Ayacucho / Cortesía Solid International

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    De la luz a la oscuridad

    Isaac Risco - 11-03-2010

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    Un indio entra en el patio del café, arrastrando los pies. Encorvado y curtido por el sol, lleva ojotas de hule y el raído poncho de colores habitual en los pobladores de la regiones andinas de América del Sur. Tras la “época de la violencia”, como llaman los lugareños a los años del conflicto armado que asoló Perú en los 80 y 90, los visitantes vuelven a llegar a Ayacucho. Turistas limeños y extranjeros. Los cafés del jirón Asamblea ofrecen desayuno hasta el mediodía.

           El indio se detiene al lado de la primera mesa y extiende la mano. Los comensales niegan despacio con la cabeza, sin dirigirle la mirada. No se inmuta. Después de algunos minutos, los huéspedes de la otra mesa lo miran. Sigue ahí. Balbucea palabras incompresibles, con la mano extendida. Los turistas se miran incómodos; uno sonríe y dice algo, muy bajito. Otro, por fin, saca unas monedas del bolsillo y las deja en el pozo de la mano. El indio gesticula y se vuelve para marcharse, lentamente.

    –La proverbial paciencia indígena– bromea uno de los visitantes de la otra mesa.

           El escritor José María Arguedas aborrecía ese tipo de imágenes, muy similares a las que conocía de su propia infancia. Aunque era hijo de acomodados hacendados criollos de Apurímac, un departamento vecino a Ayacucho, Arguedas se crió en las barracas de los criados indígenas, porque su madrastra lo detestaba. Y conocía el trato denigrante que se daba a los indios. “El cantor olía a sudor, a suciedad de telas de lana; pero yo estaba acostumbrado a ese tipo de emanaciones humanas (…) que despertaban en mí recuerdos amados de mi niñez”, dice el protagonista de una de sus novelas, un alter ego del escritor, evocando a los trovadores andinos que recorrían como mendigos las chicherías de la sierra peruana.

           Arguedas, considerado uno de los mayores exponentes del indigenismo en su país, escribió su obra entre los años 30 y 70. Eran tiempos en los que la modernidad sacudía la conciencia colectiva del Perú, una sociedad agraria de corte casi feudal en todo lo que iba más allá de la capital y las medianas urbes costeñas. “El problema del indio”, es el título de uno de los famosos siete ensayos con los que intentaba describir esa situación el filósofo José Carlos Mariátegui, uno de los pensadores marxistas de mayor calado en el siglo XX latinoamericano. En un país marcado por el abandono histórico de la población indígena campesina, los intelectuales se volcaban esos años con ímpetu a la denuncia de la injusticia social.

           La Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho, estaba predestinada a ser uno de sus principales escenarios. Fundada en 1677 como la segunda del país, la casa reabrió sus puertas tras un paréntesis de casi 50 años en 1959, envuelta en el halo de la vanguardia intelectual y cultural. “Fue como salir de una oscuridad a la luz, nos dio oportunidad de conocer las ciencias y las artes”, dice Marcial Molina, entonces estudiante y hasta ahora profesor de literatura en la universidad.

           Enclavado en una región empobrecida y esencialmente rural, la gesta lógica del centro académico era dedicarse de lleno al “problema del indio”. En su seno surgieron iniciativas como el “teatro campesino”, un arte dramático con visos épicos brechtianos, que anunciaba un programa distinto para sus funciones itinerantes: “No somos unos simples activistas de la cultura, eso no. No queremos sólo divertir al público. No. (…) Nos interesa la participación de ese público en el desarrollo cultural, social y político de nuestro país”.

           Pero algo salió mal. Víctor Zavala Cataño, el dramaturgo del teatro campesino, fue capturado en 1991. Bajo el alias de “camarada Rolando”, formaba parte de la cúpula de Sendero Luminoso, el brutal movimiento maoísta cuya “guerra popular” costó a Perú casi 70.000 víctimas desde comienzos de los 80, según la Comisión de la Verdad y la Reconciliación del país sudamericano.

     

    El rincón de los muertos

    “Bienvenidos a Ayacucho, actualmente una ciudad muy pobre y de relativo atraso económico”, dice al micrófono el copiloto del autobús, cuando aparecen las primeras casas de adobe al pie de la carretera, tras los vericuetos del descenso que desemboca en el valle andino. En 2009, la mayoría de empresas de transporte vuelve a hacer parada en Huamanga, como también la llaman los lugareños en alusión a toda la provincia. Hace años que la ciudad ya no es zona en emergencia por la violencia incontrolable. Huamanga es otra vez pacífica, sí, pero también muy pobre. Como antes.

