Una escena del montaje

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    Una maleta llena de fantasmas

    José Cruz - 09-02-2012

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    Recuerdo el día en que Álvaro Tejero me dio la sorpresa: “Acabo de leer tu obra”. Yo no me lo esperaba. Le había pasado el texto a Jana Pacheco, otra de las compañeras de aquel master de la Universidad Complutense de Madrid en el que todos habíamos ido a parar (y ahora sé que por un motivo muy concreto). Pero no imaginaba que el librito estuviera circulando por clase o que, al menos, hubiera caído en las manos de Álvaro y, por cierto, con tanta rapidez.

     

    “Bueno, ¿qué te parece?”, le pregunté, entre temeroso y agradecido. “Esa maleta…”, me respondió Álvaro. “Esa maleta, José”. Y creo que la discusión no se apartó de ahí aunque, en algún momento, tuvo que dejar caer que su intención era poner en pie la historia y calzarle, además, unas Converse rojas. (¡Esas Converse rojas, amigo, que tanto peleaste y  a las que nunca estuviste dispuesto a renunciar!).

     

    Los artistas trabajan así. Una imagen terca y desenfocada que se instala en algún rincón incómodo, un poco más a la izquierda o a la derecha de nuestro campo de visión natural. Una imagen que tira del rabillo del ojo pero que nunca se nos muestra por completo, como alguien que nos da unos golpecitos en el hombro pero desaparece en el momento en que nos damos la vuelta para descubrir su identidad. 

     

    Los escritores intentamos exorcizar esa fantasmagoría a base de palabras. Álvaro, que era un tipo muy echao p´alante, le puso un piso en Lavapiés (el Espacio Cultural TurliTava), le buscó unos compañeros más que dispuestos (Alberto, Vicky, Patricia, Bea, Quique y, después, Paco y Luna) y colocó en la puerta y sobre la puerta un cebo de lo más jugoso: dos maletas, una abierta y otra cerrada. ¡Qué gran habilidad! Ofrecerle al misterio un misterio, tenderle una trampa y apresarle para luego, en el juego cruel del teatro, no concederle más oportunidad que la de redefinir sus rasgos ante un público. 

     

    No tuve ocasión de asistir al proceso de ensayos pero, por lo que pude descubrir más tarde, la preparación del espectáculo se cimentó sobre curiosas ceremonias de naturaleza casi esotérica. Ninguno de los objetos que fueron entrando al local, por ejemplo, llegaba con la fría esterilización de lo recién comprado. Todo tenía una memoria, una vida a la que se le daba la oportunidad de reivindicarse: sillas, mesas, platos y cubiertos, libros y viejas fotos de familia. Era, en realidad, la equivalencia perfecta con aquel cargamento alucinatorio que la protagonista de la pieza trae al pueblo y que, en un momento concreto del espectáculo, es inventariado por los personajes: “...agujas de pino unidas por un hilo negro y colgadas de cadenitas blancas como un escapulario y frascos de cristal llenos de arena blanca, chinarros y pequeños trozos de concha.”. 

     

    El trabajo con los actores respondía también a ciertos ritos que la técnica de interpretación contemporánea ha redescubierto y desacralizado (posiblemente por pudor): juegos en la oscuridad de la sala, memoria física de las texturas, investigación sobre la proxémica de los intérpretes… Los diálogos, paulatinamente, iban posándose sobre esa superficie en relieve, llena de cicatrices y marcas, como una sábana que cubre un cuerpo dormido. No sorprende, por tanto, que después de muchas noches (y ya llevan más de cincuenta), el sudario del texto haya puesto ante nuestros ojos pliegues y arrugas insospechadamente verdaderos. Álvaro y compañía no perseguían tanto una atmósfera como una respiración. 

     

    Álvaro, el chamán bondadoso, el anfitrión de fantasmas… el “dramaturgo de nuevos espacios”, como dice Javier Vallejo en un artículo de El País, consiguió hacer hablar así a la criatura y yo no puedo estar más que agradecido. La relación entre un autor y un director es proverbialmente complicada y, a la vista de casi todo el mundo, se reduce, con gran simpleza, a una absurda lucha de egos. Supongo que, en la mayoría de los casos, puede explicarse así pero, en otros, responde a la peculiar naturaleza de dos procesos fácilmente antagónicos: uno, sometido al rigor de lo dramático; otro, marcado por la inquietud, en ocasiones muy caprichosa, de lenguajes no tan directamente vinculados a la palabra y el personaje. En el caso de Álvaro no cabía ningún tipo de controversia porque, antes que director, era poeta y compartía conmigo esa visión del arte como “descubrimiento”, un campo de preguntas y no un cuaderno con respuestas. Con su trabajo, con su humildad, me demostró que los dos concebimos nuestra profesión de la misma manera: somos, en el mejor de los casos, constructores… constructores de, como diría Alonso de Santos, trampas para pájaros. Yo corrijo al maestro porque creo en los fantasmas y celebro todo los días que Álvaro cambiase los barrotes de la jaula por el estampado a cuadros de una vieja maleta. “Esa maleta, José, esa maleta”, sí. Y esas Converse, compañero, ¡esas Converse! 

     

     

    (Los vivos y los m(íos), dirigida por Álvaro Tejero y protagonizada por Alberto Basas, Enrique García, Beatriz Llorente, Patricia Domínguez y Vicky Peinado, se estrenó el 25 de junio de 2011 en La Bagatela. En octubre de ese mismo año, se reestrenó tras la incorporación de los actores Luna Paredes y Paco Puerta y, desde entonces, se representa todos los jueves, viernes y domingos en el Espacio Cultural Turliatava, en Lavapiés. Álvaro Tejero nos abandonó lamentablemente la noche del 26 al 27 de enero de 2012). 

     

     

     

    José Cruz es periodista y dramaturgo. Profesor interino de Dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, con la obra "Los vivos y los m(íos)" obtuvo el IV Premio de Literatura Dramática Lázaro Carreter.

     

     


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