Alberto Fuguet

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    Juntos y solos: Cinéfilos

    Alberto Fuguet - 26-02-2015

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    Antes iban al cine, íbamos mucho al cine; al cine que se proyectaba en salas, a esos cines viejos, con las plateas altas cerradas por falta de público. Estamos hablando de hace años, de hace décadas ya, sí, de más que sí, puta cómo pasa el tiempo, tantas películas que hemos visto y tragado y apenas recordamos los afiches, una escena quizás, el cine donde la vieron. Por esos años, la sigla IMDB aún no significaba nada y el 3D era una moda algo bastarda que no tenía ni una puta chance de resucitar desde el estreno sin anteojos de Tiburón-3D, el 83 con Dennis Quaid. Una discusión de trivia (“¿qué películas hizo George C. Scott sin Trish Van Devere durante los setenta?”) se resolvía días después, indagando en libros del chileno-norteamericano o en alguno de esos libros del uruguayo Homero Alsina Thevenet. Nos parecía una gran época, sin duda era la peor época, era quizás nuestra época o no era ni una época, era apenas el pasado que se fundía con el presente y que cada uno quería que pasara para que llegara de una vez el futuro. Los niños entonces aún no eran el target principal, todas las películas daban la impresión de ser para mayores y las cintas infantiles se estrenaban sólo para Navidad o vacaciones de invierno o en extrañas funciones dominicales llamadas “matinales”, de las que huíamos como de la plaga. Entonces uno se fijaba en los puntitos blancos en el extremo derecho de la pantalla que indicaba el cambio de rollo y si los carbonos estaban gastados, la pantalla variaba de luminosidad y en las escenas nocturnas no se veía nada excepto “grano”. A ambos, cada uno por su lado, en distintas partes del país, en épocas distintas, les tocó ver cómo una película (no la misma, claro) literalmente se derretía frente a sus ojos porque el proyeccionista –el famoso “cojo”– estaba en el baño o durmiendo o mirando esos televisores pequeños recién llegados de China.

     

    Los dos empezaron a ver cine mucho antes de lo que corresponde: no sólo cintas de Disney sino películas en la tele, en la tarde o en la noche; se colaban a funciones para mayores de catorce, a veces hasta para mayores de dieciocho; luego, cada uno empezó con los VHS (yo nunca los coleccioné; él los grababa tres por cassette a la velocidad más lenta), aunque yo quizás vi más en los cines del centro y los programas triples; él se puso al día devorando todo lo que llegaba a los video clubes de provincia. Uno le decía al otro: “Eres muy VHS, ése es tu problema”. Cuando apareció el DVD ya se conocían, los ocho años de diferencia no importaban, estábamos en las mismas condiciones de competir en esto de quién había visto más, quién sabía más, quién era capaz de jugar mejor el juego de Kevin Bacon o recitar la filmografía de directores pocos respetados, como Michael Winner o J. Lee Thompson. Más adelante, todo se volvió más intenso e inabordable con las multisalas y los canales del cable y el DVD y luego los torrent y Cuevana y el streaming y PirateBay y KAT y Mininova. Lo que supieron del mundo, la manera como nos enteramos de qué era y cómo funcionaba, la vía por la cual se llenaron de ideas nuevas que los fortalecieron y moldearon, fue consumiendo (devorado, viendo, repitiendo) cine: cada uno por su lado, odiando y envidiando a los que sólo iban al cine los sábados con una chica o con esos mejores amigos que ellos no tenían pero deseaban, para matar el tiempo antes de un carrete o un partido de fútbol, burlándose internamente de aquellos a los que les gustaban las comedias románticas o las cintas de Michael Bay o se dejaban guiar por las estrellitas en los diarios o seguían a actores de acción que Bronson o Eastwood o el mismo Burt Reynolds hubieran baleado en un segundo, o comediantes para limítrofes como Adam Sandler o Jim Carrey (los odiábamos con pasión, sobre todo cuando actuaban en películas de directores más dignos) en vez de seguir y venerar a directores, o encontraban buena una cinta por el simple hecho de estar nominada a un puto Oscar.