     

     

           Ayacucho, el nombre oficial rubricado por el libertador Simón Bolívar en 1825, proviene de los vocablos quechuas aya y kucho, en la versión más aceptada la morada del alma, pero también el rincón de los muertos. La ciudad, salpicada por un número relativamente alto de iglesias hispánicas –33 en total– y viejas casonas coloniales, tiene en cierta forma un vínculo particular con la muerte. Sus procesiones de Semana Santa, la fiesta cristiana de la resurrección, se celebran durante diez días y son colocadas a menudo sólo por detrás de las de Sevilla en la devoción de sus feligreses.

           Huamanga, originalmente San Juan de la Frontera de Huamanga, cuenta además con una historia convulsa, quizá por su relativa proximidad a Lima y su endiablada geografía. Los conquistadores españoles saldaron ahí alguna vez a golpe de arcabuz sus disputas por el control del Virreinato del Perú, y a fines del XIX Andrés Avelino Cáceres utilizó sus estribaciones y quebradas para escabullirse del enemigo en la guerra finalmente perdida frente a Chile. Varias décadas antes, en 1824, la batalla en la pampa de la Quinua, una meseta enmarcada entre los picos de la cordillera y cubierta por un cielo de un azul intensísimo, había sellado la emancipación definitiva de América del Sur del dominio colonial español.

    Y también está, desde luego, Sendero Luminoso.

           El grupo empezó a operar en 1980 con un golpe casi inofensivo en comparación con lo que vendría después: cinco encapuchados irrumpieron un día antes de las elecciones generales en un depósito oficial en la localidad ayacuchana de Chuschi y quemaron varias ánforas. La cúpula de Sendero llamó a lo ocurrido ese 17 de mayo el “inicio de la lucha armada”, un acto simbólico de envergadura mayor; era el pistoletazo de salida a la ola de violencia y miseria que arrasó el país en los siguientes años.

           La Comisión de la Verdad cifra en 69.280 el número de víctimas mortales entre 1980 y 2000. Ello, sin contar a las decenas de miles de desplazados, huérfanos y familias desmembradas en medio de la peor crisis económica de la historia peruana, con una tasa de inflación anual de un inverosímil 7.658 % en 1990. Casi la mitad de esas muertes, unas 31.331, son atribuidas a la organización maoísta. Y sólo en el departamento de Ayacucho fueron cometidos unos 26.259 asesinatos por los diferentes bandos del conflicto.

           “Incitar al genocidio” llamaba Sendero Luminoso a su estrategia de la “guerra popular”. ¿El objetivo? Mover al Estado a la matanza indiscriminada de civiles para quitarle la “careta democrática”. La medida exigía sin embargo un alto “sacrificio” propio, una vesánica “cuota de sangre” no menos indiscriminada sobre todo entre las “masas” que la banda decía representar: los campesinos de las paupérrimas zonas rurales.

           La locura se cumplió a rajatabla. Sendero empezó a ejecutar no sólo a las inofensivas autoridades locales, sino también a masacrar a todos aquellos que se oponían a su poder. Los “castigos ejemplares” se aplicaban con toda brutalidad, a machetazos y cuchilladas antes que a disparos, para subrayar su carácter punitivo. La hija de un rondero, un miembro de las milicias campesinas de autodefensa, narró a la Comisión el asesinato de su padre en uno de los llamados “juicios populares” en la comunidad de Santa Carmen de Rumichaca. Los senderistas los hacían desfilar uno a uno por la plaza del pueblo: “Entonces mi papá llega y, ni bien estaba volteando a la espalda de la escuela, uno le agarró de atrás y le empezó a patear y mi papá, al querer defenderse más, ya lo acuchillaron. Un cuchillo se lo meten por la espalda y mi papá empieza a agarrar a puñete y patada y paj, paj, paj”.

