Lawrence Durrell

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    Lawrence Durrell, ¿por qué volver al autor de ‘El cuarteto de Alejandría’

    Pedro García Cueto - 05-05-2016

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    Volver a Durrell, como si la memoria aún navegase por las aguas del Mar Muerto, por el mundo abigarrado de calles donde los viandantes muestran los encantos de la ciudad de Alejandría, volver a los lugares amados por Justine, Baltazhar, Melissa o Nessim. La mirada de cada uno de ellos aún hiere en la retina nostálgica de aquellos que leímos con voracidad El cuarteto de Alejandría.

     

    Los hermanos Durrell, Lawrence y Gerald, escritores que impregnaron al lenguaje de la luz de la imaginación, si el primero dejó su huella sobre los rostros tortuosos de seres heridos para siempre por el amor, el segundo nos dejó novelas y cuentos para niños, envueltos siempre en la inmensa humanidad de un hombre insólito.

     

    Lawrence Durrell nació en la India el 27 de febrero de 1912. Hijo de colonos británicos, a los once años le enviaron a la escuela en Inglaterra. Pero allí no fue feliz. Nunca se implicó en la educación formal, ya que fracasó en sus exámenes de ingreso a la Universidad, pero ya latía en él el romántico que quería transmitir las ensoñaciones que sentía, el hombre que imaginaba la pasión del viaje como algo único en el proceso vital. Durrell había empezado a escribir poesía a los quince años. Su primera colección, Quaint Fragments, se publicó en 1931.

     

    El 22 de enero de 1935 se casó con Nancy Isobel Myers, la primera de sus cuatro esposas. En marzo de ese año, Durrell, Nancy, su madre y sus hermanos se trasladaron a la isla griega de Corfú. La novela Pied Piper of Lovers fue su primera incursión en el género narrativo en ese año. Comenzó su amistad con Henry Miller, ya que el escritor admiraba a Miller y le escribió tras leer admirado su Trópico de Cáncer.

     

    En agosto de 1937 él y Nancy viajaron a la Villa Seurat en París, para conocer a Miller y a Anais Nin. La relación fue buena, porque ambos entendían la vida como aventura, como un deseo de exprimir el tiempo, conscientes de la vacuidad de todo ser humano, envuelto en las sombras permanentes de la muerte. Como un antídoto ante tanta pesadumbre vital, las novelas de ambos planean como un canto a la vida total.

     

    El libro azul, su siguiente obra, tuvo gran éxito. Lo escribió en París en 1938. Ya abunda en él el juego de palabras, lo grotesco, porque solo a través de la imaginación y la distorsión del lenguaje se puede vencer al paso invisible del tiempo, la literatura como luz en las sombras de la vida.

     

    Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial su madre y sus hermanos regresaron a Inglaterra, mientras él permaneció en Corfú. Después de la caída de Grecia, el escritor escapó, a través de Creta, a Alejandría, donde escribió sobre Corfú y su vida en la estupenda novela Prospero´s Cell.

     

    Pero Durrell era un hombre de la aventura, del riesgo, no le gustaba vivir como un burgués. Fue agregado de prensa en las embajadas británicas, primero en El Cairo y luego en Alejandría. Después de la guerra desempeñó cargos diplomáticos y docentes. Fue en Alejandría donde conoció a Eve (Yvette) Cohen, que se convirtió en modelo para una de las novelas del Cuarteto: Justine.

     

    Durrell se separó de Nancy en 1942. Unos años después, en 1947, se casó con Yolanda Vega y en 1951 tuvieron una hija, Sappho Jane, que recibió ese nombre como homenaje a la genial poeta griega Safo de Lesbos.

     

    En 1947 fue nombrado director del British Council en Córdoba (Argentina) donde durante los siguientes dieciocho meses impartió clases sobre asuntos culturales. Regresó a Londres en el verano de 1948, y de allí se trasladó a Belgrado de nuevo con un cargo cultural, ya que Tito había roto relaciones con el Kominform de Stalin. Permaneció allí hasta 1952. En ese año se trasladó a Chipre, donde compró una casa y se dedicó a enseñar literatura inglesa en el Pancyprian Gymnasium para poder subsistir mientras escribía.

     

    Las novelas que conforman El cuarteto de Alejandría las escribió entre 1957 y 1960: Justine (1957) –primera novela de la tetralogía–, Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960). Su propia experiencia queda reflejada en sus cuatro novelas, sus años en Alejandría están impregnaron profundamente su memoria, el olor de sus calles, la belleza de un paisaje que deja imágenes imborrables en las cuatro incursiones del Cuarteto.

     

    Quiso repetir el éxito de con El Quinteto de Avignon, pero no lo consiguió. Su estilo sigue siendo preciosista y detallado, pero los personajes no calan en nuestra imaginación, no prenden en nuestro inconsciente como los del Cuarteto, no pasean con nosotros, como espíritus llenos de luz que nos alumbran en el camino de la vida como los que surgieron, de forma magistral, en sus novelas de Alejandría.

     

    Murió a causa de una apoplejía en 1990 dejando una obra sólida y hermosa, donde conviven novelas con poemas, pero también con relatos de viajes. Durrell era un enamorado del paisaje, un hombre que, lejos del turista, supo entender la verdadera armonía del viajero, del ser que recorre el mundo sin pertenecer a ninguna parte, aunque en cada lugar atesora amores e impresiones, como los de su inolvidable Cuarteto, una forma de narrar que conjuga, con lucidez, la profundidad y el preciosismo descriptivo.

     

    El Durrell de El cuarteto de Alejandría describe las intimidades de unos personajes que se adentran en nosotros, seres que llevan el orgullo y la dignidad de una vida sufrida y hermosa a la vez, hombres y mujeres que se encuentran y se desencuentran en la selva de Alejandría. La ciudad es retratada con una excelente prosa, desde el primer libro, Justine:

     

    “Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir a Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo. Nessim dijo una vez, recuerdo –y creo que lo había leído en alguna parte–, que Alejandría es el más grande lagar de amor; escapan de él los enfermos, los solitarios, los profesores, es decir, todos los que han sido profundamente heridos en su sexo” (p. 12).

     

    El autor comprime la visión de la ciudad, su sensualidad latente, pero también la tristeza de todo deseo, el reverso del placer, hecho dolor para siempre. La ciudad donde los hombres y mujeres venden el placer para dejar en lo hondo de los cuerpos una herida incurable.

     

    Justine es la mujer deseada, la que engloba el placer y la lujuria, un ser inteligente que se posa sobre los seres como una araña para dejar su veneno. La visión de Darley, personaje y narrador de la historia, es demoledora, habla de Justine, de su arrogancia:

     

    “¿Quién puede pretender que Justine no tenía su lado estúpido? El culto del placer, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella, la arrogancia” (p. 25).

     

    La intimidad con Darley era un cimiento de intelectualidad extraña, una forma de leer el pensamiento de un ser acomodado a ella, para alabar su vanidad. Pero el amor de Cohen, otro de los personajes, es una entrega a Meliss