Estación de tren de Aracataca

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    Macondo y el negocio del carbón

    Texto y fotografías: Johari Gautier Carmona - 10-11-2011

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    El tren amarillo que marcó la vida de Macondo ––esa  ciudad inventada por Gabo en su obra literaria––, ha dejado de recorrer la costa caribeña de Colombia. O mejor dicho, se ha transformado. Ya no es amarillo. Tampoco luce los colores de la United Fruit Company, la empresa bananera que a principios del siglo XX imponía su ritmo en la actividad de la región con sus luchas sindicales, sus trabajadores venidos de todo el continente, sus bonanzas y masacres.

     

    La ciudad de Aracataca en la que nació el premio Nobel colombiano representa posiblemente la mejor ilustración de ese cambio. Anclada en el interior de un Caribe exuberante, la urbe que antaño vivió los sucesos descritos en La hojarasca y Cien años de soledad ha visto cómo el negocio bananero ha dejado paso, poco a poco, a otra industria importante: la minería. Ahora, el tren que atraviesa la ciudad cada media hora pertenece a la empresa americana Drummond. Su color marrón oscuro es la señal de identidad de un negocio que genera unos ingresos importantes, pero que también ensombrece toda una región con su carga minera.

     

    Los 120 vagones de carbón que conforman el tren recorren la región con un rumor alarmante. Una imagen estancada en el tiempo, animada por una sirena insistente que provoca la estupefacción de unos y el rechazo de otros. El carbón ya se ha impuesto como uno de los recursos más importantes de una economía en plena expansión pero provoca la indignación de quienes ven como afecta a la riqueza natural de uno de los países más biodiversos del mundo.

     

    Entre estas personas encontramos a Tomás Darío Gutiérrez, destacado historiador de la ciudad de Valledupar, la capital del departamento de Cesar, una ciudad de la costa que también es testigo de las transformaciones económicas de Macondo.

    Desde muchos años atrás, se dedica a la defensa del medio ambiente. Su activismo nació antes de que la región se centrara en la minería a gran escala, cuando ya de joven notaba los efectos nefastos del cultivo intensivo del algodón y los destrozos de los químicos en la tierra. Desde entonces, entre la minería y el algodón, más de 500.000 hectáreas de bosque virgen han sido explotadas intensamente. “¡Ya no queda un metro cuadrado de bosque primario!”, se indigna.

     

     

    La biodiversidad. en peligro  

     

    Durante muchos años, Colombia era considerada el símbolo de la biodiversidad. Según la AUPEC (Agencia Universitaria de Periodismo Científico), el país andino concentra más del 10% de la biodiversidad en todo el mundo. Una cifra deslumbrante si se considera que su territorio sólo representa el 1% de la superficie global. No obstante, en esta última década, Colombia se ha convertido en el emblema de la deforestación y la amenaza ecológica.

     

    Nuestro entrevistado nos lo confirma: “Éramos uno de los tres países más biodiversos del planeta hace pocos años y, en casi nada, pasamos del puesto 3 al número 11. Por eso, lo que se proyecta es atroz. ¡Es casi terrorista! En particular aquí en el Cesar. Vamos a convertir más de 500.000 hectáreas en un hueco negro, tóxico y venenoso, por culpa de la minería de carbón”. El Macondo del siglo XXI se aleja de su representación selvática e inspiradora.

     

    Hace diez años, Tomás Darío Gutiérrez recuerda que pescaba y comía sin dudar los peces del río Cesar o Guatapurí. Ahora, nada de eso es posible. “Los ríos que pasan por nuestras ciudades los convertimos en desiertos”, afirma. Luego, cuando le preguntamos sobre los efectos ambientales de la minería, nos explica con todo lujo de detalles que cinco ríos de su región han sido desviados por culpa de una sola mina de carbón y añade que las 270.000 hectáreas de yacimientos explotadas en su departamento producen a diario toneladas de contaminantes que las industrias vierten en lagos o ríos. “¡Esto no lo toleraría ningún país del mundo: sólo nosotros!”.  