           El propio líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, desglosaba en 1988 durante una sonada entrevista clandestina el significado de una matanza como la que perpetraron 80 insurgentes cinco años antes en la localidad ayacuchana de Lunamarca, donde degollaron a 69 campesinos, entre ellos ancianos, mujeres y niños. Los pobladores se habían rebelado y habían dado muerte antes a los mandos senderistas en el lugar:

     

    “Frente al uso de mesnadas y la acción militar reaccionaria respondimos contundentemente con una acción: Lunamarca. Ni ellos ni nosotros la olvidamos, claro, porque ahí vieron una respuesta que no se imaginaron, ahí fueron aniquilados más de 80 (sic), eso es lo real; y lo decimos, ahí hubo exceso, como se analizara en el año 83, pero toda cosa en la vida tiene dos aspectos: nuestro problema era un golpe contundente para sofrenarlos, para hacerles comprender que la cosa no era tan fácil”.

     

           “No creo que haya un ayacuchano que no haya sufrido las consecuencias de la violencia”, dice Marcial Molina, veinte años más tarde, en su despacho de la universidad de Huamanga. En la ciudad, señala, reinaba un estado de excepción permanente, “como una especie de rejas invisibles que se cerraban a partir de las seis de la tarde” antes de que empezaran “los bombazos, los dinamitazos”.

     

     

           Se escuchaban las “metralletas por todas partes y al día siguiente, a las seis de la mañana, se levantaban las rejas invisibles  y la gente salía buscar a sus familiares que no habían vuelto –añade–. A buscar en los botaderos los cadáveres y a veces se peleaban ahí con los perros o con los chanchos”. Entre las cabuyas de Purakati, un descampado en las afueras de Ayacucho, se solían amontonar los cuerpos de las víctimas.

           Sendero practicaba el genocidio sin miramientos. En la localidad de Oreja de Perro, los insurgentes acarreaban a los pobladores como ganado a las montañas mientras huían del ejército, y reventaban la cabeza a pedradas a los niños para evitar que su llanto alertase a los soldados.

           La consigna, en todo caso, cumplió su cometido y la práctica del asesinato indiscriminado salpicó también a las fuerzas de seguridad y a los grupos paramilitares a servicio del Estado. La Comisión de la Verdad les atribuye el 37 % de los muertos y desaparecidos que le fueron reportados durante su investigación. En Huanta, en el departamento de Ayacucho, estuvieron acantonados batallones de infantería de la marina peruana. El estadio municipal, convertido en cuartel provisorio, era conocido también por las ejecuciones extrajudiciales sobre el terreno baldío que debía servir para jugar al fútbol. El 2 de agosto de 1984 desapareció ahí el periodista del diario limeño La República Jaime Ayala Sulca. Y, según el informe de la Comisión, algunos días después, el 23 de agosto, se descubrieron en fosas cercanas los cadáveres de 49 personas previamente retenidas en el coliseo como sospechosos de terrorismo.

           “Los sinchis eran los peores”, dice ahora un habitante. El hombre, de unos cuarenta años, trabaja en la restauración del estadio al pie de las estribaciones que bordean Huanta. Los cerros están cubiertos de vegetación, unas matas verdes como la alfombra de césped que cubre la cancha. Es difícil imaginar a los comandos especiales de la Guardia Civil peruana, los sinchis, ejecutando prisioneros en ese recinto rodeado de escolares, así como a las huestes de Sendero agazapadas detrás de las montañas.

           “De mis contemporáneos sólo quedan unos seis”, dice el obrero. Señala al Cristo blanco que vigila Huanta con los brazos abiertos desde una gruta en el cerro y explica: “Lo hizo el alcalde. El huantino Omar, le decimos”. Y después se acuerda de contar por qué no corrió la misma suerte que muchos jóvenes de su generación en los 80. En casa “me cuidaban como monja”, dice. Y sonríe.

           El conflicto se hizo palpable sólo cuando llegó a Lima y Sendero se coló en las universidades capitalinas. Cuando cobró también protagonismo el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), una guerrilla de corte “guevarista”, y Sendero hacía estallar coches bomba en las calles limeñas y saboteaba con explosivos el suministro de electricidad,  a finales de los 80. Abimael Guzmán fue capturado en 1992. Antes, de forma casi desapercibida, habían muerto ya miles de campesinos en la sierra.