     

    Para ellos, el mejor cine era, al final de cuentas, el que vieron de chicos: desde Van Damme a Willis, películas dirigidas por Avildsen o Joe Dante, cintas con olor a calles setenteras, películas trash de los ochentas. Sentían que nadie respetaba o veneraba las películas que ellos descubrieron, cada uno por su lado, en VHS. Ellos no odiaban a Spielberg, le tenían respeto a Stallone, detestaban el cine político o de arte, no se sentían cercanos al cine latinoamericano y tenían claro que La mano era la mejor cinta de Oliver Stone. Los dos amaban Y dónde está el piloto y Súper secreto y Sueños de fuga, Superbad, Espantapájaros, Cuenta conmigo (aunque no estaban de acuerdo con Richard Dreyfuss y su narración: ellos nunca tuvieron amigos así a los doce ni tampoco después), todas las cintas sobre sicópatas mal entendidos, casi todo lo de Eastwood y Jeff Bridges (partiendo por Thunderbolt and Lightfoot de Cimino, que hicieron juntos) y las de losers al margen de la sociedad y, por cierto, ciertas buddy movies como 48 horas o Arma mortal o incluso Gallipoli, que los dejó impresionados e incapaces de articular una palabra (See you when I see you / Not if I see you first). También habían optado por venerar, mucho antes de Tarantino y Death Proof, todas las películas de Kurt Russell, incluso Rescate en el barrio chino, porque el tipo les parecía cool y seguro de sí mismo y no se tomaba en serio.

     

     

    Antes del VHS, y paralelo a su apogeo, los cines eran el lugar indicado, el único en rigor, donde ver películas y esconderse de los demás, de la vida, de las cosas que pasaban y no pasaban. Para ellos el cine era sobrevivencia; era compañía; era un refugio, y las mejores películas eran aquellas que les hablaban directamente a nosotros, cara a cara, cintas que, en forma directa o tangencial, nos decían cosas, los aconsejaba, nos hacía la vida más fácil. Ambos, sin querer, supongo, estábamos buscando tener un amigo cinéfilo, un hermano-de-celuloide, alguien con quien compartir esta adicción que no era secreta, pero al no tener con quien conversarlo, al no tener un cómplice con quien administrar esa hambre, se volvía secreta, obscena, culposa.

     

    Cada uno, sin conocerse, pensaban lo mismo: no tengo vida, tengo una no-vida, tengo las películas, por qué veo tanto, si veo una ahora a las ocho, podré llegar a las diez y luego, si veo una más, ya habré pasado la medianoche y luego dormir, que es como seguir viendo algo. Las películas les permitían vivir más que al resto, nos hacían viajar, nos aterraban y calentaban y nos obligaba a pajearnos en nuestras camas con Nastassja Kinski en La marca de la pantera o Diane Lane o Jessica Lange en El cartero llama dos veces o Michelle Pfeiffer en Tequila Sunrise. Ver una película solo, en el centro, me dejaba satisfecho y en calma, a flote a veces, en un mundo no real; él a veces veía tres o cuatro en un día y despertaba pensando en que lo iba a ver al despertar; yo recortaba los avisos del diario y los pegaba en un cuaderno; él tenía una colección de libretas de comunicaciones adaptadas para anotar todo su botín. 

     

    Cada uno por su lado, a cientos de kilómetros de distancia, lograron robarse o comprarle a un acomodador en aprietos algunos de los afiches que luego colgaron en sus respectivas piezas: él me contó que tuvo uno de Los exploradores, el de Obsesión de De Palma y uno que le encargó a un tío que vino a Santiago: el de La ley de la calle que vendían en el Cine Arte Normandie. Años después, un domingo por la noche, uno de esos domingos cinéfilos y nublados y fríos, calentados e iluminados con la luz ámbar de mi estufa Toyotomi a la que apodamos Vilmos, como el famoso fotógrafo húngaro, me confesó que tuvo un afiche de Birdy, alas de libertad colgado arriba de su cama. Este dato, esta confesión, luego lo usé en su contra mil veces, hasta que la broma se volvió pesada, insistente y empezó a dolerle. ¿Tan mal estabas que te gustó Birdy? ¿Tan necesitado de afecto, huevón, tan loser eras, tan solo?

