–, es el apodo con que se conoce a Pedro Pérez Delgado, quien luchó en varias guerrillas rurales contra la dictadura de Juan Vicente Gómez y que Chávez señalaba como bisabuelo suyo.

     

    [8]    En la entrevista con Ramonet no queda claro si la formación del MBR-200 se produce en el seno del partido político de Bravo, Ruptura, o si es una iniciativa militar a la que se suman luego los civiles asociados con el guerrillero. Lo que sí representa un dato importante para conocer el estado de las fuerzas armadas entonces es que en ese momento ya existían dos grupos cuya denominación honraba a Bolívar, entre los que estaba el Comité de Militares Bolivarianos, Patrióticos y Revolucionarios. Otros grupos conspirativos fundados entre los setenta y los ochenta eran la Junta de Oficiales Pro-Rescate de los Valores de las Fuerzas Armadas Nacionales, la Alianza Revolucionaria de Militares Activos y el Movimiento 5 de Julio. Es el mismo Chávez quien sugiere el nombre y luego propone añadirle la cifra en números arábigos (200), pues estaba a punto de cumplirse, en 1983, el bicentenario del nacimiento de Bolívar.

     

    [9]    El libro rojo del resentimiento especula sobre la posibilidad de que Chávez se hubiera puesto de acuerdo con las fuerzas gubernamentales antes del 4F para sabotearlo. Añade que quizá todo se resuma en que sospechaba que podían asesinarlo. La realidad es que ni él mismo ni nadie explicó nunca por qué se fue a refugiar en el actual Cuartel de la Montaña si el resto de sus compañeros habían tomado Miraflores y era allí donde se desarrollaba el enfrentamiento. Además, no fue tanto que los civiles no se unieron a su causa, sino que dejó esperando a Pablo Medina y los seguidores del partido de izquierda Causa R, a quienes debían entregar armas para que pudieran entrar a Caracas por la Autopista Regional del Centro. Añade que al defraudar a sus compañeros, Chávez pudo aprovechar para adjudicarse el liderazgo de un evento que no había orquestado él (Capriles, 60-61).

     

    [10]   La de Chávez era una presidencia mediática”, según la califica el director de la revista académica Temas de comunicación, Andrés Cañizales, en su libro homónimo. Señala que Chávez gobernaba desde una dimensión mediática no sólo porque dedicaba horas a un programa de variedades (Aló, Presidente) y aparecía en todas las cadenas cuando quería, sino porque en sus alocuciones tomaba decisiones oficiales que también estaban determinadas por la espectacularidad. Añade que estas medidas tenían evidentes visos personalistas, porque su dinámica y su contenido promovían la exaltación del propio Chávez. La cadena –término coloquial para designar cuando todas las emisoras de radio y televisión unen su señal con las del Estado–, eran para el chavismo herramientas de poder. La politóloga Colette Capriles piensa que lo único importante, incluso más que su mensaje, era la cadena misma y la penetración inclemente del magno soliloquio”.

     

    [11]   La cifra que le dice Chávez a Ramonet no es correcta: 15 bolívares por dólar, el doble de lo que fue la devaluación. Mi primera vida, 456.

     

    [12]   Ruth Capriles señala que, aunque en 1989 se pensó que el levantamiento del 27 de febrero fue espontáneo, ya en el siglo XXI algunos partidos políticos de izquierda, como el Partido Bandera Roja, reclamaron su complicidad para movilizar a las masas.

     

    [13]   En el Caracazo murió Acosta Carlez, uno de los cuatro militares del episodio del Saman de Güere. Estaba entre los 9.000 efectivos que reprimieron los saqueos y cayó en El Valle. Chávez pensaba que alguien en el ejército había aprovechado el jaleo para matarlo por su afinidad con el MBR-200.

     

    [14]   El psicólogo Axel Capriles dice que en Venezuela no solo se celebra al vivo como epítome del ingenio, sino que la viveza” es en este país el principal órgano de adaptación y que el arquetipo del pícaro es dominante en nuestra cultura. Para el pícaro lo único que cuenta es su propia salvación y bienestar. La satisfacción inmediata de sus necesidades y deseos personales”, escribe en La picardía del venezolano o el triunfo de tío Conejo (página 151). Este arquetipo está relacionado con otro que se explicará más adelante en este ensayo, el del alzao.

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