           Sendero Luminoso, que se definía a sí mismo como el “auténtico” Partido Comunista del Perú y que consideraba “de derecha” a la Cuba de Fidel Castro, era un movimiento cegado por un radicalismo ideológico de tintes casi religiosos. La interpretación virulenta de Marx y Lenin, más el correctivo de Mao y su guerra “del campo a la ciudad” enfundados a la realidad peruana con una lectura pertinente de Mariátegui, eran una verdad irrefutable dentro del Partido. El “pensamiento Gonzalo”.

           El documento interno Hacia la guerra de guerrillas detalla cuál debía ser el transcurso de la batalla por el poder: “Larga ha de ser pero fructífera; cruenta ha de ser pero brillante; dura ha de ser pero vigorosa y omnipotente. Se ha dicho que con fusiles se transforma el mundo, ya lo estamos haciendo”. Su autor era el presidente Gonzalo.

           Era el alias de Abimael Guzmán. El líder máximo de Sendero, nacido en Arequipa y admirador confeso de Mao, inoculó al movimiento una veneración ciega por su persona, descabellada y absoluta. Su batalla por el poder había empezado a ser concebida años atrás, durante su época como docente hasta mediados de los 70 en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, la UNSCH.

     

     

    Los intelectuales y la toma del poder

    “Era un arequipeño típico para el resto de peruanos: reservado, amable, ceremonioso, distante”, lo recuerda Marco Martos, conocido poeta y actual presidente de la Academia Peruana de la Lengua, que también fue profesor en Huamanga durante algunos años a partir de 1968. La imagen de Guzmán, quizá el personaje más odiado y demonizado de la historia del Perú, gana algunos matices cuando uno se intenta acercar a él.

           “A mediodía bebía un jugo de naranja” para después seguir leyendo toda la tarde, describe el escritor Santiago Roncagliolo al intelectual marxista en su libro La cuarta espada, un reportaje sobre el líder del movimiento rebelde más sanguinario en la historia del subcontinente americano. “Al acostarse a medianoche leía literatura. Le gustaban sobre todo las tragedias griegas”. Banal y frívolo, como el Milosevic que preguntaba a Kofi Annan por los buenos restaurantes de Nueva York que el serbio conocía de su antigua época de banquero, mientras planeaba al mismo tiempo las limpiezas étnicas en Kosovo (The Five Virtues of Kofi Annan, Time, 2002).

           Abimael Guzmán llegó a la universidad de Huamanga en 1962 como profesor de filosofía. La casa de estudios estaba en ebullición. “La universidad era en ese momento un centro de debate”, dice Miguel Gutiérrez, un escritor piurano asentado actualmente en Lima y que también ejerció la docencia en Ayacucho por tres años. “Me encontré ante una realidad diferente que yo no conocía, fascinante –agrega–. Era una época de grandes movimientos sociales y sindicales”.

           La UNSCH “tuvo la virtud de congregar en esa década a numerosos intelectuales de valía que acudieron a ese llamado”, corrobora Martos. El centro fue reabierto a instancias del jurista y político Alberto Arca Parró, recuerda, un parlamentario ayacuchano que había participado en la creación del Jurado Nacional de Elecciones peruano. La ciudad de Ayacucho, un antiguo centro de poder de los latifundistas de la región, debía recibir con ello un impulso modernizador.

           Además, “la universidad tuvo la potestad de pagar salarios que en un principio fueron mejores que los que se pagaban en Lima”, dice Martos. La convocatoria surtió efecto. Llegaron estudiantes y académicos no sólo de todo el país sino también del extranjero. “Se vivía un momento de confluencia”, recuerda Gutiérrez. “Llegaba gente de todo el Perú, se estaba haciendo una sociedad cosmopolita. Era frecuente también ver a personas de origen europeo por las calles de Huamanga”, agrega.

           Había especialistas extranjeros que llegaron “para estancias de uno, dos o muchos años, como el caso del escocés Anthony Laurence, especialista en griego clásico”, señala Martos, o, en la rama de química, “un convenio con universidades danesas”. Además de él mismo, por Huamanga pasaron entre otros el arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras, el escritor Oswaldo Reynoso y los dramaturgos Jorge Acuña y Hernando Cortéz.