     

    Me acuerdo de que cuando ya no nos veíamos más, a veces me encontraba echando de menos esos domingos en que llegaba con su disco duro portátil (cada año se iba achicando y aumentando en capacidad), echando de menos con quién ir a ver algo, con quién ver algo, supongo que en el fondo lo echaba de menos porque las películas ya no me gustaban tanto, descargué Birdy y la volví a ver años después y, por un lado, me pareció peor de lo que la recordaba y, a la vez, mejor: entendí por qué le había gustado tanto en su momento, la razón por la que conectó. Yo tuve los afiches de Cuerpos ardientes de Kasdan (queríamos tanto a Kathleen), The Driver de Walter Hill, el de Estallido mortal de De Palma, que me trajo mi padrino desde Los Ángeles, y uno de una cinta que no me gustaba tanto pero que el tipo del cine Imperio me lo vendió una vez porque necesitaba dinero y yo andaba con mesada: Albóndigas, con Bill Murray.

     

    Yo iba a los cines del centro; ahí podía ir solo sin sentirme raro o perdedor ni tenía que esperar en el baño a que apagaran las luces como me sucedía en El Golf o en el Las Lilas o en el puto Las Condes, donde siempre estaba todo el mundo tomado de la mano y comiendo esas almendras confitadas. Él me contó que iba casi siempre al mismo: un cine decrépito pero altísimo de la ciudad de provincia de la que huyó. Cuando él empezó a esconderse en el cine, a querer verlo todo, ese cine estrenaba programas dobles semanales insólitos. Se iba a pie, después de clases, y salía de noche. Ahí vio de todo, ahí en ese cine se formó, o deformó, como bromeaba; en ese cine que ahora está cerrado y vacío tiene quizás los únicos buenos recuerdos de su adolescencia.

     

    Iban al cine, sí, fueron una decena de veces juntos, pero el tipo de cinefilia que compartieron fue más digital, fue más individual, más de pasarse películas o enviarse datos y links por mail. Una vez un cinéfilo mayor, un abogado de cierta fama que conocimos en una fila de una cinta tailandesa para un festival Sanfic, un tipo cascarrabias, pero con una colección de libros de cine impresionante, un tipo que ambos quisieron que los adoptara, que los tomara en cuenta y los respetara, que les hablara de igual a igual, los tildó como “ratas de IMDB” y les sacó en cara no saber nada de cine europeo, de confesar odiar a Raúl Ruiz (“viejo sobrevalorado, pajero, falso, el cineasta que moja a todos los poser”) o no admirar a Sanjinés en Bolivia o conocer toda la obra de Glauber Rocha en Brasil o no haber visto nada de Torre Nilsson. Una vez nos preguntó si éramos fascistas o capitalistas, y cuando lo enviamos a ver una cinta de Judd Apatow nos citó a un café de Providencia, donde empezó a hablar pestes de esta generación cinéfila que no le gusta el cine y nos tiró sobre la mesa un par de revistas El Amante que nos trajo de un viaje a Buenos Aires, y ahí nos dijo: ahora entiendo que esto es una plaga; ustedes no aman el cine, le temen a la vida.

     

    Con este viejo compartieron un par de meses de cafés y almuerzos y, por un instante, se armó una suerte de pequeña tribu en la cual cada uno cedía un resto y se recomiendan películas y hablaban de cintas de películas que no habían visto, pero todo terminó abruptamente, de sorpresa, sin aviso. El viejo murió de un ataque al corazón mientras se duchaba. Ambos leyeron la noticia on-line. Ambos se quedaron con unos libros que les prestó. Íbamos a ir al funeral pero no conocíamos a sus hijos, a su mujer, no sabíamos si estar impactados o reírnos o sentir algo.

     

    —Era una amistad cinéfila –me dijo por Skype–. Lo mejor es ir a ver una película en su honor.

     

    Fuimos a la Cineteca, porque él nos decía que nos faltaba “cineteca y cine-arte”. Vimos un documental francés y hablamos un poco de este nuevo amigo que perdimos tan rápido e intercambiamos los libros que nos prestó pero nunca lloramos, no tocamos mucho el tema; dejamos que el recuerdo se diluyera y pronto volvimos a ser de nuevo los dos y volvimos a la misma rutina de elevar por los cielos las películas que nos gustaban y de odiar a los críticos que no pensaban como nosotros (“el día que a ese huea le bajen las bolas, le salgan pendejos y cambie la voz, quizás entienda algo, ese guatón fofo”).