     

     

    La iniciativa privada como esperanza

     

    Ante la desidia del gobierno colombiano, sólo la iniciativa de algunos particulares parece frenar los avances de la destrucción del medio ambiente. Tomás Darío Gutiérrez fue uno de los primeros en comprar terrenos para transformarlos en reserva y dedicarlos exclusivamente a la conservación de especies animales y vegetales. En 1993, hizo de su sueño una realidad: con más de mil hectáreas, el parque natural de Los Besotes es ahora uno de los mayores parques de iniciativa privada de la región y un lugar de indudable importancia científica.

     

    “Tenía la idea de construir un refugio para ver si volvían algunos animales y comencé con el trabajo solitario, incomprendido y peligroso, porque fue en plena guerra–nos explica el historiador–. Yo esperaba que los resultados se darían en 10 o 15 años, el tiempo de que se reforestara el terreno, pero se dieron casi de manera inmediata”. La naturaleza se mostró agradecida y empezaron a llegar aves y mamíferos en vía de extinción que veían en Los Besotes un refugio seguro.

     

    Hoy, el esfuerzo personal y el discurso voluntarista de Tomás Darío Gutiérrez tienen una repercusión en la comunidad. Otra personalidad destacable de Valledupar, José del Carmen Ropero, ha querido reproducir la experiencia en la zona de Manaure con una reserva natural llamada Los Tananeos. Su preocupación por la naturaleza es comparable y nos la traslada enseguida con palabras que hacen reflexionar: “Hace tres años el problema medio ambiental no se veía venir de esta forma. Había algunas minas, es cierto, pero no se veía con tanta intensidad. ¡Ahora están arrasando con todo!”.

     

    El señor Ropero y su hija quieren dedicarse a un sueño que tienen en común: salvar un pedacito de su región para que las generaciones futuras sepan cómo era la selva colombiana. “Es grave lo que está pasando aquí. Una gran cantidad de empresas occidentales está tomando posición en la zona para explotar el carbón y levantar toda la vegetación y la montaña”. Por lo visto, la urgencia del momento tiene un eco. Se alimenta de idealistas, personas dispuestas a mover sus recursos para conservar el patrimonio universal, pero, ¿cuál es la reacción de las autoridades locales?   

     

    Cuando le preguntamos a Tomás Darío Gutiérrez cuál es la posición de las autoridades gubernamentales respecto al problema ambiental, la respuesta es clara. “Están pendientes del dinero. Del negocio. Hay corrupción”. El hombre se siente abandonado por los poderes políticos, se queja de que abusan del doble lenguaje y critica la indiferencia que exhiben.

     

    A la memoria de nuestro entrevistado acude el recuerdo de un encuentro con tres alcaldes del departamento del Atlántico (costa Caribe). Le invitaron para evaluar la posibilidad de implantar un parque parecido al de Los Besotes, pero la decepción resultó ser inmensa. “Me metí al monte, personé todo esto, me reuní con el consejo directivo de la corporación de allá, y un secretario de agricultura me dijo que a quién se le podía ocurrir esto. ¡Con tanta necesidad que tenemos, conservar tierras para preservar el monte y que vivan los animales es una locura!”. Así es cómo piensan los gobernantes locales, nos explica el ambientalista, cuando deberían pensar antes de todo en la Madre Tierra.  

     

    En medio de este panorama de favores y cuentas pendientes, el ideal de los ambientalistas y románticos está avocado al silencio y a la indiferencia. Macondo se encierra en una nueva página de su historia: un desarrollo sin recato. Pero no todo es derrotismo. Estas personas ven cómo en sus parques se instala el más bello espectáculo, el teatro de la naturaleza, y, sobre todo, andan con la conciencia tranquila.       

     

     

     

    Johari Gautier Carmona es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros, La islamofobia: el nuevo rostro de la ultraderecha europea y Ben Okri y la luz de África

     

     


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