           “Fue una época de mucha trascendencia y dinámica cultural”, dice Marcial Molina. “El pueblo de Ayacucho despertó de un aletargamiento. Ese es el rol importante que cumplió la universidad durante toda esa década”. La UNSCH estaba diseñada para buscar soluciones específicas a los problemas de la región. Para ello, se crearon carreras como la ingeniería rural. Muchas de las clases se impartían además en quechua, el idioma que hablan la mayoría de campesinos de las zonas rurales donde los futuros graduados tendrían que trabajar. Y se implantó un ciclo de estudios generales en los primeros dos años, con filosofía, historia y ciencias naturales para todo estudiante, un modelo entonces único.

           El florecimiento de la universidad no terminaba de gustar a los grupos de poder conservadores, entre ellos al clero, cuenta Molina. Atacaban a la UNSCH “en los sermones de las iglesias”. “Había una oposición fuerte, porque se sembraron nuevas ideas”. Y también empezaban los enfrentamientos.

           Era el “espíritu de la época”, recuerda Miguel Gutiérrez. La Revolución Cubana había barrido unos años antes a Batista del poder y los estudiantes franceses prendieron fuego a las calles de París en mayo del 68. “En esa época la gente casi por naturaleza se orientaba hacia la izquierda y el marxismo”, agrega el escritor. También en Perú. El arte escénico moderno era el teatro épico de Brecht, que buscaba despertar a gritos la conciencia social del espectador, o el de Ibsen y Pirandello. Algunos leían con efusión las teorías neomarxistas de la Escuela de Fráncfort, donde, sin embargo, Theodor W. Adorno advertía también de que la Ilustración, la era de la razón y la ciencia, podía volcarse de súbito en la sinrazón. En la locura, en Auschwitz. En el exterminio industrial de seres humanos en plena era de la modernidad en el corazón de Occidente.

     

     

           Marco Martos recuerda a Víctor Zavala, el principal dramaturgo del teatro campesino, ya de su época posterior en Lima. “Me pareció vehemente y apasionado por lo suyo, que era el teatro. Solo mucho tiempo después la opinión pública supo que formaba parte de la cúpula de Sendero Luminoso”.

           Los epítetos también podían servir para caracterizar a Abimael Guzmán. “Era un profesor muy brillante –dice Molina–. Sus alumnos escuchaban sus clases hasta en los patios y pasadizos, porque era un hombre con una dicción perfecta, pero también con una convicción muy clara, muy precisa, que atraía a la juventud”. “Lo califico de buen organizador, incluso de extraordinario”, señala Martos. “Hacía muchas preguntas, tanteaba a sus interlocutores. No rehuía los compromisos sociales, pero estaba lejos de esa caricatura que se ha hecho de él como un aficionado excesivo a las bebidas espirituosas”.

           Miguel Gutiérrez lo recuerda de forma similar. “Quería darle siempre un fundamento racional a su discurso”, dice. La generación del 50: un mundo dividido, un ensayo de Gutiérrez publicado cuando el conflicto ya había tocado el nervio de la opinión pública limeña en 1988 y que trataba de las divergencias ideológicas entre las élites de la época, le trajo una avalancha de críticas e incluso acusaciones de simpatizar con Sendero. Sobre todo porque calificaba a Guzmán de "intelectual".

           A grandes rasgos, la izquierda peruana de los 60 estaba dividida entre moscovitas, los seguidores de la línea soviética, y los pekineses, afiliados al sesgo radical de la guerra popular del maoísmo chino. Los maoístas se atomizaron en los siguientes años en numerosos grupúsculos. Uno de ellos terminó luego de delinear lo que llamó el “sendero luminoso de Mariátegui”, según rezaba el título de uno de los primeros panfletos del que surgió el nombre extraoficial del partido comunista de Guzmán. El pensamiento de Mariátegui y su denuncia de la miseria de los campesinos eran el fanal con el que pretendían empezar sus actividades.

           La batalla por el poder, sin embargo, se había impuesto cada vez más como el común denominador a todos. “Los grandes debates –recuerda Gutiérrez– eran en torno a la toma del poder”. Y la militancia de izquierda acabó por no contemplar otra posibilidad. “Había un clima general de planteamiento sobre la necesidad de la violencia. Era el centro del debate. Era lo que definía a un revolucionario, si estaba dispuesto o no a tomar el poder. El partido debía organizarse en función a esto y no a otra cosa”. Era la razón, en términos de Adorno, a punto de despeñarse por el abismo de la locura.