     

    Para la época en que se conocieron (los presentó una chica con que salía uno y que me gustaba a mí), el rito de ir a ver cine al cine se estaba volviendo una experiencia poco habitual. Ambos eran cinéfilos caseros. Igual fuimos al cine-cine, por supuesto que sí. Al San Agustín, en el centro; al Rex, a las últimas funciones del Gran Palace. Se sentaban separados, dejábamos un asiento al medio, el que lo llenaban de parcas o chalecos o mochilas con laptops o libros de cine. A veces partían en metro hasta los Hoyts de la Estación Central y nos volvíamos caminando, tal como se volvían caminando por Tobalaba desde el Hoyts de La Reina y a veces se detenían en la Shell de Bilbao a comer algo, café y medialunas, Gatorade, hot-dogs. Les gustaba ese lugar, el segundo piso con sus ventanales, el hecho de que no fuera nadie, que nadie en su sano juicio iba a comer en un servicentro y que todo el tráfico del sitio estuviera en el primer piso, y cuando se quedaban sin tema, cuando dejaban de seguir analizando tal o cual película o hablando mal de tal crítico o se quedaban sin filmografías que comentar, nos dedicábamos a mirar a la gente que entraba y salía, mirábamos a la gente –la gente normal, la gente con hijos, la gente con vida– como si fuera una película realista que no nos interesaba demasiado, nos parecía algo comercial que funcionaba más en el cable o en un avión; la vida como la vivía el resto no nos parecía material cinematográfico, nos parecía aburrida, convencional, predecible. A ambos les faltaba calle y les sobraba cine, no teníamos suficientes horas de plaza, nos faltaron fiestas, carretes, drogas, padres, hermanos, primos, amigos, cómplices.

     

    Antes de que la amistad empezara a diluirse, cuando estaban quizás en el mejor momento, hasta hablaron un día de escribir un guión a medias y mandarlo a un concurso, llegaron a armar vía Google Doc un documento de todas la películas que veían y cada uno votaba del 1 al 7 y hacían anotaciones desde sus respectivos computadores y casas; pensábamos subirlo a un blog, como muchos de los blogs de nuestros enemigos, pero se nos hizo: nuestras opiniones eran nuestras. No vivían lejos, vivíamos en la misma comuna, pero aun así, ya al final, se veían cada vez menos: mails, WhatsApp, mensajes, links, chats, luego Twitter.

     

    Quizás fue el Twitter el fin de todo.

     

    Cuando yo leía lo que iba diciendo, las estupideces que iba tuiteando, cómo intentaba ser parte de la elite y de la “conversación” cinéfila-tuitera, algo empezó a ceder.

     

    Cuando capté que se tuiteaba con el guatón fofo y me trató de intolerante por no aceptar que otros piensen distinto.

     

    Todo pasó tan rápido. 

     

    ¿Qué pasó realmente?

     

    Poco a poco fueron bajando la frecuencia de llamadas telefónicas y las pocas veces que hablaron de cosas más personales e íntimas terminaron en contactos triviales para hablar básicamente de trivia: Hueón, murió Leslie Nielsen; voy a bajar Kentucky Fried Movie, ¿la has visto?

     

    El cine fue lo que los unía, fue el cine el que los unió y quizás, al final, fue el cine el que los separó.

     

    O quizás fue que lo dejé un poco botado, que cuando empecé a salir ya más en serio con Elisa, empecé a ver lo que ella veía: que era un ser lastimado, raro, freak. O como me dijo una vez en la cama: supongo que no crees que tienes cosas en común con ese ser.

     

    Sí, tenía mucho en común, supongo que aún tengo.

     

    Una vez nos juntamos los tres un domingo y ella se fue a acostar y nos dijo: los dejo con sus leseras.

     

    Él comenzó a tener nuevos amigos cinéfilos, tipos con cámaras digitales, tipos que filmaban, que postulaban a fondos, que tenían un par de Bafici en el cuerpo.

