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    Los malos: Alejandro Manzano, ‘Chaqui Chan’. Fosas pequeñas

    Juan Miguel Álvarez - 23-07-2015

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    (...)

     

    Una vez afuera de Palos Verdes, como punta de lanza de la patrulla, Alejandro Manzano pasó a llamarse Chaqui Chan. Memo Chiquito, su jefe militar, era considerado uno de los hombres más sanguinarios bajo órdenes de Ramón Isaza Arango: cometía cualquier tipo de asesinato contra niños, mujeres embarazadas, viejos. Algunos de los descuartizamientos sobre personas vivas que practicaban las ACMM [Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio] eran cometidos por él y sus subalternos. A diferencia del desmembramiento de cadáveres, estos no sólo respondían a la necesidad de una fosa pequeña sino también a una motivación personal: venganza, deudas, traiciones.

     

    —Memo Chiquito muchas veces no delegaba –me explicó el investigador criminalista–. Él mismo iba y mataba y luego desmembraba. O él empezaba a desmembrar a una persona y le ordenaba a otro que continuara. Pero él se quedaba mirando.

     

    Así, mientras Alejandro Manzano estuvo en su patrulla, no fueron pocas las veces que Memo Chiquito y los subcomandantes Melchor y Costeño le ordenaron asesinar y desaparecer a una persona, lanzándola a una fosa o a un río.

     

    —Desmembrar a alguien era muy fastidioso. Si hubiera sido por mí, no lo hubiera hecho. Si no me lo hubieran ordenado, no lo hubiera hecho.

     

    Más tarde, cuando tuvo bajo su mando a un puñado de hombres, empezó a delegar en otros los descuartizamientos que le ordenaba Memo Chiquito. Sin embargo, durante el lapso en que fue instructor, sus reclutas quedaron entrenados para todas las actividades paramilitares, incluido el descuartizamiento.

     

     

    *     *     *

     

    El primer grupo que le enviaron fue de 15 hombres. Siete de ellos procedentes de Cali, sicarios curtidos, mayores que él. Dice no haber repetido ni el maltrato ni las humillaciones que Muñeco le hizo soportar, porque él no se deleitaba castigando a sus reclutas, aunque sí los trataba duro para enseñarles disciplina. Un mes más tarde le enviaron un grupo de unos 40 hombres, esta vez novatos, así que los reunió y les lanzó la pregunta de rigor: “¿Quiénes se quieren ir?”. Ninguno dio el paso al frente. Cuando ya llevaban varios días de instrucción, un recluta apodado Granada le contó que había un muchacho que estaba convenciendo a otros tres para fugarse de la base y entregarse a la fuerza pública. Alejandro Manzano llamó a Memo Chiquito. “Amárrelo e interróguelo”, le ordenó el comandante, y él obedeció. El recluta confesó que sí, que se quería entregar, pero que no era un infiltrado de la guerrilla. Manzano volvió a llamar a Memo Chiquito. “Mátelo –fue la orden–. Seguro que sí es un guerrillero. Mátelo y lo despresa para que los muchachos aprendan de una vez. Y bien despresado, porque ese hijueputa es conocido en Mariquita”. Manzano le descerrajó al recluta, amarrado como estaba, una ráfaga de fusil en la cabeza. Siguió después el mismo proceso de descuartizamiento que él había aprendido. Mandó a cavar un hueco, mandó a llevar el cuerpo hasta el borde y comenzó a dar las instrucciones: cójalo de acá, móchele acá, jale de acá, tiré allá. Era febrero de 2002. Tenía 20 años.

     

    —Esa enseñanza era algo que no se podía pasar por alto. Había que darla. En la organización, despresar a una persona era una cosa de casi todos los días. Ahora muchos comandantes han dicho en Justicia y Paz que ellos nunca ordenaron desmembrar a alguien. Todo muchacho que ha dado su declaración ha dicho: matamos a fulano y lo desmembramos. Tiramos a fulano al río, desmembrado. ¿Y entonces quién daba esa orden? Uno mismo por su propia iniciativa no va a picar a otro porque sí. Con lo fastidioso que es eso.

    —¿Pero cuál era exactamente la necesidad de descuartizar a una persona?

    —Para que nadie encontrara esos cuerpos. Los que enterrábamos y los que tirábamos al río era para que no volvieran a aparecer.

    —¿Usted o alguien de su patrulla o bajo su mando desmembró a alguien vivo?

    —No. En la organización nunca vi que matáramos a alguien de esa manera.

    —¿Y con motosierra?