     

    La pobreza

    La literatura peruana ha tratado en la ficción varias veces el conflicto armado en los últimos años. Mario Vargas Llosa fue uno de los primeros en hacerlo, ya con Historia de Mayta, en 1984, y de forma mucho más explícita en Lituma en los Andes (1993). Santiago Roncagliolo le debe su reconocimiento literario en gran medida a la publicación de Abril rojo en 2006, un thriller de prosa trepidante que se vale muy bien de las virtudes de la novela negra para narrar los traumas del terrorismo. Iván Thays publicó en 2008 Un lugar llamado Oreja de Perro; Alonso Cueto, La hora azul, en 2005; entre otros, también Miguel Gutiérrez ha publicado recientemente un libro, Confesiones de Tamara Fiol (2009).

           Deslavazados casi de cualquier contenido ideológico, los restos de Sendero se han convertido en 2010 en pequeños grupos delictivos que operan en los valles selváticos de Ayacucho y en la región amazónica del Huallaga, impulsados sobre todo por la terrenal codicia pecuniaria ligada al narcotráfico. La sociedad peruana, por su parte, parece haber tomado conciencia de la tragedia que castigó al país. Mario Vargas Llosa preside la construcción de un Museo de la Memoria sobre los años del conflicto en pleno corazón de Lima, un “homenaje a las víctimas, sin ninguna excepción”, decía en 2009. El museo, que tratará también las atrocidades cometidas por los militares, herirá susceptibilidades, creen algunos analistas. A diferencia de los años 70, sólo un 19 % de los limeños se declaraba simpatizante de la izquierda en 2008, posiblemente debido al desprestigio de ese sector tras la violencia de Sendero Luminoso y el MRTA en las últimas décadas. Y mientras la capital empieza a vivir una incipiente bonanza debido a la reciente recuperación económica, Ayacucho sigue siendo uno de los lugares más pobres del Perú.

     

     

           “Un pueblo, una región histórica, ¡olvidada!”, dice Marcial Molina. “Acá no hay industria”, agrega. Tras los años del conflicto, la ciudad hace frente ahora a nuevos problemas: vandalismo por las pandillas de jóvenes desempleados, la inmigración descontrolada de las zonas rurales de la sierra sur. “Este pueblo siempre se ha levantado y se levantará mientras no se le dé la oportunidad que se ha dado a otros pueblos, donde el Estado ha invertido, ha priorizado su educación, su industria”, dice.

           Los años de esplendor de la universidad han quedado atrás. La Casa Velarde Álvarez, el centro cultural de la UNSCH frente a la Plaza Mayor de Huamanga, está casi vacía al mediodía, bajo el cielo azul intenso típico de la sierra peruana. Raquel Martínez, una cooperante española que trabaja como gestora cultural en la universidad, acaba de organizar una exposición de cómics suizos. Esa tarde, al menos, no hay muchos visitantes.

           “Las infraestructuras no acompañan lo más mínimo”, señala meses después, ya de vuelta en España, cuando rememora las clases a las que asistió en la UNSCH. “No hay apenas material, los edificios tienen grandes carencias”. Pese a todo, el recuerdo no es malo. Desde Ayacucho plasmó sus impresiones sobre las costumbres y la hospitalidad de los huamanguinos en un blog.

           “Los alumnos ponen mucho empeño”, continúa. Y agrega: “Se dice que el germen inicial de Sendero Luminoso estuvo en la Universidad de Huamanga. Pues bien, yo creo que es esta misma institución la que puede hacer que el pueblo ayacuchano, a través de sus jóvenes, lo supere y asimile de la forma más completa”.

     


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    El mural es la representación de el primer día de la Creación como dice la Biblia: "Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz Día, y a la oscuridad la llamó Noche. (Génesis 1, 4-5)

    El fresco ocupa un espacio pequeño (pues está enmarcado por los ignudi y los medallones), la escena es simple y sencilla. En ella estáDios visto desde abajo, dibujado en escorzo y con las manos levantadas. Aunque la expresión de Dios no se puede ver bien, parece que está haciendo un gran esfuerzo. Sobre él se abren algunas nubes dejando pasar un destello de luz. La túnica rosa de Dios se mueve bruscamente creando el efecto de movimiento. Del lado derecho de Dios hay oscuridad, pero la luz se abre dese arriba hasta su izquierda. En esta pintura, Dios se muestra solo, sin su séquito de ángeles. Es la pintura más sencilla de la serie.

    Fulfillment

    ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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