     

    La cinefilia fue el lazo que les permitía ser o creer ser más amigos y tener más afinidad e intimidad de lo que realmente tenían. Para los dos el cine era algo mayor, una religión, algo que los separaba del resto. No se dedicaban al cine, no éramos críticos ni productores ni trabajábamos en una agencia. Eso los hacía sentir puros, superiores. Uno era dentista, el otro un analista de inversiones. No vivíamos del cine, el cine nos ayudaba a vivir, es lo que nos hacía sobrevivir, aguantar, tolerar todo lo que no éramos capaces de procesar.

     

    Yo nunca fui tanto de coleccionar, pero sí arrendaba mucho. El arrendaba más, porque llegaban menos películas por allá. En el momento peak de la amistad, se juntaban a comer comida chatarra y whisky con ginger ale, y cada uno le pasaba de sus mini discos-duros una cantidad impresionante de películas en torrent: filmes descubiertos navegando por horas en los sitios piratas o en sitios cinéfilos que necesitaban de registro previo. Uno estaba registrado en Patio de Butacas; el otro fue invitado por un amigo gringo a Karagarga. Luego veían una. O arrendaban un DVD Criterion en el Paseo Las Palmas o miraban algún tesoro nuevo o viejo descubierto en el paseo mensual sabatino al Persa Bío Bío. Uno de ellos estaba rearmando su colección de DVD en torrent; no era una tarea fácil. Su inmensa colección de DVD quemados vía Jack The Ripper era su tesoro, pero entendía que era mejor pasarse a lo digital.

     

    Esta amistad cinéfila, esta hermandad cruzada por los estrenos y los clásicos y las películas de culto y de catástrofes y la obsesión de uno de ellos por el cine setentero americano y, del otro, por el terror (“Carpenter, Carpenter, Carpenter; me cago en Hitchcock, bro”), duró varios años. Que haya terminado no debería sorprender tanto, no debería dolernos tanto como nos duele; el pacto no escrito siempre fue claro: acompañarse durante unos años entre sus relaciones con mujeres hasta que se estabilizaran en una supuesta madurez o enmendaran sus rumbos, pero al final todo de alguna manera finalizó, el cine no fue suficiente, cada uno terminó viendo la entrega del Oscar por su lado, a solas, cuando antes, dos años antes, algo así, se juntaban a desayunar y a estar conectados a IMDB para esperar las nominaciones o se enviaban mails llenos de insultos contra los ganadores de Cannes o Berlín o Sundance o Valdivia, y para la ceremonia del Oscar se juntaban a tomar y se despachaban una botella de ron con Coca-Cola y terminaban borrachos hablando tonterías y trivia hasta las 4.00 a.m.

     

    Tuvieron un sitio web llamado Cinefagia, en homenaje a Caicedo, pero sucedió lo que sucede siempre con los hobbies: cada uno posteaba decenas de banalidades y noticias al principio pero, a los pocos meses, no había tiempo o no había feedback. O lo había pero de freaks, de tipos demasiado raros que querían conocernos, un sicópata de Concepción nos enviaba trozos de guiones de los estrenos de la semana pasada y una mina solitaria que insistía en enviarnos fotos de Julie Andrews, “que le gustaban tanto a su madre”. Luego apareció en el sitio un troll de nick PaloAlto77, que era un demente de Iquique y que nos enviaba links relacionados con James Franco. Terminó por alterarnos, sobre todo cuando amenazó con matarse y luego matarnos por un ataque que escribimos en el sitio a Annapolis y al culto hacia Franco, “este actorcillo que se cree intelectual”, y luego porque encontramos sobrevalorada 127 horas porque ambos odiábamos a Danny Boyle.

     

    Justo por esos días grabaron su primer podcast, donde se centraron en The Taking of Pelham One Two Three y el remake con Travolta y Denzel Washington. Habían tomando mucho, hablaron a garabato limpio, hablaron de minas culeables, de Emma Stone, de que las hermanas Fanning eran follables, que las tetas de Carla Gugino...

    A los pocos días, cuando lo escucharon les dio vergüenza y pudor y optaron por botarlo.

     

    Nunca volvieron a grabar un podcast.

     

    Se dedicaron a escuchar los de otros –Filmspotting, por ejemplo– y a seguir a unos críticos con páginas web y a odiar y asquearse de las opiniones de los otros, de las agallas de los otros, del éxito y la libertad y la posibilidad de los otros de hacer lo que querían.