    —No. Nunca vi. Todos los muchachos que estuvieron conmigo y de los que yo supe lo hicieron con machetes y cuchillos. Si había que matar a la persona en un sitio que hubiera mucha gente, se degollaba. Y si había que desmembrarlo, se desmembraba y se enterraba. Y si había que matar a alguien en un sitio retirado, sin nadie por ahí, normal: un tiro en la cabeza. Y si había que desmembrarlo, se desmembraba y se tiraba al río.

     

     

    *     *     *

     

    En la audiencia del 8 de octubre de 2008, el fiscal le preguntó por sus días como instructor de descuartizamiento.

     

    Fiscal: Si en su primera experiencia de descuartizamiento estuvo a punto de desmayarse, ¿cómo fue su experiencia como instructor?

     

    Manzano: Ya como instructor uno no puede mostrar miedo. Aunque se siente fastidio por la sangre y esas cosas, usted no puede mostrar nada delante de los muchachos a los que les está dando la instrucción.

     

    Fiscal: ¿Usted cree que puede superar por sí mismo el trauma psicológico que le deja esta experiencia de haber aprendido y luego haber practicado y luego haber transmitido el procedimiento del desmembramiento de cuerpos humanos?

     

    Manzano: Yo creo, doctor, que uno solo no es capaz. Yo creo que uno necesita ayuda especializada.

     

    Fiscal: ¿Ha seguido usted con secuelas?

     

    Manzano: Sí señor. A cada instante. Y cada vez que vengo acá a relatarle esas historias es un descanso para mí porque es algo que uno lleva muy dentro, es algo que no me deja descansar tranquilo.

     

    Fiscal: ¿Cree usted que necesita un tratamiento psicológico?

     

    Manzano: Yo creo que sí.

     

    Después de una pausa y alguna zozobra, el fiscal preguntó si creía que esas secuelas podrían empujarlo, ya fuera de la cárcel, a matar o a cometer otros actos de violencia. Él no lo negó categóricamente. Sólo dijo: “No tanto”. Agregó que quería cambiar y que necesitaba apoyo del Gobierno para salir adelante, que en varias de las cárceles por las que había pasado había tenido motivos para cometer un crimen, pero que no lo había hecho porque quería superar esa etapa.

     

    —¿Le pareció que estas respuestas de Manzano fueron honestas? –le pregunté al investigador criminalista de la Fiscalía.

     

    Este investigador, que durante los ocho años que lleva la ley de Justicia y Paz se ha dedicado a conversar con cada uno de los desmovilizados de las ACMM y con sus víctimas, me dijo que Chaqui Chan es uno de los pocos a quienes él les ha creído.

     

    —Yo pienso que fueron honestas. 

     

     

    *     *     *

     

    A lo largo de los cinco años en los cuales Alejandro Manzano fue paramilitar, muy pocas veces regresó a su casa en Puerto Boyacá. Antes de hacerlo por primera vez, envió 20 litros de leche que le habían tocado como parte del botín de un atraco a un camión. Su madre los recibió extrañada. “¿Para qué tanta leche?”, pensó, y en seguida le preguntó al muchacho que se la había entregado dónde estaba su hijo. “En una finca, trabajando”. “Sí, pero dónde”, le dijo. El muchacho no le contestó. Por entonces, Consuelo se ganaba la vida con un puesto de empanadas, montado frente a una casa a la que llegaban todos los heridos en combate de las Autodefensas de Puerto Boyacá.

     

    Como su hijo Luis Carlos Velandia era comandante en ese grupo, la mayor parte de los paramilitares que llegaban allí la conocían. Fue a ellos a quienes empezó a preguntar por Alejandro, y fue así como pudo averiguar que estaba bajo órdenes de Ramón Isaza Arango.

     

    —Empecé a desesperarme y me agarré a llorar todos los días –me dijo Consuelo Manzano en su casa de Puerto Boyacá–. Mi hijo Fredy trataba de calmarme: “Mami, no llore más. Ese pelao vuelve”. Yo tenía mucho miedo porque por acá en el mejor de los casos uno veía que los traían ya en ataúd.

    —¿Su hijo Luis Carlos Velandia tampoco sabía?

    —Tampoco. Yo creo que él sí sospechaba, pero no me lo decía. No hablábamos mucho de nada. A la casa venía y comía, estaba un rato y luego lo recogían. Yo nunca sabía para dónde ni qué le tocaba hacer; nunca le preguntaba y él nunca me contaba. Cuando alguien le preguntaba algo, respondía “entre menos sepa, más vive”.