     

    Ahora cada uno está por su lado, viendo sus películas en el computador; ya no tenemos con quién comentarlas. Cada uno, de seguro, tiene su versión de lo que pasó, por qué ya no son amigos, por qué ya no van al cine o no ven cine o no hablan de cine o no se juntan los domingos a esa reunión cinéfila dominical, ese encuentro íntimo y sagrado, cuando ambos estaban más solos y a la deriva de lo que jamás pensaron estarlo. Ambos, una de esas noches de domingo, quizás se dieron cuenta de que la vida es más que cine, la vida es más que tu amigo loser, la vida es más que hablar de trivia y competir por quién ha visto más. Ya no creían esas frases de directores famosos: si amas el cine, amas la vida.

     

    El cine es el arte que desafía la muerte.

     

    No lo tenían claro, estaban dudando.

     

    Amaban el cine porque odiaban la vida, punto.

     

    Uno dice que fue una discusión a partir de Atlantic City, de Louis Malle, en un restorán chino que luego siguió en mi casa con media botella de Stoli que me había regalado mi hermano para mi cumpleaños y la conversación terminó en una discusión con insultos cuando él atacó a Mallick y confesó que nunca le había parecido bueno, que había mentido, que Badlands no está mal, pero Días de gloria es una “paja de la hora mágica”, y luego yo me tiré en contra de La delgada línea roja, que yo sabía que él quería y se sabía la voz en off de memoria, pero aun así la ataqué para molestarlo, para herirlo, y de ahí, no se cómo, saltamos a Sam Fuller y White Dog, a tomar bandos por el Scorsese post Buenos muchachos hasta que terminamos insultándonos a nivel personal: hueón solo, hueón necesitado, hueón frustrado, hueón cínico, hueón escindido, hueón raro, hueón cinéfilo.

     

    Ambos nos tratamos de cinéfilo al mismo tiempo.

     

    —Sin cine, no existes.

    —Si no tuvieras tus putas películas, ya te hubieras matado.

     

    Nunca se volvieron a ver.

     

    O sí, nos vimos, pero de paso.

     

    Nos volvimos a topar.

     

    Uno estaba con una novia que tampoco iba a durar tanto, el otro con un amigo más joven, gordo, casposo, con una polera de la Star Trek de Abrams. Se toparon en el cine. Iban a ver cosas distintas. Uno vería algo de unos hermanos belgas; el otro un blockbuster en 3D.

     

    No supieron qué decirse, dudaron en saludarse, se divisaron y cada uno optó por hacerse el desentendido.

     

    Al final se mandaron un mensaje de texto.

     

    Perfectamente pudieron hablarse a la cara, mirarse a los ojos, acercarse unos metros.

     

    No lo hicieron.

     

    —¿Qué has visto? ¿Has visto algo bueno?

    —Nada, hueón. Nada.

     

    Esa noche, cada uno por su lado, en su departamento, encendió el cable y luego de un zapping por todos los canales, captaron que estaban dando El enmigma de otro mundo de Carpenter con Kurt Russell. 

     

    Cada uno miró su iPhone.

     

    Cada uno quiso llamarse, conversar, avisar; cada uno quiso enviarse un mensaje, un link.

     

    No lo hicieron.

     

    No lo hizo.

     

    No lo hice.

     

     

     

     

    Este texto corresponde a libro Juntos y solos. Antología arbitraria, que acaba de publicar Ediciones Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile.

     

     

     

     

    Alberto Fuguet estudió periodismo en la Universidad de Chile. Es autor de novelas como Mala onda; Por favor, rebobinar, y Missing: una investigación; libros de cuentos como Sobredosis y Cortos, y de libros de no ficción como Apuntes autistas y Cinépata (una bitácora). Fue coeditor de la antología de cuentos McOndo, “director y montajista” de Mi cuerpo es una celda (la autobiografía de Andrés Caicedo) y director de los largometrajes Se arrienda, Velódromo y Música campesina, y del ensayo cinéfilo Locaciones: buscando a Rusty James. Es profesor de la Universidad Diego Portales. En FronteraD ha publicado Bolaño. 

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