     

    Un día, Alejandro se apareció en su casa. Habían transcurrido unos cinco meses del día de su reclutamiento. Desde que llegó hasta que se fue, su madre le pidió de mil maneras que abandonara el paramilitarismo. Él, dice, hubiera querido, pero sabía que la deserción se castigaba con la vida. A partir de ese momento, decidió que no podía volver a su casa. Le resultaba insufrible tener que escuchar a su madre y sus hermanos suplicándole lo mismo una y otra vez.

     

    —Y dejé de saber de él muchos meses. Una sola angustia para mí. Me calmé cuando supe que seguía vivo porque nos envió unos materiales de construcción para mejorar la casa. Aunque esos materiales Fredy los rechazó: “Aquí no queremos nada que venga untado de sangre”, le dijo al que los trajo.

     

    Tiempo después, supo que Alejandro había sido herido en un combate con las FARC, pero que se había recuperado. Y supo, también, que tenía pareja e iba a ser padre.

     

    —Entonces me fui para allá, me metí adentro de esas montañas de Marquetalia. Y cuando Alejandro me vio llegar se sorprendió. Se puso contento, pero me advirtió que no volviera a ir por allá. Era una zona de guerra con las FARC. Que él pronto iría a la casa. Y sí: cada permiso que le daban, venía. Pero así se molestara, Fredy, Benjamín y yo lo jodíamos que se saliera.

     

    Cuando le pregunté a Alejandro por qué se había convencido tan rotundamente de volverse paramilitar, me aseguró que había sido por odio, por resentimiento.

     

    —Si la guerrilla no se hubiera metido con nosotros, posiblemente yo fuera otra persona. Si mi papá nos hubiera dado educación y a mi mamá no le hubiera tocado tan duro…

    Le pregunté si entonces él estaba completamente seguro de que la guerrilla había asesinado y desaparecido a su padre. Y me dijo que sí. Que él había conversado con alias Martín Sombra, un viejo jefe de las FARC, que le había confirmado que ellos habían medrado por la vereda Guineales, y aunque no le había precisado el caso de su padre, le había mencionado a un tal alias Perfume como el culpable de todos los crímenes en esa región. Le pregunté si alguna vez se había imaginado la posibilidad de que los culpables hubiesen sido los paramilitares o el mismo ejército. Me miró fugazmente a los ojos y luego, con la cabeza, me dijo que no.

     

     

     

    Este fragmento corresponde al capítulo homólogo incluido en el libro Los malos, editado y antologado por la periodista argentina Leila Guerriero, publicado por Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile. Reúne 14 perfiles de ciudadanos de América Latina: policías siniestros, pandilleros feroces, narcos, torturadores, traficantes de carne humana, violadores seriales, soldados sin ley, caníbales, presos con más poder que el mismo Estado, entre los que se cuentan el chileno Manuel Contreras, ‘El Mamo’, creador de la DINA, la policía política de Pinochet; Santiago Meza López, ‘El Pozolero’, un mexicano que trabajaba para el narco disolviendo cuerpos en soda cáustica; Alejandro Manzano, ‘Chaqui Chan’, un paramilitar colombiano que se ocupaba, entre otras cosas, de entrenar a los novatos en el descuartizamiento de cuerpos; ‘El Niño’, miembro de la Mara Salvatrucha, la pandilla salvadoreña, a quien dos sicarios aniquilaron apenas después de terminado el perfil que se incluye en este libro; la chilena Ingrid Olderock, miembro de la DINA, entrenadora de perros con los que violaba a los detenidos en el cuartel clandestino la Venda Sexy; o Jorge Acosta, ‘El Tigre’, capitán de la armada, amo y señor de la vida y la muerte en el centro clandestino más emblemático de la dictadura argentina, la ESMA. Están escritos por algunos de los mejores periodistas de Chile, Argentina, El Salvador, México, Perú, Venezuela, Panamá y Colombia, este libro se propone como un mapa contemporáneo de la maldad en América Latina.

     

     

     

     

    Juan Miguel Álvarez Ramírez (Bogotá, Colombia, 1977) es periodista. Publicó sus primeros textos en la revista colombiana El Malpensante, en el año 2002, donde escribe desde entonces. Ha sido colaborador frecuente de periódicos regionales como La Tarde y El Diario del Otún, de Pereira, periódicos nacionales como El Espectador y revistas como Semana y Esquire. Actualmente es el editor en jefe de la revista Comfamiliar Risaralda. Fue mención de honor en los premios nacionales de periodismo Simón Bolívar 2009, y finalista del premio nacional Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB, 2012. Ese mismo año, la Universidad de Guadalajara lo distinguió como una de las mejores plumas de crónica en español, menores de 35 años. Es autor de varios libros, el más reciente es Balas por encargo. Vida y muerte de los sicarios en Colombia (Rey+Naranjo, 2013).

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